Dexter despidió a Clara con una sonrisa en su rostro, alejándose a saltos de la escena. Debía de admitir que fue el mejor día de su vida. La magia existía, los magos existían. El mundo no era un lugar gris donde solo naces para estudiar, conseguir un trabajo y ser obligado a encajar en la sociedad.
¿Cuánto tiempo no soñó por algo diferente? Un mundo maravilloso donde saliera a cazar dragones, enfrentar a las más grandes bestias con valor, astucia, valentía. Ser admirado por tener un poder sobresaliente. Ese mundo hoy dejó de ser un sueño, ahora solo le era un lugar lejano.
Su mundo estaba lleno de color, solo tuvo la mala suerte de nacer en el lado gris.
―El brazo va a matarme. Ese Jazka. No puedo creer que me lastimó tanto solo por un error. Idiota, tonto.
Se quejó, moviendo su brazo herido suavemente. No era grave, pero tampoco podía decir que no le dolía.
Le resultaba injusto que un idiota como él disfrutara los beneficios de ser un mago, la vida era injusta.
Su camino iba en sentido contrario a su casa, preguntándose qué harían sus padres una vez se enteraran de lo que ocurrió.
―Ahora que lo pienso, el padre de Lindsy de seguro cubre toda la noticia.
Disfrutó la vista de la calle sumida en el anochecer. Las luces de las casas, los autos, los semáforos. Lo admiró todo por un momento antes de cruzar en cierto callejón, donde se supone que lo estaban esperando. El callejón estaba levemente oscuro, algo de la luz de las casas y farolas lograba entrar, permitiéndole ver algunos botes y un gran contenedor, todos de basura. Pero sobre ese gran contenedor cerrado, descansaba una mujer rubia, acostada junto a un gato negro, el cual recibía caricias con sus ojos cerrados.
―¿Cómo soportas el olor?
―No me fijo en pequeñeces. Estoy sobre el bote de basura más cómodo de la historia.
Dexter apretó sus labios entre ellos, realizando una mueca divertida que su contraria ni siquiera se dignó a observar. Acostada boca arriba, el lugar donde se fijaban sus ojos estaba más allá de la tierra donde viven.
―La vista es mala en la ciudad. ¿Contaminación lumínica? En el campo, las estrellas son mucho mejores, son tan lindas y hay tantas de ellas en el cielo. ―La rubia levantó su mano, apretando el puño para fingir que atrapaba esas pequeñas luces en el cielo― ¿Sabes que es lo más gracioso?
―¿Esperar sobre un basurero cuando podías simplemente sentarte a esperar en una banca? ―contestó burlón.
―No podemos distinguir a las estrellas muertas de las vivas. Algunas quizás llevan demasiado tiempo de haberse extinguido, pero para nosotros, su luz sigue llegando a la tierra.
La joven parecía estar maravillada con el cielo sobre sus cabezas y lo que hay más allá. Dexter inclinó su cabeza, hincándose sobre su rodilla en una demostración de respeto y lealtad.
La mujer tomó asiento al borde del vertedero, teniendo cuidado de no despertar al gato durmiente. Cuando sus ojos presenciaron al pelirrojo, una enervante sensación de poder se apoderó de su pecho. Contener su sonrisa se le hizo imposible. Su mente se embriagó rápido con aquella placentera sensación de superioridad. Estaba segura de que se volvería adicta a esta sensación.
―Mi reina, mi bella y preciosa jefa.
―No tan adulador.
―Adarza.
―Menos cercano, respétame.
―Jefa, cumplí con mi papel, seguí a Rachel en toda su aventura. Espero que la satisfaga saber eso.
―Cuéntamelo todo.
Los ojos de Adarza brillaron de emoción, escuchando atentamente cada palabra que salió de la boca de Dexter. Todo salió diferente a lo que pudo predecir. La Rachel que Dexter narró era totalmente diferente a la que tuvo el placer de quebrar la noche anterior, pero no era una mala noticia.
―¡Entonces la pequeña y dulce Zorra demostró que tiene garras!
Adarza se levantó de un salto. Golpeando con su puño el vertedero a su espalda. El felino se levantó alerta y salió corriendo de la escena.
―Es bastante gracioso. En ningún momento esperé que fuera capaz de oponerse a mí, pero que tuviera una actitud tan asertiva en la escuela me sorprende. Es lista, digno de mí. Suertuda como el que se gana la lotería, esa niña rica resultó ser un... ¿Operador? ―preguntó confusa. Dexter asintió con su cabeza.
―Sí, jefa. Esa es la palabra con la que el mago de las plantas se refirió a los usuarios de magia.
―Bueno, los tiempos cambian, operadores, magos, magia, operación. Es la misma mierda, aunque suena como si fuéramos a practicar una cirugía o algo por el estilo; qué mal gusto. ―Adarza chasqueó su lengua, en su expresión se marcaba su disconformidad con el nuevo término para la magia, pero no haría un escándalo sobre eso― Dejando eso de lado. Las cosas se complican con esa familia de operadores ayudando a Rachel. Van a venir a cazarme en cualquier momento.
―Entonces deberíamos atacar antes.
―Me gusta cómo piensas, siempre es divertido ignorar a un imbécil.
La sonrisa de Dexter desapareció al escucharla, sacando sus labios en una mueca torcida.
―No, no, no. Necesito estar más preparada. Como le dije a Rachel, debo centrarme en mis objetivos, ella no puede ser el centro de atención siempre. Fue divertido jugar hoy, pero es hora de ponerse serios.
―¿No irá más por Rachel entonces?
Dexter se levantó. Adarza salió del callejón, seguida de su leal sirviente. Ella quedó cegada un momento por todas esas luces, sentía que su cabeza estallaría en cualquier momento.
―No quisiera dejarla, menos ahora que es cuando más divertido está el asunto, pero me matarán sus perros falderos. Ahora nuestros objetivos serán reunir más gente, entender cómo se rige el mundo de la operación. Ahora, ¿quiénes están al poder? ¿Qué tanto ha cambiado este mundo? Poseo los recuerdos de Rachel, pero esa niña vivía encerrada en su habitación. En 16 años no quiso explorar lo que la rodeaba por estar sentada en su computadora, en cambio, yo seré mejor, más audaz.
Dexter apretó sus puños con emoción. Su ama y señora era todo un ejemplo a seguir para él. Era contagiado con ese enorme espíritu aventurero que la calmada rubia emanaba. Ambos se detuvieron junto a la calle en una luz roja. Las personas a su alrededor no los notaban, sumergidas en sus propios asuntos, no eran capaces de darse cuenta de la magnificencia de su jefa.
―¡La seguiré hasta el fin del mundo, jefa!
―Hasta ahí llegaré, Dexter. Siéndote sincera, no espero que llegues conmigo.
―Qué mala.
―Prefiero "realista". Pero, como te decía, a una semana y algo de haber nacido, quiero explorar. Experimentar por mí misma, no solo fiarme de estos recuerdos.
Apenas la luz pasó a ser verde, caminaron sin dirección alguna. Adarza no tenía claro a dónde ir, ni qué hacer. En su mente, solo dominaba la idea de seguir avanzando hacia su objetivo.
―¿Me repite cuál es el plan?
―Obtener información, reunir más réplicas, encontrar más operadores y, cuando se dé la oportunidad... Agregarle un poco de diversión al mundo. ―La sonrisa de Adarza creció en gran medida. Caminó unas cuantas calles. Alejándose a zonas residenciales, casas grandes y bonitas con enormes jardines donde las familias ahora disfrutaban de reunirse luego de la escuela o el trabajo.
―¿Hasta dónde nos dirigimos?
―Thomas Amory. Un doctor privado. Tiene una casa de dos pisos, divorciado, desafortunadamente. Su esposa creía que había cambiado demasiado y que ya no era "el hombre con quien se casó". Necesito que un buen doctor me revise el brazo, no fue buena idea mezclar gases de cerveza con una herida abierta.
Adarza frunció el ceño. Recordar la profunda herida en su hombro hervía su sangre. Un recordatorio en carne propia sobre su propia arrogancia. En el peor de los casos, Rachel hubiera atravesado su cuello, terminando con su misión antes de que comenzara. La próxima vez, de seguro ella no dudará, pero cuando llegue ese momento, Adarza no le concedería ningún tipo de ventaja.
―¿Cuál es el plan, jefa?
―Tocar la puerta y saludar amablemente. Espero que los hijos estén en casa.
Adarza se acercó a la casa. Se aseguró de que no hubiera nadie en los jardines alrededor. De su chaqueta azul sacó el cuchillo de cocina de Marcus, ya limpio. Tomó un largo suspiro, dudando si sería capaz de hacer lo que planeó.
Apretó más fuerte el cuchillo, alejando su chaqueta, dirigiendo la punta a la herida.
―... A la cuenta de tres
Adarza contó en su mente, pero fue incapaz. La sensación del cuchillo abriendo su carne era una que no quería volver a recordar.
―No puedo, maldita sea.
―Debe haber otra forma que no sea herirla, jefa.
Adarza asintió, entonces, una idea brilló en su mente, enterrando el cuchillo en el brazo de Dexter justamente, el que ya antes fue herido. Con su mano libre, le cubrió la boca antes de que gritara.
―Aguanta, no levantes la voz.
Dexter apretó sus labios, siguiendo la orden absoluta de su jefa. Ella sacó el cuchillo, guardándolo en su chaqueta otra vez, para luego tocar el timbre de la casa.
Ella pasó el brazo de Dexter por detrás de su cuello, fingiendo que lo ayudaba a caminar, aclaró rápido su garganta y preparó la expresión más aterrada que pudiera dar. Entonces, un hombre rubio entre los 40 y 50 años abrió la puerta, sorprendiéndose de encontrar a un adolescente desconocido.
―¿Señor Amory? ―Con voz quebrada y ojos al borde del llanto, Adarza observó al hombre, como si lo conociera de toda su vida, era un rostro tan familiar para ella.
Era capaz de recordar los paseos en el parque que tenían, donde le compraba un helado de vainilla una vez a la semana. En su décimo cumpleaños le regaló su primer celular. Las noches cuando discutía con su madre sobre las horas que pasaba en su trabajo. Los llantos a escondidas de la mujer que pensaba que su esposo tenía una aventura.
―¡Me duele! Ah, ¡Mierda!
―¡Por Dios ¿Qué le ocurrió?... ¿Quiénes son?
―¡Amigos de Richie! Algo espantoso ocurrió en la escuela, ella nos dijo que viniéramos aquí.
El rostro del padre palideció. Temiendo que su pobre hija estuviera en peligro o herida. Él se hizo a un lado, dudando sobre si salir corriendo a buscar a Richie o atender el hombro del joven herido.
―¿Ella está bien? ¿Dónde está mi Richie?
―Sí, sí. Su madre pasó por ella, dijo que la llame lo más pronto posible. ¿¡Puede ayudarnos, por favor!?
―Esto duele demasiado... Agh ―Dexter evitaba gritar del dolor, observando su sangre caer al suelo.
El doctor los dejó entrar, dándose la vuelta para ir por su celular a la sala. Antes de empezar a correr, el filo metálico del cuchillo atravesó su garganta desde atrás. La rubia lo encajó lo mejor que pudo, moviendo su muñeca levemente, asegurándose de que se desangre lo más rápido posible.
Sacó el cuchillo, el hombre trató de cubrir el agujero en su cuello, sintiendo cómo la sangre se acumulaba en su garganta. El aire empezó a escasear y el intenso dolor nubló su vista, no pasó mucho hasta que cayó al suelo sufriendo leves espasmos.
―Qué maldita mentira tan mala se me ocurrió. Dios santo, ¿qué me ocurre?
―Me pareció bastante creíble.
―Porque tú eres un maldito estúpido. Pude haberlo hecho mejor.
Molesta consigo misma, Adarza sacó el espejo metálico, abriéndolo para dejar caer una gota de sangre de aquel hombre. Una punzada en su cabeza le sacudió el mundo a su alrededor.
Una amante, entonces su madre tenía toda la razón. Mejor dicho, su esposa. Las mujeres son muy perceptivas, pero el riesgo de una aventura con una sexy conocida más joven que su esposa fue superior a sus principios, ese riesgo le nublaba su mente.
Saber que Richie era su favorita de sus tres hijos. Roman y Kelly eran buenos. Pero Richie era la menor, la más adorable y la única que no sentía rencor por haber hecho llorar a su madre.
Recordó los campos verdes donde salía a cazar con su padre y su abuelo, el viejo bote en el lago frente a la casa vacacional de su niñez. La pesca era tan aburrida, pero daría todo el dinero que fuera posible para tener otra oportunidad de pescar con su padre otra vez.
―Usted es todo un caso, doctor.
Dexter entendió el chiste, entonces miró con asombro cómo el espejo empezó a brillar con intensidad. Un aura carmesí lo recubrió y esa aura se alejó en forma de una esfera flotante, que no tardó en dar forma a un nuevo cuerpo, una nueva vida. El cabello amarillo, la sonrisa perfecta, blanca y reluciente. Cada arruga generada por su edad. Sin contar su elegante camisa gris, botas marrones de cuero y su pantalón largo de mezclilla.
―Doctor Thomas. ¿Puede tratar mi brazo?... Oh, sí, el del imbécil también.
La nueva vida se arrodilló ante su jefa, bajando su cabeza sin demostrar su enorme sonrisa. Era feliz de recibir órdenes de su ama.
―Por supuesto, mi ama y señora.
―Menos formal, pero con respeto.
―Por supuesto, jefa.
De nuevo, la enervante sensación, el poder, haber extinguido una vida y era libre para crear otra totalmente sometida a su mandato. Adarza sonrió con malicia, mentiría si dijera que no quería saltar por su creciente emoción.
―... Oh sí, definitivamente puedo volverme adicta a esto.
