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Capítulo 14 Mente en blanco

El inicio de un brillo - Primer libro de la saga Números y Errores · por TeleCosmo · 30 de agosto de 2026

Idax intentaba no darle vueltas a la reunión que habían tenido hoy, pero era imposible. Estaba sentado en el sofá, con el té humeando en la mesa. A su lado, 1941 estaba en silencio, contemplándolo con una evidente preocupación. Su mirada azulada se posó en el reloj. Apretó los labios y volvió a mirarlo.

—¿Estas horas no son tardías para dormir? —preguntó 1941.

Idax levantó la mirada para ver el reloj de reojo. Eran las diez de la noche. Bufó y asintió.

—Sí, pero no voy a dormir. Hoy ha sido un día largo —se recostó en el sofá—. Y mañana será el doble —gruñó.

—¿Acaso los reyes nos dirán algo? —preguntó, extrañada.

—No, ellos no suelen objetar porque mi padre es quien se asegura de que cada proyecto sea lo más seguro y próspero para los shefirdos. Los reyes se encargan más de la estabilidad entre las tres ciudades, en especial con Isef’eh y Sieh.

—Oh, ¿y por qué tanto conflicto entre vosotros? —preguntó 1941, interesada.

—Porque el pasado no es algo que se olvide y los irdeos son muy reacios a la tecnología, en especial los de Isef’eh.

—Comprendo —1941 puso la mano en el mentón—. Y ese Harlian…

—Es el líder de los irdeos que viven en el subsuelo —terminó Idax, cerrando los ojos para que descansaran un rato—. Él es quien más obstáculos nos ha puesto, y los demás lo siguen al verlo como un referente.

—¿Y por qué lo hace si solo queréis ayudarles?

Idax exhaló por la nariz.

—Creen que destrozamos su hogar y no quieren que seamos como los seifos —explicó con un tono más débil—. Lleva años así, intentando mantener la ciudad con su propia esencia… y lo entiendo.

—¿De verdad?

—Sí —murmuró Idax, mirándola con paciencia—. Tuve la oportunidad de verlo hablar cuando a veces quedaba con Lei en Isef. —Sonrió—. Es bruto, pero en algunas cosas tiene razón.

Los ojos de 1941 brillaban con una fascinación que le sacaron una leve risa interna a Idax. Le veía adorable cuando actuaba así, ya que esa mirada parecía contener estrellas escondidas en la oscuridad del universo.

—Querría conocerlo.

Aquellas palabras lo tomaron por sorpresa. Parpadeó, atónito.

—¿Cómo?

—Sí, creo que conocerle sería interesante para ver distintos puntos de vista, además de vuestra cultura —explicó 1941.

Idax frunció los labios y se quedó en silencio unos segundos.

—Será difícil si estás a nuestro lado —respondió, preocupado—. Temo, incluso, que te vea como una amenaza en cuanto sepa lo que eres.

—Ah… —1941 ladeó la cabeza—. ¿Y por qué Fertol quiere que vaya allí?

Idax sintió la tensión en los hombros y negó con la cabeza.

—Eso es lo que no sé. Ni siquiera contaba con que aceptara esta propuesta —respondió—. Temo que a lo mejor tenga algo más preparado, algo que te ponga a prueba a ti.

La mirada de 1941 pasó a una más seria y preocupada, pero también se veía un brillo de determinación que tomó por sorpresa a Idax. De pronto, tomó las manos de él, un gesto que lo desarmó y aumentó el sonrojo de las mejillas.

—Pienso demostrar todo lo que haga falta que yo no soy una aliada de la Niebla, sino vuestra —aseguró 1941—. Viste ese vídeo, como esa bruma atacaba mi hogar, ¿por qué querría engañaros de esa forma? —Negó rápido con la cabeza—. Puede que sea poca evidencia, pero quiero ser útil como tus amigos. Quiero acabar con esa amenaza y que vivamos en paz.

Idax se sentía un estúpido al no saber cómo actuar cuando una mujer le tocaba las manos de esa forma. Nunca nadie le había transmitido esa emoción tan viva en su interior. Unos nervios que se revolvían en el pecho y el estómago. Unas emociones que no tenían una explicación lógica para él.

—Ah… —balbuceó, incapaz de sostenerle la mirada—. Tranquila, yo…

1941 no comprendió su actitud hasta que miró sus manos. Las soltó con cuidado, notándose un arrepentimiento en su mirada. Idax no lo entendió, como tampoco el porqué una energía renovadora hubiera desaparecido tan rápido.

—Lo siento —musitó, avergonzada. Levantó la mirada unos segundos—, pero realmente quiero seros útil, y ver que lo puedo conseguir, me emociona.

Idax sonrió con delicadeza y asintió.

—Está bien, 1941, pero no te debes volcar en eso. A veces uno debe descansar, y lo digo desde la experiencia —bromeó, señalándose.

1941 soltó una carcajada leve.

—Por ahora lo mejor es que descansemos. Mañana será un día largo —añadió Idax.

1941 asintió y se levantó del sofá . Una vez se despidió y se marchó a la habitación de Idax, el silencio en el comedor regresó junto a las luces azules que le aportaban paz. Se quedó observando el techo unos segundos, incluso minutos. Sin embargo, su mente divagaba en la actitud tan adorable y pura de 1941. El sonrojo en las mejillas regresó mientras se recostaba en el sofá y una única promesa se repetía en su cabeza:

—No voy a dejar que le quitéis esa chispa como hicisteis conmigo —dijo en un tono más grave de lo que le gustaría admitir.

 

 

 

En aquella mañana, Idax tenía la cabeza centrada en lo que sería el encuentro con Harlian con la presencia de Kevrik, Driena y Eldir. Los hombros ya estaban tensos, y era una lástima ya que había tenido una noche tranquila, algo poco común.

Con la compañía de 1941, tomaron el té mientras le explicaba lo que a lo mejor ocurriría una vez llegaran a Isef’eh: un trayecto sería largo, caras poco agradables y la oportunidad de encontrarse con Lei, su buen amigo que vivía en Isef.

—¿Y cómo lo conociste si eres de Sieh? —preguntó, interesada.

—Él vivía aquí, pero por decisiones y circunstancias de la vida, tuvo que vivir allá —respondió, llevando la taza al fregadero para limpiarla con agua tibia—. Algo poco común entre nosotros.

—¿Ningún científico se atreve a vivir allí?

—No realmente —respondió. Al terminar, se secó las manos con un trapo que había al lado—. Podríamos vivir allí, pero muchos de los irdeos nos dedicarían miradas poco agradables, incluso si es la zona intermedia.

1941 entreabrió los labios, dejando escapar un sonido de sorpresa. Después asintió y se levantó cuando vio que él ya había terminado de desayunar.

—Bien, ¿estás lista? —preguntó él, con las manos en los bolsillos de una chaqueta azulada con estrellas amarillentas decorándola.

—Sí, aunque me sorprende que no te vea con la misma ropa que llevas hacia Sieh —admitió 1941.

Idax dejó escapar una breve risa.

—Es lo mejor para evitar esas miradas poco agradables de los irdeos —explicó mirándose por un momento—. Creo que aún conservo estilo, ¿no?

1941 dejó escapar una carcajada.

—Me sorprende que tu ropa deba tener, sí o sí, algo relacionado con el espacio —comentó, atenta a sus pantalones de fibra oscura con brillos blancos desapercibidos y la camisa azul marina. Cuando se fijó en los zapatos, dejó escapar otra risa—. ¿Y por qué te atas los zapatos en forma de estrella?

Idax desvió la mirada, avergonzado.

—Manías que tengo desde pequeño —admitió, sin observarla—. Siento que me dan suerte.

1941 se tapó la boca, pero no pudo evitar sonreír. Idax, aun avergonzado, también lo hizo, aunque se recompuso.

—No perdamos tiempo y pongámonos en marcha.

—¿No me hará falta cambiar de ropa? —preguntó ella, preocupada.

—Llamarás la atención, aunque no quieras, 1941 —respondió él, yendo hacia la puerta.

—Uno-Nueve.

Idax se detuvo y la miró de reojo, confundido.

—¿Cómo?

—Prefiero que me llames Uno-Nueve —explicó, acercándose a él—. Me di cuenta de que mi nombre pronunciado es largo y tedioso. Mil novecientos cuarenta y uno o Uno, nueve, cuatro, uno. Es extraño. En cambio, Uno-Nueve suena más fluido.

Idax parpadeó, extrañado.

—¿Sería… como un apodo?

—Claro, ¿a ti no te han puesto alguno? —preguntó ella, con las manos en la espalda—. Como por ejemplo Ix o Ida.

Idax frunció el ceño y negó rápido.

—Según me dijo mi padre, mi madre quería que mi nombre fuera sencillo, fácil de recordar y sin apodos extraños.

—Oh, qué curioso —dijo ella, interesada. Idax, para ese entonces, se dirigió a la puerta para abrirla—. ¿Y cuándo podré conocerla?

Idax sintió como toda la sangre se congelaba en ese instante. Cerró los ojos y apretó los labios, dejando escapar el aire por la nariz. 1941 se dio cuenta de ello y, preocupada, intentó hablarle.

—No conocí a mi madre, Uno-Nueve —dijo, antes de que ella interviniera. No se giró e intentó que su tono no fuera duro ni se quebrara—. Murió cuando nací.

El silencio que vino fue tenso, pero Idax estaba acostumbrado a ello, demasiado como para admitirlo. Los recuerdos sobre su infancia llegaron de golpe como los lagos de Isef, tan fríos y crueles que le causaron un escalofrío en la espalda. Por suerte, pudo apartarlos con rapidez al abrir la puerta y caminar, dispuesto a continuar el día llevando ese dolor como siempre se había obligado.

Sin embargo, el contacto de la mano de Uno-Nueve en la muñeca lo detuvo por completo.

—Lo lamento, yo no quería faltar al respeto a tu familia —dijo en un tono delicado que dejó sin aliento a Idax, pero no se giró hacia ella—. Yo también entiendo tu sentimiento, porque como tal no conocí a mis padres. Eran mis hermanos o compañeros.

Idax apretó los labios y cerró los ojos. Dejó otro suspiro escapar, esta vez por los labios.

—Está bien, Uno-Nueve. Sé que no había mala intención —se volteó lo suficiente para verla de reojo—. Simplemente no menciones ese tema, ¿vale?

Ella asintió con un rostro consumido por la culpa. Idax se forzó a sonreír, a pesar de que muy adentro suyo, quería comprender por qué la vida misma le había arrebatado a su madre. Aunque había una duda que era más grave: si ella siguiera existiendo, ¿su padre se comportaría de forma diferente con él?

Negó para sus adentros, tomó aire y se llenó de energías.

—Venga, vamos —dijo con optimismo—. Tenemos un largo día, ¿lo recuerdas?

Uno-Nueve, aun no muy convencida, asintió y lo siguió sin dar mucha conversación al respecto. Idax, en cambio, para evitar que los recuerdos volvieran con crueldad, le explicó algunas curiosidades de la zona de Sieh e Isef.

Era lo mejor antes de caer en ese bucle de dolor que había vivido en su infancia.

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