Otro día como cualquiera.
Solo con la pequeña diferencia de que en la tarde, después del entrenamiento, alguien toca a mi puerta y veo a Alan con una gran sonrisa. Me dijo que quería pasar tiempo con Sarah y conmigo. Aunque sé bien que es más con Sarah. Después de todo se dio cuenta de que estuvieron separados por malentendidos de las demás personas.
Solo que Sarah no lo sabe y ella no le agrada mucho la idea de que esté aquí. Lo mira con ojos muerte a cada cosa que dice o hace. ¿Cómo logrará Alan que hagan las paces?
—Traje un juego de mesa de cuando pequeño.
—No me interesa—dijo Sarah indiferente.
—Vamos, a ti te encantaba jugarlo.
—Eso era antes, ahora ya no.
—Mentira, estás así porque tienes miedo de volver a perder contra mí-dijo con un sonrisa que claramente irritó a Sarah.
—¿Qué dijiste maldito?
—Perdón, yo no hablo con perdedores.
—Dame ese maldito juego y empecemos ya.
Ahora Alan poseía una sonrisa triunfante. Se sentaron en el suelo y sacaron el juego. Quería dejarlos solos así que me excusé con que quería recorrer el lugar.
Salí y comencé a observar con detenimiento cada lugar. Habían puestos de ventas pero no se trabajaba con dinero, sino intercambiando cosas. Me siento como en una película vieja de mi hermano de cuando los tiempos medievales.
Pasé por un puesto y me llamó la atención un peluche de conejo blanco. Es extraño, es como si al verlo me entraran ganas de llorar. ¿Me recuerda a mi infancia con mi familia? Lo agarré para calmar ese sentimiento y la señora que lo vendía rápido se acercó a mí.
—¿Es lindo verdad?—asentí absorta en los ojos azules del muñeco—Te lo cambio por cualquier cosa que tengas.
—Ah. Lo siento, no tengo en estos momentos algo como para cambiar.
—Es una pena. Aquí vienen muchos e intercambian sus cosas. Alguien vino y cambió una copa por el muñeco. Y así vendrá otro lo cambiará por algo más.
Entonces alguien lo dejó aquí. Seguro un niño que ya maduró y piensa que es muy infantil.
—Bueno, será para la próxim...
—Te lo cambiaré.
Una voz grave y firme retumbó detrás de mí. Me volteé sorprendida y veo ante mí a Axel vistiendo ropas casuales que consistían en un pantalón negro y una camisa y un abrigo igual de oscuros. Su cabello que siempre está perfectamente peinado hacia atrás, ahora está desordenado cubriéndole parte de la frente. Su mirada se cruzó con la mía y su expresión seguía tan seria como siempre.
—Muy bien, ¿qué me darás a cambio?
—Esto—se quitó un brazalete tejido de la muñeca y lo puso sobre la mesa.
—N-no hace falta—me apresuré a decir pero no había de otra. Ya la mujer tenía el brazalete en la mano admirando su valor.
—¿Crees que es suficiente cambiar un viejo brazalete sin valor por un muñeco que sí lo tiene?
—Sí es valioso.
Su voz, aunque seguía firme, tenía un deje de melancolía.
—Muy bien, el cliente siempre tiene la razón—me miró y me soltó una sonrisa pícara—estás de suerte, tu novio llegó justo a tiempo.
—No es mi novio—dije avergonzada pero ella parecía no creerme.
Salí del lugar con el muñeco en brazos y Axel se mantenía a mi lado. Era un poco incómodo y más que perdió algo valioso por un simple muñeco.
—No te preocupes, ya me quería deshacer de ese brazalete cuando tuviera la oportunidad—me explicó ya que no soportó el silencio entre los dos.
—Bueno, pero podías intercambiarlo por cualquier otra cosa.
—Pero tú lo necesitabas. Se veía que querías ese peluche sin dudas.
—Fue solo un capricho—mencioné ocultando mi rostro de vergüenza entre las orejas del peluche.
—Pues no lo parecía.
Dejé el asunto así porque no llegaría a nada. Siempre me contradice y a mí no me gusta pelear por cosas como esas. Las farolas de las calles comenzaron a encenderse por el atardecer. Una cosa que me gustaba mucho era ver cómo el sol se ocultaba entre el horizonte. Para mí era señal de que sobreviví otro día. Pero aquí no he podido verlo desde que llegué por los altos muros. No me había dado cuenta de que estaba mirando hacia el cielo por mucho tiempo y Axel se quedó mirándome.
—Ven conmigo.
Me tomó la muñeca y me dejé llevar por él. Me llevó hacia el muro pero había una puerta custodiada por un guardia. El hombre se apartó al reconocer a Axel y nos dejó pasar. Subimos unas escaleras que solo estaban iluminadas por una tenue bombilla. Al final se abrió una puerta y sentí el fuerte viento azotar contra mi rostro. Di unos pasos y quedé maravillada ante tal paisaje. Se podía ver claramente las copas de los árboles, las montañas a lo lejos y el Sol ocultándose entre ellas. No había ni un edificio a los lejos. La ciudad está bastante lejos de aquí. Pero jamás había tenido una vista como esta. Siempre trataba de subir al árbol más alto para verla.
Inconscientemente caminé hacia la orilla del muro y rápido Axel me agarró por la muñeca. Lo miré desconcertada.
—¿Quieres morir tan pronto?
—No, es solo que jamás había estado tan alto.
—Puedes venir cuando quieras, pero no te quedes cerca de la orilla.
Miré hacia bajo y pude divisar movimiento entre los arbustos. Al parecer los espectros estaban merodeando este lugar.
—Sabes—dijo captando mi atención—No me has contado algo sobre ti.
—Ni a nadie, excepto por Alan que me hizo preguntas. Además, ¿por qué debería?
—Porque eres parte de este lugar.
—¿Y tú sabes quiénes son todos aquí?
Se quedó en silencio porque no sabía cómo responder. Creo que fui un poco dura con él. Solo estaba tratando de conocerme y yo le contesté mal.
"¿Pero por qué? ¿Por qué quiere conocerte el líder del refugio? Debe tener otras intenciones"
La voz de mi cabeza me mantuvo alerta. Es cierto que todo esto no es normal. Se preocupa demasiado y quiere conocerme. Es sospechoso.
Pero aún así, no me molesta que quiera conocerme. Es raro. Pero reconfortante.
—Perdón—él me miró extrañado—Es que no me acostumbro a todo esto. Allá afuera no tenía a nadie después de Richard y Katherine. Ellos dos eran mis pilares luego de que todo esto quedara así. Cuando murieron mis padres, me había quedado un día más junto a ellos esperando a que despertaran pero nada. Era muy tonta en ese entonces. Al estar tan sola me adapté a escuchar todo a mi alrededor en busca de movimiento de espectros, comía comida caducada y mayormente frutas, y pasaba noches sin dormir vigilando los alrededores. Es por eso que venir a un lugar como este, tener comida recién echa, una cama cómoda, y personas con las que interactuar me parecía un sueño, incluso una alucinación por no dormir. Pero cada día que pasa veo que es real, todo esto es real.
Mis ojos se posaron en las casas y calles donde todos caminaban. Esto en verdad es increíble después de pasar como diez años sola. Axel me miró en silencio escuchando cada cosa que decía. Hasta que por fin habló.
—Y no recuerdas cómo mataste a esos espectros que mataron a tus padres.
Esa pregunta me la hace prácticamente todo el mundo.
—No, solo sé que estaba en la escalera cuando mamá me gritó que corriera y luego recobré la razón con un cuchillo en la mano y los cuerpos de esas criaturas frente a mí despedazados—se sorprendió al escuchar mi declaración. Suspiré—Pero tal vez sea por la adrenalina y el enojo. Ya me lo habían explicado.
—¿Y tú cómo estás?
Me extrañó la pregunta.
—Pues bien.
—No, hablo de cómo estás con todo esto que está pasando.
Su pregunta me tomó por sorpresa. Jamás nadie me había preguntado algo así. ¿Y qué le iba a responder? No estaba preparada para algo así. Me acerqué al borde y me apoye la baranda de piedras que me daba a la cintura.
—No lo sé. Nadie se prepara para el apocalipsis. Por supuesto que no estoy bien con nada de esto. Perdí a mi familia, muchas personas también perdieron a las suyas. Todo es muy confuso. Que de repente estés tranquilo viendo pelis en tu habitación a que unos seres extraños te maten. Y luego está todo el rollo de sobrevivir. Simplemente me siento sofocada. Pero a la vez me siento relajada al matar cada espectro. Como si fuera algo natural para mí. Es difícil comprender lo que en verdad siento, ni yo misma sé.
Nos quedamos en silencio mirando ya la oscuridad del bosque. Me siento rara al hablar con él pero a la vez estoy aliviada. Como si me hubiera quitado un gran peso de mis hombros.
Lo miré de reojo y no iba a negar que es apuesto. Cada fracción de su rostro, sus ojos negros al igual que ese pelo ahora despeinado. Muy diferente al Axel de la torre con uniforme y rostro serio. Ahora no sonreía pero tampoco estaba serio, simplemente estaba tranquilo, relajado. Por un momento incluso creí verle un mechón de pelo blanco pero al parecer solo lo imaginé. Por favor Crystal, ni que fuera tan viejo.
Le observé las manos y vi con un gesto disimulado cómo se sostenía la muñeca donde se encontraba el brazalete. Al parecer sí tiene un valor.
—Oye, ¿me podrías decir cuál era el valor del brazalete?
—¿Por qué?—su tono fue severo pero aún así no me asusté.
—Ya te hablé mucho sobre mí. Te toca.
Se quedó en silencio, analizándome. Pero sentí como suspiró en forma de rendición. Nadie me gana en una guerra de miradas.
—Se podría decir que fue un regalo de mi novia. Cuando me metieron en el manicomio ella seguía visitándome y me ayudó mucho en los planes para construir este lugar. Pero un espectro la atacó y no la pude salvar. Ella estaba decidida en que podía salvar a todos—su voz sonó más suave, como un susurro—Por su sacrificio es que trato de contactar con todos los campamentos aislados de aquí para que encuentren un refugio más seguro.
—Entonces por qué cambiaste algo tan preciado para ti.
—Por ti—me dejó en shock sus palabras—Cuando te vi y contaste todas esas cosas sobre esos seres que ni siquiera sabíamos qué eran, pues supe que ya era hora de dejar el pasado y seguir luchando. No debía seguir lamentándome por lo que ya pasó. Tenía que dejarla descansar. ¡Dios! y cuando me dijiste tu edad cuando todo comenzó me dejó reflexionando sobre lo que estaba haciendo. Seguía sufriendo en las noches por ella, no hablaba con nadie de aquí porque los culpaba por su muerte. Pero tú resultaste ser más madura que yo. El único al que le guardas rencor es a esas criaturas y salvas a los demás. Eres mucho más increíble que yo.
Sus palabras fueron como una cascada que fluía sobre mí. Me tomaron por sorpresa pero a la vez me refrescaban. Seguro para él es duro perder a la persona que confió en sus acciones aún si eran extrañas.
Todos en este lugar tienen una historia que contar y yo trataré de que lleguen a contárselas al mundo algún día.
Un fuerte viento me tomó desprevenida y tuve que refugiarme entre mis brazos para calmar los escalofríos. Pero no duró mucho ya que sentí algo cálido sobre mis hombros. Axel me había puesto su abrigo. Lo miré confusa, o sea, me dio su abrigo y él se quedó solo con la camisa que no le cubría mucho. ¿Está enfermo?
—¿Qué pasa? Tienes frío y yo puedo soportarlo.
No dije nada porque acepté eso como una justificación. Bajamos del lugar y cada uno se dirigió a su respectivo lugar. Al llegar a la cabaña estaba a punto de tocar la puerta cuando siento un sollozo. Alarmada abrí de inmediato la puerta y me quedo sorprendida ante tal escena.
El tablero de juego estaba con las fichas desordenadas. Sarah tenía los ojos aguados y Alan trataba de calmarla. Ambos me miraron y yo simplemente me quedé sin saber qué hacer.
—Crystal, ya llegas...¿y ese abrigo?—me preguntó Alan pero yo no aparté los ojos de Sarah.
—¿Qué le ocurre a Sarah?—dejé el muñeco y el abrigo en una silla y me puse al lado de mi amiga.
—Nada, es solo que ya aclaramos unos cuantos malentendidos.
—¿C-cómo puede ser que esos idiotas nos separaran?—seguía sollozando y yo le di unas palmaditas en la espalda.
—Todo está bien Sarah—le hablé con calma—Lo importante es que ahora todo se haya aclarado.
Ella se secó las lágrimas y rápido trató de mirarme seria.
—¿De quién es ese abrigo?
—Que manía tienen con el abrigo—me levanté para cogerlo y acomodarlo en un perchero.
—Es de Axel, ¿verdad?—me dijo Alan con cierta picardía en su tono.
—¿Te acostaste con el líder?—me preguntó Sarah indignada.
—¡No! Solo dimos una vuelta y me dio el abrigo porque hacía frío.
—Excusa barata de la década del 80—dijo Alan con una sonrisa en su rostro.
—¿Y qué? ¿Volvéis a ser novios?—les cambié el tema porque tenía pinta de no dejarme en paz.
—Bueno, ya era hora no—Sarah entrecerró su mano con la de él.
Al ver eso me dio un flash en la cabeza unido con un intenso dolor. Todo me dio vueltas y con cada flash veía un jardín y dos personas sentadas bajo un árbol tomadas de la mano igual que como hicieron Sarah y Alan. Las voces de mis amigos estaban distantes, no los escuchaba. De pronto estaba en la cabaña y luego en ese jardín. Con mis manos trataba de sostener fuerte mi cabeza en un débil intento de calmar los dolores. Pero no funcionaba, lo empeoraba.
¿Qué está pasando?
Esas manos no eran tan grandes como las de un adulto. Parecían más de niños.
Con el último flash vi el rostro de uno de ellos y me desmayé.