El cosmopolita se abría camino entre el mar de personas a su alrededor, ya bastante hastiado de la gente, aunque su rostro lo ocultaba muy bien. Hace poco había salido de la reunión de cargos medios del consejo de Operadores, una reunión que agotó tanto sus ganas de estar con otras personas como la mitad de sus reservas de aura.
—"Vamos, taxista, quédate un rato. Habla con nosotros". "Si me llevas a mi casa de verano en Suiza, te lo agradecería mucho". Me tienen las bolas colgando.
Su segundo trabajo era muy sencillo: llevar a la gente de un lado a otro con su habilidad. Antes solo hacía favores a Lawrence, pero otros operadores empezaron a pedirle lo mismo y, antes de darse cuenta, acabó siendo "El taxista"; casi que reemplazaron por completo su primer apodo.
Revisó en los bolsillos de su abrigo café, mientras el frío viento nocturno revoloteaba su cabello negro con las puntas teñidas de un hermoso color blanco. Encontró su encendedor personalizado, de color negro con una R y una S de color dorado en los costados. Encendió un cigarrillo para tratar de relajar su cuerpo y guardó el encendedor en el bolsillo interior del saco junto a una de sus pistolas, asegurándose de que estuviera ahí.
Ahora se dirigía a otra "misión", si es que podía llamarla así. Robert O'Connors, un viejo conocido, le pidió que fuera a verlo en su nuevo hotel para beber unas copas y escuchar algo de música. Lo llamó "Una forma de distraerte luego de rodearte de la clase baja".
—Mentiroso de mierda.
El cosmopolita alejó el cigarrillo de su boca, soltando una sonrisa amargada. En cualquier otro momento, pensaría que ese bastardo solo quería llevarlo al hotel para que guarde la ubicación y, cuando lo requiera, pueda llevarlo de un lado a otro, como a todos los demás operadores que buscaban su servicio, pero había una ligera contradicción en sus palabras.
—Nunca te gustó Múnich, Robert, hijo de perra.
Observó sus alrededores con calma, tratando de no demostrar sospechas, ya estaba en esa gran avenida. Le sorprendía ver la cantidad de gente que transitaba la acera en ese momento, además de la docena de autos en la calle. Panaderías abiertas, puestos de comida. Las venas de Múnich fluyendo en todo momento.
Eso le aseguraba que la sorpresa sería en el hotel. ¿Qué sería? ¿Una bomba? ¿Soldados armados? O quizás, uno de los dos perros falderos favoritos del gordo. Cosmopolita ya imaginaba lo peor.
Pero ese escenario en su mente palideció ante el sonido de un disparo. Antes de darse cuenta, la sangre salpicó a su alrededor, mientras que su cuerpo era cubierto por una capa de aura blanca. Su habilidad había entrado en modo automático al detectar el peligro, varias balas fueron en su dirección desde distintos lugares. De seguro una habría sido suficiente para repartir su cerebro por la acera, pero toda bala terminó errando al entrar en la distorsión espacial alrededor del hombre que rondaba los 40 años.
La gente salió corriendo despavorida al escuchar los disparos y ver la sangre. Incluso el cosmopolita había quedado en shock por unos momentos, fue entonces que el impacto de una de aquellas balas logró golpear justo en su nuca, evitando los portales. De no ser por el aura, ya no tendría la cabeza pegada a su cuello, pero la enorme resistencia brindada por su naturaleza de reforzamiento detuvo la bala que solo logró perforar un poco en su piel.
Ese fue el impulso suficiente para ignorar el hecho de que sus portales, al momento de aparecer, partieron en pedazos a algunos transeúntes que estaban a su alrededor.
«¿¡En plena calle!?» Cosmopolita saltó en una de aquellas brechas espaciales, perdiéndose de vista ante los francotiradores escondidos en cada edificio. Ya había notado la presencia de la mayoría, pero nunca esperó que fueran a disparar mientras la gente estuviera cerca.
Ignoró las náuseas. Suprimiendo también aquella ira creciente en su interior que engulló la culpa por completo. En estos momentos, un Operador debía mantenerse en blanco, y justo como el color de su aura, Cosmopolita blanqueó su mente, evitando que cualquier emoción escapara.
Ya no estaba en la calle, había abierto un portal a la cornisa del edificio más grande que alcanzó a ver, alejándose de ella antes de cerrar el portal. La situación era más grave de lo que pensaba, cosa que le causaba un poco de gracia.
—De verdad que voy a ser el conejillo de indias de ese gordo hijo de-
—El cosmopolita, supongo.
Una voz desconocida llegó a su oído al mismo tiempo que una presencia se había hecho presente en esa azotea. Algo que sorprendió al mejor de los operadores. Se dio la vuelta, observando a un joven albino con camisa y pantalón largos tan blancos como su cabello. Al momento de verlo bien, lo primero que pensó es que tenía un vampiro en frente. Ya sabía quién era, lo conocía por sus hazañas, todo operador las había escuchado en algún momento.
—¿Qué hace aquí tan solo? —preguntó burlón el albino. Acomodando una pierna sobre la otra, sentado plácidamente en una silla de plástico.
—Me acabo de mudar, ¿sabes? Queda más cerca de la escuela de mi hija, me evito dos horas de tráfico. Será una maravilla no levantarme a las 6 de la mañana de lunes a viernes. —Cosmopolita siguió el chiste, observando la expresión complacida de aquel fantasma burlón. Entonces se llevó la mano al interior de su abrigo, acariciando el mango de su arma por un momento—. ¿Te molestaría si yo...?
—Adelante, adelante. Es su casa, ¿no?
Cosmopolita soltó una risa, sacando su encendedor nuevamente. Luego de aquel disparo en su nuca, había perdido el cigarrillo anterior, así que prendió otro y empezó a fumar.
—¿Quieres uno?
—¿Conoces los vaporizadores? No los uso, pero, solo los viejos continúan dañando sus pulmones con esa mierda.
—Cada día que pasa, los jóvenes se vuelven más maricas. —Cosmopolita negó con la cabeza, chasqueando su lengua antes de darle otra calada a su cigarrillo, que rápido llegó a la mitad—. Además, esas cosas también tienen nicotina, y los que no, son un montón de jodidos químicos para darle el toque mágico.
—Bueno, todos los días se aprende algo nuevo. —Algo molesto por haber quedado como un idiota, el albino reía de sí mismo levantándose de aquella silla para sonar su cuello—. Para ser un viejo cuarentón, eres gracioso.
—Y tú, para ser un veinteañero de mierda, casi pareces un hombre.
Ambos soldados estallaron en carcajadas bajo el cielo estrellado. Era extraño encontrar a alguien similar a ti en el campo de batalla, pero lo sabían con solo verse. Eran el mismo tipo de idiota, y de seguro si su encuentro hubiera sido en otro momento, terminarían compartiendo algunas cervezas y entablando una muy buena amistad.
Sin saberlo, compartieron el mismo pensamiento.
"Es una pena tener que matarte".
Cosmopolita terminó su cigarrillo, dejando caer la colilla. El fantasma, a unos metros, fue cubierto igualmente por un aura blanca y acortó la distancia entre los dos en un parpadear, dejando una estela blanca a su espalda que duró pocos segundos.
Con su velocidad inhumana, incluso un operador tenía una probabilidad casi nula de esquivarlo, en toda su carrera como asesino, ningún enemigo lo había visto venir sin que él le permitiera saberlo, pero ahora mismo, ese fantasma se sorprendió al ver que su nueva presa, había entrado por un portal antes que siquiera pudiera rozarlo.
—Destello blanco, River. Una puta leyenda viviente. Se dice que es tan rápido que nadie ha podido esquivar sus ataques.
River miró a su espalda, al otro extremo de la azotea, Cosmopolita ya estaba encendiendo el tercer cigarrillo de la noche.
—¿Cómo se siente que un viejo rompa tu racha?
River sintió su corazón palpitar como nunca, su sangre ardía, no por ira, sino, por la grata emoción que ahora recorría su cuerpo al encontrar a alguien que podía evitar sus golpes.
—De verdad odiaré matarte.
—Si es que me alcanzas. —El cuarentón bromeó. Esquivando de nuevo la muerte por unos escasos centímetros. Tenía la ventaja de que River debía ser cuidadoso cuando tratase de golpearlo o agarrarlo si es que no quería perder su mano.
Cosmopolita abría portales mucho más rápido de lo que el cerebro humano tardaba en recibir información. Llegando a ser bastante raro para todos cómo ese portal de repente ya estaba ahí y luego no. Eso, junto con sus increíbles reflejos, le permitía entrar en los portales antes de ser alcanzado por ese rayo humano, pues si llegara a tocarlo, sería su final.
La nueva ubicación era la cima del edificio de al lado, todo el cuerpo del cosmopolita estaba tenso, sus sentidos se esforzaban al máximo para salir vivo de aquella situación. No sintió peligro, entonces buscó a River con la mirada, que lo observó desde el anterior edificio, levantando su brazo, con una sonrisa casi imperceptible que el primero era capaz de ver por aumentar su visión. Entonces notó dos drones militares a unos metros sobre la cabeza del destello blanco.
Algo no estaba bien.
Un estruendo sacudió la azotea del edificio, envolviendo el piso superior en un mar de llamas. Todo había sido tan repentino que apenas Cosmopolita había logrado huir a la calle por un portal, siendo empujado por la onda de la fuerte explosión.
—¡Esto es una locura!
Drones, soldados, bombas y el Erradicador más peligroso estaban dándole caza. Todo lo que podía ser usado contra él, estaba ahí esa noche. Era la fiesta de erradicación del cosmopolita, donde todo el poder militar de Estados Unidos estaba invitado.
Ni bien pudo avanzar algunos pasos antes de que sus portales volvieran a cubrirlo, evitando a aquellos francotiradores que dispararon sin piedad apenas lo vieron. Cosmopolita cambió a la calle de al lado, que había visto desde el edificio, pero la historia volvió a ser la misma. Disparos llegaron de todos lados y, de no ser por la defensa total de sus escudos a su alrededor, estaría hecho pedazos.
Cambió su mentalidad. Si huir no funcionaba, mataría a esos francotiradores. Trató de dar un vistazo a los edificios, pero el destello blanco estaba a punto de alcanzarlo, así que llegó al otro extremo de la calle, evitando que su cabeza fuera arrancada por el ataque.
Su defensa total era automática, entonces él debía saltar a un portal antes de poder moverlos a voluntad, lo que lo inmovilizaba por un momento, tiempo suficiente que River podría utilizar para matarlo antes de que se diera cuenta. De ser otro operador, y no el más fuerte del mundo, ya estaría muerto.
River no lo dejó descansar, apenas salía de su portal al final de la calle, River retomaba su ataque. Cosmopolita volvió a cambiar; ahora, sobre un edificio, una bala rozó su brazo. Entonces fue al centro del techo, sacando sus pistolas en el proceso. River no tardó en localizarlo debido a los drones, así que corrió por un costado del edificio hasta llegar a la cima en un momento.
Cosmopolita lo recibió amablemente, con dos disparos que apuntaron a su cabeza, pero ninguno pudo acertar. Con una sonrisa arrogante, el destello blanco evitó cada disparo, deteniéndose un momento para permitirle a su rival que lo apuntase y disparara de nuevo.
—Payaso arrogante. —Cosmopolita sonrió con amargura antes de abandonar ese techo, evitando un ataque que hubiera atravesado su pecho.
Ya no se mantenía quieto en un solo lugar, cambiaba de techo en techo, evitando algunos que explotaban apenas él llevaba pocos segundos ahí, además de que pisar la calle era una lluvia de balas constante, sin mencionar al fantasma incansable que solo le tomaba unos segundos alcanzarlo por más que se alejase.
«Piensa, Arthur.»
En toda su carrera como gestor de la gran corte, había estado cerca de morir al menos unas diez veces, pero había sido muy suertudo y listo en cada una de esas ocasiones, escapando del infierno por los pelos. Solo que, en esta nueva ocasión, era muy literal. Debía saltar entre portales constantemente, solo un descuido, un mínimo momento de duda sería suficiente para que River lo atrape. Cada vez que veía a ese hombre, la lista de veces donde casi moría crecía un poco más.
Volvió a uno de los techos, observando los drones cercanos y en las lejanías, intentar destruirlos todos sería una tarea inútil, pero pudo ver un punto donde de seguro estaría a salvo.
Evitó a River nuevamente, apuntaba a su cuello esta vez, pero no pasó mucho hasta que su transmisor en el oído le informó su ubicación.
"Se detuvo junto a un departamento al lado del estadio de béisbol al norte de tu ubicación antes de saltar al portal. Lo perdimos de vista. No hay explosivos o francotiradores en esa zona."
—Su único trabajo era no perderlo. ¿Para qué me hacen perder mi tiempo? —River frunció el ceño antes de escuchar una voz conocida para él en su auricular, una que congeló su sangre en un momento.
—Arthur sabía que esto era una trampa desde el inicio, vino porque quería retarnos. No va a huir muy lejos sin haberse lucido antes.
River asintió con la cabeza. Entonces el auricular de nuevo volvió a hablar, esta vez era la voz de siempre que informaba dónde estaba Cosmopolita.
"Cosmopolita se encuentra en el centro del estadio de béisbol; movilizaremos a las tropas a los edificios más cercanos donde le sea posible dispararle. Adelante, Correcaminos."
River siguió las órdenes, cruzando calles enteras en segundos, hasta que, a su alrededor, en vez de edificios y tiendas, solo había asientos en diferentes gradas. Ya estaba entrando por el umbral que conectaba los pasillos llenos de tiendas cerradas con las sillas para los visitantes del estadio. Sus iris amarillos como el oro se posaron en el hombre en el centro del campo, que dio un disparo al aire, perforando al dron que informó antes su posición.
—¿Cómo se llaman los que están en el medio del campo? —River se recostó en la baranda levantando su voz para que Arthur diera otro dato inútil pero interesante. No era aficionado a ningún deporte.
—¿El pitcher? —Arthur levantó una ceja, incrédulo—. Me estás jodiendo, ¿Verdad?
—¡No me gustan los deportes, todo en ellos es muy lento!
—Inculto mal nacido.
River saltó al campo, aterrizando donde se posicionaría el jardinero central en cualquier partido. Admiró a Arthur por un momento, ese viejo de mierda había soportado más ataques que nadie a quien había enfrentado antes.
—Déjame felicitarte. Nadie me había ofrecido tanta diversión como tú, Arthur.
—Y yo debo estar algo decepcionado, si tu único truco es ser muy rápido, resultaste no ser la gran cosa comparado conmigo.
El comentario tan pedante de Arthur golpeó el ego de River muy profundo. Había ofrecido sus respetos hace unos segundos y le escupía a la cara. Buscó ocultar su ira con una carcajada fingida, pero incluso su aura dejaba fluir sus crecientes intenciones asesinas.
—Te estás poniendo muy engreído, solo te dejo vivir por mero capricho.
—Estás que me la chupas solo porque te esquivé unos golpes. Si te dejas llevar por eso, de verdad que eres un mocoso patético.
River frunció el ceño con furia, eliminando esa sonrisa que había llevado con él toda la noche. No permitiría que un sucio traidor le faltara el respeto de esa forma. Intentó alcanzarlo, de nuevo fallando en el intento, habían cambiado de lugares por completo, ahora River era el pitcher.
—¿Sabes que de verdad no hice nada malo? Me vinculan con la filtración de la reunión de hace unos días, pero yo solo fui el taxista de algunos ahí... Varios eran buenos amigos míos.
—¿Me estás suplicando piedad?
—Te digo que eres un maldito estúpido. Cazas al hombre equivocado. Y tu jefe lo sabe, solo está probando sus juguetes conmigo.
El juego del gato y el ratón se repitió unas cuantas veces más. River trató de atrapar a Arthur, pero era imposible; siempre terminaba a sus espaldas. La reacción del hombre junto a sus portales lo superaba, haciendo sentir al albino por primera vez en su vida "demasiado lento", pero admitir eso en su interior lo llevaba a tener más ganas de atraparlo para partirlo por la mitad. Esta es su prueba final, su método de enseñarle a esa voz a la que tanto le teme cuán mortal e indispensable puede ser El Destello Blanco.
En uno de sus intentos, buscó hacer algo nuevo, a medio camino, se dio la vuelta para correr en dirección contraria. Arthur podría ser muy rápido reaccionando, pero le sería imposible esquivarlo ahora. Podía ver el portal incluso.
Solo que nada salió de él, cosa que sorprendió al pálido joven, que no se dio cuenta del disparo que chocó contra su mejilla.
De pie en aquel campo verde, llevó su mano hasta su mejilla, sintiendo cómo aquella bala de la pistola modificada había logrado impactar contra su piel, dejando una marca bastante notable. Gracias a su aura, no pasaría a mayores, pero esto no era una cuestión física.
Cosmopolita había logrado golpearlo, nunca nadie lo había hecho.
River observó a su tan ansiado rival, mientras acariciaba el pequeño moretón en su mejilla. El único problema es que no estaba presente, buscó a su alrededor hasta que el talón del viejo se estrelló contra su cabeza, hundiéndole al suelo con su fuerza sobrenatural. River estrelló su cara contra el césped, Arthur había puesto casi todas sus fuerzas en esa patada descendente, que fue suficiente para dejarlo fuera de combate por unos momentos. Incluso al borde de perder la conciencia, el destello blanco mantenía encendida su aura y se arrastró a gran velocidad para alargar la distancia entre ambos.
—¿Ahora eres el perro blanco? —Arthur sintió una gran satisfacción en su pecho, había cumplido su cometido, aunque si hubiera fallado, lo más seguro es que River lo mataba.
El albino empezó a respirar de forma descontrolada. No creía lo que ocurría. ¿Lo golpearon? Sí, dos veces. Llevó la mano a su cabeza, sintiendo un extraño líquido caliente, al ver su mano, quedó horrorizado al verla manchada de sangre. Arthur lo había hecho sangrar.
—¿Cómo?... ¿Qué?
—Los francotiradores están en posición.
Con dificultad, escuchó la voz en su oído. El mundo dio vueltas para River durante unos segundos, mientras que soportaba las náuseas de ver su propia sangre derramada.
—Debo terminar con nuestra cacería. Fue divertido, River.
—Espera, ¡Maldito!
Aún no había acabado, él seguía con vida. No por recibir una patada ya estaba fuera de combate, podía seguir, debía seguir. Nadie iba a humillarlo de esta manera, pero antes de levantarse, Arthur ya se había ido por un portal.
—¿¡Dónde está!? —Exasperado de jugar al gato y al ratón, River llevó una mano al intercomunicador.
"Espera... River, perdemos comunicación con los francotiradores que llegaron a los edificios al lado de tu posición."
—¿Qué?
River observó los dos únicos departamentos que tenían una vista asegurada, aunque algo lejana del interior del campo. No pasó mucho hasta que la silueta del pelinegro se paró en la cornisa del edificio, sosteniendo algo en sus manos. Sin dudar, corrió a toda velocidad al edificio, pero Arthur ya no estaba. Solo las placas metálicas de los soldados a los que posiblemente había asesinado, siendo más de 14 en un momento.
Había esperado por ese momento, mientras menos francotiradores hubiese en escena, sería mejor para él. River apretó sus dientes, con los ojos inyectados en sangre, buscó al Cosmopolita a su alrededor, pero no encontró nada.
"River, Arthur aún no ha abandonado Múnich; si aún le quedan fuerzas, en cualquier momento se irá a algún lado del planeta. Si no quieres trabajar toda la noche, será mejor que lo atrapes en este intento."
Apenas recibió la ubicación, el destello blanco corrió a buscar al Cosmopolita, lo haría pagar. La escena al llegar fue magnífica, los drones armados disparan a Arthur en los techos a donde saltaba. De seguro evitaba la calle para no involucrar a los civiles, pero para el albino, esos eran lujos que no debería darse en estos momentos, pero él lo hacía... Porque el más fuerte podía darse esos lujos.
—¡Yo soy el más fuerte!
River rugió al llegar al mismo edificio de su adversario. Arthur frunció el ceño, admirando la determinación infantil de River, pero ya casi no tenía energías como para abandonar el país. El hostigamiento de River, los francotiradores, reforzar su cuerpo para que las balas no lo mataran, gastar tanta aura para herir al fantasma albino, todo eso había sido gastar, gastar, gastar.
Volvíamos al inicio, un solo paso en falso y River lo asesinaría. Debía guardar la distancia suficiente como para que el modo automático detuviera los drones y luego huir de River, pero ya estaba empezando a agotarse. No podía seguir así eternamente, eran demasiados drones, y se veía que el albino podía seguir mucho más tiempo.
«Me hubiera gustado morir en un lugar más calmado», incluso en su situación mortal. El más fuerte admiró el paisaje sobre ellos, así fuese un momento, no negaría que era una noche maravillosa.
El cuarto solo era iluminado por el leve brillo de las pantallas de los ordenadores, docenas de ellos viendo la misma escena, la cacería del Cosmopolita. Cada uno manejaba diferente cantidad de drones e informaba a las tropas sobre el paradero de Arthur, pero quien daba las órdenes a este montón de programadores sin vida, se encontraba al fondo de todo, inamovible y calmado, sabía que, a la larga, Cosmopolita caería.
El hombre mayor con un traje marrón, acomodó sus lentes negros mientras observaba una de las pantallas. Específicamente, observaba a River en ella. Su comportamiento había dejado mucho que desear, al igual que su desempeño. Aún era un mocoso mimado, aunque esperaba que conocer tal humillación ante su presa, le permitiera abandonar esa mentalidad tan estúpida. Pero sus pensamientos fueron interrumpidos cuando la puerta de ese cuarto se abrió de golpe, y un joven soldado parecía perdido en la confusión.
—Señor, Baskerville... Lo llaman.
El de lentes arqueó una ceja. Ya sabía quién era, incluso que tenía su número, pero no creía que fuera capaz de entrometerse en algo así. Se dirigió a tomar aquel teléfono análogo y lo llevó a su oído para hablar con un tono seco e inexpresivo.
—Lawrence. Ahora mismo estoy ocupado. Yo te llamaré más tarde.
—Estás equivocado.
Lawrence Logan estaba nervioso, al otro lado de aquella llamada, el hombre mayor sostenía un vaso de ron. Llevaba toda la noche tratando de relajarse, pero ahora su mano temblaba sin parar; aunque, como todo buen mentiroso, controlaba su tono de voz a la perfección, ocultando su miedo. Aunque sentía que ese hombre al otro lado del teléfono era capaz de olerlo.
—¿Disculpa?
—Arthur no suministra información a los Impíos ni a nadie. Él es el mejor operador que tenemos y el más leal. Puedo asegurarlo con mi vida.
—¿Y cómo podrías asegurarlo?
Lawrence tragó saliva, su visión estaba totalmente fija en la pared de su cuarto de trabajo, ignorando los libros y cuadros a su alrededor. ¿Cómo podía demostrarlo? Había una forma, arriesgada, pero existía.
—Yo te traeré al topo. Solo necesito que me des algo de tiempo, dos semanas, quizás tres.
—¿Por qué debería confiar en ti, Lawrence Logan? —El de lentes tomó asiento, mientras que con una señal de su mano. Informó a los otros sentados en las computadoras que bajaran la intensidad del asedio contra Arthur—. Eres un hombre listo, no puedo creer que tu amistad con Cosmopolita nuble tu juicio.
—¡No es él! Puedo demostrarlo. Solo dame algo de tiempo. Al igual que Arthur, nunca te he fallado.
El silencio reinó en ambas habitaciones por unos segundos, que para Lawrence fueron siglos, entonces la voz de Baskerville recorrió hasta su espina dorsal, obligándolo a temblar.
—Dos semanas, Arthur estará bajo mi posesión hasta que me entregues al topo en bandeja de plata.
Lawrence alejó el teléfono para dejar escapar un suspiro de alivio. Todos sus músculos se relajaron en aquel momento.
—Sin embargo, espero entiendas que tu fracaso no será tolerado, y si no me traes nada, este acto será considerado como traición al defender a un traidor.
—Sí, sí. Lo sé... Pero tengo un plan, luego discutiremos... Solo no mates a Arthur.
Ya tenía una vaga idea sobre quién podría ser el topo, o, mejor dicho, estaba seguro de una de las fuentes del topo, si lograba capturarlo, evitaría una bala para Arthur y para su familia. Lawrence colgó el celular antes de tomar un largo trago de la botella. Su garganta estaba en llamas, pero luego de hacer un contrato con el diablo, necesitaba una noche inconsciente para poder pasar el amargo sabor de boca.
Su reserva de aura casi estaba por agotarse. ¿Qué debería hacer ahora? Quizás esconderse en una de las casas que había visto. Pero si River empezara a buscar casa por casa, sería cuestión de tiempo para que lo encuentre. Tampoco podía enviar lejos a River, eso era bastante inútil.
Arthur se detuvo a una gran distancia del destello blanco. Estaba dispuesto a enfrentarlo en un último movimiento. Arriesgaría su vida en aquel intento de... ¿Siquiera estaba peleando por algo? No. Esto ya solo era un juego entre los más fuertes.
River, como un demonio vestido de blanco, acortó la distancia, pero el intercomunicador en su oído vibró, deteniéndose antes de que alguno de los dos fuera capaz de hacer algo.
—¿¡Qué!?... ¿Cómo que la misión termina? ¡Cosmopolita sigue vivo! —River no era capaz de creerlo, observó a Arthur, que tampoco era capaz, pero una enorme sonrisa se marcó en su rostro—. ¡Mató a nuestros agentes! ¿Lo dejaremos ir así nada más?
"Nuestros agentes están vivos, ya uno se reportó. Cosmopolita los dejó inconscientes."
Fue entonces que River escuchó la risa incontenible del viejo frente a él. Arthur se dejó caer contra el cemento de aquel edificio, observando las estrellas sobre ambos sin parar de reír.
—Bien. Comprendo, erradicación cancelada. —De mala gana, River apagó el intercomunicador antes de sentarse junto al hombre más suertudo del mundo—. ¿Fumar ayuda a aliviar el estrés?
—Te ayuda a aliviar el estrés que te causa no fumar.
—Ya dame una de esas mierdas.
Arthur encendió un cigarrillo para River y otro para él, siendo los últimos que quedaban en su caja. Apenas el albino dio la primera calada, empezó a toser abruptamente, golpeando su propio pecho.
—¡Ni es de menta!
—Ñiñiñi, sé hombre, estúpido.
A punto de iniciar un puchero, el albino ignoró esas provocaciones del contrario, mantuvo su mirada en el suelo para luego continuar con el cigarrillo, aunque no le gustara ni un poco.
—No puedo creer que todo esto fue para nada, aunque tienes que venir conmigo. —El hombre a su lado había aguantado una de las mejores armas que los Erradicadores poseían, ya podía ver por qué él es el más fuerte de los operadores—. Para ser un maldito viejo con un pie en la tumba, eres fuerte.
—Gracias, amigo. Tú también eres fuerte.
River no dijo nada, solo lanzó la mitad del horrible cigarro lejos, para luego apagar su aura y suspirar. Arthur hizo lo mismo, concluyendo la batalla entre el operador más fuerte y el Erradicador más fuerte. De nuevo, la suerte le había sonreído a Arthur, tenía un muy buen amigo.