La tarde había transcurrido a gran velocidad. No era de extrañar, ya que 1941 miraba a su alrededor con una curiosidad incontrolable, acercándose a las tiendas o edificios que captaban su atención. Idax la acompañaba y le explicaba desde el traductor qué era cada cosa.
Hicieron una parada en un local de ropa. Idax se negaba a que 1941 llevara la misma prenda desde que se conocieron. Aunque no lo dijera, ella debía sentirse incómoda, y eso era lo último que deseaba.
Dentro, el encargado tuvo mucha paciencia y comprensión a la hora de escoger las vestimentas que le vendrían bien a 1941. Ella insistía en que no era necesario, que con aquellas telas desgastadas era suficiente. Idax le preguntó si acaso tenía más ropa en la nave. Ella negó.
«Entonces te compraré la ropa que te haga falta. Elige la que más te llame la atención», le había dicho con el traductor en aquel entonces.
Ella al final asintió, rindiéndose.
Para Idax no fue una molestia que ella escogiera varios conjuntos. Iba a estar un tiempo que ambos desconocían. Se percató de que a ella le encantaban los tonos blancos, violetas y azules, además del conjunto que llevaba: una blusa con escote cruzado en forma de “V” donde delicados bordados con motivos vegetales le daban elegancia, cuyas mangas largas, anchas y vaporosas, descendían mucho más abajo de sus manos.
De la cintura una amplia faja oscura estaba ceñida, combinada con unos pantalones rectos de tono blanco, contrastando con el color marino de la blusa. Sus zapatos eran sencillos, sin nada de tacón, más bien prácticos para largas caminatas, como solían llevar los habitantes de Sieh.
Cargados con bolsas de ropa, se dirigieron a su hogar. Allí, Idax dejó que 1941 curioseara su interior mientras él dejaba la ropa en su habitación, la cual sería ocupada por ella en estos días.
Después se volvió al comedor. 1941 se encontraba sentada en el gran sofá curvo que rodeaba una mesa redonda central, la cual tenía unos libros y una lámpara. Diversas estanterías la rodeaban, otorgando ese espacio de calma y lectura que a él le gustaba.
Al lado se encontraba la cocina, de espacio necesario para los pocos electrodomésticos que necesitaban y utensilios. Por lo general, él no cocinaba, se había acostumbrado a comer en el restaurante que había cerca de su trabajo. A fin de cuentas, le salía más rentable.
Por último, estaba el pasillo de donde él había salido. Allí había solo dos habitaciones con sus respectivos baños. Una era suya; la otra era de su padre, cuya puerta llevaba cerrada desde hace mucho tiempo.
Su alrededor era lo que Idax necesitaba cuando estaba solo. Un espacio oculto y tallado con paredes de roca viva, donde la luz caía de las esporas que se activaban cuando la noche llegaba. Desde las ventanas se podía ver cómo las estrellas se iban asomando con cuidado, captando la atención de 1941, que se había quedado embobada mirando los libros.
Idax, con paciencia, se acercó para sentarse cerca de ella, sin invadir su espacio. Tras eso, escribió en el traductor:
«Hoy ha sido un día largo. Creo que lo ideal sería dormir», explicó.
Ella asintió con lentitud. Idax volvió a escribir:
«Que no te asuste mi habitación. Está decorada de forma que parece infantil, pero es algo que me aporta paz e inspiración», volvió a explicar.
1941 frunció el ceño y escribió en el traductor:
«¿Cómo que tu habitación? ¿Acaso quieres que duerma en tu cama?», preguntó.
Idax asintió con seguridad.
«Lo hice con Oxygene y Kappa. Ya estoy acostumbrado a dormir en el sofá».
1941 negó con rapidez, con una mirada mucho más molesta de las que le había lanzado esta tarde.
«Me invitas a comer, me compras ropa, ¿y ahora quieres que duerma en tu cama? Me niego. Me dormiré en este sofá», respondió con una dureza que para Idax era como si las letras buscaran clavarse en su pecho.
Con paciencia, él le sonrió y negó.
«No quiero que duermas en este sofá. No creo que encuentres el punto cómodo siendo curvo», se atrevió a bromear.
Ella alzó la ceja y observó los cojines. Se quedó así unos segundos para luego tumbarse. Este gesto tomó por sorpresa a Idax, viendo cómo ella encogía las piernas en una posición fetal. Se quedó así unos segundos, con un rostro que denotaba clara duda e incomodidad.
Después se irguió y miró a Idax con un rostro sorprendido, para luego escribir en el traductor:
«¿Cómo vas a dormir así? ¡Es imposible! Déjame que duerma en el sofá, no me es incómodo, y he estado en una silla reposando por años», insistió.
Idax volvió a negar.
«Con más motivo quiero que duermas en mi cama. Te será más cómodo y así no tendrás tu espalda tan resentida», explicó.
1941 se quedó leyendo más de la cuenta el mensaje. Idax se preocupó, temiendo que el traductor fallara. Al final, ella apartó la mirada y exhaló con pesadez, cerrando los ojos.
Idax se quedó en silencio, esperando alguna reacción de su parte. No comprendía por qué estaba actuando de esta forma, era la primera vez que la veía así. Las dudas lo inundaron mientras el aroma a páginas antiguas y té verde lo rodeaba, buscando tranquilizarlo, aunque no lo conseguía.
De pronto, 1941 abrió los ojos, emitiendo un gruñido que tomó desprevenido a Idax.
«De alguna forma te devolveré este favor», dijo ella tras escribir en el traductor.
Él sonrió y asintió.
«No tienes por qué. Todo esto lo hago para ayudarte y saber qué es lo que realmente te ocurrió», explicó.
Ella frunció los labios.
«¿También lo hiciste con esos dos amigos? ¿Ellos también te ayudaron?», preguntó.
Él asintió.
«La alianza con Kappa es algo que mantenemos hasta el día de hoy, desde que se instaló en Sieh y nos ayudó a mejorar la medicina en nuestro hogar. Con Oxygene fue un poco más distinto: él impactó con su nave y nos explicó que la Niebla los había atacado. Supo de nuestra existencia y quería fortalecer la alianza para hacer frente a esa amenaza. Con él logramos que nuestras naves fueran mejores».
1941 lo leyó con gran interés, ladeando la cabeza por un instante. Al terminar, escribió en el traductor:
«Juro que intentaré aportar algo a vuestro hogar», dijo, preocupada.
Idax soltó una leve carcajada.
«Apenas llevas unos días aquí, es normal que no puedas si vienes de un viaje largo y no sabes bien qué eres. Solo date tiempo», aseguró con optimismo.
Cuando terminó de leer el mensaje, ella bajó la mirada hacia el suelo, donde se encontraba la mesa redonda con algunos libros. Estos eran en su mayoría sobre el funcionamiento de las naves y los misterios del cosmos.
1941 frunció el ceño de golpe y giró el rostro hacia las estanterías que los rodeaban. Se alzó y buscó entre los libros. Idax la observó preocupado, sin entender bien qué buscaba, hasta que la vio sacar el diccionario de la lengua de Sheir.
Sin querer, esbozó una sonrisa mientras ella escribía en el traductor:
«Entonces me pondré de inmediato. Quiero aprender vuestro idioma, cultura, costumbres… ¡todo! Solo así podré ser útil», aseguró.
Idax negó con paciencia.
«¿No crees que es importante saber qué te ocurrió? Vienes de un planeta atacado por la Niebla, y los Números parecían ser importantes si esta os atacó», explicó con evidente preocupación.
1941 se quedó inmóvil unos segundos. Parpadeó varias veces y exhaló.
«Es cierto, debería investigar por ese lado. Tengo mucho por hacer», dijo.
En su rostro era notable la frustración, aunque intentara ocultarla al desviarla y observar el diccionario entre sus manos. Idax se levantó con cautela, acercándose lo suficiente para captar su atención y dedicarle una sonrisa segura.
«Sí, tenemos mucho por delante, pero poco a poco podremos conseguirlo. Aquí en mi casa tendrás un sitio donde podrás sentirte segura. Siempre que necesites algo, cualquier cosa, dímelo e intentaré solucionarlo», aseguró.
1941 entreabrió los labios, releyendo el mensaje. Alzó los ojos y apretó los labios, para luego exhalar.
«De acuerdo, aunque quiero que duermas en tu propia cama», dijo, con los mofletes algo hinchados.
Idax no pudo evitar soltar una carcajada y negó con calma.
Pasaron buena parte de la noche ellos dos solos, conversando e intentando convencerla para que durmiera en su habitación. Al final lo consiguió, aunque eran casi las doce de la noche, una hora en la que Idax solía desvelarse si era para investigaciones muy importantes.
Sin embargo, no le importó. Charlar con 1941 era interesante y divertido por sus reacciones. No era como Kappa, que era muy intensa, ni tampoco era silencioso como Oxygene. Tenía un punto medio que, para él, le era cómodo porque podía distraerse, pero también pensar en lo que tenía pendiente.
Mañana iba a ser un día largo. Aunque 1941 estuviera en su hogar, no era excusa alguna para dejar su trabajo, y sabía bien que allí tendría un largo día para ver qué problemas tenían las naves que pertenecían a Kappa y a los chekrinos.
Pero, no se dejó agobiar. Se tumbó en el sofá mientras recordaba cómo este día había sido divertido y ameno. Sin estrés ni vigilancia excesiva por parte de los demás, en especial la de su padre.
Pero poco iba a durar. Lo sabía muy bien.