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Capítulo 1 Día libre

El inicio de un brillo - Primer libro de la saga Números y Errores · por TeleCosmo · 26 de agosto de 2026

—Por Luán, ¿de verdad te dijo eso? —preguntó Lei, su mejor amigo.

Idax asintió con desgana mientras le daba un sorbo a la bebida azulada y cremosa que se había comprado. Se apoyaba en el borde del puente que daba hacia la entrada de Isef, la ciudad intermedia conocida como La Conciencia.

Los ojos se le posaban en los bosques de troncos enormes y hojas azuladas, sumidos en una sensación de permanente invierno. Era un entorno equilibrado, cercano a la naturaleza, pero accesible y urbanizado.

El ambiente era frío, y olores dulces surgían de la ciudad, donde se estaba celebrando el festival del Equilibrio. Aquel evento era de sus favoritos por las competencias de ingenio y los juegos de mesa estratégicos, pero esa noche no tenía el humor necesario para participar.

Lei se acercó a él y le rodeó los hombros de lado. Sus ojos verdes lo miraron con lástima.

—No te deprimas. Capaz si investigas a sus espaldas y le dedicas el tiempo que se merece, podrás convencerlo —dijo con optimismo.

Idax lo miró de reojo, sorbiendo de la bebida con una pajita. No dijo nada y se fijó en el afluente que rodeaba la ciudad de Isef.

Lei rodó los ojos con una sonrisa inquebrantable.

—Ya sé que tu padre parece un muro frío lleno de cráteres, pero confío en que lo conseguirás, como hiciste en otras ocasiones —continuó con entusiasmo—. Solo fíjate en lo que eres: ¡el líder de la división de Exploración Espacial, parte de los conocidos Arquitectos del Cosmos! —pronunció esto último con la mano levantada, apuntando al cielo.

Idax mostró una ligera sonrisa, pero con rapidez negó.

—Casi pierdo el puesto por replicarle —dijo, sin mirarlo. Lei parpadeó, atónito—. Sé que fue arriesgado, pero me cansa, y más con Kevrik molestando. Por Luán, ese hombre me cuestiona incluso con el proyecto de la Intangibilidad.

Lei se apoyó en el borde del puente y cruzó los brazos.

—Ciertamente me sorprende que se niegue. Es un favor que le haces, además de que proteges a todos los shefirdos —respondió, observando hacia Isef—. Con algo así…

—El problema lo tiene con los de Isef’eh —interrumpió Idax, irritado. Puso la mano en el entrecejo y cerró los ojos—. En concreto, con Harlian.

—¿Aun sigue molesto por el conflicto entre los seifos e irdeos? —preguntó Lei, sorprendido.

Idax asintió, cansado, y dejó a un lado la bebida.

—Intenta convencernos de que son malos, pero sé que no es así por cómo te trataron aquí —explicó, apoyando los brazos en el puente antes de estirarse poco a poco—. Su conflicto me parece estúpido. Solo porque unos tengan una forma de ver las cosas, no significa que tengamos que separarnos. ¿Es que no ven que hay algo peor afuera?

Lei alzó los hombros.

—No han visto la Niebla como tú o tu amiguito oxigenado —se burló con una sonrisa leve.

Idax rodó los ojos y negó. Ajustó el monóculo que tenía en el ojo izquierdo y tomó de nuevo la bebida para darle un sorbo.

—Oxygene me enseñó tantas cosas allí —exhaló—. Su mundo se está volviendo un refugio, con avances tecnológicos que podrían venirnos genial para acabar con la Niebla. Pero si no conseguimos aligerar esos obstáculos o aportar algo más, nosotros…

—Idax, calma —interrumpió Lei, viendo cómo la bebida entre sus manos temblaba—. Dudo que tu amigo te excluya. Fue a por vosotros porque las chekrinas se lo dijeron.

—Y eso es lo que no entiendo —admitió, con la mirada clavada en el líquido azulado. Un escalofrío le recorrió la espalda—. Te juro, Lei, que me sentí humillado por su evolución y por todo lo que había conseguido. Y yo, en cambio, solo pude ir a Chekria, ¡y aun gracias!

Lei alzó una ceja.

—No te desvalores. Gracias a eso conseguimos una alianza sólida. La medicina mejoró gracias a ellas y comprendemos mejor cómo funciona la naturaleza.

Idax desvió la mirada un instante para luego asentir, tenso.

—Aun así…

Lei lo interrumpió pasándole un brazo por los hombros con un afecto espontáneo. El gesto sonrojó al joven científico, dejándolo sin habla.

—No te culpes cuando es tu padre quien te limita —dijo Lei con calma—. Y ya no solo eso, también están los reyes Einol y Friah.

—Ellos no son tan duros como mi padre —respondió Idax, desviando el rostro. Apretó los labios hasta que dejó escapar un largo suspiro pesado—. ¿Por qué tengo que ser su hijo? Agh, por Soal…

Lei soltó una carcajada.

—Oye, de no ser por él, no serías el conocido Idax, Arquitecto de los Cielos —bromeó cruzando los brazos—. Diría, incluso, rey del cosmos.

—No me vengas con tonterías —respondió Idax, irritado—. Apenas hago algo, y si me dieran libertad podría darle la seguridad y la paz que se merecen Sheir y los demás planetas.

El silencio que vino a continuación fue denso, pero no incómodo. La melodía tranquila que provenía de Isef lograba mitigar esa angustia que estaba clavada en el pecho de Idax.

Lei, con una sonrisa serena, le dio dos palmadas cariñosas en la espalda para que lo mirara.

—Te tengo una propuesta —dijo, señalando hacia la ciudad—. Algunos de nuestros compañeros estarán por ahí y les hará ilusión verte tras tanto tiempo.

Idax lo miró con cierta sorpresa.

—¿Eso crees?

Lei soltó una carcajada.

—Algunos me preguntaron qué le pasó al prodigioso explorador y futuro presidente del Consejo de Innovación —comentó en un tono jocoso. Idax rodó los ojos con hastío—. Ya, fuera bromas. Claro que preguntan por ti, pero no quieren interrumpirte con todo el peso que tienes encima. Aún me parece un milagro que hayas venido aquí.

Idax observó el puente un instante. Si era honesto, lo único que pensaba hacer era regresar a su hogar y dormir. No tenía las energías para disfrutar de la fiesta, aunque fuera de sus favoritas.

Aun así, no pudo negarse cuando vio a Lei a su lado. Lo observó con una sonrisa tranquila y asintió con lentitud.

—Está bien, pero no nos quedaremos muy tarde —cedió Idax, acomodándose la bata—. Sabes que mañana trabajo.

—Vaya, ¿cuándo no? —preguntó Lei, burlón. Idax se rio con delicadeza—. Solo será un rato: competir en algunos juegos, disfrutar de una buena comida y poco más. —Se giró, contemplando las luces de la urbe—. Además, el festival del Equilibrio es de tus favoritos. ¿Vas a romper con tu tradición de humillar a los demás en los juegos de estrategia?

Idax rodó los ojos con una media sonrisa.

—En algún momento alguien me superará.

Lei miró de un lado a otro, protegiéndose los ojos con la mano.

—Sé que los seifos tenemos deficiencias oculares, entre otras cosas, pero yo no veo a tu próximo competidor.

Idax volvió a reír y negó con lentitud.

—Ojalá fuera así, Lei —se acercó, observando hacia la ciudad—. Otros puntos de vista siempre me son útiles para comprender qué fallos tengo.

Lei sonrió y dejó escapar el aire entre los labios.

—Pues, si aceptas esta pobre opinión, creo que deberías descansar esa cabecita —dijo, avanzando hacia Isef con una sonrisa mientras levantaba los brazos—. ¡Deja de pensar en las estrellas y disfruta de tu hogar! ¡Venga!

Idax bajó la mirada con una sonrisa y aceptó. Aunque su cuerpo entero le pidiera dormir al menos un rato, una parte de él le decía que disfrutara para no darle vueltas a la dura reunión.

Sin perder más tiempo, se adentraron en la ciudad, donde fueron recibidos por los imponentes árboles gigantes. Algunos de estos tenían unidas casas de madera y piedra, así como las pasarelas que las conectaban suspendidas entre las copas. Allí era donde normalmente los más adinerados solían vivir, ya que disfrutaban de la panorámica que ofrecía Isef y sus alrededores.

Las calles estaban llenas de vida, iluminadas por los faroles flotantes que guiaban su paso. Las casas cercanas al suelo se mantenían estables al estar reforzadas con piedra gris y enredaderas.

Pronto la grandiosa plaza circular los recibió. Allí estaban los mercados al aire libre con sus puestos de madera y telas coloridas, y algunos talleres en donde diversos artesanos trabajaban con el metal, cuero o textiles.

No muy lejos de allí, tanto seifos como los irdeos habitantes de Isef se reunían para disfrutar del festival del Equilibrio, cuyas actividades daban comienzo.

Lei fue el primero en correr hacia sus compañeros, quienes se estaban apuntando a una competencia de números rápidos. Idax se quedó en la plaza, observando a su alrededor con una sonrisa calmada mientras metía las manos en los bolsillos de su chaqueta blanca.

Una sonrisa nostálgica se dibujó en su rostro, recordando esos años de adolescencia cuando correteaba sin comprender el peso que había en el exterior. Jugaba con sus compañeros, disfrutaba de la ciencia y las festividades…

Exhaló con pesar y cerró los ojos. Aunque intentara distraerse con cada maravilla que le rodeaba, no podía evitar cargarse el peso del mundo encima al saber que cada shefirdo que lo rodeaba estaba envuelto en un problema que, si no lo detenían, acabaría en un desastre inevitable.

Apretó los puños en los bolsillos. Le daba rabia que su propio padre le denegara el proyecto del Destello, pero a lo mejor tenía opción si le ponía empeño con el de la Intangibilidad. ¿Y quién sabe si, consiguiéndolo, podría retomar el proyecto que tanto lo obsesionaba?

—¡Idax! ¡Ven aquí, anda! —gritó Lei, moviendo el brazo.

Alzó el rostro, logrando apartar los pensamientos a un lado, y sonrió con más seguridad.

«Por ahora es mejor desconectar», pensó, reuniéndose con sus amigos.

 

 

El cielo de Isef estaba esa noche salpicado de miles de puntos de luz. El aire fresco del otoño permanente soplaba entre las pasarelas aéreas de madera, transportando el aroma dulzón y metálico de las esporas.

Idax se sentía en paz, apesar de la fatiga ocular que empezaba a nublar los bordes de su visión. A su alrededor, los habitantes de Isef celebraban el éxito del festival, moviéndose con esa agilidad natural que él tanto envidiaba y que solo podía emular mediante los dispositivos tecnológicos ocultos bajo su bata de científico.

Los números para Idax eran interesantes. Una parte de él se había interesado en ser profesor de ciencias, pero si no lo hizo fue porque el cosmos, de alguna forma, lo había enamorado. Eso no significaba que dejara a un lado sus pasiones. Aún las mantenía y se comunicaba con algunos científicos compañeros para comprender los cambios más relevantes.

—No tiene sentido —dijo Lei, su mejor amigo, mientras ambos caminaban por un puente de raíces entrelazadas que vibraba sutilmente con el paso de la gente—. Creí que ganaría en la prueba de la sintonía de los faroles.

Idax soltó una pequeña risa y se ajustó el monóculo. A su lado, Lei representaba la vitalidad de quien no pasa el día encerrado en la Biblioteca de la Evolución. Su cuerpo, antes frágil y delgado como el de cualquier seifo, se había vuelto más robusto, ágil y fuerte gracias a su activa vida al aire libre en Isef, un marcado contraste con la fisonomía sedentaria que Idax aún arrastraba.

—Podrías haberlo hecho con tu fuerza —admitió Idax, mientras extraía de su bolsillo el premio de la noche. Era un broche en forma de hoja, forjado en metal reciclado y adornado con un pequeño cristal que emitía una luz cian constante—. Pero te falló entender la química de las esporas. No te culpo, su actitud es impredecible.

Guardó el broche de nuevo, sintiendo la textura fría del metal.

—La mayoría intenta forzar la iluminación de los faroles mediante energía bruta, Lei —explicó Idax, señalando uno de los faroles flotantes que aún ascendía hacia las copas de los árboles—. Pero los hongos gigantes de Isef no responden al poder, sino a la estabilidad. Solo tenías que sintonizar la frecuencia de tu dispositivo con la pulsación bioquímica de la espora.

—¿Tú en algún momento descansas? —preguntó Lei, con una mezcla de fastidio y sorpresa. Idax negó con lentitud—. Pues deberías. Me recuerdas a los días en que pasábamos horas metidos en los proyectos de clase.

Idax rio con la nostalgia clavada en el pecho. Recordaba bien esos días tan pesados en los que tenían que quedarse hasta la noche. A una parte de él le fastidiaba que sus compañeros se tomaran tantos descansos. Lo comprendía, pero no era ideal si querían cumplir sus sueños.

Al final, muchos lograron ser profesores reconocidos, mientras que otros no habían tenido tanta oportunidad y se habían quedado estancados en Isef, buscando otras opciones alejadas de la ciencia.

Y ese caso era el de Lei.

Había dejado Sieh para vivir y moverse por Isef al trabajar como mensajero real y entrenador de aerwyns, halcones colosales cuyas plumas cambiaban según el día o la noche.

Era un cambio demasiado grande, incluso inesperado. Aún no se acostumbraba a verle con la ropa propia de los habitantes de Isef: prendas prácticas con toques artísticos, influenciadas por la naturaleza que le daban un toque cálido.

En cambio, él, al ser de Sieh, iba con vestimentas más elegantes, de telas ligeras y tecnología integrada. Una indumentaria tan fría y calculadora que a veces lo hacía sentir ajeno.

—Bueno, aquí es donde nos separamos —dijo Lei, despertándolo de sus pensamientos—. Mañana tengo un largo día, esos aerwyns no se cuidan solos.

Idax asintió con lentitud y observó el grandioso puente sobre el río Ífel. Exhaló con pesadez y se giró.

—Intentaré pasarme por aquí más a menudo —aseguró, con las manos en los bolsillos.

—Más te vale, si no vendré a buscarte con un aerwyn a tu casa, que aún recuerdo dónde vives —aseguró Lei con una carcajada.

Idax también se rio, aunque no pudo evitar un leve escalofrío al recordar lo imponentes que eran esas colosales aves.

Tras despedirse, caminó a paso relajado por el puente, contemplando la noche estrellada que lo acompañaba. El río Ífel fluía con vida, proveniente de la imponente cordillera de Firhel. En ocasiones se quedaba contemplando la naturaleza que lo rodeaba, y hoy no iba a ser la excepción.

El cielo despejado le daba la tranquilidad que necesitaba casi siempre. Recordaba bien esas noches largas en donde observaba las lunas de su hogar, pidiendo una bendición para que la suerte lo acompañara.

Hoy, por desgracia, no había ninguna luna para que lo escuchara. Esto no lo apenó. Consideraba que también sería agotador para estas tener que escuchar sus constantes plegarias. Así que prefirió observar las estrellas y exhalar con un pesar que ya no pudo contener.

—Quisiera un Destello en mis manos, solo uno para…

De pronto, un brillo plateado, demasiado llamativo, captó su atención de inmediato. Se movía a una velocidad vertiginosa, pulsando con una intensidad que no era propia de una estrella, sino de una nave.

Y esta se dirigía a gran veloicidad hacia la imponente cordillera de Firhel, alejada de donde él se encontraba.

Aunque el impacto fuera lejano, para Idax fue como si la nave hubiera aterrizado justo a su lado. Se quedó sin aliento, comprendiendo que, por segunda vez, alguien de fuera había llegado a su hogar, y tenía un profundo miedo de que fuera el mismo caso que había vivido con Oxygene.

 

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