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Capitulo 1: Un infinito fragmentado

Elisa (Saga): Las cronícas de un multiverso · por Franteyenki · 25 de julio de 2026

Elisa cayó.

No podía ver el cielo. No había cielo. Solo existía la fragmentación. Pedazos del universo suspendidos como si fueran vidrios flotantes, cada uno vibrando con una frecuencia distinta, imposibles de tocar, imposibles de ignorar. La batalla con los guardianes había terminado hacía ya semanas, pero sus consecuencias aún resonaban como un eco desbocado en el espacio y el tiempo.

La última onda expansiva había derribado la estructura del multiverso como un castillo de arena. Elisa, en ese momento, causó todo un desastre multidimensional sin darse cuenta. Los Guardianes, derrotados no con rabia, sino con la determinación triste de alguien que no puede evitar lo inevitable, habían desaparecido entre destellos. Fue una batalla universal donde las galaxias mismas se usaron como armas, donde constelaciones fueron borradas de la existencia solo para trazar líneas de ataque.

El sombrero, aún desgastado y humeante por la batalla, flotaba a su lado. Como si también hubiese luchado. Como si comprendiera.

Elisa se lo puso. En cuanto el sombrero tocó su cabeza, un zumbido sordo invadió su mente. No era dolor. Era algo más. Una resonancia. Algo que venía desde los rincones profundos del todo y del no-todo.

En ese momento, una grieta dimensional se abrió a su lado. No con violencia, sino como una herida que sangraba lentamente. No luz. No oscuridad. Algo peor. La ausencia de ambas.

¿Otra más? —dijo para sí, con la voz seca de quien ha perdido demasiadas veces. Durante las semanas transcurridas habían estado apareciendo algunas grietas en varias partes del universo.

El sombrero respondió, vibrando ligeramente. Ella lo sabía ya: el sombrero podía sellar esas grietas. No entendía por qué, pero lo sabía. Era casi instintivo. Solo debía pensar, enfocar su voluntad... y cerrar esa apertura que terminó tragándola. Elisa terminó cayendo en otro universo; sin embargo, al igual que con las grietas, no se sorprendió frente al hecho de que había sido mandada a un universo diferente. No entendía por qué no estaba sorprendida. Normalmente lo primero que haría sería gritar al haber sido succionada por un portal, pero... era como si cada vez que usaba el sombrero, incluso aunque fuera de forma inconsciente, Elisa obtuviera conocimientos de todo, como si el sombrero le dijera cosas a su subconsciente que ella ni siquiera sabía que existían.

El primer salto fue hacia un lugar que alguna vez fue una ciudad estelar. Ahora era un reflejo distorsionado: torres invertidas flotaban sobre mares secos y seres hechos de ruido de radio se arrastraban por la superficie. En el cielo se podían ver estrellas muriendo y el espacio apagándose, un espectáculo verdaderamente trágico, pero a la vez hermoso. Había una grieta allí. Lo supo apenas llegó.

Elisa extendió la mano. El sombrero se iluminó. Líneas invisibles surgieron desde su palma, envolviendo la ruptura en la realidad que había encontrado. Ella cerró los ojos. Un dolor leve, como nostalgia, recorrió su pecho.

La grieta desapareció.

Pero la nostalgia no.

Esa se quedó.

Cada vez que sello una... es como si olvidara algo —susurró.

Y lo peor era que no sabía qué.

Horas después, o lo que fuera el tiempo allí, Elisa caminaba por un sendero donde el espacio en el cielo parecía haberse deformado. El sol estaba alzado, pero no alumbraba, y el cielo se veía estrellado y oscuro. Fue después de una pequeña caminata que la vio a ella por primera vez:

Astrid.

Al igual que con las grietas, no entendía por qué sentía que la conocía, pero... al verla supo su nombre y supo que ella estaba ahí por algo. Trató de ignorarlo; se convenció a sí misma de que no sabía quién era esa chica y que nunca la había visto, pero cuando la observó por unos instantes más, la sensación de familiaridad solo aumentó. Incluso sintió que ella emanaba una energía similar a la suya.

Ella también tenía un sombrero, pensó Elisa al principio.

Pero no.

Era un broche. Redondo, dorado, con un núcleo azul que pulsaba como un corazón.

Astrid la miraba como quien observa una versión rota de sí misma. Había algo triste en sus ojos. Algo que Elisa no supo si era lástima o advertencia.

Te estás desgastando —dijo Astrid sin emoción—. Cada grieta que cierras te lleva más cerca de perderte.

Y tú... ¿qué haces entonces? —preguntó Elisa con cautela, pero también con genuina curiosidad.

Lo que tú no te atreves. Estoy uniendo las realidades. Las estoy cosiendo. No sellándolas.

Eso es una locura. ¿Sabes lo que haría eso al equilibrio?

Elisa, muchos años atrás, había leído en un libro del que ya no recordaba el nombre acerca del multiverso y lo peligroso que sería si dos mundos diferentes llegaran a unirse o tan siquiera a juntarse.

¿Equilibrio? El equilibrio está muerto, Elisa. El multiverso ya colapsó. Tú solo estás barriendo ruinas.

Espera, ¿cómo sabes mi nombre y lo que estoy haciendo?

En el instante en que llegaste a mi dimensión pude sentir la energía que emanaba tu sombrero. No sé por qué, pero al tocar mi broche pude conocerte, pude ver tu vida y tus recuerdos como si yo hubiera estado ahí también. Supongo que ambos deben tener alguna relación. Y, por cierto, sé que tú también ya sabes mi nombre, aunque también entiendo por qué finges desconocimiento. A veces mi objeto también me hace sentir extraña, así que me presentaré como se debe. Mi nombre es Astrid Evershine, mucho gusto y hasta pronto... Elisa Holdstar.

Hubo un silencio. Elisa quería gritarle. Pero no tenía energía. Solo la vio alejarse, perdiéndose en un portal que abrió para luego desaparecer. En sus pasos, pudo ver cómo otra grieta que se encontraba ahí se curvó y se fusionó con otra. Elisa pudo sentir cómo el universo en el que estaba se fusionaba con otro en ese preciso momento y cómo esa grieta se cerraba al unir esos dos mundos.

Un nudo se formó en el estómago de Elisa.

Esa fusión... no era natural.

Era como si la realidad llorara al hacerlo.

Y en ese llanto, Elisa sintió una mirada.

No de Astrid.

De algo más.

Algo que estaba detrás de las grietas.

Algo que había esperado mucho tiempo.

Un susurro llegó con el viento inexistente.

Sella lo suficiente... y sabrás lo que somos.

Elisa no respondió. Solo abrazó su sombrero como a un viejo amigo y saltó a la siguiente ruptura.

Porque si no lo hacía ella, nadie lo haría.

Y tal vez... solo tal vez... aún quedaba algo por salvar. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que, si no sellaba las grietas, algo mucho peor iba a pasar.

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