Lo primero que pensó Idax para que 1941 se sintiera cómoda fue llevarla a la zona residencial de Sieh, donde podría buscarle ropa adecuada y, al mismo tiempo, enseñarle un poco de la vida en la Ciudad Superior, conocida entre los habitantes de Sheir como la ciudad de los Iluminados.
Avanzó con paciencia. Ella apenas podía dejar de observar cuanto la rodeaba. Cada nuevo rincón parecía despertar una fascinación aún mayor en sus ojos marinos.
Cuando abandonaron los túneles y la ciudad se abrió ante ellos, su atención quedó atrapada por la mezcla imposible entre naturaleza y tecnología que definía a Sieh: estructuras integradas en la roca y materiales translúcidos que reflejaban la luz del sol con delicadeza, los senderos impecables, los jardines suspendidos y el ambiente elegante, que se reflejaba en los propios seifos que caminaban alrededor con tranquilidad.
1941 se observó a sí misma por unos segundos, fijándose en sus ropas desgastadas antes de bajar la mirada con vergüenza y girarse hacia Idax. Escribió en el traductor con evidente inseguridad.
«Debo resultarles muy ajena, incluso incómoda».
La preocupación en su expresión hizo que Idax negara despacio mientras respondía en su propio holograma.
«No es la primera vez que ven a alguien de fuera de Sheir. Existen los chekrinos, y en el futuro es posible que también lleguen exotis».
Ella parpadeó sorprendida, aunque esa tensión en sus hombros se relajó un poco. Idax añadió otro mensaje.
«Mi idea era comprarte algo de ropa y comida. Imagino que lo que te ofrecieron en el hospital debió parecerte extraño o sin sabor».
1941 se quedó en silencio observando unos segundos antes de responder con naturalidad.
«No quería comida, y tampoco la he probado nunca».
El mundo pareció detenerse para Idax. Sus ojos quedaron clavados en el texto mientras un escalofrío le recorría la espalda. La reacción fue tan evidente que preocupó a 1941, quien movió la mano con cautela delante de él para despertarlo.
Idax levantó la vista, todavía aturdido, y escribió casi de inmediato.
«¿Nunca has comido?».
Ella negó con lentitud. Aquello cayó sobre él con un peso insoportable, dejándolo unos segundos inmóvil.
«¿Cómo puede alguien no haber comido jamás?», pensó, incapaz de encontrar lógica alguna.
Su mente comenzó a barajar posibilidades desconcertantes: ¿acaso su especie realizaba algún tipo de fotosíntesis? ¿Absorbían energía de los núcleos que protegían, o tal vez sus cuerpos funcionaban mediante un sistema de autoabastecimiento energético sintético?
Notó un leve temblor en sus dedos al ver cómo ella apretaba los labios, como si temiera haber dicho algo indebido. Idax negó rápido con la cabeza y escribió con más velocidad de la habitual.
«Entonces comeremos en mi local favorito. Creo que te gustará, tienen muchos platos salados y también dulces. Después iremos a buscar ropa más cómoda. Supongo que no querrás seguir usando esas prendas».
Ella asintió despacio y le dedicó una sonrisa tranquila, una tan sincera que logró aliviar apenas un poco la inquietud que le oprimía el pecho.
Idax le devolvió el gesto y retomaron la marcha por los senderos residenciales de Sieh.
El mediodía transcurría con calma, acompañado de un sol suave que no quemaba con intensidad. Eso permitió que él caminara algo más relajado, consciente de que la mayoría de conocidos seguían trabajando y tendrían algo de tranquilidad.
Tras varios minutos de recorrido, llegaron por fin al restaurante que Idax tanto apreciaba. Un local pequeño y acogedor de tonos blancos y azules donde se preparaban distintos platos marinos, algunos pensados para llevar y otros para disfrutar allí mismo mientras el aroma salado y cálido envolvía el ambiente.
1941 observó el local con un claro desconcierto, dándose cuenta de que no había nadie más aparte de los trabajadores que se movían detrás del mostrador. Mientras tanto, Idax escribía con rapidez en el traductor.
«Estamos en El Rincón Iluminado. Aquí puedes probar muchos platos salados», aunque apenas terminó de escribir se quedó inmóvil un instante.
Una duda absurda, pero lógica, le atravesó la mente con fuerza.
«¿Cómo va a saber qué es salado o dulce si jamás ha comido?». El pensamiento fue tan evidente que terminó dándose un pequeño golpe en la cabeza, arrancándole una leve carcajada a 1941. Ella aprovechó el momento para escribirle otra pregunta.
«¿Por qué no hay nadie?».
Idax levantó el traductor y respondió.
«A estas horas los seifos ya están trabajando, así que suelen pedir la comida temprano para llevarla a sus puestos. Es más práctico».
Ella entreabrió los labios. Idax sonrió con suavidad antes de añadir otro mensaje.
«Estaremos solos, así será más cómodo para comer y conocernos. ¿Te parece bien?».
1941 asintió sin dudar, y ambos entraron en el restaurante. El recibimiento fue cálido, justo como Idax esperaba, aunque el camarero no pudo evitar sorprenderse al verlo acompañado. Aun así, no hizo preguntas y los condujo hasta una mesa apartada, dejándoles el menú antes de retirarse.
1941 observó la carta con una confusión evidente, mientras Idax repasaba qué comida podría gustarle a alguien que jamás había probado nada. La variedad era amplia, pescados de distintos tipos acompañados de verduras cultivadas en los campos de Isef, salsas suaves y aromas marinos que llenaban el ambiente, pero la duda seguía clavándose en su cabeza, preguntándose si aquello le gustaría o si incluso lo detestaría.
Permaneció en silencio, leyendo una y otra vez las ilustraciones del menú, hasta que un leve repiqueteo de dedos sobre la mesa llamó su atención. Al bajar la vista encontró a 1941 señalando uno de los dibujos.
«Quiere un haserus con ensalada de lechuga blanca», comprendió Idax, sorprendiéndose por la elección. Aquel pescado era conocido por la cantidad de espinas molestas que tenía, aunque su carne era tierna y especialmente sabrosa junto al aceite y las sales de Isef.
Aun así, asintió despacio al ver la emoción reflejada en el rostro de ella. Cuando el camarero se acercó, pidió ambos platos antes de quedarse de nuevo en silencio.
El comedor los envolvía con sus tonos blancos y azules, decoraciones inspiradas en las olas del mar que daban al lugar una sensación tranquila y elegante. 1941 observaba cada detalle de la mesa de madera reforzada, adorada con figuras azuladas de hojas y flores, hasta que volvió la atención hacia él y escribió en el holograma.
«Vosotros sois shefirdos, ¿verdad?».
Idax asintió con calma, y ella, apoyando la mano en el mentón, continuó escribiendo.
«¿Y qué son los seifos o los irdeos?».
Él tomó aire antes de explicarlo.
«Es la forma en que nos dividimos. En realidad, todos somos shefirdos, pero nos organizamos en tres distritos bien definidos según nuestra fisonomía y estatus. Los seifos somos los habitantes de Sieh y destacamos por el conocimiento; científicos e investigadores de distintos campos, como los que has visto aquí. En la zona intermedia de Isef reside de forma exclusiva La Conciencia, los shefirdos promedio, que se dedican al arte, el comercio, la artesanía y la agricultura. Y en el subsuelo profundo de Isef'eh habitan los irdeos, que poseen una fuerza y resistencia enormes, y se encargan de la minería, la mampostería y la herrería pesada».
1941 guardó silencio unos segundos antes de escribir de nuevo.
«¿Por qué esa separación?».
Idax evitó su mirada unos segundos, claramente incómodo.
«Digamos que el pasado dejó demasiadas heridas entre nosotros. A día de hoy seguimos intentando convivir. Es una especie de equilibrio frágil».
El asombro se reflejó claramente en el rostro de 1941, aunque esta vez decidió no seguir insistiendo al notar la tensión que se había instalado en Idax tras aquellas palabras.
«Gracias por decírmelo. Ahora, si quieres, puedes preguntarme sobre mí o sobre los míos», escribió 1941 antes de dedicarle una sonrisa luminosa que descolocó por completo a Idax.
La observó durante unos segundos, incapaz de acostumbrarse a la naturalidad con la que ella sonreía sin mostrar incomodidad ni tensión. Aquella sinceridad silenciosa terminó relajándolo más de lo que esperaba. Aprovechó el momento y escribió en el holograma.
«¿Qué son exactamente los Números? ¿Cuántos sois? ¿Y a qué os dedicáis?».
1941 guardó silencio mientras analizaba las preguntas. Ese pequeño lapso bastó para que la angustia empezara a crecer en el pecho de Idax, temiendo haberse precipitado demasiado.
Por suerte, ella comenzó a escribir con calma justo cuando el aroma del pescado recién preparado empezaba a escapar desde la cocina, despertándole el apetito.
Tras unos segundos, le mostró la respuesta.
«Los Números son infinitos, aunque en mi hogar éramos pocos. Según me enseñaron, nuestra función es cuidar Núcleos. A cada uno se le asigna uno distinto para protegerlo y aprender más sobre nuestras capacidades».
Idax leyó cada palabra con atención, pero fue la primera frase la que lo dejó atrapado.
«¿Infinitos?», parpadeó varias veces antes de mirarla completamente desconcertado y escribir casi de inmediato.
«¿Cómo que infinitos? ¿Y no hacéis nada más?», le preguntó.
1941 asintió con normalidad.
«Claro que sí, como todos, ¿no? Pero nuestro objetivo principal es ese. Lo que más recuerdo de mi vida allí era estar con mis amigos, aprendiendo sobre nosotros y nuestras capacidades».
Idax entreabrió los labios y se llevó la mano a la cabeza, incapaz de encontrar una respuesta coherente, aunque la llegada del camarero interrumpió cualquier intento de continuar.
Los platos humeaban sobre la mesa. En el caso de 1941, el haserus destacaba con sus tonos azulados similares al salmón, acompañado de hojas blancas, pequeños dados de queso y tomates frescos. El de Idax era más sencillo, unas truchas fritas junto a judías cocidas.
1941 observó la comida con una fascinación evidente mientras Idax sujetaba los cubiertos y comenzaba a comer con naturalidad.
Ella siguió cada movimiento con atención, imitándolo con cierta torpeza al intentar cortar el pescado, aunque al final logró separar un trozo y mezclarlo con la ensalada antes de probarlo.
La reacción fue inmediata, sus ojos se abrieron con sorpresa y el rostro se iluminó cuando los sabores salados explotaron en su boca, mientras Idax no podía evitar sonreír ante aquella emoción tan genuina.
«¡Qué sabor tan intenso!», escribió ella antes de seguir comiendo con más entusiasmo.
Idax soltó una risa suave al verla tan emocionada y escribió después de limpiarse las manos.
«Los seifos solemos comer más pescado y verduras. A veces también carnes o pastas. Los irdeos, en cambio, prefieren comidas más pesadas y grasientas».
1941 leyó el mensaje con la boca todavía llena, tragó rápidamente y volvió a escribir.
«Me gustaría aprender más sobre vosotros, incluso vuestro idioma. Depender siempre de este holograma podría ser un problema».
Idax apoyó la mano en la mejilla y asintió con calma.
«Podría enseñártelo, aunque no será sencillo. Trabajo casi todos los días y además tengo varios proyectos pendientes», respondió con un leve bufido cansado.
Ella leyó con atención antes de fijar sus ojos en los de él.
«¿Puedo ayudarte de alguna forma?».
Idax negó enseguida.
«No te preocupes por eso. No estaré fuera todo el tiempo. Por las tardes y noches suelo estar en casa, así que podré enseñarte».
1941 ladeó la cabeza con curiosidad.
«¿En tu casa?».
Él se rascó el brazo, incómodo.
«Pagar una estancia sería complicado, así que normalmente dejo mi habitación para quienes llegan aquí. Lo hice con Oxygene y Kappa también».
Ella asintió mientras seguía disfrutando de la comida con una sonrisa tan brillante que parecía iluminar todo el comedor. Idax la observó en silencio, relajado por primera vez en horas mientras compartían aquella extraña tranquilidad.
Seguía resultándole difícil comprenderla, y más con todo lo que le había contado, pero una parte de él quería creer que los médicos tenían razón, que su incapacidad para hablar y la desconexión con su propia identidad eran simples secuelas de algo más profundo.
Lo importante ahora era que 1941 se sintiera segura, cómoda y encontrar poco a poco las piezas necesarias para reconstruir aquello que parecía haber perdido. Mientras él seguiría cargando con su rutina, sus proyectos y el miedo silencioso de que la Niebla hubiera dejado algo más dentro de ella de lo que ambos imaginaban.