Idax intentaba calmar los nervios a medida que ascendían al segundo nivel dentro de la montaña de Sieh. Caminaba por los pasillos, incapaz de pensar en los aromas químicos de limpieza y la luz tenue de las setas bioluminiscentes.
No deseaba que 1941 se encontrara en esta situación tan temprano. Sabía hablar su idioma, pero no tenía mucha conciencia de lo importante que era la situación. Una palabra mal escogida y los ojos de los demás líderes estarían fijos en ella.
Intuía que ella se pondría tensa, incapaz de hablar y deseosa de irse. Él mismo lo vivió cuando entró en la gran sala del Debate por primera vez. Un lugar donde juzgaban las acciones más importantes para el futuro del planeta.
Distraído en sus pensamientos, no se dio cuenta de que habían llegado a las puertas imponentes de la sala. Eldir se encontraba frente a la puerta, identificándose una vez más. Idax tragó en seco y miró hacia 1941, quien estaba fascinada por la imponente entrada.
—1941 —dijo Idax, captando su atención—. A partir de ahora, las cosas serán un poco más complejas. Si en algún momento te sientes incómoda o tensa, házmelo saber. Trataré de que no sean duros contigo.
Ella lo observó con la boca entreabierta. Juró que un leve sonrojo se asomaba en las mejillas, pero no fue por mucho cuando sonrió y asintió.
—Tranquilo, dudo… dudo que me digan algo si van a hablar de esa ciudad subterránea —comentó con un optimismo esforzado.
Una parte de él quería creer que sí, pero sabía que no era del todo cierto si exigían que ella estuviera presente. Algo se temía por parte de los demás líderes, en especial su padre. De pensarlo, el sudor caía por el cuello y las pulsaciones del corazón iban a más.
—No recomiendo que los hagáis esperar —dijo Eldir, quien había entrado, mirándolos de reojo con un rostro serio—. Sabes cómo son, Idax.
El mencionado exhaló con pesadez. Miró a 1941 y ambos se movieron hacia el interior de la estancia.
El cambio de temperatura pasó a uno más frío. El silencio apenas era interrumpido por las vibraciones de los hologramas y las esporas luminiscentes que iluminaban la zona. El lugar era circular, con paredes de piedra pulida que proyectaban constelaciones en tiempo real. En medio, una mesa redonda de piedra azul, lisa y fría.
Idax avanzó junto a 1941 para sentarse cerca de su padre, pero con una distancia física a la que ya se había acostumbrado desde el momento en que fue nombrado líder de la exploración espacial, incluso antes. Alzó el rostro y vio a cada uno de los líderes.
Frente a él se encontraba Kevrik Mahel, líder de los sistemas de seguridad. Su armadura tecnológica de metales ligeros y escamas de lirfoth lo hacían un hombre intimidante, más con aquellos cabellos marrones descuidados con canas presentes a sus treinta y cinco años. En sus ojos marrones firmes llevaba un monóculo similar al que Idax portaba.
Justo al lado de él se encontraba Driena Valharen, líder de Biotecnología. Con elegancia estaba sentada, apartándose el cabello rojizo. Iba con su ropa propia del trabajo: una bata blanca, camisa ajustada al cuello de tonos azules y negros, combinados con unos pantalones de cuero. Sus ojos de distinto color —uno violeta y otro rojo— observaban con interés a 1941, ajustándose por un momento sus gafas.
Al lado estaban Hestarn Levaris y Helian Faelor, líderes de energía y medicina. Aunque estuvieran en dos campos distintos, se llevaban muy bien, tanto que solían recibir regaños por parte de Fertol cuando conversaban demasiado alto antes de la reunión.
Hestarn era el más adulto, con una cicatriz en el ojo izquierdo, por lo que necesitaba sí o sí llevar un monóculo en el derecho. Su mirada marronácea era cubierta por su cabello del mismo color, atento a 1941. Cruzaba los brazos sobre su vestimenta manchada de polvo, propia de un ingeniero.
Helian, en cambio, era más cuidadoso. Sus ojos amarillos estaban atentos al holograma, dejando que los cabellos rubios y rebeldes opacaran la visión. Exhalaba por la nariz con una tensión evidente, aunque Idax sabía que el médico solía estar siempre tenso por su trabajo.
Por último estaba Eldir, quien se había sentado con los brazos cruzados con una expresión segura, aunque tensa.
—Todo lo dicho en esta sala no saldrá a manos de los demás shefirdos —pronunció Fertol con una voz grave que a Idax le seguía causando escalofríos.
Lo miró con una expresión de angustia y tensión que intentó ocultar. El hombre que lideraba la mesa tenía una mirada verdosa llena de cansancio, oculta por sus gafas que reflejaban los brillos de la sala. Su cabello canoso caía descuidado, como si descansar fuera inviable en su día a día. Su vestimenta era propia de los seifos, aunque más elegante e incluso intimidante.
—En esta reunión se hablará de un proyecto que puede cambiar el futuro de nuestro hogar —continuó Fertol, fijándose en Eldir, Driena y luego Idax. A él en concreto lo hizo con una molestia evidente—. Nada de esto puede salir de aquí, ¿comprendido?
Idax tragó en seco y asintió sin mirarle.
—Bien, puedes hablar, Eldir —dijo Fertol, mirando al mencionado.
Eldir se levantó con una sonrisa segura y la mano en el pecho.
—Gracias, líder Fertol —respondió con educación y miró a los demás—. Todos y cada uno de ustedes habrán leído los informes sobre lo ocurrido recientemente —su mirada se detuvo en Idax—. Conseguir la intangibilidad era algo que veíamos imposible hasta ahora. —Su mirada pasó a una más tensa cuando observó a 1941—. Gracias a ella.
No fue el único, los demás también se fijaron en ella. Idax apretó los puños y negó para sus adentros.
«Ella solo quería ayudar», pensó, irritado.
—Idax fue testigo directo de estos hechos, lo que nos hace sospechar por cómo es posible que alguien como ella pueda manipular la realidad —continuó Eldir.
Idax se levantó y puso las manos en la mesa.
—¿Vamos a hablar de ella o de lo importante que ha sido este avance?
—Idax, silencio —dijo su padre, en tono firme y grave.
Eldir sonrió divertido mientras Idax cerraba los ojos y apretaba los dientes, conteniendo la rabia. Se sentó y observó por un instante a 1941, quien contemplaba de reojo a Fertol con un rostro serio y tenso.
—Como decía —continuó Eldir tras aclarar la garganta—. Estamos ante un hecho inédito, pero para probar que la intangibilidad es fiable y segura, debemos llevarla a Isef’eh. Si atraviesa las Forjas Eternas o la densidad de la piedra volcánica del subsuelo, habremos descubierto la clave para naves indestructibles, entre otros miles de avances futuros.
—¿Estás loco, Eldir? —preguntó Hestarn, parpadeando su único ojo—. Las vibraciones de los gorthian y los calentadores geotérmicos del subsuelo podrían desestabilizar su frecuencia. Si se materializa por error dentro de un pilar de hierro, causaría una explosión de energía que colapsaría los túneles de los irdeos.
Eldir lo miró de reojo y bufó con lentitud.
—Es un riesgo, pero las ventajas serían numerosas, en especial en la seguridad de nuestro mundo, ¿no crees, Kevrik?
Su mirada marronácea estaba atenta a 1941, ignorando por un instante la conversación de las demás. Idax lo notó y se acercó a ella, una forma poco útil para que el líder de seguridad se diera cuenta de su actitud.
El adulto exhaló con pesadez, cruzó los brazos y miró a Eldir.
—Sí, podría ser útil a futuro, pero muy peligroso como mencionó Hestarn —explicó con un tono grave—. Tendría que haber alguien que sepa usar esa intangibilidad con gran experiencia encima —sus ojos se posaron en 1941—, y algo me dice que ella sería capaz.
—¡Exacto! —dijo Eldir con emoción, aunque se arrepintió ante la mirada intimidante de Fertol—. Disculpa mi actitud, querido líder, pero comprenderá que esto podría ser un gran avance para el futuro, y más contra la Niebla.
Fertol asintió con lentitud, dejando escapar el aire de la nariz con pesadez.
—¿Con ella? —preguntó Hestarn, contemplando también a 1941—. ¿Podemos confiar en alguien que apenas conocemos?
—Ese es el problema —añadió Kevrik—. Puede ser una trampa enviada por la propia Niebla. Nada nos asegura que sea una aliada.
Idax apretó los dientes y le fulminó con la mirada.
—¿Otra vez diréis lo mismo que a Kappa? —preguntó, tenso.
—Teníamos motivos para desconfiar hasta que nos demostró su pureza con la presencia de Fusis —recordó Kevrik—. ¿Qué tiene ella que nos demuestre su buena fe?
Idax apretó los labios y miró de reojo a 1941. Estaba en silencio, con las manos en las rodillas, observando a los presentes, hasta que decidió hablar:
—Los números son verdaderos y puros —dijo, controlando los nervios—. Nunca… nunca querrían hacer daño.
La desconfianza se amplió en la sala. Idax sentía cómo los hombros le pesaban demasiado.
—Eres un caso curioso, ¿no crees, Idax? —continuó Eldir, mirándolo con burla—. Te encuentras con una joven capaz de curar mediante la naturaleza, un explorador del espacio de avanzada tecnología y ahora esta alienígena que parece hablar con los números.
Idax respiró hondo y observó a Eldir con decisión.
—Y si fuera así, ¿qué problema habría? —preguntó, seguro. Después miró a cada uno de los líderes—. Podría aportar mucho más que solo la intangibilidad. Una prosperidad y seguridad que necesitamos.
El silencio se hizo por un momento en la sala. Las caras pensativas de cada uno de los presentes se hacían evidentes. Idax pudo relajarse por un instante, como si de verdad pudieran considerar las opciones y no pensar que ella pudiera ser una amenaza.
Era cierto que él no podía comprobarlo. Lo poco que pudo hacer era confiar en una joven perdida y huérfana, la cual parecía hablar con los números o controlarlos. Empezaba a creérselo, aunque era complejo, más al repetirse esas escenas de lo vivido.
—Si ella realmente pudiera tener control de la intangibilidad y sus números no la hicieran enfermar en ese entorno tan peligroso, entonces… podríamos ver alguna solución médica que nos solventaría muchos problemas con los irdeos —dijo Helian, pensativo.
Idax sabía a qué se refería. El gas volcánico y las esporas de las setas gigantes eran peligrosas, aunque él se temía que algo así no la afectaría. Recordaba bien el día que la había encontrado. Aunque llevara la máscara al salir de la nave, había tenido contacto durante un rato desconocido. Que no tuviera síntomas la hacía biológicamente superior a ellos.
—Es cierto que sería interesante ver cómo actuaría con la intangibilidad en el subsuelo. Los avances que se podrían aplicar en la bioingeniería no serían pocos, y ella podría ser una clara evolución para el futuro de nuestro hogar —dijo Driena, ajustándose las gafas.
Aquellas palabras no le gustaron a Idax. Parecía que la veía a ella como un experimento con el que jugar en vez de una persona. Agarró la tela del pantalón, conteniendo la molestia.
—Bien, entonces se hará una votación —habló Fertol, callando a los demás—. Votar a favor o en contra ante la propuesta de Eldir. Ahora.
Las palabras duras y frías de Fertol hicieron que todos los líderes actuaran con rapidez. Idax, aunque no le gustaba cómo los demás habían hablado sobre 1941, dudó por un instante en aceptar a sabiendas de que era el futuro de su hogar y del universo entero.
Mientras la mano de Idax temblaba con indecisión sobre el terminal holográfico, debatiéndose entre sus principios y el futuro de su mundo, 1941 se estiró con una rapidez casi imperceptible y, con un toque suave pero decidido de sus cuatro dedos, presionó el sensor holográfico de Idax.
—¿Qué…? —susurró Idax, ojiabierto. La observó de reojo, con un ligero temblor en los dedos.
1941 sonrió segura, ladeando la cabeza.
—Quiero ayudarte, Idax —susurró, con un tono suave—. No te preocupes por los demás. Les demostraré que tengo buen corazón.
Aquello dejó atónito a Idax, incapaz de reaccionar. Sus ojos estaban posados en el holograma de tonos verdosos que indicaban su voto a favor por culpa de 1941. Su impacto siguió cuando, al levantar el rostro, vio en el centro de la mesa las votaciones de los demás líderes.
Todos estaban a favor a excepción de Hestarn.
—Kevrik, Eldir, Driena e Idax —pronunció Fertol con dureza. Todos los mencionados lo miraron con atención—. Mañana a primera hora os dirigiréis a Isef’eh para poner a prueba la intangibilidad. Mientras tanto, le haré saber a los reyes sobre este avance y le enviaré un mensaje a Harlian sobre esto.
—¿A Harlian? Pero usted sabe que…
—No hay más discusiones —interrumpió Fertol a Kevrik, levantándose del asiento—. Esta reunión ha concluido.
Los murmullos de inconformidad y angustia resonaron apenas unos segundos antes de que los líderes se levantaran. El único que no lo hizo fue Idax, que observaba el holograma con los ojos perdidos, tragando saliva con dificultad.
«Por Luán, los reyes sabrán esto —pensó, con el sudor cayendo en la frente—. Y si Harlian sabe esto… Ay por Luán, esto irá muy mal».