Lei dirigía el grupo con paso ágil, dejando atrás la calidez de los puentes vivientes de Isef para llegar al subsuelo. Se dirigieron a los elevadores mecánicos de gran escala, plataformas industriales de metal reforzado que conectaban la ciudad intermedia con las cavernas profundas.
Se adentraron y el elevador fue descendiendo poco a poco, dejando atrás el paisaje de troncos gigantes y hojas azuladas para ser sustituidos por paredes de piedra volcánica e inscripciones antiguas que narraban la dura historia de los irdeos. El aire limpio de las alturas se volvió denso y cálido, cargado con el olor a azufre y metal fundido.
Idax intentaba tranquilizarse ante las palabras que le había dicho su buen amigo Lei, pero era imposible. Sin querer, lo maldecía porque hubiera hablado de él hacia Harlian. No sabía en qué pensaba, pero era la peor idea que pudo haber tenido en muchísimo tiempo.
Los nervios iban consumiéndolo hasta que notó el contacto delicado y frío de la mano de Uno-Nueve. El calor, más del que sentía, se le subió a las mejillas y la miró. Estaba abrumada, ya no solo por la situación, sino por la transición de la luz de Isef a la oscuridad funcional de las profundidades.
Con una sonrisa tranquilizadora, le apretó la mano con cuidado para que supiera que ella no iba a estar sola ni la abandonaría. Uno-Nueve se la devolvió, aunque su expresión seguía siendo tensa, más cuando sus ojos se desviaban a los líderes.
Desde el momento que se habían movido, no habían dicho ni una sola palabra, y eso podía significar tantas cosas que Idax no quería ni pensarlo.
—Tranquila —le susurró, acercándose para que solo ella le escuchara—. No te harán nada y si ves que no puedes, solo dímelo, ¿sí?
Uno-Nueve asintió con lentitud, pero no le soltó la mano. Idax no se quejó, aun si el corazón le bombeaba con una fuerza que no podía controlar ni comprender.
Pronto se abrieron las compuertas y la magnitud de Isef’eh se desplegó ante ellos. El calor fue abrumador para los demás a excepción de Lei, que avanzó acostumbrado al cambio.
La ciudad era un laberinto de cavernas y túneles excavados en roca viva. Su camino era guiado por antorchas de gas volcánico que emitían llamas de colores vibrantes.
A medida que iban avanzando, se iba escuchando cada vez más cerca el martilleo constante de la mampostería y el siseo de los calentadores geotérmicos que mantenían la temperatura de los hogares excavados en las paredes.
Poco a poco fueron hacia el corazón de la ciudad, donde allí se divisaban las forjas eternas: hornos colosales que nunca se apagaban y que arrojaban un resplandor anaranjado sobre los pilares de roca reforzados con hierro y acero.
Como era de esperar, las miradas de los irdeos se detuvieron en ellos cuando divisaron a Lei. Algunos habían parado sus labores de minería y herrería, aumentando la tensión cargada de desprecio, mientras que otros continuaban con su trabajo.
Daba igual si era hombre o mujer, se les destacaba por su musculatura marcada, con ropas resistentes de tonos oscuros. El silencio que creaban era tan intimidante, que incluso Kevrik se ajustó la armadura, como una forma de asegurar su autoridad sobre los demás.
Ya en la plaza, cerca de las forjas, Lei les pidió que esperaran solo un momento para avisar a Harlian, ya que, como había intuido, no se había leído la carta que le enviaron. Los demás asintieron sin decir palabra. Lei, antes de irse, miró a Idax y a Uno-Nueve antes de marcharse.
La tensión aumentó de golpe. Idax sabía que era por los irdeos que los observaban cada vez más.
—Debes cortarle esa libertad emocional a Lei, Idax —dijo Kevrik con severidad. Idax lo observó sorprendido—. Comprendo que sea tu compañero, pero no podemos permitir esas actitudes ante una situación tan compleja e importante.
Idax quiso replicar, pero negó para sus adentros y asintió. Se repetía una y otra vez lo mismo: no merecía la pena.
—En cuanto a tu alienígena —continuó Kevrik, con un tono despectivo—. Hablarme de esa forma tiene consecuencias, ¿comprende?
Idax apretó los puños con molestia y al fin lo contempló directo a sus ojos marrones.
—No la trate como si fuera un objeto, Kevrik. Ella es como nosotros, como Kappa, como Oxygene, como cualquiera —replicó Idax.
Kevrik alzó la ceja y se cruzó de brazos.
—Entonces que tenga un respeto ante alguien como yo. Sabe que no estoy para bromas, y eso era algo que sus compañeros de otro mundo sabían bien, ni siquiera tenían la osadía de contestarme de esa manera tan bruta y directa —respondió, dando unos pasos hacia delante hasta quedar frente a Idax—. ¿Lo entiende, joven?
—Lo sé muy bien —gruñó Idax—, pero ella también merece el mismo respeto. Comprende que está confundida, y por cómo la tratáis vosotros, no voy a permitir que le hable como si no fuera nada.
Kevrik entrecerró los ojos por un instante para luego observar a Driena y Eldir. Ambos estaban en silencio, ligeramente tensos, sin el valor de replicar ni añadir nada a la conversación. Tras eso, observó de vuelta a Idax.
—En algo tienes razón —dijo, mirando a Uno-Nueve—. No es nada, más bien tiene un valor que será importante para el futuro, si es que funciona y tiene buenas intenciones con nosotros.
—Ella tiene…
Sus palabras fueron interrumpidas cuando los pasos lentos y duros resonaron en la roca. Cada uno de los presentes, fueran seifos e irdeos, se giraron para encontrarse con el hombre de complexión fuerte y seria, con cicatrices en los brazos que delataban su oficio como herrero y estratega militar.
Su delantal de cuero reforzado lo identificaba junto a su pantalón lleno de polvo y carbón, así como su camisa, en la cual portaba el símbolo del fuego en forma de broche.
El rostro demostraba los años de trabajo duro que había llevado encima. Arrugas y cicatrices marcaban su tez oscura, donde el cabello caía desenredado, opacando parte de su ojo izquierdo. Con una mirada sabia y penetrante, observó a cada uno de los presentes a medida que avanzaba con la compañía de Lei, quien sonreía con un optimismo que contrastaba con la seriedad de su líder.
—¿Qué hacéis aquí? —preguntó Harlian, con una voz tan firme y directa que pareció el choque de dos placas de hierro—. Los seifos no son bienvenidos aquí.
—Señor Harlian, sabe que…
—Sin palabrerías, parásito debilucho —interrumpió Harlian a Eldir—. Estas forjas no se apagan nunca, ¿lo entiende?
Kevrik apretó los dientes y se puso delante de Eldir. La mirada que mostraba era de total confrontación, y más cuando impactaba ante la presencia imponente de Harlian, quien no se había inmutado ante su cercanía.
—No comience con su ignorancia, bruto sin conciencia —siseó, sin quitarle la mirada a esos ojos oscuros.
—¿Sin conciencia? —preguntó Harlian con una carcajada seca—. No es muy prudente de su parte estando aquí en Isef’eh.
Kevrik gruñó, listo para replicar, pero Idax intervino rápido, evitando un conflicto que no deseaba ver. Como mejor pudo, tomó aire y dirigió la mirada hacia Harlian. Sin embargo, hacerlo provocó que los músculos le temblaran sin querer.
«Por Luán, no hagas el ridículo», se dijo tras respirar de nuevo y hablar con la mayor valentía posible.
—Solo veníamos a informarle de un cambio muy importante, uno que os podría beneficiar ante los temblores que sufrís aquí en Isef’eh por culpa de los gorthian.
Harlian alzó una ceja con interés.
—Sigue, chico.
Idax tragó saliva.
—L-la idea es… —la voz se le quebró, jugándole una mala pasada.
—La idea es probar un experimento de intangibilidad con las forjas —intervino rápido Eldir antes de que los nervios de Idax lo traicionaran—. Para ello, hemos traído a esta chica que, como puede ver, ella…
—No —interrumpió Harlian, borde y escueto. Una palabra tan sencilla que pareció sacudir todo el subsuelo.
—Pero, señor Harlian…
—Las forjas, no —volvió a interrumpir, más severo.
Eldir tragó saliva, incapaz de continuar. En cambio, Driena se acercó para hablar:
—En ese caso, podríamos probar con…
—No vais a probar nada porque vuestros experimentos no sirven para nada —interrumpió Harlian, sin permitir más palabrerías—. Han sido años asegurando que aportaríais evolución, pero solo han sido inconvenientes sin sentido, además de buscar una forma de que los irdeos seamos más débiles. ¿Acaso creéis que no lo veo?
—Eso no es cierto, nosotros…
—¿Vas a decirme tú, muchacha? —preguntó Harlian, irritado. Luego contempló a los demás—. Cada uno de vosotros perdió la visión que teníamos como shefirdos. Unidos en uno, fuertes e imparables.
—Ya estamos… —susurró Eldir con fastidio.
—¿Niegas tus raíces, parásito? —preguntó Harlian, molesto al escuchar esas palabras.
Eldir lo miró de reojo, deseoso de replicar, pero el valor de abrir siquiera la boca en un tono firme le resultaba imposible.
—¿Acaso os hemos privado de vuestra libertad y hogar? —En cambio, Kevrik no se dejaba llevar por las palabras intimidantes de Harlian.
El líder de los irdeos lo miró de reojo con un claro fastidio en la mirada. El silencio, breve, fue demasiado abrumador cuando los demás habitantes de Isef’eh se mostraron atentos a la conversación.
Idax para ese entonces buscaba el momento de intervenir, pero entre el calor y la situación, su mente estaba bloqueada. Lo poco que pudo hacer fue mirar a Uno-Nueve, quien, por alguna razón, miraba al techo con un rostro muy preocupado.
—Buscáis destruir lo que por años hemos creado con el sudor de nuestras manos —respondió Harlian, avanzando hasta quedar frente a Kevrik—. Buscáis erradicar el pasado que por años narran las historias de nuestro hogar. Cómo hemos sobrevivido aquí frente a las adversidades que la naturaleza nos ha presentado. —Giró el rostro, mirando a cada uno de los líderes hasta posarse en Idax—. Aseguráis aliados de otros lados, entidades extrañas, pero cuando se habla de pruebas, apenas hay. En cambio, mostráis experimentos que buscan quebrar lo que nos queda y separarnos.
—Eso es mentira —respondió Kevrik, irritado.
—¿Ah sí? —preguntó Harlian, ladeando la cabeza con los ojos entrecerrados—. Dime solo un experimento que haya funcionado aquí, a excepción de ese joven que buscó darle estabilidad al subsuelo y evitar los sismos de los gorthian.
—Tiel aportó una ayuda que a día de hoy os permite vivir a salvo —dijo Eldir, en defensa del joven. Idax sintió una punzada en el pecho al recordar ese nombre.
—Sí, pero ¿cuánto tiempo? ¿Durará lo mismo que los demás experimentos? ¿Una semana? —preguntó Harlian con una lenta carcajada que no duró mucho—. No hacen falta artilugios mágicos para protegernos. Nos adaptamos y avanzamos.
—Irónico cuando os damos las soluciones que tanto buscáis rechazar —replicó Kevrik.
—Porque eso no es natural, es destructivo y lo pintáis como una salvación.
En medio de esa discusión, se iban presentando cada vez más irdeos, dispuestos a causar una revolución en medio del corazón de Isef’eh. Idax se daba cuenta de ello cada vez que los observaba, y deseaba en ese instante salir de ahí.
Como mejor pudo, buscó detener la conversación, pero no fue posible cuando una sacudida lo dejó sin aliento. Harlian y Kevrik seguían discutiendo, los demás seguían atentos a ellos, como si aquello fuera menor. Los pocos que se dieron cuenta fueron Driena, Eldir y Uno-Nueve, quien tenía los ojos bien abiertos, hiperventilando.
—¡Uno-Nueve…!
Apenas pudo terminar cuando un rugido profundo y atronador resonó desde los túneles más bajos, enmudeciendo a los presentes. Cualquiera sabía que era un coloso de piel rocosa que había sido perturbado por aquellos experimentos de energía de Tiel Xorvan.
Idax alzó el rostro rápido hacia el techo para ver cómo los pilares reforzados comenzaron a ceder hasta tal punto que una enorme estalactita de piedra volcánica y vigas de hierro se desprendieron en su dirección.
—¡Cuidado! —chilló, intentando apartar a Uno-Nueve.
Sin embargo, no pudo cuando ella se mantuvo firme y levantó las dos manos con una determinación que brillaba en sus ojos marinos. Todos los presentes la observaron, y con ello, fueron testigos de un hecho fuera de lo normal.
Desde sus manos surgieron diversos números, cuadrados y rectángulos de tonos azules que envolvieron rápido a cada uno de los shefirdos, incluso a ella misma. La onda de energía se extendía desde su cuerpo hacia los demás, como las ramas de un árbol que buscaban proteger.
El impacto bruto de la estalactita y las vigas hizo que los presentes gritaran angustiados, temiéndose el resultado sangriento… pero en verdad, no hubo ni un solo herido. Solo los escombros en el suelo.
Todos y cada uno de los shefirdos se habían vuelto intangibles.
Todos y cada uno de ellos seguían con vida gracias a ella.
Idax se quedó sin habla, viendo cómo ella mantenía ese estado de intangibilidad. El sudor le caía por las manos y el cuello, respirando con dificultad. Notó cómo de esos ojos los números que tenía iban descendiendo a gran velocidad: quinientos, cuatrocientos, trescientos, doscientos…
—¡Apartaos de los escombros! —grito Idax, al comprender que ella estaba esperando a que los demás se apartaran para que estuvieran sin heridas.
Una vez que los demás obedecieron, vieron cómo Uno-Nueve bajaba los brazos y caía de rodillas al suelo. A punto de impactar contra el suelo, Idax corrió hacia ella para abrazarla con rapidez. Su cabeza fue apoyada en el hombro, y escuchó su respiración lenta y cansada, balbuceando números binarios que él no podía comprender.
Alzó el rostro, lo suficiente para ver el mismo impacto en todos los presentes.
De alguna forma, ella no solo había demostrado que esa intangibilidad era viable, sino que también tenía buenas intenciones al salvar a los ciudadanos del subsuelo.