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Capítulo 2 Números

El inicio de un brillo - Primer libro de la saga Números y Errores · por TeleCosmo · 26 de agosto de 2026

La cordillera de Firhel era uno de los territorios más peligrosos que existían por las esporas. Daba igual que fueran los setos colosales que triplicaban la altura de Idax o los troncos gruesos de árboles tan vastos que uno podría habitar en su interior. Todo allí respiraba veneno y bastaba un descuido para que las esporas se filtraran en los pulmones y comenzaran a consumir desde dentro.

Aun así, para muchos shefirdos aquello era rutina. En los límites del bosque, que los separaban de Isef, se alzaban puestos incrustados en las murallas donde se ofrecían máscaras y equipo protector. En esta ocasión, le permitió a Idax cubrirse y alertar sobre aquel brillo extraño que había visto.

Acompañado por varios guardias, se adentró en el bosque siguiendo el sendero de piedra, aunque cada paso resultaba más incómodo que el anterior. La mascarilla metálica le pesaba sobre el rostro, áspera y ajena para alguien acostumbrado al aire limpio de su hogar, y el esfuerzo comenzaba a nublar la vista mientras su energía se drenaba poco a poco. Sin embargo, no se detuvo.

Avanzó, abriéndose paso entre lianas y enredaderas con la ayuda de los guardias más fuertes, hasta que el sonido irregular de chispas y el tenue rastro de humo rompieron el silencio del bosque.

Idax se giró de inmediato, y sin dudarlo echó a correr en esa dirección hasta que los primeros restos aparecieron ante él.

El suelo estaba desgarrado por el impacto de una corbeta. La vegetación estaba aplastada y apartada como si una fuerza brutal hubiera barrido todo a su paso, arrancando setos, hierbas y arbustos sin distinción.

«Por Luán, que no haya impactado contra un tronco», pensó Idax, apenas sin aire.

Continuó hasta que por fin vio la nave. Revelaba una estructura que parecía fusionar la silueta de un pez con la de un artefacto tecnológico, redondeada y lisa, de tonos blancos matizados por reflejos azulados, con un acabado metálico pulido. En su frontal destacaba una cúpula ovalada de azul profundo que recordaba a un ojo inmenso observando todo. De sus laterales y parte trasera emergían prolongaciones finas y alargadas como antenas vivas, acompañadas de pequeños apéndices inferiores apenas funcionales para el desplazamiento.

Su diseño desafiaba cualquier lógica que Idax hubiera aprendido en la escuela de Sieh.

Se volvió hacia los guardias, preparados ante cualquier amenaza. Con los labios apretados y el pulso tenso, avanzó junto a ellos hasta comprobar que la nave estaba abierta.

Entraron con cautela. El interior los recibió con luces parpadeantes y el chisporroteo constante de un panel de control dañado, donde una mujer yacía inconsciente, inerte en su asiento.

Aunque la luz le irritaba la vista, Idax se acercó para socorrerla, ignorando los intentos de los guardias por detenerlo. Cuando apoyó la mano en su hombro y la movió lo suficiente, vio cómo de su cabeza manaba un líquido azulado y espeso.

Aquello le tensó el cuerpo de inmediato.

—Idax, podría ser… —empezó uno de los guardias.

—¡Traed vendas y agua! —exigió, con la voz quebrada por la angustia mientras se giraba hacia ellos—. ¡Está sangrando! ¡¿No lo veis?!

Algunos guardias se movieron de inmediato, apresurados por la orden, mientras otros permanecieron firmes, vigilando cada gesto de aquella desconocida por si suponía una amenaza para Idax.

Él, ajeno a sus dudas, se centró en examinar con rapidez, asegurándose de que no hubiera más heridas.

Fue entonces cuando ciertos detalles comenzaron a imponerse: su piel de tonos carne, distinta a la azul cielo de los shefirdos; su vestimenta descuidada, impropia de cualquier explorador; y, sobre todo, sus manos, que solo poseían cuatro dedos: pulgar, índice, corazón y meñique.

Su presencia le tensó la garganta y le obligó a tragar saliva. No tuvo tiempo de profundizar en ello. Un leve gruñido rompió el silencio y lo hizo alzar la mirada, encontrando unos ojos de un azul marino profundo, tan intensos como su cabello corto y enmarañado.

La mujer intentó incorporarse, llevándose una mano a la frente, pero Idax reaccionó al instante y se acercó con cuidado para impedirlo. El gesto suave la tomó por sorpresa y la hizo chocar contra el respaldo de la silla, provocando que él retrocediera de inmediato para no invadir su espacio.

Durante un instante, sus miradas quedaron atrapadas en un silencio denso donde el tiempo parecía haberse detenido. Idax no pudo apartar la vista de aquella sangre azul que descendía por su frente con una lentitud inquietante.

Con cautela, la señaló.

—Tienes… sangre ahí —murmuró, con la preocupación marcándole la voz—. Quería curarte.

La mujer parpadeó, confusa, y llevó los dedos a la herida, observando el líquido azulado con una curiosidad extraña. Ladeó la cabeza antes de negar y mantener la mano en la zona, para luego fijarse en él con una atención distinta.

—T-tranquila —añadió Idax, llevándose las manos al pecho en un gesto instintivo—. No vengo a hacerte daño, solo…

No pudo terminar. La mujer emitió un sonido incomprensible que lo sobresaltó y lo obligó a dar un paso atrás. Ese espacio fue suficiente para que ella desviara su atención hacia los hologramas y paneles de control que parpadeaban a su alrededor, manteniendo la mano en la frente mientras analizaba todo con creciente inquietud.

—¡C-cuidado! ¡Te vas a desmayar como sigas así! —advirtió Idax.

La mujer no pareció escucharlo. Seguía concentrada en su entorno, observando cada rincón con una angustia que aumentaba segundo a segundo hasta que, de pronto, se giró hacia él.

Sus ojos reflejaban una tristeza que Idax no supo interpretar. Sin decir palabra, ella señaló el holograma frente a ambos. Confundido, él se incorporó con cautela y se acercó lo suficiente para leer el mensaje que flotaba en el aire, una secuencia incomprensible que lo dejó inmóvil:

«10111111 01000100 11110011 01101110 01100100 01100101 00100000 01100101 01110011 01110100 01101111 01111001 00111111».

El desconcierto le recorrió el cuerpo.

«¿Habla en código binario?», pensó, aturdido, lanzándole una mirada de reojo. Se encontró de nuevo con aquella angustia silenciosa.

Apretó los labios y dirigió la vista hacia el dispositivo tecnológico en su brazo. Lo activó con rapidez mientras buscaba en su traductor numérico, consciente de que la comunicación sería lenta, pero necesaria.

Cuando por fin logró descifrarlo, acercó el brazo al holograma y dejó que la traducción emergiera ante ambos:

«¿Dónde estoy?».

Idax no dudó, introdujo la respuesta en el sistema y esperó a que se convirtiera en aquella secuencia extraña antes de mostrársela.

«Te encuentras en Sheir».

No le gustó cómo frunció el ceño en exceso ni la forma en que lo miró, como si sus palabras hubieran sido una ofensa.

Idax notó cómo sus músculos se tensaban, preparándose sin saber para qué, aunque la rigidez se disipó cuando ella volvió a centrarse en el holograma y comenzó a escribir con torpeza. Al terminar, él tradujo el mensaje.

«¿Sheir?».

Él asintió con lentitud antes de responder del mismo modo, introduciendo las palabras con cuidado.

«Sí, es nuestro planeta. Te encuentras en el sistema solar Alfa».

La reacción de la mujer cambió de inmediato. Su expresión se quebró en una preocupación profunda, casi al borde del llanto. Aquello le apretó el pecho a Idax justo cuando uno de los guardias llegó con vendas en las manos.

—No hay mucho más que esto —advirtió, inquieto—. No sé cómo es posible que esta chica haya venido sin apenas provisiones.

—Puede que venga de una nave mayor, como ocurrió con Oxygene —respondió Idax, sin apartar la vista de ella, mientras tomaba el material.

Cuando iba a vendarla, se detuvo en seco. La herida ya no estaba, la piel se mostraba intacta, como si nunca hubiera sido abierta. Pero eso no fue todo: vio con asombro cómo una serie de números azulados se desvanecían lentamente de su frente.

El cuerpo de Idax se estremeció apenas un instante, y cuando intentó hablar, ella volvió a señalar el holograma con insistencia.

«¿Estoy en el Núcleo A?», leyó Idax al traducirlo. Asintió sin seguridad.

El brillo en los ojos marinos de la mujer se intensificó, aunque la angustia no abandonó su rostro. De inmediato comenzó a revisar otros hologramas a su alrededor con una urgencia desesperada, moviéndose de uno a otro mientras las lágrimas escapaban.

De pronto, activó uno de ellos y un vídeo cobró vida ante todos, obligándola a detenerse. En la grabación, un joven de unos veinte años la encerraba dentro de la misma nave, con una mirada cargada de dolor mientras ella golpeaba el cristal, negándose. Él, desde fuera, le devolvía una sonrisa rota, mirando de reojo a algo que se aproximaba.

Idax sintió cómo el aire se le helaba cuando la escena reveló la bruma devorando el planeta de origen de la mujer, avanzando como una entidad imparable.

Aunque las voces en el vídeo eran incomprensibles, el pánico en ellas era evidente. La nave despegó por sí sola mientras ella quedaba atrapada, llorando, como estaba haciendo ahora mismo al ver la escena repetirse frente a sus ojos.

No tardó en apartarse del holograma y escribir de nuevo, con manos temblorosas. Cuando Idax tradujo, el mensaje lo golpeó.

«Mi hermano me dejó en esta nave. Me dijo que tenía que estar en este Núcleo porque la Niebla estaba buscándonos».

Él la observó con atención, percibiendo la tensión en su mirada, aun así, escribió con cautela.

«¿En este Núcleo? ¿A qué te refieres?».

Ella asintió y respondió tras unos segundos.

«Apenas recuerdo mucho el porqué. Solo me dijo que era para cuidarlo, pero no sé cómo si estuve diez años en el espacio».

Las palabras lo hicieron retroceder hasta apoyar la mano contra la pared fría de la nave.

—Diez años… —susurró, con la voz quebrada, mirándola con una mezcla de incredulidad y compasión—. ¿Y no sabes por qué?

La chica no comprendió sus palabras, aunque no tardó en hacerlo cuando Idax se lo escribió y le mostró la traducción. Ella negó con lentitud, con una calma extraña que contrastaba con la angustia que aún le nublaba la mirada, y respondió sin vacilar.

«No. Solo sé que me llamo 1941, que me escondieron de la Niebla y que debía cuidar este Núcleo».

Aquellas palabras le pesaron a Idax más de lo que esperaba, obligándolo a apretar los puños mientras una exhalación densa escapaba de su pecho. Se giró hacia los guardias, que permanecían atentos y rígidos, esperando una decisión. Luego volvió a mirarla, evaluando en silencio todo lo que implicaba su presencia antes de negar con lentitud.

—La llevaré al hospital de Sieh —dijo con firmeza—. Por desgracia, es una viajera que ha huido de su hogar por culpa de la Niebla.

Uno de los guardias frunció el ceño.

—¿Solo ella?

Idax asintió, aunque la inseguridad se filtró en el gesto. Todo aquello no encajaba cuando la nave sugería más ocupantes, más historia y más pérdidas ocultas entre el metal y el silencio, pero aun así, algo en la escena le decía que ella había sido la única en escapar.

Esa idea le dejó un peso incómodo en el pecho, porque aquella mujer —con un nombre que no parecía uno— no encajaba en nada que conociera.

Aun así, decidió no presionarla cuando apenas se sostenía entre el desconcierto y el dolor. Optó por lo único que podía ofrecer: un refugio, como había hecho con Oxygene y Kappa.

Le daría tiempo, espacio, y la oportunidad de reconstruirse, confiando en que, con los días, las piezas encajaran y la verdad saliera a la superficie, aunque en el fondo supiera que lo que había llegado con ella no era solo una superviviente, sino el eco de algo mucho más grande que aún no comprendía.

Aun así, decidió no presionarla cuando apenas se sostenía entre el desconcierto y el dolor. Optó por lo único que podía ofrecer: un refugio, como había hecho con Oxygene y Kappa.

Le daría tiempo, espacio, y la oportunidad de reconstruirse, confiando en que, con los días, las piezas encajaran y la verdad saliera a la superficie, aunque en el fondo supiera que lo que había llegado con ella no era solo una superviviente, sino el eco de algo mucho más grande que aún no comprendía.

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