Idax no fue capaz de dormir como quería porque su mente no dejaba de girar alrededor de las palabras de 1941, repitiéndolas una y otra vez hasta desgastarlas sin encontrarles sentido.
Desde el dispositivo incrustado en su brazo derecho buscó información sobre la biología numérica. Sin embargo, cuanto más leía, más crecía la inquietud: su procedencia, el vídeo, la forma en que había llegado… Todo acababa llevándolo a la misma conclusión: la Niebla, y con ella el recuerdo de los chekrinos, los exotis y los supervivientes. Piezas de un mismo patrón que confirmaban que estaba consumiendo mundos y su poder no dejaba de aumentar.
Dejó escapar un suspiro pesado y apartó un mechón de su cabello azul con un gesto cansado, cerrando los ojos un instante antes de negar con la cabeza. Al abrirlos de nuevo se encontró reflejado en el suelo pulido del hospital, devolviéndole una imagen que no le gustó.
Su cabello corto, que caía tras las orejas, le daba un aire descuidado, casi salvaje, como un lobo que no había tenido descanso. Sus ojos aún brillaban con ese tono neón característico de su hogar, en contraste con la ropa manchada de barro que seguía llevando bajo la bata blanca, la camisa azulada y los pantalones de sarga ligera oscurecidos por el desgaste.
Se pasó las manos por el rostro y las llevó hacia atrás, apoyándose en el asiento mientras dirigía la mirada al techo. Se quedó así hasta que el sueño terminó por imponerse, cerrándole los ojos sin pedir permiso.
Aun así, su mente no descansó. Siguió moviéndose entre estrategias, posibilidades, aliados y la idea persistente de cómo enfrentarse a la Niebla.
«Oxygene quería ir a Ecla —recordó, agarrándose a esa opción como a una salida posible—, quizá allí consigan una alianza clave, sobre todo por su vínculo con los tubulls».
Sin embargo, quedó atrapado en esa red de opciones y dudas, incapaz de relajar el cuerpo por completo, hasta que una mano sobre su hombro lo arrancó de golpe de ese estado.
Abrió los ojos y dio un pequeño salto en el asiento, girándose para encontrarse con Helian a su lado.
—Idax… ¿has dormido en el hospital? —preguntó con una preocupación evidente.
Helian contrastaba demasiado con él. Su aspecto era de descanso, el cabello rubio cayendo con orden sobre sus orejas, el monóculo redondeado enmarcando unos ojos amarillentos atentos y la barba recortada delineando su rostro. Por último, su vestimenta médica impoluta, rematada con el broche metálico de líneas verdes donde se dibujaban unas manos sosteniendo hojas ovaladas azuladas.
Idax dejó escapar una leve carcajada, más cansada que divertida.
—Eh, sí… estaba esperando los resultados de 1941.
Helian asintió mientras desviaba la mirada hacia el pasillo que conducía a las habitaciones.
—La chica alienígena está bien, descansando, y tengo los informes.
Idax intentó ponerse en pie, pero el peso en sus piernas lo obligó a sentarse de nuevo con un gruñido bajo.
Helian frunció el ceño.
—Algo me dice que no has dormido nada, y menos aquí —comentó, cruzando los brazos—. Deberías ir a casa y descansar un poco.
Idax negó, apoyándose en el respaldo para forzarse a levantarse otra vez.
—Quiero asegurarme de que esté bien, luego…
—Idax, te dije que está bien —insistió Helian con firmeza, alzando la ceja—. Todas las pruebas han dado resultados positivos, no hemos detectado nada.
Idax parpadeó con lentitud, procesando las palabras, y entreabrió la boca como si necesitara un segundo más para aceptarlas.
—¿De verdad? —murmuró.
Helian asintió sin dudar, sosteniéndole la mirada.
—De hecho, iba a comentarlo contigo —añadió, aunque su expresión cambió al evaluarlo de arriba abajo, negando con cierta firmeza—, pero en este estado, es mejor que vayas a dormir.
Idax tensó la mandíbula.
—Me niego —respondió con una firmeza que nacía más del agotamiento que de la energía—. Prefiero que me lo digas ahora, así puedo…
—Idax, por favor —cortó Helian, poniendo las manos en las caderas—. Ella está a salvo, y según me han dicho, se quedó dormida en cuanto terminaron las pruebas.
El silencio que siguió pesó más que cualquier argumento. Idax se quedó mirando el entorno del hospital: las luces blancas, los reflejos pulidos, la quietud incómoda…
Exhaló con pesadez y negó.
—Sabes que no voy a descansar —admitió con sinceridad, llevándose la mano al pecho—. Me es imposible creer que no le ocurriera nada.
—A mí también me cuesta creerlo —confesó Helian, con una preocupación que ya no disimulaba—. Me recuerda a Oxygene, pero él tenía heridas. Ella es distinta.
Idax asintió con lentitud. Helian lo observó unos segundos más antes de rendirse con un suspiro cansado.
—Está bien, te lo contaré —cedió al fin—, pero antes vas a tomar un té azul. Necesitas al menos algo de energía.
Idax no discutió esta vez y lo siguió hasta el pequeño comedor del hospital, donde algunos enfermeros compartían el desayuno entre tazas humeantes y pasteles dulces. Allí, mientras el aroma del té se mezclaba con el cansancio, leyó el informe médico de 1941.
Comenzaron con el escaneo de densidad muscular y ósea mediante resonancia gravitacional, cuyos resultados eran tan limpios que resultaban inquietantes: ni rastro de atrofia, ni pérdida de densidad, ni signos de deshidratación, nada que justificara diez años en el espacio.
Continuaron con el análisis de firmas de radiación, que también dio negativo, algo que rozaba lo imposible desde cualquier punto de vista científico.
Después pasaron al monitoreo biométrico completo, un escaneo profundo de su organismo y su energía. La prueba en principio no se iba a realizar por lo invasiva que resultaba, pero ella misma la aceptó sin resistencia.
—¿Cómo? —preguntó Idax, deteniéndose en esa línea.
Helian sostuvo la taza entre sus manos.
—Dijo que era una forma de demostrar que estaba bien —explicó—. Su estructura es similar a la nuestra, aunque con diferencias claras como sus manos y su corazón.
Idax alzó la vista.
—¿Qué le ocurre?
Helian dudó un instante antes de continuar.
—Late muy despacio y está envuelto en números.
—¿E-en números? —repitió, aturdido.
Helian asintió, dando un sorbo al té.
—Suben de forma progresiva, uno a uno. Al principio creímos que era un contador externo, pero no. Es su propio cuerpo registrando sus pulsaciones, aunque eso lo vuelve todo aún más incoherente.
Idax frunció el ceño.
—¿Por qué?
Helian apoyó la taza.
—Porque el valor es absurdamente bajo. Estaba en treinta cuando lo medimos.
El rostro de Idax perdió color, y aferró la taza con más fuerza antes de beber, esperando que el amargor le devolviera algo de control, aunque no lo logró.
—Quitando eso —continuó Helian, dejando escapar el aire con pesadez—, creemos que el impacto es más psicológico. Apenas se comunicó, sólo a través del traductor. Puede haber trauma, o incluso fragmentación mental. Tiene sentido si se identifica como un «número», aunque con ella, ya nada es descartable.
Idax se pasó las manos por el rostro y lo miró entre los dedos.
—Estuvo diez años ahí fuera, ¿cómo es posible que no tenga ninguna secuela? Nosotros apenas resistimos.
Helian se llevó la mano al mentón, pensativo.
—Tal vez su especie esté adaptada. Si realmente pertenece a una raza como la que describe…
Idax abrió los ojos más de la cuenta.
—¿Qué?
Helian se encogió de hombros.
—No sería tan descabellado. Según ella, nunca ha estado enferma, tampoco los suyos.
Idax parpadeó una vez y dio otro sorbo al té, aferrándose al amargor de las hierbas cultivadas gracias a los chekrinos, pero no lo logró. El nudo seguía ahí, firme.
—Deberías hablarlo con ella —aconsejó Helian, cruzándose de brazos con una seriedad que no dejaba espacio a evasivas—. Intentamos conversar, pero dijo que quería verte. Al parecer confía en ti.
Idax se quedó quieto, desconcertado.
—¿Confianza de qué? —preguntó—. Solo la salvé, como hice con Oxygene.
Helian alzó una ceja, paciente.
—Y él también confió en ti por eso mismo.
El silencio se instaló un instante, hasta que Idax exhaló y asintió levemente.
—Intentaré que no dependa solo de mí, que vea que todos somos de fiar, que no tiene que temernos —afirmó—. Quizá así podamos entender mejor qué ocurrió, como con Oxygene.
Helian lo observó unos segundos antes de asentir.
—Está bien, pero no podrá quedarse mucho tiempo si no tiene nada. Necesitará un lugar donde descansar.
Idax se rascó el cabello, pensativo.
«No creo que le incomode mi casa. Oxygene y Kappa lo aceptaron», se dijo, pero en cuanto intentó levantarse, la mirada firme de Helian lo detuvo en seco.
—¿A dónde crees que vas?
—A-a verla.
—No, vas a dormir —cortó Helian, visiblemente irritado—. ¿Se te olvida que eres un seifo?
—Pero…
—Entiendo que quieras ayudarla, pero no has dormido nada —insistió, señalándolo sin necesidad de hacerlo—. Se te nota en los ojos y en cómo apenas te sostienes. Vas a ir a casa ahora mismo.
Idax apretó los labios, cansado.
—Déjame al menos…
—¿Quieres asustar a los demás? ¿O peor, a tu padre?
Esa última frase lo frenó por completo, clavándose más profundo que cualquier argumento. Con un suspiro largo terminó cediendo.
—Nosotros nos haremos cargo de ella —añadió Helian, levantándose para apoyarle una mano en el hombro—, pero no voy a permitir que vayas en ese estado y te desplomes por el camino, ¿entiendes?
La sonrisa que le dedicó era extraña en él, demasiado suave para alguien que solía mostrarse firme en el consejo, pero Idax no tenía fuerzas para discutir, y en el fondo sabía que tenía razón.
Salieron juntos del hospital y avanzaron por los túneles extensos, cruzando el ala sur hasta alcanzar la zona residencial. El amanecer comenzaba a filtrarse con timidez, iluminando las casas incrustadas en la montaña con tonos azules delicados que transformaban el lugar en algo acogedor pese al cansancio que lo envolvía todo.
Allí, Idax le pidió a Helian que lo dejara solo, asegurando que podía llegar por sí mismo. Le costó convencerlo, pero finalmente cedió, manteniéndose a cierta distancia como una sombra vigilante.
Por suerte, su casa estaba cerca, una de las más próximas a la entrada. Al llegar sacó la llave de identificación de su bolsillo, deslizándola por el acceso hasta que la puerta cedió y lo dejó entrar en el silencio frío de su hogar.
Cuando esta se cerró tras él con un suspiro metálico, Idax se quedó inmóvil unos segundos, envuelto en la penumbra, dejando escapar el aire acumulado antes de pensar.
«Solo unas horas. Tengo demasiado que hacer».
Sin añadir nada más, avanzó hasta su habitación y se dejó caer sobre las sábanas, permitiendo que el cansancio, por fin, lo reclamara.