Durante los siguientes días, una curiosa rutina comenzó a tejerse entre las frías paredes de piedra del hogar. Idax intentaba mantener su rutina del trabajo por las mañanas y las tardes las centraba en 1941, enseñándole poco a poco sobre su cultura e idioma, pero era complejo si al final acababa muy cansado, abrazando el sofá con más ganas que su propia cama.
Una mañana, la luz de las ventanas junto el sonido de varias tazas y platos chocando sin romperse lo despertó. Frunció el ceño y abrió los ojos con dificultad para ver, de forma borrosa, la silueta de una mujer en la cocina. Palpó la mesa redonda para tomar su monóculo y, tras colocárselo, pudo visualizar mejor la situación.
1941 estaba colocando las tazas en la pequeña mesa auxiliar para buscar en las estanterías las bolsas de té, o al menos eso intentaba, porque su rostro mostraba una clara confusión. Movía el brazo, se detenía y ponía la mano en el mentón, ladeando la cabeza.
Aquello le arrancó una carcajada débil a Idax, captando la atención de la joven. Con timidez, 1941 lo saludó con la mano mientras él se levantaba y se dirigía con cuidado hacia la cocina. Se revolvió el cabello azulado antes de hablarle:
—Buenos días —saludó.
1941 parpadeó, entrecerrando los ojos. Idax se percató de inmediato de lo que acababa de hacer y escribió en su dispositivo de la muñeca.
«Perdón, casi se me olvida. Buenos días, 1941».
La sonrisa delicada de ella fue suficiente para que una ola de calma lo inundara. Vio cómo 1941 comenzaba a escribir en su tableta. Le seguía sorprendiendo lo veloz que era tecleando a pesar de la ausencia de un dedo en su mano.
«Buenos días, Idax. Perdón por el ruido, pero quería prepararte algo, aunque no sabía bien qué. Tienes varios tipos de té», explicó ella, señalando las bolsas sobre la encimera.
Idax asintió con lentitud y tecleó la respuesta:
«El que suelo tomar es el que está en el tarro con la etiqueta que pone “chekrinas”. Me ayuda a empezar el día con buen pie».
Una vez que leyó el mensaje, Idax se dispuso a acercarse a la estantería para tomar el recipiente, pero 1941 se le adelantó, extrayendo con cuidado una pequeña bolsa de hierbas para colocarla dentro de la taza. Tras eso, se apresuró a calentar el agua en la tetera.
Idax se quedó en silencio unos segundos, contemplándola, antes de sacudir la cabeza para sus adentros. Decidió que aquello era una mera coincidencia y se dirigió al pequeño armario situado junto al refrigerador para sacar unas galletas de distintos sabores y algo de bollería.
En apenas unos minutos, 1941 ya tenía listos los tés sobre la mesa, liberando un aroma a hierbas naturales que le devolvió la sonrisa a Idax. Mientras dejaba que el vapor se escapara de su taza, se dedicó a revisar los informes guardados en el dispositivo tecnológico de su muñeca.
Hoy el día se presentaba largo y exigente. Además de inspeccionar sus propias naves de exploración para el próximo viaje, debía reparar las averías de los transportes que les habían cedido a los chekrinos. Presentaban fallas graves en los sistemas de motores y en las defensas, algo peligroso teniendo en cuenta las amenazas del espacio exterior.
Soltó un suspiro pesado y alzó la vista. 1941 sostenía la tableta holográfica, escribiendo. Se quedó observándola en silencio y frunció el ceño con desconcierto al percatarse de que ella ya no estaba utilizando su característico código de ceros y unos, sino que letras de la lengua común.
—¿Qué? —se le escapó a Idax en voz alta, provocando que 1941 se detuviera de golpe y lo mirara con las mejillas encendidas—. ¿Cómo es posible?
Ella escondió el brazo que sostenía el traductor, sin atreverse a sostenerle la mirada. Idax sonrió para calmarla y le escribió en su holograma:
«¿Estabas escribiendo en nuestro idioma?», le preguntó.
1941 asintió con timidez y le mostró la pantalla para demostrarle que era capaz de estructurar palabras y frases con sentido. Al leer la traducción, Idax se quedó atónito:
«Normalmente no suelo dormir, de hecho, es muy extraño que lo haga. Por eso pasé estas noches estudiando el diccionario que tenías en la estantería y aprendí vuestras palabras. Mi único problema es la pronunciación. Todavía no la comprendo del todo».
Idax se quedó inmóvil, parpadeando con incredulidad.
No era la primera vez que un viajero asimilaba su lengua con presteza. Recordaba bien que Oxygene ya hablaba el sifshe con una fluidez envidiable cuando lo conocieron, pero en su caso se debía a que las chekrinas le habían transmitido el conocimiento.
Lo de esta chica, en cambio, era un fenómeno distinto. Pensó en los años de niñez que a cualquiera de ellos le tomaba aprender a escribir su propio idioma sin cometer faltas de ortografía. Se sentía casi humillado por el hecho de que una desconocida fuera capaz de dominar las letras en apenas noches de lectura solitaria.
«Algo se me está escapando y no soy capaz de entender por qué. Por Luán», se dijo a sí mismo, intentando asimilar el misterio mientras contemplaba a 1941. Las dudas inundaban su rostro joven, y sus labios finos permanecían apretados en una mueca de timidez.
Idax recuperó la compostura y le escribió en el traductor:
«Podría enseñarte la pronunciación, aunque nos llevará algún tiempo», le explicó, antes de tomar la taza y darle un sorbo al té azul.
Ella asintió con una emoción contenida y bebió un trago de su taza. Sin embargo, las graciosas muecas que hizo al instante dejaron claro que el amargor de las hierbas medicinales de las chekrinas era demasiado fuerte para su paladar.
La mañana transcurrió con ligereza. Idax se duchó y se vistió con las prendas reglamentarias para su jornada en el hangar: una bata blanca de corte largo que le llegaba por debajo de las rodillas, cuyos bordes y costuras integraban delicados filamentos bioluminiscentes de color cian. Debajo llevaba una túnica negra de cuello alto que cubría con elegancia su torso, combinada con unos pantalones ajustados oscuros con bandas horizontales blancas y calzado de suela ligera.
Tras acomodarse los rebeldes mechones de cabello azulado frente al espejo, se dirigió a la salida, donde 1941 ya lo esperaba. Para su sorpresa, ella vestía un conjunto muy similar y formal: una bata blanca y larga sobre una blusa de tono lila, pantalones ajustados oscuros y calzado cómodo.
«¿Te es problema que te acompañe? », le preguntó 1941.
Idax se quedó en silencio. En realidad, no le molestaba que quiera ir. Tanto Oxygene como Kappa lo habían acompañado en sus respectivas estancias. Su único temor residía en las posibles reacciones del resto de los seifos, especialmente si se cruzaba con su padre o con el general Kevrik en los distritos de ingeniería. No tenía el menor deseo de enfrentar otra ronda de miradas gélidas y silencios cargados de reproche.
Exhaló y asintió. 1941 sonrió, emocionada, y sin perder más tiempo, abandonaron la zona residencial para ir a paso ligero hacia el corazón tecnológico de Sieh.

A primera hora de la mañana, el bullicio de la ciudad superior ya se hacía notar con varios científicos y operarios cumpliendo sus estrictas rutinas. Idax se limitaba a devolver los saludos con un leve gesto de la mano, concentrado en las tareas del día. 1941 le seguía el ritmo, aunque sus ojos no dejaban de explorar cada rincón de los pasillos.
Tras atravesar los corredores de la división cuántica, llegaron finalmente ante la colosal compuerta reforzada que custodiaba el hangar de la División de Exploración Espacial. Idax aproximó su brazalete al sensor magnético para validar su credencial de acceso.
Cuando las planchas de metal se deslizaron hacia los lados, un leve suspiro de asombro escapó de los labios de 1941.
Las dimensiones del hangar eran sobrecogedoras. La colosal estructura combinaba la piedra natural de la montaña con la ingeniería más avanzada de Sheir. Las bóvedas de roca viva estaban surcadas por conductos de ventilación, cableado de alta tensión y sistemas de refrigeración criogénica, mientras que el suelo lucía una superficie pulida de aleación metálica tan brillante que reflejaba las luces como si estuviera húmeda. Las líneas amarillas de seguridad y marcas holográficas de aterrizaje delimitaban con precisión las zonas de circulación, mantenimiento y estacionamiento.
En el interior del hangar descansaban naves de diversos tonelajes y propósitos: elegantes corbetas de exploración, cazas ligeros de patrulla, fragatas interestelares y pesados porta-cazas de transporte.
El característico olor a metal templado, lubricantes sintéticos y gases de combustión los envolvió de golpe. Aunque no era un aroma agradable, a Idax le arrancó una sonrisa de familiaridad.
Avanzó entre las imponentes siluetas de las naves sin detenerse, con 1941 pisándole los talones. Ella examinaba el entorno con una mezcla de respeto y fascinación contenida. Idax recordó con gracia que Kappa estuvo a punto de desmayarse debido al vértigo que le causaron las dimensiones del lugar y el rugido de los motores.
Idax se mantuvo caminando hasta llegar a la plataforma de mantenimiento donde se encontraban los transportes que debía revisar. Era una zona de trabajo apartada, lejos del tráfico habitual de despegues y de las patrullas activas. Varios ingenieros y técnicos seifos ya se encontraban trabajando en los motores de las corbetas.
Se giró hacia su acompañante y, con una sonrisa tranquilizadora, escribió en el traductor:
«Estaré muy ocupado durante las próximas horas y no podré atenderte como es debido. Si quieres, puedes pasear por esta sección del hangar para curiosear, pero por favor, no toques ninguna consola ni herramienta».
1941 asintió con total seriedad y tecleó una pregunta de inmediato:
«¿Está mi nave en este lugar?».
Idax asintió y señaló con el dedo hacia el fondo de la plataforma, detrás de unas colosales compuertas blindadas que permanecían cerradas.
«Sí, está allí. Aún deben pasarme los informes técnicos del escaneo, pero por lo general, los vehículos que requieren un análisis estructural profundo o que provienen del espacio exterior se confinan en esa sección estanca. Las naves que ves en esta pista abierta solo necesitan reparaciones menores que terminaremos entre hoy y mañana», le detalló.
La joven parpadeó con evidente interés y asintió en silencio, dando un paso atrás para darle espacio. Idax comprendió que podía concentrarse en sus labores con tranquilidad.
Así, se incorporó de inmediato al trabajo. Se reunió con su equipo de ingenieros para evaluar las telemetrías y los diagnósticos de los vehículos. Le alivió comprobar que apenas había complicaciones graves en las naves locales, más allá de unas fluctuaciones menores en los escudos de defensa terciarios. Era una tarea sencilla que sus ayudantes podían resolver sin su supervisión directa, lo que le permitió centrarse por completo en el transporte triangular que pertenecía a Kappa y a los chekrinos.
La nave presentaba un diseño triangular y aerodinámico, pensado para no resultar hostil a las culturas menos avanzadas que Sheir, las cuales aún contemplaban con recelo la tecnología espacial. Su fuselaje estaba forjado en una aleación de metal oscuro y mate, coronado en la popa por tres grandes motores de fusión iónica. Para suavizar su aspecto industrial, una fina capa de musgo bioluminiscente recubría de forma artificial la sección superior de la cabina, dándole un toque orgánico que atenuaba su presencia militar.
Idax se sumergió en las entrañas del motor iónico con sus herramientas de calibración cuántica, perdiendo por completo la noción del tiempo mientras el sudor comenzaba a correr por su frente debido al calor residual de los reactores.
En las pocas ocasiones en que se detenía a tomar aire, buscaba con la mirada a 1941. La vio pasear con calma, deteniéndose a observar los componentes mecánicos de las corbetas.
Tras unas horas de intenso trabajo, una voz familiar pronunció su nombre desde el borde de la plataforma. Al asomarse por la escotilla del reactor, Idax divisó a Driena Valharen. La líder de Biotecnología caminaba hacia él con su habitual porte elegante y un semblante de extrema seriedad.
El joven se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y descendió de la nave mediante la rampa de acceso para recibirla.
—Al fin te dejas ver por aquí —dijo Driena, cruzando los brazos con un deje de irritación—. Te estuve buscando durante toda la tarde de ayer sin éxito. No sabía que andabas tan ocupado haciendo de tutor para esa refugiada espacial.
Idax la miró de reojo, conteniendo un suspiro de frustración, y cruzó también los brazos sobre su bata cian.
—No podía dejarla desamparada, Driena. Creo que lo entenderás —respondió con una paciencia forzada.
La científica asintió con lentitud, clavando sus ojos oscuros en él.
—Solo espero que esa chica no sea una distracción para el proyecto por el que tanto has estado presionando en el Consejo —advirtió, apoyando una mano en su cadera—. Hemos iniciado las investigaciones preliminares con los Trishf. Ya hemos habilitado un sector hermético en los laboratorios biológicos para trabajar en la extracción controlada de su esencia de intangibilidad.
Idax parpadeó varias veces, atónito, y se llevó la mano a la sien.
—¿Cómo es posible? —preguntó, desconcertado—. Pensé que mi padre y Kevrik jamás darían su consentimiento para iniciar las pruebas biológicas.
—Y no lo habrían hecho de no ser porque somos tres los líderes del Consejo que apoyamos la propuesta —explicó Driena con una sonrisa de suficiencia—. Además, mantuve una larga reunión con Helian y con Kevrik ayer por la tarde. Logré convencerlos de los beneficios defensivos del proyecto y tu padre ha firmado un permiso temporal de veinticuatro horas para realizar los experimentos iniciales con las muestras biológicas.
Aquellas palabras provocaron en Idax un torbellino de emociones encontradas. Por un lado, sentía una profunda satisfacción de que el Consejo cediera y diera luz verde al desarrollo de la intangibilidad biológica. ¡Era un logro extraordinario!
Sin embargo, por el otro, una punzada de culpa le oprimía el pecho al percatarse de que Driena había tenido que asumir toda la carga política y negociar el permiso mientras él se encontraba ausente.
Se guardó las manos en los bolsillos de la bata y apretó los puños, obligándose a mantener un semblante firme y decidido.
«Tengo que esforzarme más. Mucho más. No puedo permitir que otros asuman mis responsabilidades», se prometió, antes de sostenerle la mirada a la líder de Biotecnología.
—En ese caso, podemos proceder con las pruebas hoy mismo —afirmó Idax.
—Debemos hacerlo de inmediato, porque el permiso temporal expira al final del día —respondió Driena con una visible tensión en sus hombros—. Tendrás que delegar tus tareas en el hangar si queremos obtener resultados significativos antes de que tu padre revoque la orden.
Idax asintió con gravedad. Al disponerse a responder, desvió la mirada hacia la pista y localizó a 1941.
Desde la distancia, la joven observaba la escena con un semblante de evidente duda, ladeando la cabeza como si intentara descifrar el tono de la conversación entre ambos científicos.
Tras soltar un suspiro lento, Idax volvió a dirigirse a Driena, midiendo sus palabras con cuidado.
—¿Habría algún inconveniente en que 1941 nos acompañe al laboratorio?
Driena parpadeó con incredulidad y dirigió una mirada de reojo hacia la joven refugiada.
—¿Llevar a una alienígena a una zona de experimentación con riesgo cuántico? ¿No te parece que será una distracción y una carga innecesaria para ti? —cuestionó con las manos en las caderas. Idax apretó los labios en silencio—. Porque está muy claro que serás tú quien deba vigilarla en todo momento mientras nosotros trabajamos con el espécimen del trishf.
Idax exhaló con suavidad y asintió.
—Lo sé, pero no quiero dejarla sola en un lugar que todavía no conoce.
Driena rodó los ojos con evidente hastío.
—Por Luán, Idax. ¿Acaso no es más seguro que se quede encerrada en tu casa residencial hasta que termines la jornada? —preguntó, visiblemente irritada.
El joven científico frunció el ceño y negó con firmeza.
—Tampoco la voy a tener confinada como si fuera una prisionera, Driena. ¿Por quién me tomas? —replicó, justo cuando vio que 1941 comenzaba a caminar en dirección a ellos—. Le preguntaré qué prefiere hacer, y si no…
—¿Ir… ónde?
La repentina frase interrumpió la discusión, dejando a ambos líderes de Sieh sumergidos en un silencio que solo era quebrado por el distante zumbido de la maquinaria del hangar.
Idax contempló a 1941, que ahora se encontraba de pie frente a ellos con las mejillas ligeramente encendidas y un semblante de profunda timidez, temerosa de haber cometido un error en su pronunciación.
Driena alzó una ceja, examinándola con una mezcla de curiosidad y desdén.
—Vaya. Veo que le has enseñado a hablar a la alienígena. Me sorprende que hayas logrado que articule palabras en apenas unos días de convivencia —comentó, cruzando los brazos—, aunque su fonética sigue siendo bastante defectuosa.
Idax fue incapaz de responder de inmediato. Más allá del comentario mordaz de su colega, para él era un hito asombroso que 1941 tuviera el valor de intentar comunicarse en un mundo ajeno al suyo.
—Puedes preguntarle lo que quieras de una vez, Idax —le instó Driena, sacándolo de su ensimismamiento.
Idax parpadeó para despejar su mente y miró a 1941, quien seguía observándolos con confusión. Cuando el joven alzó su brazalete dispuesto a escribir en la pantalla, ella le puso una mano suave sobre la muñeca, deteniendo el movimiento.
—H-hablar —pidió ella con dificultad, mirándolo a los ojos.
Idax entreabrió los labios, conmovido.
—¿S-segura?
1941 asintió con determinación, demostrando que comprendía la situación. El científico tragó saliva y le habló de forma pausada y clara:
—Tenemos la intención de ir a los laboratorios biológicos para iniciar las pruebas con el trishf, una criatura de las zonas altas —le explicó, dudando de si ella sería capaz de procesar el significado de aquellos términos—. ¿Quieres venir con nosotros?
El rostro de la joven se iluminó al instante con una sonrisa de pura emoción y orgullo.
—Deseo conocer esos ani-males y mon-ta-ñas —pronunció con cuidado, esforzándose en marcar cada sílaba.
Driena asintió con un leve gesto de cabeza, restándole importancia al asunto y dándose la vuelta para encaminarse hacia la salida del hangar. Idax, por su parte, se quedó observando a 1941 unos instantes antes de soltar un suspiro y pasarse una mano por el cabello azulado.
«¿Cómo es posible que asimile todo con tanta presteza? —se preguntó a sí mismo, con una mezcla de fascinación y temor—. No es momento de distraerse, Idax. El experimento del trishf es crucial y tenemos mucho trabajo por delante».