Para llegar al laboratorio de Eldir, se debía descender al tercer nivel de Sieh, el Distrito científico. Llegar era sencillo cuando se utilizaban los túneles magnéticos de la ciudad, donde pequeñas cápsulas de vidrio reforzado los transportaban en silencio a través de la montaña.
Tras las ventanas de la cápsula, 1941 podía ver los grandes abismos iluminados por cristales de energía que conectaban los diferentes niveles. Por un instante, tuvo que retroceder al sufrir un ligero vértigo y tropezó, aunque Idax la sujetó a tiempo para evitar que cayera.
—V-vaya, es increíble —murmuró 1941, apenas sin aliento.
—¿Necesitas algo? —preguntó Idax, muy atento a ella.
—N-no, tranquilo —respondió, recuperándose del susto—. No me esperaba ver algo así dentro de la montaña.
Idax iba a responder, pero el bufido pesado de Eldir le hizo desviar la mirada por unos segundos. Apenas frunció el ceño para luego mirar a 1941 y explicarle con suavidad que aquello era natural en su hogar.
Una vez llegaron y salieron del transporte, se encontraron con los pasillos minimalistas de piedra pulida donde las paredes emitían una luz plateada que cambiaba de tonalidad según la hora del día.
Caminaron a paso ligero, con Idax intentando que 1941 no se entretuviera demasiado por su constante asombro, aunque iba a ser difícil cuando ante ellos se desplegaron los puentes de luz etéreos. A primera vista, parecía que levitaban sobre el vacío, pero en verdad estaban sostenidos por energía gravitacional avanzada.
En todo momento, Idax se aseguraba de que ella estuviera cómoda. El aire allí era frío, tanto que incluso él mismo se arropaba con la bata de laboratorio que solía llevar, pero en cambio 1941 ni se inmutaba, como tampoco parecía molestarle el olor a ozono y metal limpio del ambiente.
Apenas tardaron unos minutos en alcanzar el Gran Laboratorio Central, donde Eldir introdujo la clave de acceso y se escaneó. Una vez lo identificaron, las compuertas se abrieron para revelar una organización circular.
La mesa central de piedra azul era lisa y fría, similar a la del Consejo. A su alrededor, flotaban múltiples pantallas holográficas que mostraban simulaciones complejas de materia oscura y manipulación de partículas.
En una de las esquinas del laboratorio se destacaba un equipo de aumento visual, similar al de una cúpula astronómica, pero apuntando hacia cámaras de vacío. Aquello era algo que a 1941 le llamaba la atención, aunque se contuvo de tocar o acercarse demasiado para no molestar a Eldir.
Por último, se encontraban sectores protegidos por campos de fuerza donde se realizaban experimentos de teletransportación temporal y física. Era un área que Idax conocía bien, pues en el pasado había confiado a Eldir su idea de poder teletransportarse de forma segura utilizando la energía de un Destello.
Idax negó para sus adentros, cruzándose de brazos para contemplar una vez más el orden clínico que le rodeaba, donde el zumbido constante de los generadores de energía mantenía la estabilidad cuántica de la sala. Tras eso, dirigió la mirada hacia los informes clasificados proyectados en el holograma, que relataban los últimos avances sobre los trishf y su capacidad de intangibilidad.
Se acercó un poco con la intención de leerlos, pero Eldir interpuso su mano cerca del holograma que los proyectaba, bloqueándole el paso.
—Idax, tú sabes muy bien cómo son los trishf, ¿no? —preguntó Eldir con seriedad, entornando sus ojos violetas mientras su cabello negro caía rebelde entre las gafas semicirculares.
—Claro que lo sé —respondió Idax, frunciendo el ceño.
Eldir entrecerró los ojos, como si desconfiara de su capacidad. Idax chasqueó la lengua con evidente irritación.
—Son seres sagrados que poseen la intangibilidad como una habilidad biológica, lo que les permite «desfasarse» de la realidad física por períodos muy cortos de tiempo.
Eldir asintió con lentitud y luego desvió la mirada de nuevo hacia los informes.
—No sé si recuerdas el informe técnico de la División de Física Cuántica —empezó Eldir con una falsa paciencia que a Idax le tensó los hombros—. Todas las veces que intentaste replicar este efecto de forma «física» mediante tecnología gravitacional, habías fallado en lograr la estabilidad cuántica.
—Sí, es cierto —respondió Idax, bajando la mirada por un instante al recordar esas noches largas cuando apenas había conseguido su puesto de líder y quería demostrar sus teorías al mundo.
—Sin embargo —Eldir miró a 1941 con una notable tensión reflejada en el rostro—, ella lo consiguió sin necesidad de un solo dispositivo. Solo su presencia, nada más.
Eldir intentaba parecer tranquilo, pero le resultaba imposible. Su expresión joven dejaba en claro su profunda molestia e incredulidad por la situación. Idax no le culpaba, también le había parecido algo inverosímil.
—Mira, Eldir, sabes que ella…
—Ella es un error en la ecuación —interrumpió Eldir, observando a 1941 de reojo—. Durante todo este tiempo nos ha hablado de números como si fuera algo palpable y familiar. Creíamos que era un trauma psicológico que sufrió al estar tantísimo tiempo a la deriva en el espacio, pero con lo ocurrido ayer, cada vez desconfío más de que sea una simple joven huérfana que huyó de su hogar.
Idax apretó los labios, incapaz de replicar. Una parte de él, muy a su pesar, también compartía ese pensamiento.
Eldir, sintiéndose un poco más confiado, se acercó a 1941 con paso firme. Ella retrocedió de inmediato, angustiada por la hostilidad del científico.
—¿Cómo es posible? —preguntó Eldir, queriendo comprender a toda costa, aunque sus formas no fueran en educadas—. Tú, una alienígena que controla los números. ¿Eres capaz de alterar las leyes físicas de esa manera?
1941 dejó de retroceder, irguiéndose para asentir con total seguridad en su mirada. Eldir soltó una carcajada áspera e incrédula.
—Absurdo —Eldir dio otro paso hacia ella—. Una joven de mi edad con la capacidad de modificar las leyes que nos rodean. ¡Números! ¡Algo tan…!
Idax le sujetó del brazo, interrumpiéndolo antes de que continuara. Eldir se giró con rapidez para encontrarse con los ojos neón de Idax clavados en él con una molestia contenida.
—Trátala con respeto. Gracias a ella conseguimos nuestro objetivo —habló con dureza.
—Solo por esta vez, pero no sabemos de lo que podría ser capaz en el futuro —murmuró, acercándose a él hasta quedar a apenas unos centímetros de su rostro.
—No recuerdo que actuaras de esa forma tan hostil con las chekrinas —replicó Idax, entrecerrando los ojos con desprecio.
—Ellas son muy distintas. Tienen un contacto real y comprobable con Fusis —le recordó Eldir con aspereza.
—¿Y qué te asegura que 1941 no tenga algún contacto con algo superior? —preguntó Idax de vuelta.
Eldir apretó los dientes, dejando escapar un leve gruñido antes de apartarse de golpe y darles la espalda. Idax cerró los ojos, calmando la molestia que amenazaba con envolverlo, y volvió a abrirlos con más calma. Al hacerlo, vio que 1941 lo contemplaba con una preocupación visible, acercándose a él con timidez y duda.
—Tranquila, estoy bien —le susurró Idax con una sonrisa reconfortante.
Aun así, ella no se tranquilizó, menos cuando Eldir se giró hacia ellos para poner las manos en las caderas y ladear la cabeza frente al holograma donde aún flotaban los informes.
—Sea lo que sea, ahora que tenemos esta esencia, debemos probar si esta intangibilidad es real —explicó Eldir, manteniendo la mirada fija en la muchacha.
Esto irritó a Idax, tanto que se colocó en medio de ambos con discreción para protegerla. Eldir bufó y negó con rapidez con la cabeza.
—Para ello, debemos llevarla a Isef’eh —sentenció.
—¿Por qué allí? —preguntó Idax en un tono bastante más grave de lo habitual.
—La densidad de la roca volcánica y el hierro en el subsuelo es máxima. Si la intangibilidad funciona de verdad, ella podrá atravesar los muros reforzados de las forjas eternas o las rocas profundas del subsuelo donde habitan los gorthian.
—Sabes muy bien que eso no será tan sencillo —le recordó Idax, con una tensión notable en los hombros—. Los irdeos son reacios a los experimentos que realizamos y desconfían de cada uno de nuestros movimientos.
—Soy consciente de ello, y por eso mismo nos acompañarán también Driena y Kevrik.
Idax casi se ahoga con su propia saliva al escuchar el último nombre.
—¡¿Q-qué?! —preguntó, atónito.
—Lo que escuchas —respondió Eldir con frialdad, dirigiéndose al panel holográfico para apagarlo por completo—. De hecho, hoy mismo es la asamblea en el consejo. Les hablaré de todo lo que hemos descubierto, y quiero que vosotros dos estéis presentes allí.
Idax notó de inmediato cómo respirar se le hacía más complejo, sintiendo una gota de sudor frío recorrer su cuello. Miró de reojo a 1941. Sus ojos de un azul marino profundo reflejaban una inquietud silenciosa.
No tenía ningún problema en presentarse ante el consejo. A fin de cuentas, era el paso más prudente antes de actuar sin medir las consecuencias. Lo que realmente le angustiaba era cómo reaccionarían los demás líderes del consejo al ver a 1941 y descubrir sus capacidades.
En especial, su propio padre.