La habitación de Idax estaba cubierta de estrellas y planetas dibujados en las paredes y el techo. Una decoración demasiado infantil para alguien de su edad, o eso era lo que él mismo pensaba a veces, aunque nunca había querido cambiarla. Había algo en esos cuerpos celestes y constelaciones improvisadas, que lograban tranquilizarlo y darle la inspiración que necesitaba cuando el sueño se resistía a llegar.
Aunque su cuerpo reclamaba descanso con desesperación, su mente seguía atrapada en las palabras de Helian y en los resultados imposibles de 1941. Aun así, el agotamiento terminó venciendo y cayó en un sueño profundo donde los recuerdos comenzaron a mezclarse, caminando otra vez junto a Oxygene y Kappa por las calles de Sheir.
Imágenes cálidas que lograban arrancarle una sonrisa incluso dormido, y que eran mucho mejores que los recuerdos de su infancia. Cuando estos aparecían, el frío le recorría los hombros como cuchillas, y no quería volver a ver el rostro de su padre.
El sol filtrándose por la ventana terminó despertándolo, obligándolo a abrir los párpados con un gruñido bajo antes de incorporarse en la cama. Las piernas le temblaron apenas un instante mientras se despejaba, y al alzar la vista se encontró reflejado en el espejo de la habitación.
Su ojo izquierdo era incapaz de enfocar mientras el derecho hacía el esfuerzo por compensarlo. Tanteó la mesa de noche hasta encontrar el monóculo y se lo colocó con costumbre antes de analizar su reflejo con más claridad.
Seguía viéndose descuidado, aunque el descanso había suavizado un poco el agotamiento de su rostro, pero su cabello azul estaba revuelto, como si llevara semanas sin tocar agua, dándole más aspecto de animal indomable que de un seifo.
Una pequeña carcajada escapó de sus labios y se levantó para ducharse, aunque antes revisó la hora proyectada en el holograma de la mesita: las once de la mañana.
«Dormí cinco horas», pensó con fastidio, negando para sí mismo antes de apresurarse.
Tras una ducha rápida se vistió con la ropa habitual: la bata blanca que caía hasta las rodillas, la camisa cian, el jersey azul marino y los pantalones ajustados de fibra oscura acompañados de calzado cómodo de suela gravitacional ligera. En cuanto terminó, salió directo hacia el hospital.
El sol iluminaba las viviendas de vidrio reforzado y piedra esculpida, mientras los transportes se desplazaban por los túneles magnéticos suspendidos alrededor de la ciudad. El clima era más templado de lo habitual, algo que agradecía, porque intuía que el día sería mucho más complicado de lo que deseaba.
Al internarse de nuevo en la montaña, atravesó los túneles hasta alcanzar el ala este, donde tuvo que mostrar su carnet de identificación a los guardias. Un protocolo que ya le resultaba irritante cuando todos sabían quién era, aunque las órdenes de Kevrik habían vuelto innegociable cualquier medida de seguridad.
Una vez lo escanearon con los hologramas que portaban, le permitieron pasar.
El movimiento constante del hospital volvió a envolverlo de inmediato. Los enfermeros y médicos se cruzaban de un lado a otro entre conversaciones apagadas y pasos rápidos. En medio de aquel barullo silencioso, distinguió a Helian junto a la recepción, conversando con una joven que sostenía varios papeles entre los brazos.
«Será mejor que vaya yo mismo a ver a 1941. Dudo que esté muy lejos», pensó Idax mientras avanzaba por el pasillo del hospital, todavía rodeado por el murmullo constante de médicos y enfermeros.
No recorrió demasiado cuando escuchó que lo llamaban por su nombre. Al girarse lo suficiente encontró a Helian haciéndele señales numéricas con las manos.
Idax observó con atención los gestos.
«Tres… cero… uno…», leyó, y una leve sonrisa apareció en sus labios. «Habitación trescientos uno. Genial».
Agradeció la ayuda con un pequeño movimiento de cabeza antes de apresurar el paso por los extensos pasillos iluminados por los reflejos azulados de los hologramas médicos, hasta detenerse frente a la puerta indicada.
La luz del sol entraba con suavidad por la ventana de la habitación, bañando el interior con una calma extraña. Allí estaba 1941, sentada en la cama con un rostro serio mientras contemplaba el exterior con una fascinación silenciosa.
Seguía igual que el día anterior. Misma ropa, misma apariencia intacta. Aquello inquietó a Idax.
Con cautela, llamó a la puerta con unos toques suaves. Ella reaccionó de inmediato, girándose rápido hasta encontrarlo en la entrada. Una sonrisa apareció en su rostro mientras se acomodaba en el borde de la cama, apoyando las manos sobre sus muslos.
Idax se acercó dispuesto a escribir en el traductor, aunque se detuvo al ver que ella hacía lo mismo desde la pantalla de una tableta holográfica que los médicos le habían facilitado, mostrándole primero el mensaje.
«¡Hola! ¿Qué tal estás?».
Aquello le arrancó una sonrisa delicada, y respondió enseguida.
«Un poco mejor que ayer, ¿y tú? Me enteré de que te hicieron varias pruebas».
Ella asintió despacio.
«Sí, y según tengo entendido, todo está en orden, como te dije», respondió antes de mostrarle una sonrisa tranquila y tan llena de optimismo. Luego borró el mensaje y escribió otro con rapidez sorprendente, algo que seguía dejando fascinado a Idax pese a sus cuatro dedos.
«Mi única duda es si estaré aquí mucho tiempo».
Él negó enseguida y respondió:
«Como no detectaron nada extraño, pronto te dejarán salir del hospital. Había pensado que podrías quedarte un tiempo en Sieh mientras nos conocemos un poco más. Tengo muchas preguntas, y supongo que tú también».
Ella leyó con atención. Le sostuvo la mirada con esos ojos intensos antes de asentir y dedicarle una sonrisa mucho más relajada. Volvió a escribir con rapidez:
«Me parece bien. Aunque mis dudas son más sobre vosotros y vuestra forma de vivir. No quiero ser una molestia por cómo actúo».
Idax parpadeó, sorprendido. Negó mientras escribía de inmediato.
«No eres una molestia. Somos conscientes de que existen viajeros ahí fuera. No es la primera vez que una nave llega a nuestro mundo».
El asombro se reflejó con claridad en el rostro de 1941, quien asintió antes de volver al traductor.
«Entonces, cuando quieras, nos iremos. Confío en ti».
Esas últimas palabras se le clavaron a Idax en el pecho con una fuerza inesperada. Aunque mantuvo un rostro tranquilo, por dentro las preguntas seguían agitándose sin descanso, golpeándolo una tras otra.
Se obligó a contenerse, porque entendía que bombardearla ahora con dudas solo conseguiría incomodarla más, y lo último que quería era romper la pequeña confianza que ella había depositado en él.
Idax le pidió a 1941 que esperara un momento mientras hablaba con Helian, aunque no hizo falta cuando un enfermero apareció en la habitación iluminada por los suaves tonos verdosos del hospital.
El hombre llevaba el informe desplegado en el dispositivo incrustado en su brazo izquierdo y parecía dispuesto a explicarle los resultados a la joven, pero al ver a Idax comprendió enseguida que ya estaba al tanto.
Aun así, las nuevas conclusiones seguían inquietándolo, porque tras realizarle una evaluación psicológica sencilla, habían llegado a la conclusión de que a lo mejor sufría secuelas mentales relacionadas con la pérdida de memoria y aquella incapacidad para hablar.
El pensamiento le arrancó un suspiro silencioso.
—En principio ya puede salir —informó el enfermero mientras apagaba el holograma con gesto tenso—. Supongo que usted se hará cargo, igual que hizo con Oxygene.
Idax asintió.
—Aunque no será igual. Según el vídeo de su nave, su hogar fue destruido por la Niebla.
El enfermero soltó un bufido cansado.
—No tendremos paz mientras exista ese problema —murmuró con evidente fastidio—. Como si no bastara con lo que ocurre en Sieh, Isef e Isef’eh.
Idax apretó los labios y bajó la vista hacia el dispositivo de su brazo, inspirando hondo antes de negar para sí mismo.
—Alguna solución encontraré —susurró, aunque el enfermero ya se había acercado a 1941 para explicarle que podía abandonar el hospital sin preocuparse por más pruebas.
La noticia iluminó el rostro de la joven, que se levantó de inmediato de la cama y se acercó a Idax con esa mezcla de curiosidad y confianza que todavía le resultaba desconcertante.
Él le devolvió una sonrisa débil y comenzó a caminar junto a ella por los pasillos del hospital con intención de marcharse. O al menos esa era la idea, hasta que se detuvo en seco al encontrarse con la figura de su padre en mitad del corredor.
No necesitaba hablar para imponer silencio. Los médicos y enfermeros abrían espacio a su alrededor con respeto y una tensión palpable, evitando interrumpirlo mientras conversaba con Helian, dándoles la espalda.
Idax sintió el cuerpo endurecerse al instante. 1941, incapaz de comprender aquella reacción, observó primero a Idax antes de fijarse en el hombre.
Cuando este se giró, la presencia que desprendía resultó aún más pesada. Su cabello blanco caía con elegancia junto a su barba recortada que definía su rostro ovalado. Tras los lentes rectangulares, sus ojos verdes y cansados se clavaron sobre ellos con una intensidad fría.
Vestía de forma similar a Idax, aunque destacaba el broche azul sujeto a su ropa, decorado con la silueta de una estrella de cinco puntas que representaba su liderazgo dentro del consejo de Innovación.
Su mirada se posó primero en 1941 y luego en su hijo, apenas unos segundos, pero suficientes para tensar todavía más el ambiente.
—¿Qué harás con ella? —preguntó Fertol sin rodeos, con aquella voz grave y firme que siempre lograba atravesarlo.
Idax tragó saliva.
—Algo parecido a lo que hice con Oxygene.
Fertol apenas alzó una ceja.
—Solo que ella se quedará a vivir aquí para siempre —añadió con frialdad—. A no ser que quieras enviarla a Exoia.
Las palabras hicieron que los hombros de Idax se tensaran de inmediato.
—No es algo que hubiera pensado —admitió con honestidad.
Fertol dejó escapar un bufido pesado mientras apartaba algunos mechones blancos de su rostro.
—Deberías haberlo hecho, y más teniendo experiencia con Oxygene —respondió con dureza antes de dirigir una mirada fugaz hacia 1941—. Además, seguimos sin saber si es una amenaza, sobre todo cuando solo se comunica mediante números.
Idax apretó los puños con fuerza.
—Si fuera una amenaza ya habría actuado con violencia. Sabes cómo opera la Niebla por todos los testimonios que obtuvimos gracias a Oxygene —replicó, aunque el corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que sentía que podía traicionarlo en cualquier momento.
Fertol permaneció callado unos segundos antes de apartar el rostro.
—Solo no te relajes porque sea una chica. No quiero que ocurra lo mismo que con Kappa —advirtió, dándole la espalda para marcharse junto a Helian, quien había permanecido en silencio todo ese tiempo, incapaz de intervenir.
La vergüenza cayó sobre Idax como una losa, obligándolo a bajar la mirada mientras sus manos seguían cerradas con rabia.
«¡¿Y qué se suponía que debía hacer?! ¿Dejarla sola después de todo lo que ha pasado?», pensó, sintiendo cómo la frustración le subía por el pecho hasta casi asfixiarlo.
El tacto inesperado de una mano sobre la suya lo sacó de golpe de aquel estado. Reaccionó apartándose con rapidez antes de mirar a 1941 con sorpresa.
Ella retrocedió apenas un paso, agachando el rostro durante unos segundos. El arrepentimiento golpeó a Idax casi al instante. Escribió rápido en el holograma.
«Perdón. Fue inesperado. No quería incomodarte».
1941 levantó la vista con evidente sorpresa y negó antes de responder desde su traductor:
«No, perdóname a mí. Te vi muy tenso con ese hombre. Parece muy gruñón».
Una risa silenciosa escapó de Idax al leer aquello.
«Dime algo que no sepa», pensó con agotamiento, aunque procuró que no se reflejara en su rostro. Respiró hondo, suavizó la expresión y escribió con calma:
«No te preocupes. Todo está bien. Será mejor que salgamos. Imagino que querrás conocer Sieh, ¿verdad?».
La emoción iluminó de inmediato el rostro de 1941, que asintió con entusiasmo. Eso bastó para que Idax retomara la marcha y abandonara el hospital junto a ella.
No prestó atención a las miradas ni a los murmullos ajenos. No tenía energía para preocuparse por lo que otros pensaran, aunque las palabras de su padre seguían clavadas en sus hombros como un peso imposible de ignorar.