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Capitulo (Precuela): Recuerdos del cosmos

Elisa (Saga): Las cronícas de un multiverso · por Franteyenki · 21 de julio de 2026

Elisa nació en Aetheris, un mundo bañado en la eterna luz de sus tres lunas, donde las estrellas parecían tan cerca que algunos afirmaban poder escucharlas cantar. Era un planeta de científicos, artistas y soñadores, pero también de normas estrictas y una obsesiva devoción por el conocimiento controlado. En Aetheris, el caos de lo desconocido era una amenaza... excepto para Elisa.

Desde pequeña, fue una anomalía. Mientras sus compañeros memorizaban ecuaciones y obedecían simulaciones estelares, ella se escabullía hacia las montañas para escuchar el susurro de los vientos cósmicos y mirar el cielo estrellado. Leía textos prohibidos de civilizaciones desaparecidas, estudiaba teorías alternativas del multiverso y cuestionaba la idea de que el conocimiento debía tener límites.

Siempre preguntaba y buscaba qué había más allá, y siempre presentaba proyectos y presentaciones que hablaban de galaxias completas, tesis que desmentían los límites del universo o fórmulas de sistemas solares completos, pero su hambre de conocimiento siempre era mal vista... En los deberes que presentaba, los profesores siempre le ponían bajas calificaciones o la mandaban a repetirlos, ya que, según ellos, no seguía las instrucciones claras y debía respetar las reglas establecidas. Cada vez que hacía algún experimento en los laboratorios o simplemente al salir de clases, sus compañeros se metían con ella, arruinándole las fórmulas que realizaba o diciendo que era una rara para burlarse entre todos.

Si tanto quieres saber qué hay más allá, ¿por qué no simplemente te vas de aquí para buscarlo y nos dejas en paz a todos? —le decían a veces.

Créeme que es algo que me gustaría hacer... vago. —respondía Elisa para después recibir una paliza.

Elisa al inicio derramó lágrimas, pero al poco tiempo notó que los profesores hacían siempre de la vista gorda o se iban a otro lugar, así que Elisa tuvo que llevar esos sentimientos por dentro.

En casa, su situación no era muy diferente. Sus padres, brillantes científicos, pero profundamente arraigados a sus normas y costumbres, vieron en ella una chispa peligrosa. La amaban, sí, pero con miedo. Elisa les decía sobre el acoso y la discriminación que sufría y, aunque sus padres intervenían tratando de hablar con los directores o mandando cartas, la academia se excusaba diciendo que los profesores no veían nada y que solo eran bromas de los compañeros. Por otro lado, los padres, aunque se preocupaban por Elisa, siempre le decían que tal vez debería tratar de ser más obediente y sociable con sus profesores y compañeros, que tal vez debería tratar de poner un poco más de su parte también.

Esas palabras solo hicieron que Elisa se aislara y resintiera más. Había días donde se escabullía a las montañas por días completos y a la academia no podía importarle menos su ausencia; además, de cualquier manera, Elisa era mucho más inteligente y capaz que cualquier miembro del complejo, hasta ella empezó a sentir que ir era una pérdida de tiempo. Se quedaba mirando el cielo por horas, imaginándose que viajaba por las estrellas que tanto admiraba y siendo reconocida por planetas completos mientras la vitoreaban, incluso pidiendo deseos a las estrellas fugaces que pasaban, pero sus deseos e ilusiones nunca se cumplían.

En verdad que solo pienso en irme... a un lugar mejor. —murmuraba a veces.

Un día, Elisa se encontraría paseando, como de costumbre, por los bosques cuando, entre unas raíces, encontraría algo que le llamaría profundamente la atención: un sombrero brillante que era de color negro. Elisa no sabía por qué, pero ese sombrero le intrigaba profundamente, como si emitiera un aura misteriosa, como si la llamara.

Elisa lo agarró y estaba a punto de colocárselo, pero en eso cuatro compañeros de su academia aparecerían, ya que se habían fugado, y verían a Elisa, decidiendo molestarla como de costumbre.

Sabes, deberías vivir aquí como el resto de criaturas.

Elisa trataría de alejarse, pero entre todos la acorralarían y, cuando vieron el sombrero que tenía entre las manos, se lo quitaron, diciendo que ese objeto se sentía tan extraño como ella.

¡¡¡No!!! ¡¡¡Es mío!!! ¡¡¡Devuélvemelo!!! —gritó Elisa para tratar de quitarle el sombrero al chico que lo tenía, llegando incluso a golpearlo por la ira y frustración que sentía, pero, como de costumbre, solo le esperó una nueva paliza.

Todos los chicos se encontrarían golpeándola y pateándola mientras Elisa solo se cubría en el suelo, mientras en su mente solo podía enojarse y frustrarse cada vez más. Estaba harta de todo esto. Y el sombrero, casi como si hubiera reaccionado a sus emociones, empezó a vibrar y liberó un pulso que mandó a todos los niños a estrellarse contra los alrededores.

Todos chocaron con el suelo o árboles y quedaron adoloridos y desorientados, y Elisa aprovechó para agarrar el sombrero e irse de ahí.

Cuando llegó a su casa, se encerró en su cuarto sin saludar y se quedó mirando, sumamente sorprendida, el objeto que tenía entre manos. Sin duda era algo especial.

Creo que mis plegarias por fin fueron oídas. —susurró.

Elisa siguió escabulléndose a las montañas y empezó a estudiar y usar el sombrero, practicando y tratando de replicar ese pulso que hizo, intentando sentir su poder, lográndolo poco a poco y pudiendo empezar a usarlo a voluntad. Logró crear pulsos que podían alzar el pasto e incluso, en una ocasión, logró levitar por un par de segundos. Sin embargo, no se lo dijo a nadie; nadie sabía de la existencia del objeto. Sabía que nunca la entenderían.

Aquel sombrero no era solo una reliquia: era una puerta. Cuando lo usaba, escuchaba voces —no humanas, no amenazantes— que hablaban en símbolos, emociones y memorias. Sintió los límites de su mundo romperse como cristales. Desde ese día, Elisa ya no fue una niña de Aetheris. Fue algo más. Algo fuera de lugar.

Incluso siendo expulsada de las academias por experimentar con tecnología no autorizada, marginada por sus propios padres tras un accidente con una miniatura de agujero de gusano, Elisa sentía que en su planeta ya no le quedaba nada excepto su sombrero, así que, resignada y dolida, pero decidida, se marchó. Se fue en su nave, que había estado construyendo en secreto durante años, usando restos de naves derribadas, satélites destrozados y demás materiales que encontraba cuando se escabullía al basurero. Era una nave pequeña, no más grande que una habitación, que armaba en un laboratorio abandonado que encontró en los confines del bosque. Jamás había podido hacerla funcionar y, de hecho, la razón por la que llevó a cabo los experimentos que hicieron que fuera marginada y expulsada fue tratar de encontrar una fuente de energía para impulsarla, aunque con resultados desalentadores. Pero, con ayuda del sombrero, por fin había encontrado una fuente de poder útil y ahora iba a hacerla volar de una vez por todas.

El día que partió de su planeta natal, no hubo despedidas, a excepción de sus padres, que tampoco fue la más grande o conmovedora. Sus padres la vieron empacar algunas cosas, ponerse su suéter morado favorito y colocarse el sombrero para después salir de casa. Le preguntaron qué hacía y a dónde iba, y Elisa solo les contestó que haría lo que todos querían que hiciera y se iría. Sus padres no entendieron bien a qué se refería, pero trataron de hablar con ella y convencerla de quedarse.

¿Para qué? ¿Para que me sigan tratando como basura? No me queda nada en este lugar y sé muy bien que ustedes también quieren que me vaya.

Eso no es cierto, hija. Sé que a veces podemos ser algo distantes o duros contigo, pero es solo porque te queremos y buscamos lo mejor para ti.

¿Lo mejor para mí?... Es largarme de este lugar. Además, ustedes no me quieren, son igual a todos los demás. Para ustedes también soy una anomalía. Nunca me apoyaron o alentaron y jamás hicieron algo por defenderme. El día que decidieron expulsarme de la academia, ustedes, como científicos, también votaron a favor y, cuando me recriminaron por el agujero de gusano, ustedes ni siquiera estaban presentes. No querían manchar su imagen. Así que no me digan que les importo porque no es así. Lo único que les pido ahora es que no se preocupen por mí y me dejen sola como siempre.

Sus padres se quedaron en silencio sin saber qué decir, pero cuando Elisa se disponía a irse, estos la agarraron del brazo para detenerla. Elisa, ya harta, emitió un pulso con su sombrero que los hizo apartarse para después irse finalmente. Ninguno de los tres lo notó, ya que Elisa se fue de frente y sin mirar atrás, pero tanto ella como sus padres estaban llorando mientras se iba.

Sus padres estaban arrepentidos. Las palabras de su hija sí les afectaron. Entendieron los errores que cometieron con ella, que pudieron haberla apoyado más, pudieron haberle demostrado más que la querían, pudieron haber puesto a su hija por delante de todo, pero ya era muy tarde.

Que tengas buen viaje, Elisa... te amamos. —le dijo su madre como un último gesto de amor al saber que ahora eso era lo único que podía hacer.

Elisa se detuvo por unos segundos, pero no le respondió. Aunque quería, no supo cómo; solo siguió caminando sin voltear.

Elisa entró en su nave, colocó el sombrero en una vitrina y despegó. Aetheris respiró aliviado por su huida y Elisa... se quebró un poco.

En su primer viaje, debido a un fallo en su radar, terminó en un planeta inhóspito donde halló las piezas cósmicas. Fue en Yllium, un planeta devorado por su propio núcleo, donde las leyes de la gravedad y la lógica se doblaban como papel mojado. Las piezas no se escondían, estaban a plena vista en el centro del planeta, casi como si la estuvieran esperando. Al acercarse, su sombrero brilló como nunca antes y, por primera vez, Elisa sintió poder. No solo curiosidad, no solo asombro... poder real.

La fusión fue inmediata, casi instintiva. Elisa se acercó a las piezas y estas la rodearon brevemente para luego salir disparadas hacia su nave, que se transformó completamente, volviéndose masivamente más grande, incluso uniéndose a ella y funcionando como su nueva fuente de poder. Ella parecía haber obtenido la capacidad de ver y comprender cosas que ningún mortal debería, casi como si estuviera despertando de un sueño y ahora viera el mundo real. Sus ojos eran capaces de ver galaxias enteras. Su voz era capaz de alterar patrones gravitacionales menores. Y su mente... empezó a perder el sentido del "límite". Podía ver finalmente todo lo que había más allá y los planetas que ahora podría explorar, y decidió que finalmente cumpliría su sueño: hacer que todos la reconocieran y vitorearan. Entró a su nave remodelada y se colocó el sombrero una vez más.

Si el universo no tiene límites... yo tampoco los tendré, ya no.

Las primeras misiones que emprendió por el cosmos fueron nobles. Ayudó a evacuar mundos en colapso, resolvió disputas interestelares y curó enfermedades que los científicos de esos mundos consideraban intratables. Pero cada acto de heroísmo traía consigo un precio oculto: radiación residual, desplazamientos cuánticos, hoyos negros del tamaño de una canica. Errores pequeños, aceptables, pensaba Elisa. El bien mayor lo justificaba.

Con el tiempo, comenzó a evitar planetas donde había cometido errores. Cuando ciertos mundos dejaron de aparecer en sus radares estelares, simplemente los tachaba de su memoria. Algunos la empezaron a llamar "la viajera de las catástrofes" y otros la veneraban como si de una salvadora se tratase.

Elisa lo sabía.

Y no hacía nada por negarlo.

Un día, en la nebulosa de una galaxia llamada Vam'Raeth, un grupo de niños la recibió con flores y rezos. Incluso le ofrecieron un cristal que contenía la historia de su pueblo. Elisa celebró y festejó junto con los habitantes del planeta y, luego de la bienvenida, paseó un rato por el planeta, caminando por unas llanuras solitarias donde, por casualidad, se encontró a unos niños que estaban molestando y golpeando a otra niña. Elisa se quedó perpleja ante la escena y no pudo evitar recordarse a sí misma cuando también fue maltratada, por lo que se acercó al grupo de muchachos y les gritó que dejaran a la niña en paz. Pero los niños, que no habían ido a la celebración, no sabían quién era esa chica, por lo que uno de ellos solo le dijo que se fuera y que no se metiera en lo que no le incumbía.

Oh, créeme, me incumbe bastante... vago. —dijo Elisa para luego generar un pulso de poder que empujó contra el suelo al chico.

Los demás se asustaron y se quedaron quietos sin saber qué hacer, pero un par intentó golpear a Elisa. Esta, con tan solo hablar, los derribó.

Quietos. —pronunció para que su voz alterara la gravedad alrededor de esos chicos, haciendo que se estamparan contra el suelo por la fuerza gravitacional.

Elisa después levantó su mano derecha, que empezó a envolverse en un aura oscura, y alzó en el aire al chico que había empujado antes.

Ahora vas a sentir una pequeña parte del dolor que me causaste, maldito. —dijo Elisa, que ahora se encontraba casi fuera de sí por la ira, imaginando que el que tenía levitando era uno de los tantos muchachos que le hicieron la vida imposible en su planeta.

El niño le pidió perdón desesperadamente a Elisa, pero ella le dijo que ella también les había rogado muchísimas veces, pero jamás la dejaron en paz y ahora ella tampoco pensaba dejarlo en paz.

Elisa empezó a apretar su mano, haciendo que la presión del aura apretara mucho más fuerte al chico, que empezaba a gritar del dolor. Pero Elisa tenía el juicio cada vez más nublado; sus ojos incluso estaban empezando a brillar y emitir un fulgor morado, mientras que su sombrero se encontraba brillando también.

La chica a la que estaba intentando "proteger" se encontraba llorando y gritando que, por favor, lo soltara, pero Elisa ya estaba demasiado sumida en la ira. Las palabras de la chica resonaban en su cabeza como si fuera ella misma quien las dijera y eso solo la hizo enojarse más.

¡¡¡CUÁNTAS VECES YO LES SUPLIQUÉ QUE SE DETUVIERAN, PERO USTEDES NO HACÍAN MÁS QUE REÍRSE Y GOLPEARME!!!? —gritaba Elisa mientras la chica seguía suplicándole que lo soltara—. ¿¡¡¡PUEDES ESCUCHAR CÓMO TE PIDO PERDÓN!? ¿¡¡¡PUEDES SENTIR EL DOLOR QUE YO SENTÍ!? —decía Elisa, que seguía escuchando y recordando la voz de la chica y la suya.

Elisa generó tanta presión que, aunque no mató al chico, hizo que sus huesos se rompieran y sus pulmones colapsaran. Fue solamente cuando la chica le agarró su otro brazo suplicándole que lo liberara y cuando vio al chico perder el conocimiento que recuperó la lucidez, soltándolo y viéndolo inmóvil en el suelo.

No... yo... ah, lo siento, de verdad, yo... —dijo Elisa mirando al chico y luego a la chica, que estaba asustada y llorando. Elisa trató de acercarse a ella, pero esta solo le gritó que la dejara en paz. Elisa se recordó de nuevo a sí misma al escuchar a la niña y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, incluso vomitando de la impresión y derrumbándose en llanto, arrodillándose y pidiendo perdón sin parar.

¡¡¡LO SIENTO, LO SIENTO, LO SIENTO, LO SIENTO, LO SIENTO!!! ¡¡¡NO FUE MI CULPA, YO NO QUISE HACERLO!!! ¡¡¡NO SE ASUSTEN, NO ME TEMAN, NO QUIERO HACERLES DAÑO, SOY BUENA!!! —gritaba Elisa sin parar mientras lloraba.

Los niños, al verla tirada y que esta no reaccionaba y solo seguía llorando, se fueron, dejándola sola y llevándose al chico que seguía desmayado.

Elisa se quedó ahí un rato más y, cuando por fin dejó de llorar y recuperó la compostura, permaneció ahí hasta que se hizo de noche. Mientras todos dormían, volvió a su nave y se fue del planeta. Tenía miedo de quedarse y que los habitantes, al enterarse de lo que hizo, la juzgaran o la vieran como alguien peligrosa.

Elisa no dijo nada.

Solo se fue.

Desde entonces, algo en ella se quebró definitivamente.

Empezó a preguntarse si realmente seguía explorando... o simplemente huyendo de sí misma.

Cada salto la llevaba más lejos del recuerdo de Aetheris. Se volvió más distante, más errática, más temida. Algunos empezaron a decir que Elisa no envejecía. Que su cuerpo ya no era del todo humano. Que las piezas cósmicas no solo la habían transformado, sino también reemplazado partes de lo que alguna vez fue. Esto incluso se reflejaba en su apariencia, la cual había empezado a cambiar. Su pelo, antes rubio, ahora tenía una coloración café. Y sus ojos, antes azules, se volvieron de un color violeta donde casi parecía que dentro de ellos hubiera estrellas o cielos.

Y, sin embargo, nunca perdió la llama. En medio del caos, aún miraba el cielo y las estrellas con la misma fascinación de la niña que había sido antes, mirándolas desde una montaña diferente siempre, contemplando el cielo con nostalgia y, a veces, con remordimiento, pidiendo a las estrellas que siempre la guiaran por un buen camino, pidiendo siempre que el siguiente planeta fuera una nueva aventura que la llenara como siempre quiso. Cada vez que salvaba una vida, algo en su interior se reconectaba. Pero cada vez que causaba un daño, aunque mínimo, algo se apagaba.

Elisa fue, es y será una paradoja viviente: una heroína impulsada por la curiosidad, pero corrompida por el poder; una villana sin quererlo, una exploradora que tal vez descubrió demasiado.

Cuando los guardianes le robaron las piezas cósmicas, no solo perdió su nave. Perdió también el disfraz de certeza que la mantenía en pie. Fue forzada a enfrentarse con lo que había hecho y con lo que tal vez se estaba convirtiendo.

Y quizás, en el fondo del dolor, nació la redención.

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