—Éste es tu nuevo hogar—dijo Alan abriendo la puerta y dejarme pasar.
El lugar era una pequeña cabaña que no tenía muchas cosas. Solo un sofá, una televisión, una puerta al fondo que supuse sería el baño y otra donde había una cama encima de la otra. Aunque era muy pobre, se podía sentir la calidez y se podría llamar hogar.
—Me encanta. Comparado con el suelo sucio en los que pasaba la noche, esto es maravilloso. Pero, ¿Por qué hay una cama encima de la otra?
—¿Jamás habías visto ese tipo de cama?—me preguntó sorprendido. Negué con la cabeza—Significa que vives con una compañera, una duerme arriba y otra abajo.
—Ah, ya entiendo.
—¿Cómo estuviste viviendo todo este tiempo? Bueno, digo, antes de todo este desastre.
—Pues, no salía de casa a menos que fuera a la escuela. Y no me relacionaba con nadie del vecindario. Me molestaba un poco interactuar con otros.
—¿Eres antisocial o algo así?
—No es eso—dije negando pero me quedé con la duda—¿O sí?
—Bueno, sea lo que sea, estoy seguro que te llevarás bien con tu nueva compañera—me brindó una sonrisa.
En ese momento, la puerta del lugar se abrió y una castaña entró al lugar vistiendo ropas sencillas como unos jeans y una camisa verde claro, además de una bata de científico puesta. Nos miró sorprendida y confundida a los dos. Escuché al chico suspirar.
—O tal vez no—dijo Alan preocupado.
La chica entró por completo y miró enojada a Alan con los brazos cruzados.
—Oye imbécil, ¿Qué haces aquí? Tienes prohibido entrar y lo sabes.
—Se me había olvidado que esta era tu cabaña.
—Es—recalcó la rubia.
—Ya no, ahora es de ustedes dos. Te presento a tu nueva compañera de cuarto, Crystal.
La saludé tímidamente y ella solo me miró con mala cara.
—Ella es Sarah—me la presentó.
—Sí, sí, como sea, ya vete.
Alan tuvo que hacerle caso. Quedamos solas las dos en un silencio asfixiante. La incomodidad era muy presente.
—Bien—habló por fin ella—¿Cuánto tiempo planeas quedarte aquí?
—Eh, bueno, ¿para siempre?—dije confusa ante su pregunta.
—Que importa, no durarás aquí ni una semana.
Me pasó de largo y se fue hasta la habitación. La seguí para dejar mi mochila con mis cosas.
—¿Cuál prefieres?
—¿Eh?
—Hablo de la cama. ¿La de arriba o abajo?
—¿Puede ser la de abajo?—pregunté tímida. Es que me daba un poco de miedo. Ni siquiera los espectros me atemorizaban tanto como lo hizo ella hace unos minutos.
—Bien.
Se limitó a decir. Dejé la mochila en la cama y me senté en ésta mirando a Sarah. ¿Por qué dijo que no iba a durar?
—Discul...—iba a hablar pero me interrumpió.
—Debo irme, solo vine a buscar unas cosas. Has lo que quieras con este lugar.
Y así salió de la cabaña dándole un portazo a la puerta. Creo que hacerme amiga de ella será más difícil de lo que creí.
...
Me levanté temprano en la mañana. 4:00 AM. Estoy acostumbrada a no dormir tanto para estar atenta a cualquier ataque de los espectros. Me levanté de la cama y me estiré un poco. Hace años que no dormía en un lugar tan cómodo. Caminé por la casa sin saber muy bien qué hacer.
En una esquina del cuarto había una pequeña estantería con libros. Tomé uno y leí la portada.
"El juego de la mente"
Me pareció un libro de psicología oscura o algo así. De lo aburrida que estaba leí las primeras líneas.
"¿Qué tanto conoces tu mente?
La mente de las personas es un laberinto de sombras que es difícil salir. Solo los que lo consiguen son capaces de dominar el mundo. Tu mente y alma forman uno solo.
¿Y si tu mente está corrompida? Tu alma igual. Todo esto es un simple juego que lograrás ganar con este libro..."
Dejé de leer sin entender mucho de lo que hablaba. No estoy para estudiar cosas tan complicadas. Lo dejé en su lugar y cogí otro que era de caricaturas. Ése sí me gustó.
...
Pasaron las horas y ya era hora de que las personas salgan de sus casas. Dos toques en mi puerta me llamaron la atención.
Mi puerta.
Me sentí bien al pensar en eso. La abrí y me encuentro a Alan vestido con su uniforme habitual. Me miró con una sonrisa.
—Buenos días—le dije sonriéndole igual.
—Buenos días. ¿Está Sarah?—miró por encima del hombro buscándola.
—No, no volvió desde ayer.
—Bueno no importa. El líder quiere que te postules para ser parte de nuestras fuerzas especiales.
—Que bien.
Cerré la puerta detrás de mí y lo seguí.
—¿Y cómo te fue con tu compañera?
—Pues...no sé si me odia o me detesta.
—Ella es así con todos. A mí me desprecia al punto de quemarme vivo con ácido, cortarme en pedazitos, darle de comer mis pedazos a los perros, hacer que me escupan, repararme de nuevo y luego gritarme estupideces.
—Vaya descripción de tu posible muerte—dije divertida.
—¿Y si fueras tú cómo me matarías?—fue una pregunta extraña y fuera de lugar, pero lo pensé detenidamente.
—Pues creo que te degollaría, sacaría tus tripas y te diera de comer a los espectros.
—No sé por qué prefiero eso a que Sarah me grite.
Llegamos al edificio de entrenamiento y luego de tomar el ascensor ya estábamos en el piso donde se entrenan. Habían algunos soldados haciendo algunos ejercicios. Por todo el lugar habían equipos de entrenamiento. A un lado un gran ventanal de cristal que mostraba la perfecta vista de un mundo completamente distinto al de afuera del muro. Me sorprende como allá afuera todos actúan como si nada pasara.
Un hombre de uniforme de rango alto entró por la puerta e inmediatamente todos se detuvieron y se pusieron firmes. Yo los imité. Dio un recorrido con la mirada y fijó los ojos en mí.
—Seguro ya habrán notado un rostro nuevo entre ustedes—habló con voz firme, todos se giraron y me observaron.
Me sentí pequeña ante todos. Pero también sentí un poco familiar esta sensación.
—Bien chica nueva—se dirigió de nuevo a mí—Quisiera probar tus habilidades.
Me invitó a pelear. Los que estaban delante de mí se apartaron para dejarme pasar. Alan, que siempre estuvo a mi lado, me miró preocupado. El que debería estarlo es él, no yo. Quedamos en el espacio del centro del lugar. El hombre se quitó el saco de general y se puso de inmediato en posición, hice lo mismo.
—Te advierto que aunque seas una chica no seré amable contigo. Debes ser apta para estar entre nosotros.
—Señor, ¿Cómo cree que sobreviví todo este...?
No tuve tiempo de terminar porque ya se había acercado muy rápido con el puño en dirección a mi cara. Reaccioné rápido y giré mi cabeza hacia atrás, luego tomé el mismo brazo y con el codo lo impulsé hacia un lado lejos de mí.
—Nada mal—dijo con una media sonrisa.
—Aún no ha visto nada.
Me acerqué nuevamente a él y le iba a dar un puñetazo en la cara pero lo bloqueó con su brazo derecho, y con el otro trató de golpearme la cara. Pero de nuevo fui más rápida que él, solo aparté mi cara un poco y no me tocó. Él se sorprendió ante mi acción y aproveché la confusión para darle un golpe con mi otra mano libre de lleno. Tuvo que limpiarse un poco la sangre que recorría desde su labio inferior partido.
Y como al principio me tomó por sorpresa, yo también me le acerqué de inmediato sin darle tiempo a reaccionar. Lo golpeé en el estómago con el puño pero lo logró bloquear. Pensó que esa era mi intención y no se esperó lo que venía después. Lo golpeé directamente a la cara con el codo del otro brazo quedando yo así despaldas a él. Me tomó por el hombro y con un giro de sus pies me tumbó al suelo.
—Te tengo.
Pero se lo creyó mucho. Solo bastó un giro de mi cuerpo para evitar el golpe que venía a mi rostro y con los pies le di una patada en el estómago haciendo que cayera al suelo sin aire.
Me reincorporé y él me miró sorprendido. Bueno, al igual que todos. Se levantó del suelo.
—Esos movimientos... sí, sin duda esos movimientos son de Richard. ¿Cómo los sabes?
¿Conocía a Richard?
—Cuando escapé de casa él y su esposa me encontraron y me acogieron. Él me enseñó todas sus técnicas de combate.
Se quedó sorprendido al escucharlo todo.
—¿Y él?
—Murió con su esposa. Dos espectros los emboscaron y no pude protegerlos.
Su silencio me confirmó que le dolió escuchar eso. A mí también. Recordar ese momento. El momento en que si hubiera estado con ellos tal vez habrían sobrevivido.
—Estás dentro. Ya eres parte del escuadrón de exploración.
Me sentí aliviada y rápido Alan me abrazó por detrás contento. Todos me miraron discretos pero al menos nadie me ha dicho en la cara que me odia. El entrenamiento consistió en darle diez vueltas a una pista grande, la cuál Alan se quejó miles de veces, y aprender algunos movimientos de pelea cuerpo a cuerpo. Pasaron las horas y ya había tocado la alarma que anunciaba el almuerzo. Dando brinquitos con Alan a mi lado, llegamos al gran comedor y pedí una cosa de cada tipo hasta llenarme la bandeja a tope. Nos sentamos en la misma mesa de ayer.
—¿Y? ¿Qué te pareció el entrenamiento?
—Fue divertido, me esperaba algo más difícil, Richard me llevaba a máximo cada día.
—Suena como un tirano.
—Al principio sí fue difícil, pero luego me acostumbré.
—Bueno, ya que terminamos, que tal si vamos a dar una vuelta después, seré tu guía turístico.
—Aún debo idear un plan para deshacerme de todos los espectros que están aquí.
—Entonces te puedo ayudar. Iremos directamente a tu cabaña.
En ese instante llegó al comedor un grupo de personas con batas blancas. Supuse eran científicos y entre ellos estaba Sarah. Quise saludarla pero por como me trató ayer, mejor me contengo. Algo que mi nuevo amigo no hizo.
—¡Sarah!—se levantó del asiento y la llamó agitando una mano.
Ella volteó y cuando nos vio frunció el ceño demostrando su enojo ante el llamado. Yo le sonreí tímidamente pero solo cogió una bandeja, puso su comida y se sentó con los demás de su grupo. Alan se sentó adolorido por ser ignorado.
Bueno, te lo buscaste por llamarla de esa forma.
—Veo que no se llevan muy bien—comenté mientras me llevaba la segunda hamburguesa a la boca.
—Sí, algo así, es un amor-odio lo que tenemos ella y yo.
—¿Pero le hiciste algo antes como para hacer que ni siquiera te mire?
—Puede ser, tal vez, no sé.
Sentí que quiso evadir la pregunta y, aunque con esa acción me dió más curiosidad, lo dejé pasar y no me entrometí.
Como había dicho, fue conmigo a la cabaña. Sarah no estaba. Me dijo Alan que ella se la pasa todo el tiempo en el laboratorio. Tratamos de idear un plan para el problema de los espectros camuflados, pero todas las variantes daban a un pánico en la multitud y así nos descubrirían. Hasta que se le encendió el bombillo a Alan.
—¿Y si te infiltras?
—¿Qué?
—Sí. Te infiltras entre los espectros y los matas, así no se lo esperarán.
—Es una buena idea, pero todos tienen que estar reunidos en un solo lugar—le lancé una almohada que esquivó fácilmente.
—Tienes razón, ¿Cómo haremos para que se reúnan?
Me quedé acostada en la cama mirando el techo tratando de pensar en alguna solución. Entonces vino como flash a mi mente.
—Sangre.
—¿Qué?
—¡Sangre!—grité entusiasmada mientras salía de la cama.
—Sí, ya sé que dijiste sangre, y eso qué tiene que ver.
—Que la sangre de nosotros es roja y la de ellos es negra.
—Sigo sin entender una mierda.
—A ver. Ellos están ocultos entre nosotros, así que harán todo lo posible para no ser descubiertos. Si le pedimos a Axel que haga un comunicado especial sobre donar sangre para unas cuantas personas heridas, todos los espectros se esconderán en algún lugar y allí es donde yo los mataré.
—Es perfecto, se lo comunicaré mañana mismo.
—¿No necesitas algo así como un permiso oficial para hablar con el líder?
—Digamos que él y yo tenemos una muy buena amistad. Desde que llegué aquí ha sido muy comprensivo y me ha ayudado mucho.
—Bien, entonces ya está decidido. Mañana mismo comenzaremos el plan...
—Mataespectros.
Terminó mi frase y nos quedamos unos segundos callados analizando el nombre.
—¿En serio? ¿Mataespectros?
—Fue lo único que se me ocurrió ahora.
—Bueno, dejémoslo así, tampoco se me ocurre algo bueno.
—¿Qué tal "La hora de dormir"?
—Sí, es bastante metafórico... espera ¿Qué?
Miré confundida a la persona que había hecho la sugerencia. Porque no, no fue Alan, fue Sarah. Estaba apoyada en el marco de la puerta de la habitación cruzando los brazos. Nos miró enojada a los dos y Alan al notarlo se erizó.
—Ho-hola Sarah. ¿Cómo te va? Estás radiante, ¿Te cortaste el pelo?—habló sin parar mi amigo.
—¿Quieres que te corte la garganta?
—Por favor no me mates—suplicó derrotado.
—¿Qué hacen a estas horas de la noche despiertos?
—Pues, ideamos un plan—respondí.
—¿Y no lo pueden dejar para mañana?
—Nop—habló Alan.
—Bien—suspiró Sarah cansada—Tú, márchate de mi cabaña.
—"Nuestra" cabaña. Recuerda que ya no estás sola—le contesté desafiante.
—No lo quiero ver aquí—me replicó ella enojada.
—Pues es mi amigo, y te tendrás que ir acostumbrando.
—Una niña como tú jamás entendería en lo que se está metiendo.
—Pues explícame "sabelotodo"
—Chicas—trató de hablar Alan pero las dos lo ignoramos.
—¿Cómo me llamaste?—dijo claramente ofendida.
—"Sa-be-lo-to-do"—dividí cada sílaba remarcando cada una.
—¡Chicas!
—¡¿Qué?!—dijimos a la vez.
—Ya me voy, no hace falta que se peleen por mí, yo soy de todas—mencionó con aires de coqueto.
—¿Quién se pelearía por ti? Imbécil—dijo asqueada Sarah.
Alan no dijo más nada y se marchó. Sarah y yo nos quedamos mirándonos desafiantes. Cualquiera diría que estábamos haciendo una competencia de miradas. Ella desistió y yo me calmé un poco también.
—¿Por qué me tratas con tanta frialdad?
—No entiendo de qué me hablas.
—Sarah, desde que llegué empezaste a tratarme distante. En el comedor nos ignoraste, no volviste en toda la noche y cuando me viste hablaste de algo extraño.
—Mira, eres nueva, no entiendes nada de lo que ocurre aquí.
—Entonces dímelo. Explícame qué pasa.
Ella me miró en silencio y sentí que dudo. Estaba ocultando algo que tal vez sea difícil para ella decirme. Pero aún así quería entender, quería saber por qué actúa así con Alan y conmigo.
—Ya es tarde, vamos a dormir.
—No.
—¿No?
—¡No!—repetí furiosa—Quiero saber, quiero que nos llevemos bien, quiero que seamos amigas, quiero vivir al menos estos pocos minutos que tengo con tranquilidad. Jamás tuve una amiga y creí... creí que sería fácil si solo hablábamos un poco como con Alan. Pero estás poniendo un muro de hierro entre nosotras que no logro derribar. No intentas al menos explicarme lo que tú dices que no entiendo y no tratas de hablar más conmigo para así poder entenderte. Me estás poniendo las cosas muy difíciles.
Terminé de hablar y ella solo se quedó callada escuchándome. Como vi que no tenía indicios de decirme nada, le pasé a un lado y fui hasta mi cama para cubrirme hasta la cabeza con la sábana. En algo ella tiene razón, soy una extraña que acaba de meterse en su vida sin mucha explicación y tal vez mi forma de actuar la irrita por alguna razón que desconozco. Pero si no me dice qué ocurre no podré ayudarla. ¿Qué tendrá que ver Alan en todo esto? ¿Por qué actúa tan fría conmigo?
¿Qué ocurre dentro de estos muros?