Idax se aseguró más de una vez de que 1941 pudiera caminar sin dificultad desde la cordillera de Firhel hasta la muralla que rodeaba Isef,. Le había ofrecido una máscara de metal para protegerla de las esporas del bosque, aunque ella la rechazó en varias ocasiones con un gesto tenso que no pasó desapercibido.
«Solo será un momento, te lo prometo», le proyectó él desde el dispositivo tecnológico de su brazo.
Al final accedió, aunque su expresión seguía cargada de incomodidad.
Avanzaron con cautela entre la vegetación densa. En todo momento Idax le ofreció la mano para evitar que tropezara o se perdiera, mientras 1941 observaba todo a su alrededor con un asombro casi infantil clavado en sus ojos marinos. Se quedó atrapada por aquella belleza tan imponente como inquietante, donde las setas gigantes se alzaban como columnas vivas y los troncos colosales extendían hojas plateadas que parecían devorar la noche.
Los guardias se mantenían atentos a cualquier movimiento, recelosos de la desconocida, aunque Idax no compartía ese temor. Había visto suficiente en su mirada y en aquel vídeo como para reconocer el dolor de alguien que lo ha perdido todo. Aun así, mientras caminaban, no podía evitar percibir en ella esa duda silenciosa que se escondía tras su fascinación por el entorno.
Idax respiró hondo y fijó la vista al frente, aferrándose a una decisión que le daba sentido a todo aquello.
«Me aseguraré de que se sienta a salvo como hice con los demás», se prometió al distinguir en la distancia los muros que separaban el bosque de Isef.
Al llegar, se retiraron las mascarillas con cuidado. Los guardias, aunque intentaban disimular, tenían la atención clavada en 1941, dividida entre la desconfianza y la curiosidad, mientras algunos se dirigían a los puestos de vigilancia. Idax no quiso darle importancia y se acercó a ella, intentando organizar el siguiente tramo del viaje.
«Utilizaremos las góndolas bioquímicas para movernos por los canales de Isef y llegar a la estación del Ascensor Gravitacional», escribió en su brazalete traductor con una leve sonrisa.
1941 asintió. Ese pequeño gesto le arrancó un leve alivio a Idax. Se rascó la cabeza, algo torpe, mientras su mirada recorría los bosques imponentes, la calma de Isef y los ríos que serpenteaban a su alrededor. Exhaló con pesadez y volvió a mirarla, aún absorta en lo que la rodeaba, hasta que el sonido suave del agua desplazándose captó su atención. Ambos se giraron para ver cómo las góndolas bioquímicas se aproximaban.
Eran pequeñas, apenas para cuatro personas. Las barcazas de micelio reforzado emitían una luz bioluminiscente tenue, con asientos ergonómicos que parecían moldearse al cuerpo.
Dos de los guardias se acomodaron primero. Idax volvió la vista hacia 1941, que observaba el transporte con una curiosidad casi fascinada, lo que le arrancó una breve carcajada antes de subir él mismo a la embarcación. Luego extendió la mano hacia ella, ofreciéndole apoyo. Esta vez aceptó el gesto y se acercó sin apartar la mirada de su alrededor.
Al sentarse, los ojos de Idax se deslizaron hacia los guardias. Con voz firme, dio la orden:
—Intentad recuperar su nave y llevarla hacia Sieh.
—Estamos en ello —respondió uno de ellos con disciplina.
Idax asintió, aliviado, y los guardias activaron la góndola. Esta, con lentitud, se deslizó por el canal, abriéndose paso entre las corrientes mientras la ciudad de Isef se desplegaba a su alrededor envuelta en una calma casi irreal. Se mantenía iluminada por farolas de tono cian que se alzaban como luciérnagas fijas, acompañando el cielo nocturno y creando una atmósfera íntima.
Para 1941 todo era asombro. Sus ojos saltaban de un detalle a otro, mientras Idax la observaba con una sonrisa leve, consciente de la belleza de su mundo, aunque esa misma sonrisa se tensaba por dentro al recordar su historia.
Diez años en el espacio. Una cifra que no dejaba de golpearle la mente con crudeza. Sabía que eso implicaba aislamiento prolongado, deterioro físico, desgaste mental y una erosión lenta del ser que ningún entrenamiento podía sostener intacto. Sin embargo, ella estaba allí, aparentemente ilesa y tranquila, como si nada de aquello hubiera dejado marca en su cuerpo, salvo esa barrera invisible que le impedía comunicarse y la angustia latente que se filtraba en su mirada.
«Si de verdad está aterrada, no lo muestra… o no quiere hacerlo», pensó, analizándola con cuidado.
A simple vista, parecía tener su misma edad, unos veinticuatro años, con una vitalidad que chocaba con todo lo que había vivido: piel intacta, tersa, sin señales de desgaste. Su vestimenta era una tela marronácea cubriendo su torso, pantalones de malla desgastados y botas de montaña que habían visto demasiado. Fuera quien fuera, no era alguien común o a lo mejor su resistencia superaba cualquier lógica o aquella nave había hecho algo que él aún no comprendía.
Se llevó la mano a la frente, sintiendo un dolor punzante al intentar encajar todas las piezas. Al alzar la vista de nuevo, la encontró contemplando cómo la naturaleza de Isef comenzaba a dar paso a las colosales infraestructuras de tránsito que conectaban los niveles de Sheir.
La góndola atracó en la gran estación de transbordo. Idax y 1941 desembarcaron y, guiados por los guardias, se dirigieron hacia el monumental pilar que albergaba el Ascensor Gravitacional de la Montaña, la imponente columna vertebral que unía los tres distritos del planeta.
Al ingresar en la colosal cabina, el contraste estético de Sheir se hizo evidente. El espacio inferior del elevador estaba bellamente decorado con madera tallada, raíces reforzadas y enredaderas que se acoplaban a la perfección con la identidad orgánica de Isef. Sin embargo, en cuanto el ascensor inició su ascenso vertical y suave, el follaje vegetal fue desapareciendo para dar paso a un diseño minimalista de metales ligeros, líneas limpias y amplias paredes de vidrio transparente.
A través del cristal, 1941 contempló sin aliento cómo los bosques de árboles gigantes de Isef se encogían en la distancia, mientras el cielo se abría revelando un manto estrellado de una claridad impresionante. La cabina ascendió hasta adentrarse en los niveles excavados de la cumbre.
Cuando las compuertas se abrieron en la terminal superior de Sieh, dos guardias ya los esperaban. Sus armaduras abandonaban por completo lo orgánico para abrazar la tecnología pura: metales ligeros de superficies pulidas, visores de vidrio reforzado y escamas de Lirfoth, el lagarto de sangre helada, en las articulaciones, otorgándoles una presencia fría e intimidante.
1941 reaccionó al instante, tensándose. Idax tomó su mano con cuidado y proyectó un mensaje desde su brazalete:
«Tranquila, ellos nos guiarán hacia el hospital».
Ella frunció el ceño, confundida, pero terminó asintiendo.
Guiados por los guardias de Sieh, continuaron a pie, atravesando senderos de piedra rodeados de una vegetación interior que parecía apartarse a su paso gracias a la sutil tecnología de la ciudad. 1941 no dejaba de observar, atrapada por la escala de todo, hasta que su mirada se alzó y se clavó en la entrada monumental tallada en la roca viva.
Se detuvo en seco, señalando con una mezcla de asombro y duda antes de mirar a Idax, buscando confirmar que lo que veía era real.
Él asintió y se lo escribió en el holograma del brazalete:
«Sí, nosotros vivimos dentro de la montaña».
Ella entreabrió la boca, sorprendida, dejando caer la mano que aún señalaba la entrada, mientras Idax le dedicaba una sonrisa leve y la guiaba con pasos tranquilos.
Las enormes puertas de piedra, surcadas por líneas azuladas que brillaban gracias a las esporas bioluminiscentes, se abrieron con solemnidad. Al cruzarlas, Idax notó al instante la mirada endurecida de los guardias que custodiaban la ciudad, atentos a cada movimiento de 1941. Él respondió sujetándole la mano con firmeza, alzando el rostro con seriedad hacia ellos para contener la irritación que le quemaba por dentro.
«Por Luán, ella no es una amenaza», pensó, aunque entendía en el fondo aquella actitud severa.
No era la primera vez que alguien llegaba en circunstancias extrañas. Desde la aparición de Kappa y Oxygene, junto con las nuevas órdenes de Kevrik, la seguridad en Sieh había dejado de ser flexible para convertirse en una constante vigilancia.
Exhaló para sí mismo y avanzó por los largos pasillos de piedra pulida, metales reforzados y superficies de vidrio transparente, iluminados por cristales de energía y musgos bioluminiscentes que proyectaban una luz suave y constante.
La noche jugaba a su favor. Apenas habían seifos transitando por la zona residencial o científica, lo que les evitó miradas incómodas o preguntas innecesarias.
Alcanzaron rápido las puertas del ala este de la torre médica, donde se encontraba el hospital de Sieh. No necesitó identificarse. Los guardias de guardia ya estaban al tanto y les permitieron el paso sin objeciones hasta una amplia sala equipada con camillas suspendidas y terminales médicas holográficas, donde varios médicos y enfermeros de Sieh trabajaban en silencio.
Antes de que los especialistas intervinieran con sus escáneres, Idax se adelantó y proyectó un mensaje desde su brazalete:
«Sé que soy pesado con este tema, pero empezarán a hacerte análisis para ver cómo te encuentras».
Ella lo miró con tensión en los labios, pero terminó asintiendo. Esto no alivió la punzada de culpa que le oprimía el pecho, obligándolo a insistir en su mensaje:
«No quiero que me malinterpretes. Me preocupa que alguna espora de la cordillera o algo peor te haya afectado o…».
No pudo terminar. Ella le tomó la mano con una calma inesperada. El contacto lo tensó al instante. Sintió el calor subirle al rostro por la sorpresa mientras la observaba con los ojos muy abiertos. Vio cómo ella se estiraba para presionar con precisión la pantalla de la terminal holográfica del hospital, utilizando el teclado de luz para redactar su respuesta en código binario, que el brazalete de Idax tradujo al instante:
«Lo sé. Confío en ti, así que no te preocupes. Estoy bien».
Idax parpadeó, descolocado, y negó casi por reflejo.
—¿Cómo que estás bien? ¡P-pero has estado diez años en el exterior!
En cuanto vio cómo ella bajaba la mirada, el arrepentimiento lo golpeó de inmediato. Se apresuró a corregirse y escribió con más cuidado en su traductor:
«Has estado diez años en el espacio. Me preocupa que tengas alguna enfermedad o algo peor. Déjame asegurarme de que no te ocurre nada y luego podrás preguntar lo que quieras o conocer nuestro hogar».
Ella leyó en silencio la traducción proyectada, parpadeó varias veces y, tras teclear con soltura en el holograma, respondió:
«Creo que los Números no nos enfermamos, pero está bien. Tú conoces mejor este Núcleo que yo».
Aquella frase abrió un abismo absoluto de dudas en la mente de Idax, dejándolo inmóvil por un instante. Su mente de científico comenzó a dar vueltas de forma caótica: ¿a qué se refería con que «los números no enfermamos»?
Aun así, decidió que no era el momento de presionarla más y permitió que los médicos se hicieran cargo de los chequeos preliminares, consciente de que las respuestas no llegarían forzando las cosas en medio de su fatiga.
Cuando se quedó a solas en la sala de espera, el verdadero peso de lo vivido comenzó a asentarse con claridad en su pecho. A diferencia de Oxygene o Kappa, que contaban con alianzas y hogares a los que eventualmente regresar, aquella era la primera vez que se enfrentaba a una refugiada absoluta que no podía volver a su planeta debido a la devastación de la Niebla.
Además, si era cierto que había sobrevivido una década entera en el vacío del espacio profundo sin un solo rasguño físico, estaba claro que se encontraba ante un enigma científico y cósmico que desafiaba todo lo establecido en la Biblioteca de la Evolución.
Dejó escapar un suspiro pesado y dirigió la mirada hacia los asientos de metal ligero y diseño ergonómico de la sala de espera, asumiendo lo inevitable.
«Supongo que no me queda otra que dormir aquí… otra vez», pensó, dejándose caer con el cansancio acumulado, mientras la incertidumbre seguía creciendo en silencio dentro de él.