Idax ayudó a Uno-Nueve a salir de las góndolas bioquímicas que los llevaron hacia Isef. Aunque el aroma terroso lo envolviera, la tensión iba aumentando cada vez más a medida que miraba la ciudad. Tragó saliva en seco y respiró hondo una vez que Uno-Nueve estuvo en tierra firme.
La mirada estrellada de la joven estaba atenta a su alrededor. El asombro no disminuía en ningún momento, y no la culpaba. Lo único que pedía era que cuando se encontraran con los demás líderes, se contuviera un poco. Lo menos que quería era llamar la atención, aunque sabía que de alguna forma ocurriría cuando bajaran hacia Isef’eh.
Respiró hondo una vez más y exhaló.
«No estás solo, Lei te acompañará», pensó con optimismo, avanzando hacia la entrada de la ciudad, donde los tres líderes estaban ya presentes.
Sus vestimentas eran informales, algo que incluso para Idax le era extraño de ver. Driena iba con un vestido largo de tonos blancos y azules y unos zapatos de tacón que la hacían parecer un poco más alta. Eldir iba con una chaqueta de cuero y unos pantalones negros, con un rostro cansado e irritado, posiblemente tenso por lo que se podría venir. Kevrik, en cambio, era el más fácil de identificar por su ropa reforzada por los materiales que se obtenían en Sheir. Y eso no era bueno, porque él era quien menos debía destacar.
—Al fin llegas —dijo Kevrik, con fastidio—. Venga, no perdamos más tiempo. Nos esperan en el centro de la ciudad.
Avanzaron sin mirarlos apenas, algo que Idax agradeció en parte, aunque los nervios lo iban traicionando cada vez más.
De reojo, veía cómo Uno-Nueve contenía más su asombro mientras caminaba por la ciudad. No la culpaba cuando los bosques de troncos colosales y hojas azuladas hacían que la ciudad viviera en un estado permanente de otoño y aportaban una atmósfera fresca y nostálgica, con aromas dulces que surgían de la vegetación. Un entorno cálido, pero que a Idax no le aportaba la paz que necesitaba.
De las viviendas salían algunos de los irdeos quienes hacían sus rutinas. Saludaban a otros con amabilidad y naturalidad, aunque algunos se fijaban en el grupo que iba directo hacia el centro de Isef.
En el trayecto, Uno-Nueve se percató en cómo la mayoría de las casas estaban construidas entre los troncos gigantes, conectadas por pasarelas aéreas de madera y piedra. Las más lujosas, en cambio, se encontraban en lo alto, ofreciendo vistas panorámicas del bosque, mientras que las más cercanas al suelo estaban reforzadas con piedra gris y enredaderas para más estabilidad.
Uno-Nueve bajó el rostro para ver que los senderos eran de raíces de árboles que se habían entrelazado con el tiempo, y los faroles flotantes, inactivos, creaban ese ambiente de vida y calma que a ella la dejó fascinada.
Idax, por un instante, notó la culpa pesarle en el cuerpo. Quería que ella conociera cada una de las festividades de su hogar, que viera Sieh, Isef e Isef’eh en su máximo esplendor, con irdeos y seifos unidos, pero aquello era una idea tan utópica que solo pudo lamentarse en silencio a medida que llegaban a la plaza central.
En el espacio circular inmenso se estaban montando puestos de telas coloridas y los artesanos ya estaban empezando con sus trabajos o talleres que pronto impartirían. Aquello dejó muy intrigada a Uno-Nueve, incluso quiso acercarse, pero no pudo cuando se giró hacia Idax y vio su rostro angustiado. No hicieron falta palabras para entender que no debía separarse de su lado.
«Lo siento tanto, Uno-Nueve», pensó, bajando la mirada un instante para luego fruncir el ceño y alzarla.
Lei no estaba allí.
—No me puedo creer que Lei se haya vuelto un irdeo —gruñó Kevrik, cruzándose de brazos—. Viniendo de Sieh y no es capaz de comprender nuestra puntualidad.
—Ese chico no lo ha tenido fácil, lo sabes bien, Kevrik —le dijo Driena en un tono comprensivo.
—Que hubiera seguido insistiendo con sus objetivos como hicieron muchos jóvenes como él —respondió Kevrik, sin mirarla—. Él vino aquí creyendo que no tendría ninguna opción, cuando en verdad le dimos la mano más de una vez.
Idax alzó la ceja sin querer.
«¿Cuándo?», quería preguntarle, pero se calló la boca. No era el momento ni el lugar.
—Míralo de esta forma, ahora es un mensajero que tiene buen contacto con Harlian. En otra ocasión habría sido impensable tener una reunión de esta forma tan sencilla —añadió Eldir, observando su alrededor con una sonrisa segura.
—Habríamos actuado en vez de tanta palabrería absurda —replicó Kevrik, arrugando la frente—. Son incapaces de ver lo que hacemos por ellos. Nos critican como si fuéramos a causar un desastre en su hogar.
Idax se mordía la lengua por querer contestar, pero se repetía una y otra vez que no merecía la pena. Provocar una discusión era innecesario en este momento, y a lo mejor ellos se lo dirían a su padre para demostrar que su actitud seguía siendo inmadura.
No, esta vez no lo iban a tomar por sorpresa. Él…
—Si lo dicen será por algún motivo justificado —dijo Uno-Nueve.
El silencio que vino pareció enmudecer los sonidos naturales que había en la ciudad. Ni siquiera Idax se esperaba que ella tuviera el valor de decir esas palabras. La miró de reojo con los ojos bien abiertos y, cuando quiso intervenir, Kevrik habló con el tono más grave y despectivo posible:
—¿A qué te refieres, alienígena?
—Me refiero a que…
Idax quiso detenerla, pero no fue necesario cuando el aire se agitó ante el batir de dos pares de alas majestuosas. Los presentes, a excepción de Uno-Nueve, supieron identificar al aerwyn, el halcón de los dos soles. Se desplazaba con cuidado hasta aterrizar con precisión sobre una pasarela de madera endurecida. Sus plumas cambiaban de color, pasando de un azul metálico a un tono cálido al contacto con la luz de los faroles flotantes de Isef.
Encima de este se encontraba Lei, con las ropas prácticas de toques artísticos influenciados por la naturaleza y las gafas para surcar los cielos sin que nada le interrumpiera la visión. Descendió del ave con una sonrisa y vitalidad llenas de optimismo, y se acercó a ellos con las manos en la espalda.
—¡Disculpad la demora! Enviar cartas en distintos lados sigue siendo un trabajo completo, y más cuando a este grandullón le encanta entretenerse en los aires —dijo mientras miraba al aerwyn con una sonrisa pícara—. Espero que no os haya hecho esperar demasiado.
—Tres minutos —respondió Kevrik, irritado—. No te recordaba impuntual cuando deseabas trabajar en Sieh.
Lei soltó una carcajada y se rascó la cabeza.
—Supongo que me han contagiado las manías de los irdeos —bromeó mientras miraba a cada uno de ellos. La sonrisa se ensanchó al ver a Idax, aunque la sorpresa se asomó al encontrarse con Uno-Nueve—. Uhm, creo que me he perdido algo bastante importante, ¿no?
—Pues…
—No es algo que te incumba, Lei —interrumpió Eldir a Idax con un tono firme—. Lo que debes saber es que nos debes llevar hacia Harlian, y cuanto antes sea, mejor.
—Oh, vaya —rio Lei con una mano en el estómago—. Esa sería la idea, pero si Harlian os ve así de pronto, se pondrá gruñón.
—¿No recibió la carta? —preguntó Kevrik, frunciendo el ceño.
—Una cosa es que lo reciba, otra es que lo lea —respondió Lei, alzando los hombros—. Y conociéndole, no habrá leído nada con el poco tiempo de que dispone. Si queréis que las cosas vayan bien, que no haya discusiones ni conflictos, me tendréis que hacer un breve resumen de lo que está ocurriendo.
Los suspiros de molestia y cansancio se escaparon en algunos, al contrario de Idax, quien mostraba una sonrisa a medias al ser consciente de que Lei se había ganado el respeto de Harlian. Algo que en su juventud no había pensado jamás.
—No tiene sentido alguno —gruñó Kevrik—. Él sabe que eres de Sieh, un seifo.
—Pero le demostré tener la fuerza y valor que los irdeos tanto valoran —añadió Lei con orgullo—. Por eso mismo le caigo bien y puedo conversar sobre cualquier tema sin que alce la voz, a diferencia de otros seifos.
Kevrik rodó los ojos, irritado. Driena y Eldir no dijeron nada al respecto y asintieron, aunque no se les veía muy dispuestos a explicar la situación. El único que lo iba a hacer era Idax, y con mucho gusto.
—Podemos ir avanzando mientras te resumo todo —dijo Idax, acercándose a Lei. Por un instante, quiso abrazarle de lado, con el cariño que solía demostrarle, pero frente a los demás líderes tuvo que controlarse.
—¡Hecho! —Lei, en cambio, lo abrazó con una sonrisa radiante—. ¡Seguidme, entonces! El viaje será un poco largo, pero no tedioso, creedme.
Así pues, pusieron rumbo hacia los túneles más antiguos que los llevarían hacia Isef'eh. En el trayecto, Idax le resumía quién era Uno-Nueve, a quien Lei no le quitaba el ojo en todo momento, hasta que la fascinación se asomó en sus propios ojos.
—¡Vaya! Apenas llevas dos semanas y ya llamas la atención de esa forma —dijo Lei con una leve carcajada, y luego miró de reojo a Idax con picardía—. Me alegra conocerte, Uno-Nueve. Espero que la estancia en Sheir te sea cómoda, y si no es así, házmelo saber, que le daré un tirón de orejas a este —bromeó, alborotando el cabello de Idax.
Uno-Nueve dejó escapar una leve carcajada y asintió, mientras que Idax bajaba la mirada ruborizado, luchando por mantener la serenidad frente a los líderes.
—Menudos días locos llevas, Idax —continuó Lei, caminando por delante de los demás líderes, quienes estaban en silencio desde hace mucho rato—. Y no parece que se tranquilice cuando llegues a Isef’eh. Ahí dentro las cosas serán más divertidas.
—Sí, divertidas… —murmuró Idax, preocupado.
—No le des más vueltas, Harlian no te verá con malos ojos cuando le hablé de ti —aseguró Lei.
Idax abrió los ojos en demasía y lo miró, atónito.
—¿C-cómo?
—Sí, pero tranquilo. Creo que si conversas con él, te escuchará a diferencia de los demás —susurró Lei, mirando de reojo a los demás líderes.
Idax notó cómo las pulsaciones del corazón se aceleraban.
—¿Por qué has hecho eso? —preguntó, en un susurro, tenso.
—Me vio algunas veces contigo, ¿qué quieres que haga? La honestidad es primordial aquí abajo —susurró Lei.
Idax puso las manos en el entrecejo, dejando escapar un suspiro.
—Tú no te preocupes —continuó Lei, confiado—. Esto puede ir fresco como los montes de Irdel o caluroso como las Forjas Eternas.
—¿Fresco o caluroso? —preguntó Uno-Nueve.
—Bien o mal —respondió Lei con una leve risa.
«Por Luán, solo pido que vaya todo fresco», fue lo que pidió Idax antes de adentrarse por el túnel que los llevaría a Isef’eh.