Un reloj del salón principal de la casona señala las tres de la madrugada y el silencio ha tomado posesión del lugar, en la estancia donde el conflicto estalló horas antes, ahora solo yace Harmonía, recostada en el sofá mayor, cubierta con una manta amarilla. El maquillaje negro de sus ojos está corrido, ella no concilió el sueño; colapsó por puro agotamiento. Dos pisos arriba no reina la misma quietud, la tranquilidad es un lujo que Grace no puede permitirse.
Sobre un pesado escritorio de abeto, recubierto de barniz oscuro, dos decenas de papeles se esparcen en desorden, sentada en un banco de madera, Grace dibuja con el lápiz aferrado en la mano. Su mirada se pierde entre los trazos. El historial de bocetos revela fragmentos inconexos: un auto antiguo de los años cincuenta; un animal prehistórico cubierto de plumas, de colmillos afilados y brazos largos; un paisaje desértico coronado por dos soles. Junto a este, descansa el boceto de una esfera que calca los destellos emitidos por Eclipse. Al borde de la mesa asoma otro papel: dos astros rodeados por enormes anillos transversales, semejantes a un modelo atómico antiguo. El nivel de detalle expone ventanales diminutos sobre las estructuras anulares, acompañados de anotaciones en una simbología indescifrable, finalmente la colección se completa con un ave de alas majestuosas que parece arrastrar planetas a su paso, una nave extraterrestre sacada de una película clásica.
Grace repasa cada hoja de reojo. Con movimientos mecánicos, las ordena de izquierda a derecha: el ave cósmica, la bestia prehistórica, los soles anillados, Eclipse, el desierto binario y el automóvil clásico.
Un tirón brusco le tensa el cuello. Su mirada quedó clavada bajo el armario de caoba. Desde la oscuridad del hueco, un par de ojos redondos y blancos le devuelven el escrutinio. La escasa luz filtrada por las cortinas delinea la silueta del vigía. Las tres plumas magenta en la cabeza de la chica pulsan destellos magenta. Se amusga con la postura de un depredador acorralado, sin romper el contacto visual con la penumbra.
—¿Qué... qué quieres? ¡Te estoy viendo! —Su voz tiembla.
Traza un semicírculo y arrastra los pies sobre la madera para acortar la distancia. Los ojos blancos no parpadean.
Aspira una bocanada de aire. En un arranque kamikaze, se arroja al suelo, sus rodillas y palmas golpean las duelas con un estruendo seco. Hunde los brazos bajo el mueble y apresa a la criatura.
Saca a rastras una bola de trapo vieja y polvosa. Dos botones blancos sirven de ojos, y un pico amarillento, largo y remendado con hilos sueltos, sobresale del centro. Es un pájaro kiwi de peluche.
—No deberías espiar a la gente —recrimina, arrojándolo contra los cobertores de la cama. El muñeco rebota y cae de costado.
—¡Eso es grosero! —protesta ella, y da un pisotón contra las tablas—. ¿No me vas a contestar? ¿Te crees muy listo, pajarraco?
Sus plumas magenta destellan con un pulso rítmico, cargado de indignación. Se inclina sobre el colchón para encarar al intruso.
—Tú eres… —Grace sofoca un grito de frustración y se lleva las manos a las mejillas.
—¿Sabes qué? Te voy a ignorar de forma consciente. Y te lo informo para que conste.
Grace retrocede hacia el escritorio. mientras continúa su dibujo entona con voz dulce:
—If I could save time in a bottle...
—Entonces, ¿no te gusta Jim Croce, eh? Me da igual, tienes pésimo gusto.
Gira la cabeza teatralmente, mostrando toda la indignación que puede, intenta ignorar al ave de trapo que mantiene la mirada fija en el papel. Sus manos barajan los bocetos sobre la mesa, desprovistas de interés.
—¿Sabes qué? No estoy perdida, si es lo que insinúas. No te metas en lo que no te importa. Decir esas cosas es de mala educación, igual que el hombre de cabello de oveja. —Grace se cruza de brazos y traga saliva para contener el llanto—. Está bien, sí estoy perdida. No sé cómo llegué aquí, pero no tienes por qué ser tan insistente. Yo... yo solamente no logro entender qué ocurrió. Falta información.
El peluche mantiene la vista clavada en la nada.
—No resuelvo nada, ¿y qué? ¿Tengo un problema de actitud? ¿Qué me quieres decir de ti?
Las plumas de Grace destellan, inundando la habitación con un resplandor magenta.
—No tienes por qué juzgarme. Yo estaba haciendo algo, no sé qué... y de pronto estoy aquí metida, en un lugar que huele raro, hablándote a ti. ¡A ti!
Da un par de pasos hacia la cama, escudriñando al juguete inerte.
—Tampoco es tu culpa lo que me pasó.
Grace exhala el aire retenido. Se deja caer al borde de la cama y una lágrima cristalina resbala por su mejilla.
—¿Te gusta Fleetwood Mac? —solloza, limpiándose el rostro con el dorso de la mano—. Si no me quieres decir tu nombre, está bien. El mío tampoco es Grace. Entonces tu puedes ser Stevie.
Estira el brazo y aferra al pájaro de trapo. Sin dejar de tararear en un susurro, lo abraza contra su pecho.