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Capitulo 2: Ecos de una dimensión rota

Elisa (Saga): Las cronícas de un multiverso · por Franteyenki · 25 de julio de 2026

Elisa aterrizó en un mundo sin tacto. No había suelo, ni gravedad. Solo una superficie de pensamientos solidificados, donde las emociones formaban estructuras: torres de culpa, puentes de ansiedad, mares de nostalgia.

Era una dimensión mental, una realidad colapsada donde el tiempo fluía hacia atrás y los recuerdos eran mundos completos. Una grieta flotaba al centro, girando lentamente como una herida abierta en el cielo inexistente. Desde dentro salía un zumbido espeso, una vibración que le provocaba arcadas de angustia.

El sombrero, como si comprendiera el ambiente, se volvió más pesado. Elisa cayó de rodillas.

No... no puedo más —susurró, sintiendo por primera vez que la carga era mayor que su alma.

Imágenes surgieron en la grieta que tenía al frente. Su infancia. Su planeta natal. Aetheris. Su madre riendo. Su padre mostrándole constelaciones. Su primer amor. Su nave... las piezas cósmicas. Todo lo que había sido.

Elisa intentó alcanzarlos con impotencia, como si intentara regresar a esos momentos, pero no pudiera. A pesar de estar tan cerca, también estaban demasiado lejos. Se derrumbó por un instante, derramando varias lágrimas y cubriéndose los ojos mientras sus recuerdos se materializaban en un planeta entero hecho de esas memorias.

Elisa estuvo llorando hasta que escuchó una voz, la suya, pero de pequeña.

Mírate, ¿en qué momento me convertí en eso? —dijo su versión joven, con sus ojos azules y pelo rubio, mientras veía a su versión actual con su cabello café y ojos morados—. Siempre decías que cuando dejaras tu planeta y exploraras el universo que siempre admiraste serías feliz, pero ahora... lo único que veo en tu rostro es tristeza y remordimiento.

Yo... —La Elisa actual trató de pronunciar palabra, pero no sabía ni qué decir—. Tienes razón, no pasa un solo día donde no extrañe o piense en mi planeta. Yo solo quería ser aceptada y querida y pensé que obtendría ese reconocimiento en algún otro mundo, pero en cambio me convertí en la infame viajera de las catástrofes, la que incluso puso en peligro al universo al usar las piezas cósmicas, y todo por un deseo egoísta de seguir explorando el cosmos sin importar los daños.

Su versión joven no dijo nada. Solo se la quedó viendo.

Yo soy una basura de persona, ¿verdad? Todos tenían razón respecto a mí. —Las lágrimas no dejaban de salir del rostro de la Elisa actual—. Yo también me aborrezco a mí misma.

No puede ser que aún no te des cuenta. ¿Cómo esperas que los demás te quieran si tú misma no lo haces? —dijo la versión joven—. ¿¡Vas a permitir que todos los años de soledad que pasaste sean en vano!? Yo siempre veía las estrellas con ilusión y esperanza, ¡así que no te atrevas a quitarme eso!

La Elisa joven agarró la camisa de la actual y le siguió gritando.

¡Si te odias tanto a ti misma, ¿por qué no cambias?! ¡Si tienes tanto tiempo para lloriquear, también tienes tiempo para sellar estas malditas grietas y mejorar! ¡Así que levántate y conviértete de una buena vez en esa persona con la que yo siempre soñé!

A la Elisa actual se le iluminaron los ojos, aunque aún tenía una mirada triste, pero la Elisa joven no se detuvo ahí.

¡Elisa Holdstar es la persona que yo soñaba ser! ¡Así que cumple ese sueño!... Por favor, cúmplelo. —Las lágrimas empezaron a salir también de la Elisa joven—. Por favor, Elisa... cúmplelo. No te olvides de mí. No te olvides de mi sueño.

El planeta de recuerdos se empezó a disolver mientras era absorbido por la grieta, dejando todo el lugar como una roca muerta. Elisa permaneció arrodillada por un rato con una mirada sorprendida y llena de lágrimas.

Después de un tiempo, finalmente se levantó lentamente y alzó su sombrero. Esta vez no solo selló la grieta. La limpió. Purificó las memorias atrapadas en ella, devolviéndolas al flujo natural del tiempo, pero no sin antes verlas una última vez y derramar unas últimas lágrimas.

El lugar quedó en silencio. Un silencio puro. Como si la dimensión hubiese exhalado tras siglos conteniendo el aliento.

Te prometo que no lo haré. —dijo Elisa casi susurrando.

Más tarde, Elisa viajó hacia un nuevo universo y encontró una anomalía.

No era una grieta.

Era una cicatriz. Como las que quedaban luego de hacer una operación. No había duda: era una de las uniones dimensionales de Astrid.

Elisa la tocó.

Y el mundo cambió.

Un destello. Un rugido. La luz fue succionada. El sombrero brilló con fuerza, tratando de estabilizar el salto que se avecinaba.

Pero no lo logró.

Cayó...

Cayó otra vez.

Despertó en una habitación.

Era pequeña, cilíndrica, hecha de cristal oscuro. Todo giraba lentamente. No había puertas. Solo una ventana que daba a un mar de estrellas muertas.

Elisa, completamente confundida, simplemente preguntó dónde estaba.

Y una voz le respondió:

Estás en mi pequeña dimensión, un lugar que creé para escapar del mundo a veces.

Elisa se giró y vio a Astrid. Aunque ahora estaba más extrañada que antes, le preguntó cómo había llegado ahí.

Porque intentaste borrar la cicatriz y lo hiciste mal. Honestamente, a mí también me sorprendiste cuando apareciste aquí de la nada —dijo Astrid, sentada al otro lado de la habitación—. Pero, como decía, esa no era una grieta. Era una costura mal hecha.

¿Tú la cosiste?

Intenté. Fallé. Pasa a veces cuando uno los universos.

Elisa se acercó, pero Astrid levantó una mano.

No quiero pelear. No todavía. Quiero hablar.

¿Por qué haces esto? —preguntó Elisa, con el tono quebrado de quien ya no entiende el mundo.

Astrid suspiró.

Mi dimensión fue la primera en caer. No por guerra, ni colapso natural. Fue un error de diseño. El tejido era inestable. Las leyes físicas bailaban sin ritmo. Existíamos por error. Y todo lo que amaba fue borrado.

Lo siento...

No, no lo sientas. Por eso hago esto. Si todas las dimensiones se unieran... si se hiciera una sola, sólida... tal vez no volvería a pasar.

Pero eso destruiría la individualidad de cada una. El caos es parte del orden.

¿Y cuántas más deben morir para que sigas justificando ese "caos"?

Un silencio tenso llenó el cuarto.

Tu sombrero cierra. Mi broche une. Somos extremos opuestos de un mismo propósito —dijo Astrid, bajando la mirada—. Tal vez por eso estamos destinadas a pelear.

¿Y si no peleamos?

Astrid sonrió con tristeza.

Ya estamos peleando, Elisa. Cada grieta que cierras es un nuevo mundo que yo intento crear.

Y en ese momento, la habitación se agrietó.

No la pared.

La realidad.

Astrid tocó su broche. Elisa, su sombrero. El tiempo se estiró y ambas desaparecieron en un nuevo salto.

Elisa emergió en un bosque antiguo.

Uno que había soñado antes.

Lo reconocía.

Pero no sabía de dónde.

La luna en el cielo tenía cicatrices. Y en el aire podía oler el humo del colapso.

Una grieta se abría a lo lejos.

Gigante.

Palpitante.

Elisa tragó saliva.

Sabía lo que eso significaba. No entendía por qué, pero sabía lo que era esa grieta.

Esa grieta era una entrada a aquella existencia fallida.

Donde las cosas esperaban.

Cosas sin nombre.

Cosas sin luz.

No debía acercarse.

Y, sin embargo... era su deber.

Ella era la única que podía.

Y alguien debía mirar al abismo, si nadie más lo haría.

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