La vida de un operador es un maldito estrés cuando te encuentras en el primer o segundo escalón. No hay ninguna diferencia entre la vida de un humano normal y un operador de tercera.
En el primer escalón, se encuentra el triunvirato de las tres casas: Logan, Vasíliev, Zhu. Además, otras casas de operadores con mucho dinero que están bajo las órdenes directas de los Erradicadores.
El segundo escalón son familias poco menos adineradas o con menos influencia en términos políticos. Trabajan directamente para las grandes casas en puestos importantes o tienen sus propias grandes empresas de las cuales los erradicadores se aprovechan.
El tercer escalón son simples operadores registrados en el congreso, o no, que tienen trabajos comunes, pero están bajo las doctrinas erradicadoras, permaneciendo cómodamente bajo el radar.
Es un maldito fastidio ser un operador del segundo escalón.
¿Qué puedo decir? Desde que nací, mis padres, obsesionados por ganar estatus, me obligaron a esforzarme desde que tengo memoria. Mi padre fue un erradicador, y mi madre, cuando conoció a mi padre, empezó a dirigir una organización de subastas de bienes de alto valor embargados de multimillonarios. Toda una pareja de ensueño.
Por un lado: Stefan. Un hombre estricto, que ansiaba alcanzar un alto puesto en el congreso de los operadores y escaló participando en misiones de asalto contra los enemigos de los Erradicadores, ya sean impíos u otras cosas que nunca quiso contarme, pero que lo convirtieron en un viejo obstinado con problemas de perfeccionismo.
Por otro lado: Loana. Una madre sedienta de ganar dinero, ganar fortunas, obtener más estatus para presumir y, supongo, darle un valor a su miserable existencia vacía que solo se alimentaba de la envidia de otros.
De un matrimonio puramente por intereses, mi madre queriendo tener a un erradicador y mi padre queriendo obtener absurdas riquezas, miserablemente nací yo. Un pobre bastardo que no sabía lo que le esperaría después.
Empecé mi entrenamiento con Aura a una edad muy diferente a la de los otros, a los seis años. Desgraciadamente, resulté ser todo un prodigio que pudo aprender a mantener su aura en un mes; además, como una burla celestial, resulté tener una inmensa cantidad de aura. Decían que era casi antinatural que solo iniciando tuviera tanto poder, comparable con las reservas de los mejores operadores conocidos. Recuerdo que varias veces han dicho que, en un top de operadores con más aura conocida, estoy entre los primeros diez.
Disfruté muy poco de la belleza de Brașov en Rumanía. A pesar de vivir casi al lado del maldito castillo de Drácula, nunca pude ir. Al menos, puedo agradecer el frío y la nieve que tanto me encantaba de pequeño y aún me encanta.
Vivía encerrado entrenando mi aura, practicando combate; tuve clases de música, clases de danza, una extensa rutina de ejercicios junto con una estricta dieta que no me permitían romper, aunque mi padre siempre se quejaba de mi apariencia delgaducha y escuálida. Siempre he sido mucho más parecido a mi madre, heredando casi todos sus rasgos, excepto mi gran nariz, la cual decían era mi único defecto, pero no lo sé. Me veo al espejo y disfruto una nariz alargada y puntiaguda.
Me esforcé y seguí felizmente cada una de sus rutinas, las mejores notas, los mejores resultados, todo para ver la felicidad en los rostros de mis padres escuchando cosas como “Mi hijo es un prodigio”. “Mi bebé es un genio, será uno de los operadores más poderosos e importantes de la actualidad”. Pura basura.
Con el pasar de los años, los halagos desaparecieron; ya nada de lo que “lograba” era verdaderamente un logro. Tan solo era un deber más que yo debía cumplir porque era perfecto. El chico perfecto no puede ser nada menos que perfecto en todo lo que realice: postura perfecta, notas perfectas, control perfecto del aura.
¡Para rematar! Descubrí que mi lectura del aura era superior a la de casi cualquier operador que conocía. ¿Quién coño fui en mi anterior vida? ¿Jesús?
Poco a poco, dejé de sentir el supuesto cariño que tenían mis padres. Quizás porque entendía mucho mejor las cosas, pero a ellos de verdad no les importaba que yo lograra algo, no que yo lo hiciera, sino el logro en sí y que fueran capaces de presumirlo, porque eso los ayudaría a ganar más estatus, más poder.
Me hastiaba.
Me hastiaba, me hastiaba, me hastiaba, me hastiaba, me hastiaba, me hastiaba. ¡Me hastiaba! Estoy cansado, cansado, tan cansado. Me duele, de verdad me duele el cuerpo. ¿Cuánto más tengo que esforzarme? Noche tras noche, día tras día. Solo hay peso sobre mis hombros, porque si fallo, ¿qué es lo que pasará? Si no puedo ser menos de lo que ya soy jamás, significa que el día que me equivoque dejaré de ser útil. ¿Tendré que vivir así por siempre? Dios, no, por favor, basta, ya no más. ¿Por qué me diste estos dones? ¿Por qué? No los quiero, preferiría regalarlos, a quien sea, al primero que los pida; se los daré si eso me da así sea un día de descanso, una noche donde todo mi cuerpo no me esté matando por el esfuerzo, ¡una mañana donde despierte bien descansado y no preocupado de si hice todo bien ayer!
¿Por qué yo, Dios?
No soy un operador, ni siquiera soy un humano, soy un recolector de logros que no son para mí. No soy diferente a un robot.
Mis únicos momentos de felicidad eran levantarme en la madrugada por x razón; antes solo era porque tenía sed o quería ir al baño, pero terminaba sentado en la cama, utilizando mi celular a escondidas. Veía series, perdía el tiempo, así fuera una hora o 20 minutos antes de quedarme dormido. Se sentía tan bien, me sentía en… en paz.
Veía la comida, veía los videojuegos, leía historias de fantasía, terror o cualquier género solo por ocio. Durante esa hora me sentía como si fuera un niño.
Pero todo lo bueno se acababa muy rápido, en especial si eras el robot prodigioso de dos bastardos como mis padres. Fui descubierto y me quitaron mi celular. Las siguientes madrugadas me despertaba temprano, entendiendo que lo hacían por mi bien. Aunque no me creyeron que solo fuera durante media hora o a veces menos.
No podía dormir.
Miraba el techo, miraba los libros que ya había leído y repasado varias veces, miraba por la ventana, a veces viendo solo un patio enorme iluminado por farolas, el césped a veces verde, el césped a veces blanco por la nieve. Ya no me daban mi celular en la noche.
Un día, fui a mis clases de piano; no sabía por qué estaba aprendiendo a tocar piano si seguiría el trabajo de mi padre, ser un erradicador. Yo no tendría que tocar un maldito piano; no quiero tocar piano.
Eso fue lo que pensé; en ese gran salón, detuve mis dedos antes de tocar las teclas y dije en voz alta.
—No tengo ganas hoy de practicar esta lección.
Quizás fue por el cansancio que dije lo que pensaba en voz alta. Me di cuenta de mis palabras, pero principalmente, me di cuenta de lo fácil que fue decirlas.
¿Por qué no lo había hecho antes?
Mi profesora particular, una vieja que conocía desde hace años, no supo qué decir en ese momento; jamás me había negado una lección. Trató de convencerme, pero continué negándome. Ella lo aceptó luego de una tercera vez y fue a decirles a mis padres para dejar la clase para más tarde u otro día.
Recuerdo que esperé sentado en aquel taburete. Mis padres estaban ambos en casa, por lo que uno iba a venir a regañarme, pero me dije a mí mismo: “No”. No voy a tocar hoy este maldito piano.
Mi padre llegó, con esa mirada severa y su recto porte militar.
—Continúa con la clase —ordenó.
—No quiero —respondí al instante.
Perturbé aquella expresión; en ese momento, mi cuerpo se relajó como nunca en mis 14 años de vida. La discusión continuó y yo me negué; luego de que ese imbécil empezara a gritar, me seguí negando, incluso después de recibir una cachetada.
Claro, luego de una segunda cachetada, hice desaparecer el piano con un ataque de aura, destrozando la mitad de aquella habitación. Mi padre retrocedió, encendiendo su propia aura. En ese momento… Me sentí mejor que nunca y fue la primera vez que desperté flow.
Aún recuerdo las palabras que le dije a mi padre. Jamás las olvidaría.
“¿Y quién me va a obligar?”
Luego de esas palabras, recuerdo que recibí una patada en el rostro. Estalló una pelea entre mi padre y yo, una que obviamente perdí, pero me aseguré de hacer tanto daño como me fuera posible en el proceso.
Por todo ese cansancio, por todo ese peso, por todos esos momentos durante tanto tiempo en que solo cumplí los deseos de otros, ignorando que mi verdadero deseo era tener paz, así fuera solo por un día.
Quizás si me hubieran dado paz un día a la semana, no al mes, yo hubiera podido seguir con esa rutina, pero nunca hablé debidamente con ellos, no porque tuviera miedo de intentarlo, sino porque conozco a mis padres. No les interesaría escuchar nada de lo que su pequeño esclavo tuviera que decir.
Luego de ese combate, fui castigado, encerrado en mi cuarto sin poder salir, sin mi celular, sin nada para leer.
Pero el punto era ese.
Hacer nada. Durante una semana no hice nada, por una semana, viendo la pared, viendo el techo, viendo mi comida; por esa semana, fui verdaderamente yo. Estaba feliz con ese resultado.
Luego de esa semana, me aseguré de causar tantos problemas como me fuera posible, acepté cualquier castigo, me enfrenté a mi padre decenas de veces, cada vez siendo capaz de darle una paliza más fuerte que la otra. Desarrollé mi operación, una operación muy útil para combatir. Los llamé: “Miserables monocromos”.
blanco y negro: lanzas.
Color blanco: pistolas.
Color negro: con cañones.
Y un color gris que me ayudase a garantizar victorias sorpresivas.
No importaba si repetía alguno, pero no podía crear más de cinco a la vez. Mientras respetara esa regla, podía generar la formación a mi gusto.
De hecho, ese nombre que les di era porque serían los pobres bastardos a los que usaría para hacer cualquier cosa, así sea cocinar o buscarme un vaso de agua.
Luego de incontables peleas, un día, ellos se rindieron conmigo.
Me convertí en su hijo fracasado, la basura de la casa Ardelean. No querían llevarme a reuniones por mis nulos modales con otros operadores; tampoco eran capaces de obligarme a nada porque me volví más fuerte que ellos.
Lo único que me molestaba era que seguía en aquella casa y me era imposible escapar de las discusiones. Los gritos constantes, las peleas entre mis padres hablando sobre qué hacer con su inútil hijo.
Que me lanzaran a este evento fue lo mejor que me pudo pasar, pero me había acostumbrado demasiado a esta nueva vida de vagancia. Con 19 años, por fin me junté con gente de una edad similar a la mía, teniendo total libertad para actuar.
Y vaya mierda resultó ser. Odio a casi todos, demasiados gritos y emociones para mí. Solo soy un hombre que busca tener una vida tranquila. Disfrutar de la paz con todo lo que le gusta y que nadie se acerque para pedirle algo. Carol Ardelean era un vago egoísta y malagradecido. Por supuesto que lo era; ¡si no fuera así, no sería Carol Ardelean!
Entonces se metió debajo de la mesa aquella persona. Una enana torpe que tampoco estaba en buenos términos con sus padres, alguien que escuchó lo que quería y no le pareció un bicho extraño, como todos los demás. Alguien con quien compartía muchos gustos. Fue una conexión casi instantánea; aunque a veces incluso ella me parecía una molestia, era una que podía soportar.
Hice una amiga de verdad.
Decidí ayudarla, impedirle que cayera en el mismo error que me detuvo a mí; a pesar de nacer como un superdotado, mi avance en el aura era básicamente nulo, solo que tenía tanta que nadie se quejaba de eso, pero una vez acepté a mi nuevo yo, mi verdadero yo, empecé a incrementar mi aura.
No tenía pensado hacer nada hasta el último momento, donde todos estuvieran descuidados y yo pudiera llevarme el premio, alejándome de todo. Pero no podía seguir viendo a Engel, no fui capaz de soportar de nuevo esa sensación de insuficiencia.
Por eso, ahora aplastaría a todos de tal forma que no tendría que hacer más en las siguientes pruebas.
Le daría un punto final a todo aquí, así que lo siento, querida amiga. Tuviste la mala suerte de ser mi enemiga en esta ronda.
Espero no te lo tomes personal.
El grupo de Rachel detuvo su avance. La líder del grupo sintió desvanecerse a todos sus compañeros en tan poco tiempo, pero no podía captar qué lo había hecho.
«¡Es algo totalmente nuevo! ¿Qué mierda está haciendo? ¿Cómo puede derrotarlos con tanta facilidad? Además, ¡desapareció!». Era leve, muy leve. Si se concentraba mucho, podía sentir que algo se movía a gran velocidad por el bosque, algo invisible y aterrador que iba en línea recta a donde Carol se encontraba, pues ahora solo podía sentir a Engel y Lei Qiang. La espalda de Rachel tembló de solo imaginar algo que pudiera evadir su clarividencia, pues esto significaba que estaba al nivel de Arthur, River, Lawrence y Renate.
—¡Algo malo pasó! —advirtió a su grupo, llevándose una amarga sorpresa al escuchar caer algo a unos metros de ellos. De entre los árboles, una figura desconocida emergió. «¿Un títere? No, está totalmente creado por aura… No puede ser, ¿por qué actúas ahora?»
La figura de un hombre, pálido, alto, afeminado, pero más importante, de apagados ojos muertos, se hizo presente en la cabeza de la rubia. Apretó sus dientes sin poder ocultar su emocionada sonrisa.
—Carol…
—¿Rachel? ¿De quién es esa operación? —Alice sacó su tentáculo, temerosa de hacer algún movimiento arriesgado que la llevara a perder nuevamente.
—¿Qué es eso? —Taara estudió al autómata de blanco. Entonces una ardiente chispa brotó repentinamente en su pecho— Bah, ¿qué importa? ¡Me encargo!
Júpiter hizo presencia, pero el maniquí con gran velocidad logró salir de la zona antes de verse afectado. Atravesó las defensas del grupo, esquivando grácilmente cualquier cometa dirigido hacia él, al igual que los hilos. Su objetivo, la gótica de uñas pintadas y gran cabello rizado. Alice trató de defenderse, pero una fuerte patada en su pecho potenciada por aura la envió volando a una gran distancia, desmayando a la pobre sin muchos problemas.
Antes de que el maniquí retomara la compostura, Júpiter lo atrapó. Rachel atacó con sus hilos. El autómata fue despedazado por sus ataques y la oleada de meteoritos que lo atacaron desde todas las direcciones, destrozándolo rápidamente.
Al ver la amenaza neutralizada, Taara desapareció a Júpiter, mirando de reojo a su compañera por un momento.
—¿Esto es de Carol?
—Un aura negra, el único que jamás nos mostró su operación, pero por las bolsas de dormir sabemos que puede invocar cosas. —Rachel no explicó demasiado cómo llegó a esa lógica, pero Taara la aceptó rápidamente.
—Es muy fuerte. —Resaltó la india de coloridos ropajes morados.
“¡Alice -1 punto! ¡Carol +1 punto!”
Rachel soltó un suspiro de alivio, que duró muy poco al ver cómo las piezas destrozadas se alejaron en extremos diferentes, las blancas y las negras, formando dos nuevos autómatas. Uno que generó dos enormes cañones a sus costados y uno que portaba dos pistolas.
—¿Cómo puede tener tanta aura? —Rachel se escondió detrás de la vibrante Taara, que parecía que estallaría de la emoción.
—Es… Hermoso. —No solo sus amigos habían sido derrotados; Carol podía enviar incluso más enemigos contra ellas, cosa que hizo saltar su corazón de emoción— ¡Te declaro el operador más poderoso de nosotros doce!
Los autómatas abrieron fuego. Rachel corrió en dirección contraria a la india, que fue a quien las creaciones de Carol atacaron sin piedad. Con la Luna y Saturno, aumentaba su velocidad; también se desplazaba a voluntad, pero incluso con estas mejoras, era incapaz de evitar las balas de aura que golpeaban sus costados, pero podía sobrevivir a los enormes rayos de aura que los cañones disparaban.
—¡Eres un maldito! —exclamó sonriente. Al acortar la distancia contra los autómatas, hizo lo que mejor sabía hacer. Expandir su aura tentacular, parecida a un manto oscuro lleno de estrellas, encerrándose en un domo negro junto a las queridas creaciones de Carol, que podían moverse incluso en aquel espacio.
«¡Debe haber un truco! No es posible que tenga tanta aura como para hacer tantas cosas. Quizás ellos no se puedan destruir de forma convencional. Eran… eran tres y si Carol creó una operación según sus gustos, entonces…» Rachel mataba su cabeza, pensando tan rápido como podía para ayudar a su compañera. Se concentró como nunca lo hizo antes, dándose cuenta de una nueva presencia cerca de ella, que se movía entre los árboles en silencio.
Uno central, uno que no atacará, que se mantuviera cerca únicamente para mantener a los otros en funcionamiento. Si este era destruido, entonces los demás igual. Fue a la conclusión a la que Rachel llegó al sentir esa presencia oculta en los árboles.
«¡No hay razones para que no ataque! Entonces debe de haber un truco».
Estiró sus hilos tanto como pudo, fortaleciéndolos con aura; al tener a la presencia escondida a una distancia de veinte metros, usó aquellos látigos blancos, destrozando el árbol y al maniquí de color gris que había intentado huir.
«¡Clarividencia, hijo de perra!», pensó con emoción. Su costado fue atravesado en un momento. No podía ver a nadie, pero ahora mismo, un frío objeto metálico atravesó su abdomen. Ella detuvo sus pasos, observando cómo junto a ella, uno de los autómatas poco a poco volvía a ser visible.
—¿Qué? —Rachel observó cómo el maniquí la estaba apuñalando. Aprovechó aquella distracción y su invisibilidad para atacarla por sorpresa, superando por completo la clarividencia de la rubia— Imposible.
El robot de ropas grises desapareció; su dueño lo hizo desaparecer al cumplir su función. Rachel se arrodilló cubriendo su herida. Usó sus hilos para amarrarse el abdomen y detener el sangrado, aunque el dolor era demasiado intenso, podía moverse. Ya había soportado las puñaladas de Zachary, también la de ese cuervo en Francia, esto no era nada.
Se levantó, observando desaparecer aquel domo, se acercó a pasos lentos para reagruparse con Taara, pero lo único que vio, fue a la india de ojos cafés derrotada en el suelo, rodeada por un autómata con cañones, otro con pistolas, y uno con una lanza.
“¡Taara -1 punto! ¡Carol +1 punto!”
Apretando sus labios, Rachel retrocedió con temor apenas captó la atención de esos tres. Quería correr, pero sería alcanzada, entonces caería peleando, pero cuando pensó que se lanzarían a cazarla, todos desaparecieron sin más.
—Ah… ¿Qué?
Volteó su mirada, caminando con una inusual timidez, agachando su cabeza. Engel se acercó a Rachel, pudo sentirla acercarse, pero no sentía para nada a Carol.
Lo que era ilógico, pues el afeminado de larga nariz se pavoneaba junto a ella, envuelto en un aura más oscura que el carbón. Sus ojos muertos miraron a Taara por un instante, luego pararon en Rachel.
—Sorpresa… ¿Emocionada de ver jugar a tu amigo?
—¿Cómo lo haces? —Rachel sonrió, dándose por vencida. Era la única miembro de su equipo, y algo le decía que no iba a poder vencer a casi todo el equipo rival ella sola— ¿Tú me dejaste sentir a ese invisible?
—Sí, pensé que te gustaría algo como los monos del biombo en Sekiro. —Carol levantó su mano, inquietando a Rachel con una ligera sonrisa en sus labios— Cuando leí tu mente y vi que estabas dándole tantas vueltas a mi habilidad, te di ese pequeño estímulo para que jugaras un poco.
—¿Cómo?... Nadie aquí ha podido leerme desde que empecé a usar mi clarividencia. —Entrecerró sus ojos, pero la respuesta poco a poco fue esclareciéndose en su mente.
—Por la misma razón que sé que Ne Zha y Joao se dirigen hacia acá ahora mismo. —respondió, recuperando aquella expresión aburrida— Ne Zha está cargando a Joao, tomando sus brazos mientras vuela.
Rachel confirmó aquellas palabras. Eran totalmente verdad, Ne Zha se dirigía hacia su ubicación, tomando los brazos de Joao, que colgaba incómodo en el aire. Sus pupilas se contrajeron en sorpresa.
—Eres un clarividente.
—Lo soy. Mucho más experimentado que tú. —Carol se acercó a la cansada y adolorida Rachel. Su puño se cargó de aura, golpeándola con fuerza en el estómago, obligándola arrodillarse— Hay cosas que no te he dicho, pero, podemos influir un poco en los pensamientos de las personas si te metes lo suficiente en su cabeza y eres experimentada, darle ideas, aunque pequeñas, a veces puede resultar muy útil… Oh, por supuesto, como soy mucho mejor que tú, puedo ocultar mi presencia.
Rachel escupió, abrazando su estómago, el bastardo justo la había golpeado en su herida. En vez de sentirse enojada, levantó su mirada, sus brillantes ojos azules admiraron a Carol. Por todo lo que era capaz de hacer, le dejaba claro que podía manipular, crear, reforzar, controlar el aura a distancia y que su suministro de aura era algo para ella inimaginable, aparte de poseer esa extraña peculiaridad que hasta ahora solo ella y Arhtur poseían.
—Eres… increíble… ¿Por qué no lo hiciste estando en mi equipo? —preguntó con un tono burlón, dándose cuenta de que Lei Qiang había llegado con el otro pingüino.
—Soy alguien con un corazón de melón. —Carol le dio la espalda, acercándose a Lei Qiang para quitarle el peluche— Si yo hice todo, merezco todo, entonces… espero estés de acuerdo.
Lei Qiang, asombrada, bajó su mirada, entregándole el muñeco sin oponer resistencia. Carol se acercó a Engel, entregándole el peluche.
—Beatrice…
—¿Sí? —Engel levantó su mirada, tomando aquel peluche, luego miró de reojo a Rachel.
—Sí necesitas ayuda para lograr tus objetivos, está bien, si no puedes crear una operación, está bien… Así seas el peor parásito del mundo, levanta la cabeza con orgullo. —Carol palmeó el hombro de Beatrice, señalando con su mentón a Rachel en un gesto rápido— Siéntete orgullosa, Beatrice Engel, porque no hay otra tú en el mundo… No desperdicies tu corta vida tratando de complacer a otros. No lo vale.
Engel, con ojos llorosos, mordió su labio inferior, abrazando aquel peluche con fuerza, acercándose a la rubia arrodillada que frunció el ceño al saber lo que estaba por suceder.
—Wow, resultaste ser tan compasivo —fingió sarcasmo, dirigiendo una rápida mirada a Carol que hizo el gesto de paz con su mano.
—No… No creo merecer estos puntos, Rachel. —Beatrice tartamudeó— ¿Debería?
—¿Y qué hago? ¿Te aplaudo? —Rachel sonrió amargamente, había sido una total derrota para su grupo. Bajó la cabeza, cerrando los ojos—. Haz lo que tengas que hacer y vete al demonio.
Engel, sin estar totalmente convencida de que sus acciones eran correctas, cargó su puño con aura, poco a poco, estrechó su mirada, agachando un poco su cuerpo, susurrándole al oído a Rachel.
—La próxima vez, haré que te arrodilles por mí misma. Te lo juro. —Seguido de aquellas palabras, un explosivo golpe en su rostro durmió la consciencia de Rachel Ficks.
El tiempo acabó poco después, a la par que Lindsy anunciaba los últimos puntos.
“¡Engel +1 punto por vencer a Rachel, +2 puntos por ganar y tener el muñeco! Carol +2 puntos, por ganar y el muñeco”.
Primeros puestos:
Carol 1: + 2 + 1 + 5 = 9
Jack 5: -1 + 2 = 6
Engel 1: +1 +2 +1 = 5
Los demás:
Lei Qiang 3: +2 = 5
Ao Bing 7: -1 -2 = 4
Zachary 5: -1 - 2 = 3
Ellie 5: +1 - 1 - 2 = 3
Ne Zha 1: +2 = 3
Joao 1: +2 = 3
Rachel 4: -1 -2 = 1
Taara 4: -1 - 2 = 1
Alice 1: 0
Rachel dejó atrás la enfermería llena de lamentos que era su equipo. Había perdido, eso le dolía, pero perder contra uno de los operadores más fuertes y versátiles que había conocido era algo que la emocionaba.
—Derrotados solo por un operador… Vaya. —Rachel sonrió, burlándose de sí misma.
Llegó a la sala, encontrándose con el de nariz larga y fina. Rachel desaceleró sus pasos, pero los ojos muertos del hombre se fijaron en ella. Tomó confianza. «Tranquila, Rachel. No es un monstruo o una leyenda, sigue siendo Carol». Pensó, relajando su tenso cuerpo.
Carol notó cómo los ojos de Rachel volvieron a verlo como siempre lo había visto, como a cualquier otra persona. Se levantó de la silla donde estaba viendo su teléfono, deteniéndose frente a la rubia más baja.
—¿Hay algo que no me estés contando, Carol? —preguntó Rachel sonriente.
—Hay dos tipos de flow: el que aumenta tu aura y el que te permite mejorar tu operación. La clarividencia puede afectar la mente de otros si la entrenas mejor, clarividencias pueden anularse entre sí, pero no estás a mi nivel. Las operaciones tienes que hacerse relacionado a algo tuyo o nunca podrán ser explotadas al máximo. —dijo, enumerando con sus dedos todo lo relacionado con el aura que él conocía—. No le des esta información a nadie, Rachel, hay cosas que habré dicho, pero eres la única a la que le explicaré verdaderamente todo lo que he descubierto… aunque, claro, esto es según mi experiencia, no en todos funcionará igual.
Rachel asintió con la cabeza, tampoco tenía intención más que compartirlo con Lindsy, pero si era una petición de Carol, lo escondería incluso de Arthur y Lawrence si era necesario.
—¿Entonces ahora serás mi jefe final?
—No. —dijo formando una X con sus brazos— Que molesto suena eso. Solo ganaré más puntos si veo que pierdo alguno de los tres primeros puestos, por otro lado, me acostaré en el suelo y usaré mi celular.
Carol levantó su mano en señal de despedida. Se dio la vuelta, tomando rumbo a la enfermería de su equipo. Rachel apretó sus puños, aún permanecía incrédula. Que un operador tan poderoso fuera un amigo cercano y un posible rival era emocionante.
—Creo que puedo entender mejor a Taara… ¡Carol, gracias por toda tu ayuda! ¡Eres increíble! —exclamó con fuerza.
—No, no lo soy. —Carol la miró de reojo mientras caminaba— Solo soy un vago.
Seguida de aquellas palabras, cruzó un pasillo, uno del cual Engel emergió, ya totalmente recuperada. Ella y Rachel cruzaron miradas por un momento, pero la de chaqueta azul se dio la vuelta para buscar a Lindsy, ninguna de las dos tenía nada que decirse.
«Entonces en la siguiente ronda… Seré yo misma». Engel miró sus propias muñecas, encendiendo su aura. Rachel volteó por un momento, dándose cuenta del intenso brillo rojo en los determinados ojos de Engel.
No dijo nada. Solo siguió su camino aún adolorida. Buscaría algunos mimos y el consuelo de su amada para sentirse mejor. Se lo merecía luego de ser brutalmente aplastada.