Los trishf no pasaban para nada desapercibidos entre los shefirdos. Su propiedad más impresionante era la capacidad de ser intangibles, un hecho del que se hacía mención en casi cualquier libro de historia, biología o química.
Los ñues de pieles blancas o celestes se ubicaban en las montañas, pocas veces cerca del lago de Ífel. Allí se dedicaban a comer del pasto con total tranquilidad hasta que notaban la presencia de alguien.
Con el paso de los años, los habitantes se dieron cuenta de que cazar a un trishf era un gasto inútil de energía, y con el tiempo empezaron a respetarlos, tanto que, entre los habitantes de Sieh, eran sagrados por su apariencia y por una capacidad que, a día de hoy, resultaba imposible de analizar.
Lo único que sabían era que dejaban atrás algo similar a rectángulos de distintos tonos azules, que se desvanecían en el aire al cabo de unos segundos. Era la propiedad que los caracterizaba, además de tenerlos incrustados en su cuerpo imponente, como si fueran tatuajes.
—¿Comprendes lo que te digo? —le preguntó Idax a 1941 tras explicarle los rasgos más importantes de los trishf—. No son bestias sin importancia, y debemos ser muy sigilosos.
1941 asintió con lentitud.
—¿Y no capturar esencia? —preguntó, aún con dificultad para pronunciar y formar frases.
—Olvídate, eso es casi imposible —dijo Idax con dureza, aunque se arrepintió—. D-digamos que esa esencia se desvanece con rapidez. Parece que sabe nuestras intenciones.
Ella cruzó los brazos, pensativa, antes de alzar la mirada hacia la muralla que separaba la ciudad de la cordillera de Firhel. Allí, algunos de los científicos que trabajaban para Driena, estaban listos para dar comienzo con la investigación.
Idax no se separó de 1941 mientras se colocaban los trajes para evitar que las esporas los afectaran. Aquello podía causar malestar ocular o incluso infecciones respiratorias que era mejor evitar.
Cuando le entregó el traje a ella, notó su mirada confundida, como si por un instante quisiera rechazarlo, pero no lo hizo. Con una mueca de desagrado, hizo lo mismo que los demás y se adentraron por fin en los bosques.
Tomaron camino al norte, descendiendo la montaña para acercarse al lago de Ífel. Era donde solían esconderse los trishf para comer y dormir sin que nadie los molestara.
Durante la caminata, Idax miraba en ocasiones hacia 1941, quien observaba los imponentes árboles y setas que los rodeaban. Sonrió sin querer al saber que a lo mejor ella se sentiría de un tamaño de lo más diminuto, justo como él.
Al dirigir la mirada hacia los demás, notó sus rostros llenos de curiosidad y tensión. Sin embargo, la que más de los nervios le ponía era Driena. Un vistazo fugaz le bastó para saber que no se sentía del todo conforme con la presencia de 1941. Él lo comprendía, pero mantenía firme su postura: se negaba a que su compañera estuviera confinada y, si ella lo deseaba, lo acompañaría siempre que no se separara de su lado.
Pronto alcanzaron el puesto donde estaban instaladas algunas tiendas de campaña. Se notaba que llevaban allí desde la noche anterior por los restos de troncos quemados que usaron para soportar el frío. Era algo inusual en los científicos de Sieh, acostumbrados a la comodidad, pero la ocasión de capturar un trishf requería ese sacrificio.
Una vez llegaron, Driena le pidió a Idax que se adentrara en una de las tiendas sin compañía alguna. Él asintió, no sin antes mirar a 1941 por un momento.
—Quédate aquí, tardaré poco —le dijo con una sonrisa paciente.
Ella asintió, colocando las manos en la espalda en una posición calmada. Idax exhaló con una sonrisa y siguió a Driena.
Se notaba que la tienda de Driena era distinta por su amplitud. En su interior, además de un saco de dormir, había una mesa con varios planos esparcidos, así como otros enrollados en el suelo. Allí, el olor concentrado a tierra y té verde ayudó a calmar la tensión de sus hombros.
—Bien, este es el plan para capturar a una de esas bestias —empezó Driena sin perder tiempo—. En ocasiones anteriores hemos intentado capturar desde un solo flanco, sin más recursos.
Idax frunció el ceño y cruzó los brazos, ojeando los planos en los que identificó un diseño de armas que no le gustó en absoluto.
—¿No estarás pensando en usar armas? —preguntó, preocupado.
Driena entrecerró los ojos, molesta.
—Será lo último que utilicemos si vemos que no lo capturamos con la trampa que hemos diseñado —explicó, señalando las celdas dibujadas en el plano—. Estas celdas se activan cuando detectan la esencia de la intangibilidad de la bestia. La idea es adelantarnos para así atraparlas.
Idax dejó escapar el aire por la nariz.
—Me imagino que serán varias trampas que se activarán a la vez, evitando que el trishf huya.
Driena desvió la mirada a un lado.
—Y si podemos capturar a más de uno, mejor —añadió casi en un susurro.
—La idea es capturar uno solo para examinar su intangibilidad. Es innecesario capturar más —dijo Idax con dureza.
—¿Tú sabes el avance que supondría si capturamos a más de uno? Sería la primera vez en años que tendríamos la oportunidad de tocar a un trishf —replicó Driena, cruzando los brazos—. Un logro así no puede pasar desapercibido, e investigar más ejemplares asegurará mejores análisis a futuro.
Idax soltó un leve gruñido, cerrando los ojos por un instante.
No iba a discutir más. Sabía que cuando a Driena se le metía una idea en la cabeza, era casi imposible debatírselo. Aun así, le decepcionaba su visión pragmática. Él solo deseaba estudiar la intangibilidad sin dañar a las criaturas. Nada más.
—No me pongas esa cara, Idax —continuó Driena, alejándose de la mesa para ir a la entrada, dándole la espalda—. Sabes que esto será un avance importante, y no solo eso. —Giró el rostro lo suficiente para verlo de reojo—. Si lo consigues, es posible que puedas presentar de nuevo tu ansiado proyecto.
Idax apretó los puños, observando a Driena con los ojos entrecerrados.
«Jugar conmigo te saldrá caro, Driena», pensó, mas no lo expresó, sino que asintió sin darle más vueltas.
Salió detrás de Driena y allí se encontró con 1941, que mantenía la distancia con los demás, observándolo todo con sus profundos ojos azules y una curiosidad contenida. Idax hizo lo mismo, percatándose de cómo los demás científicos, unos diez en total, preparaban todo para el momento en que los trishf se movieran. Pronto lo harían, ya que a esa hora solían aproximarse al lago para saciar su sed.
Con calma, Idax se acercó a 1941 para captar su atención. Le sonrió con cordialidad y se llevó el dedo a los labios. Tras eso, escribió en el traductor.
«Nos comunicaremos como antes, ya que el sonido puede alterar el movimiento de los trishf», explicó Idax.
1941 alzó la ceja y también escribió en su tableta.
«¿Pero no nos ven al estar tan expuestos?», preguntó, sacándole una carcajada muda a Idax.
«Ellos se caracterizan por tener una muy mala vista desde la lejanía, como sufrimos algunos de nosotros», bromeó Idax.
1941 entreabrió los labios con una evidente sorpresa.
«Oh, por eso muchos de vosotros lleváis gafas», escribió, con una sonrisa que contenía una risa contenida. Luego, volvió a teclear rápido: «Me parecen interesantes estos ñues. Su intangibilidad les salva de ataques a distancia».
Idax asintió.
«Sí, por eso mismo los intentaremos capturar con más discreción y celdas que se activarán cuando provoquemos su habilidad», explicó.
1941 no pareció entender del todo el mecanismo, pero antes de que pudiera responder, Idax escuchó el crujido de las hojas en la distancia. Ambos se giraron para contemplar cómo una manada de trishf avanzaba hacia el lago con paso tranquilo.
Con cuidado, Idax le pidió a 1941 que se moviera hacia los enormes troncos donde se ocultaban algunos de los científicos. Se percató de la incomodidad de su compañera, lo cual no era de extrañar al ver que los demás portaban armas futuristas.
Idax trató de tranquilizarla escribiendo en el traductor.
«No es para atacarlos y herirlos, sino para provocar su intangibilidad. Una vez lo hagan, se activarán unas celdas tecnológicas que encerrarán a las bestias», explicó.
Aun así, ella seguía mostrando reticencia.
«¿Y no habéis intentado…?»
Idax no pudo terminar de leer la pantalla cuando el sonido del primer disparo retumbó en el bosque. El estruendo lo tomó por sorpresa, obligándolo a cerrar los ojos y cubrirse los oídos. Al abrir uno de los párpados, supo de inmediato que aquel disparo apresurado había sido un error. Lo confirmó al ver el rostro furioso con el que Driena fulminaba al culpable.
Se giró hacia los trishf. Varios de ellos ya huían lejos del lago, mientras que otros permanecían alertas, indecisos sobre si avanzar o retroceder.
«Por Luán, no os marchéis…», pensó Idax, tenso.
Sus ojos no se separaron de los animales, que oteaban el entorno intentando detectar la amenaza. El denso pelaje que les cubría la cabeza limitaba su visión lejana, lo que les permitía a los científicos permanecer camuflados entre las tiendas y la vegetación.
Idax miró a su alrededor buscando a su compañera, pero un repentino detalle lo puso de los nervios.
«¿Dónde te has meti…?».
Apenas pudo formular la pregunta en su mente cuando el gruñido ensordecedor de una criatura distinta sacudió el ambiente. Idax miró angustiado a su alrededor hasta que su vista se clavó en el violento oleaje que agitaba las aguas del lago de Ífel.
Tragó saliva, sintiendo que los dedos le temblaban de forma incontrolable. Con los ojos llenos de angustia, buscó a Driena.
—N-no podemos…
Driena lo interrumpió colocándose un dedo sobre los labios, exigiéndole silencio absoluto. Idax se quedó con la advertencia atragantada en la garganta mientras sentía el sudor frío correr por las sienes.
—D-Driena, por favor —susurró, con el cuerpo rígido—, eso no es…
—No es un jreilith, Idax. Lo más probable es que sea una manada de lirfoths —interrumpió ella en un susurro apenas audible—. Deja de alterarte y concéntrate en lo que importa.
Idax quiso creerle, pero le resultó imposible. Las inmensas ondas del lago de Ífel eran demasiado grandes para ser causadas por lirfoths. Estaba convencido de que se trataba de un jreilith. Para colmo, no sabía dónde se había metido 1941. No había percibido el momento en que se había alejado, y su ausencia lo aterraba.
Al observar a los trishf, notó que ellos también habían captado la anomalía en el agua. La mayoría mantenía la vista fija en las profundidades azuladas que, por un instante, parecieron recuperar la calma.
Idax tragó saliva una vez más. Vio cómo Driena levantaba el brazo, lista para dar la señal.
—Driena, no…
No hubo tiempo de detenerla. El brazo de Driena bajó con rapidez y los disparos volvieron a atronar en el bosque. Los proyectiles impactaron cerca de los trishf, forzando a las criaturas a activar su intangibilidad por puro instinto de supervivencia.
La esencia rectangular de tonos azules brotó de sus cuerpos, disolviéndose en un humo espeso mientras las jaulas de contención se desplegaban y materializaban a una velocidad escalofriante, atrapando a varios ejemplares.
Un clamor de triunfo recorrió a los científicos, a excepción de Idax. Sus músculos se tensaron aún más ante aquella escena hostil. Buscó con la mirada a Driena, pero en el trayecto, sus ojos se desviaron hacia el lago, cuyas aguas volvieron a agitarse salvajemente. Se detuvo en seco, sintiendo una opresión aplastante en el pecho y un escozor en los ojos que lo obligó a parpadear con fuerza.
—¿Has visto, Idax? —preguntó Driena con orgullo—. Así es como se debe actuar, no con tus métodos tan…
Sus palabras se ahogaron cuando el follaje de los árboles se sacudió con una violencia inaudita. Un silencio sepulcral los envolvió mientras todos se giraban aterrados hacia el lago de Ífel. Idax abrió los ojos justo a tiempo para ver a varios lagartos huir a gran velocidad de las orillas, dejando tras de sí un rastro de vegetación congelada.
Aquella huida masiva de los lirfoths confirmó sus peores temores, más cuando el agua comenzó a elevarse en un oleaje monstruoso.
—¡Driena! ¡Tenemos que irnos ya! —gritó Idax, preso del pánico.
—¡Pero los…!
Un bramido profundo y grave sacudió la cordillera entera, interrumpiéndola. Al instante, dos tentáculos colosales emergieron de las profundidades del lago y arremetieron contra los árboles de la orilla, quebrándolos y derribándolos como si fueran simples ramas secas.
El pánico se desató ante la presencia del jreilith. El suelo tembló con violencia bajo el peso de los troncos caídos, haciendo que los científicos huyeran despavoridos en todas direcciones, mientras otros caían de rodillas paralizados por el terror. Entre ellos estaba Idax.
En la caída, su monóculo impactó contra una piedra y se rompió en pedazos. Con la ropa cubierta de barro y hojas, Idax levantó la vista con dificultad, distinguiendo apenas de forma borrosa cómo un gigantesco tentáculo barría el campamento y destrozaba las jaulas metálicas donde yacían los trishf.
Idax intentó incorporarse haciendo fuerza con sus débiles músculos, pero el estrépito de la naturaleza derrumbándose a su alrededor lo atenazaba. Buscó a los demás con la mirada, distinguiendo solo siluetas que se cubrían la cabeza temblando sin control.
«No podemos quedarnos aquí —se dijo con desesperación—. Debo…»
De pronto, sintió que unos brazos fuertes lo sujetaban con firmeza por el abdomen con un solo brazo, levantándolo del suelo sin el menor esfuerzo. Confundido, Idax intentó girarse. Logró vislumbrar la silueta de una mujer que miraba fijamente al frente. Tenía la mano derecha alzada hacia el cielo con la palma abierta, como si estuviera invocando una fuerza invisible.
«¿Qué está haciendo?», pensó con asombro.
No hubo tiempo de procesarlo. El suelo volvió a temblar bajo el rugido ensordecedor del jreilith.
Idax forzó la vista y vio emerger del lago la descomunal presencia de la bestia. Era un acontecimiento inaudito. Los marineros siempre habían asegurado que los jreiliths jamás salían de las profundidades abisales, y que solo se limitaban a emitir señales de luz con sus tentáculos bioluminiscentes para guiar a los barcos perdidos. Ver a semejante coloso en la superficie era la visión más aterradora que jamás hubiera presenciado.
Los tentáculos del calamar gigante volvieron a arremeter contra todo el campamento. Idax se encogió, apretando los puños sobre su cabeza a la espera del impacto fatal. Sin embargo, lo único que le llegó fue un silencio absoluto y sepulcral.
Al alzar el rostro con incredulidad, vio cómo una lluvia de rocas, troncos y lianas se estrellaba y resbalaba en el aire a escasos metros de ellos, como si chocaran contra un escudo invisible. Aquello era físicamente imposible. Nadie en Sheir había desarrollado una tecnología de defensa capaz de proyectar semejante barrera en mitad del bosque.
Antes de que pudiera comprenderlo, la mujer que lo sostenía reanudó la marcha a toda velocidad. Se adentraba cada vez más en la espesura del bosque, alejándose del grupo.
—¡Oye! ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Debemos huir en la otra dirección, no adentrarnos en el bosque! —gritó Idax, alterado.
Al levantar la cabeza, se quedó sin habla al confirmar que quien lo llevaba en vilo con semejante facilidad era 1941. Le asombraba que, con un solo brazo, lo cargara como si fuera una ligera almohada de plumas. Ella avanzaba esquivando con agilidad los obstáculos, concentrada únicamente en el camino.
—¡19! —insistió Idax, preocupado—. ¡¿Qué haces?!
Ella no lo miró. Mantuvo la vista fija en la espesura del bosque y habló con dificultad, pero con una angustia desgarradora en la voz:
—¡Calamar muy enfadado! ¡Tecnología! —consiguió pronunciar, esforzándose por pautar las palabras—. ¡Debemos quitarla! ¡Perdón!
Idax se quedó atónito. No comprendía cómo ella podía saber con tanta certeza qué era lo que perturbaba al jreilith, ni mucho menos cómo era capaz de empatizar de esa forma con la bestia. Quiso exigirle una explicación, pero la violenta sacudida de los árboles que caían a sus espaldas obligó a 1941 a frenar en seco. El brusco movimiento les hizo perder el equilibrio y ambos tropezaron, rodando colina abajo por el suelo inclinado del bosque.
En mitad de la caída, Idax sintió cómo los brazos de 1941 lo estrechaban con fuerza protectora para evitar que se golpeara contra las rocas. Con la respiración contenida y envuelto en la oscuridad del follaje, el cansancio y el impacto terminaron por reclamarlo, dejándolo a merced de la inconsciencia en el suelo húmedo de Firhel.