Idax aún intentaba procesar lo que había vivido el día anterior.
Cuando despertaron de la inconsciencia, Driena y los demás estaban atentos a ellos, preocupados. Al recuperar las energías, Idax explicó todo lo sucedido. El asombro de la líder fue cada vez a más hasta que no tuvo palabras para expresar lo que sentía en ese instante. No la culpaba, a fin de cuentas él tampoco daba crédito a ese hecho imposible. Gracias a 1941 había conseguido la intangibilidad que por años habían ansiado.
Todo aquello rondaba en su cabeza en el comedor de su hogar, donde una vez más había dormido en el sofá, sin mucha discusión ya que le había pedido a 1941 un momento de paz.
La cabeza le dolía, al igual que sus ojos por haber perdido el monóculo en el bosque. No le preocupaba, conseguir uno era sencillo. Lo que realmente le angustiaba era lo vivido.
Dormir aquella noche fue difícil. Cada movimiento que hicieron, cada acción tomada y palabra pronunciada rondaba en su cabeza, incrédulo de que Driena fuera capaz de actuar de esa manera tan fría y distante. Aquella obsesión de la científica por conseguir la intangibilidad lo angustiaba. Debía admitir que él mismo tenía esa obsesión, pero lograba separarla y no poner en riesgo la vida de los suyos ni de los animales, porque sabía las consecuencias que tenía al estar Fusis vigilando.
Recordaba bien lo que le había dicho Kappa en su momento:
—Fusis puede ser comprensiva con el uso que le deis a sus tierras o animales, pero el maltrato hacia estos puede causar problemas —explicó la joven de túnicas largas de violetas claros como el cielo.
—¿Con nosotros nos causará algún disturbio? —preguntó Idax en ese entonces con el mayor respeto posible.
Kappa puso la mano en el mentón y negó.
—Según lo que me habéis dicho, siempre habéis respetado vuestras tierras y los animales, tanto que parecen venerados en vuestro hogar —respondió con una sonrisa aliviada—. No os juzgará, menos si hay una entidad peor azotando los demás mundos sin compasión alguna. Ella es comprensiva y muy atenta.
Idax no pudo evitar tragar saliva y abrir los ojos para dejar de lado el pasado.
Ahora, solo en la oscuridad silenciosa del comedor, se preguntaba cómo era posible que 1941 no conociera a Fusis si había tenido la habilidad de hablar con el trishf.
Pasó las manos por el rostro, frustrado por no comprender nada y sentir que 1941 sería un laberinto de misterios que le costaría entender.
Por un instante, cerró los parpados para que la cabeza se callara de una vez. Dormir era importante, y más tras un día tan intenso. Sabía que no se lo perdonarían en el trabajo, aun si había conseguido un progreso crucial junto con 1941. El trabajo era trabajo, y más si debía ponerse con la reparación de la nave de Kappa para que volviera a Chekria.
«Kappa… —pensó, entreabriendo los ojos con notable cansancio—. Capaz podría hablar con ella para ver si conoce algo de las capacidades de 1941».
Con aquel pensamiento fugaz, pudo calmar un poco los pensamientos inquietos de su mente para descansar al menos unas horas.

Dos cosas despertaron a Idax de golpe: la luz de las ventanas y la alarma de su despertador, con una sinfonía cada vez más ruidosa y molesta. Con un quejido, se cubrió con las sábanas por completo. Sabía que no podía apagarlo con la voz, ya lo había programado a propósito para que la única forma de desactivarlo fuera manualmente.
«Solo un rato más…», pensó, abriendo el ojo derecho para ver varias manchas incompletas moviéndose entre el comedor y la cocina.
Se frotó el revuelto cabello azulado y buscó a tientas en la mesa redonda para tomar el monóculo. Al acordarse de que no lo tenía, gruñó frustrado y se levantó con cuidado para apoyarse en el sofá. Con esfuerzo, vio como 1941 se acercó al ruidoso aparato y apagó el sonido perforante con un rápido movimiento manual.
—Buenos días, Idax —saludó con una sonrisa amable—. Creo que he podido hacer bien desayuno.
Idax frunció el ceño, retirándose las sábanas con cansancio.
—¿Has estado cocinando mientras sonaba el despertador? —preguntó.
—Pensé que era una sinfonía que te gustaba, pero gruñiste y supe que no era así —respondió 1941 con las mejillas teñidas de vergüenza—. Si me equivoqué, puedo activarla de nuevo y…
—No. No, por favor —interrumpió Idax, incorporándose para estirar los brazos con vagancia—. No quiero oírlo de nuevo.
1941 ladeó la cabeza.
—¿No te gusta? —preguntó. Idax negó con la cabeza—. Vaya, extraño. ¿Por qué pones una canción que no te gusta para despertar?
Idax entrecerró los ojos.
—No es precisamente una canción. Es un sonido chirriante y repetitivo que te obliga a levantarte para que lo apagues. Es un método para despertarse —bostezó.
—No te veía muy dispuesto a levantarte, parecía que querías dormir más —dijo 1941, cruzando los brazos con confusión.
Idax bufó con lentitud.
—No, créeme que no, 19.
Se dirigió al baño para despejarse la cara. Tras eso, se fue a la habitación para escoger la ropa del trabajo. Una vez terminó, regresó con 1941 a la cocina para disfrutar del té de las chekrinas mientras conversaban sobre los despertadores. Aquello no era nada coherente para Idax, ni siquiera entendía por qué ella insistía en que los sonidos fastidiosos y repetitivos podían llegar a ser una melodía, pero al menos le distraía de las angustias que pronto lo consumirían en el momento que saliera de su casa.
—No entiendo por qué ir a tu trabajo —dijo 1941, dejando la taza de té a un lado con un rostro preocupado—. No disfrutas.
Idax alzó la ceja y negó con la cabeza.
—Claro que lo hago; de hecho, conseguir este puesto es un gran honor para mí, además de que es muy interesante. Conocer el exterior era una de las cosas que más me intrigaban —aseguró, levantándose para tomar las tazas.
1941 se quedó en silencio, mirándole unos segundos.
—Pero en estos días no estuviste afuera.
—Eso es por muchos motivos. —Idax dejó las tazas en la tina y se giró—. Salir al espacio requiere de muchos recursos y muchos riesgos ante la Niebla amenazándonos. No solo eso, también tengo obligaciones aquí al proponer proyectos en los que debo ser partícipe.
—Oh, proyectos —repitió 1941, con una visible sorpresa en el rostro—. ¿Cómo ayer?
Idax asintió con una sonrisa relajada.
—Por eso mismo tengo que ir a mi trabajo, no solo por obligación, sino porque es posible que Eldir me llame para informarme de los avances —frunció el ceño—. ¿No escuchaste lo que se dijo ayer antes de volver?
1941 sonrió con timidez y negó.
—Estaba distraída con vuestro hogar —se observó la mano derecha, moviendo los cuatro dedos—. También buscaba calmar cosquilleo. No me dejó en paz.
Idax cruzó los brazos y apretó los labios, observando su mano. Aún le causaba escalofríos ver que no tenía cinco dedos como la de él. No solo eso, le extrañaba que ella le doliera la mano cuando no había tocado esa intangibilidad como él. Le preocupaba que a lo mejor. Al estar cerca del trishf, le hubiera ocurrido algo.
Mantuvo la compostura y exhaló.
—Podríamos ir con Helian si ves que es muy grave —dijo, acercándose a ella con cuidado—. ¿Te sigue doliendo si la mueves?
Ella negó con lentitud, lo que le sacó un suspiro de alivio, aunque no se relajó del todo.
—Bien, pero si lo consideras oportuno…
—No, Idax. No quiero robar tiempo —interrumpió ella, acariciándose la mano.
Idax negó con calma.
—No me robas nada. Me preocupo por ti, y con motivo. Seguro que el estrés te habrá impedido dormir o…
—Idax —volvió a interrumpir, con un tono más firme—. No es nada. Un mal gesto y ya.
Idax se quedó absorto en su mirada apenas unos instantes antes de negar, despertando de su ensimismamiento.
—Nunca sabes lo que puede ser. Algo inocente a lo mejor acaba en algo grave, y eso hay que prevenirlo siempre que se pueda.
1941 ladeó la cabeza y al final desistió con una leve carcajada.
—De acuerdo, tú ganas. Tú sabes lo que puede ocurrirme aquí.
Aquellas palabras hicieron más efecto del que Idax quería admitir. Sí, era cierto que conocía mucho sobre su hogar. Sin embargo, no sabía si a ella le afectaba de la misma forma que a él.
Algo muy dentro de él le decía que ella era más fuerte. Lo pudo comprobar ayer, capaz de acercarse a los animales sin miedo alguno, moviéndose con libertad y velocidad, además de no depender de gafas o similares. Suponía que tenía que ser como los de Isef o Isef'eh.
Soltó un breve suspiro y, tras ponerse un monóculo nuevo guardado en su habitación, decidió ponerse en marcha con la compañía de 1941. El día sería largo, y tenía mucho por hacer.
Retomaron el mismo camino que la otra vez, encontrándose con distintos seifos que lo saludaron y avanzaron hasta su trabajo. Idax hizo lo mismo, aunque vigilaba con un poco más de constancia a 1941. Esta vez no se entretenía con lo que había a su alrededor a no ser que hubiera algún cambio notable.
A punto de alcanzar las puertas del hospital, un grito en la distancia captó la atención de Idax. Supo identificar bien de quién era esa voz, y al girarse, pudo encontrar a Eldir, con una sonrisa tranquila. Sus ojos violetas tenían unas ojeras que no podía ocultar ni con sus gafas semicirculares, vistiendo una chaqueta blanca alargada con una camisa de tonos azules suaves, pantalones grises y zapatos a juego.
Se pasó la mano por el cabello oscuro y corto, intentando conservar un poco de elegancia.
—Menos mal que no entraste. Con el sueño que arrastro, el hospital me parece un laberinto que no me veo capaz de cruzar hoy —dijo Eldir, respirando con dificultad.
—¿Has venido corriendo? —preguntó Idax, frunciendo el ceño.
—Un poco —admitió Eldir, con una leve carcajada—, pero necesito que vengas porque lo que he encontrado es muy importante. Es posible que incluso te emocione más que a mí.
Idax miró hacia 1941, quien se mostraba interesada también. Con un leve suspiro, observó de vuelta a Eldir.
—Está bien, puedo ir ahora antes de que me consumas demasiado tiempo —respondió, con las manos en los bolsillos de la bata—, aunque quiero que venga 1941 con nosotros.
Eldir arrugó la frente, dejando que los cabellos rebeldes cubrieran una parte de los ojos. Observó a 1941 unos segundos, lo suficientes para que su rostro reflejara disconformidad, aunque al final gruñera irritado.
—Vale, pero que no me toque nada. Sé lo que hizo ayer y no me apetece que haga lo mismo en mi zona de trabajo.
Idax asintió, como también lo hizo 1941, aunque con un gesto discreto y una notable vergüenza que intentó ocultar con una sonrisa. Tras eso, siguieron a Eldir sin perder más tiempo.