CONTINUA EL CASTIGO...
—¡Abby! ¡Abbycita! —Las jóvenes lograron alcanzarla al final del pasillo, junto a las taquillas. Abby se dejó caer contra ellas:
—Chicas, Dios mío, chicas. Hay bocas, hay bocas en mi piel y esas horribles lenguas. ¿Acaso no pueden verlas? Miren, miren. Díganme que no estoy loca, que no soy la única que las ve. Por favor, Verónica, dímelo. Luciana. ¡Ayúdenme! Hagan que pare, por favor —las abrazó con una urgencia de cordura en peligro.
—Tranquila, Abby, mírame —dijo Verónica—. Respira conmigo. Debe ser por lo de hace unos días. Ya pasó. Él no puede acercarse más.
—No estás sola —añadió Luciana—. Eso ya ha pasado. Ya ha terminado. Te lo prometo. Estamos aquí para ti.
Sus amigas la rodearon con brazos apretados y respiraciones cruzadas, repitiendo:
—Todo estará bien. Todo está bien.
¿Lo estaba?
Fue entonces cuando Abby vio la piel de sus amigas abrirse en hendiduras mínimas; dientes nocturnos que brotaron de antebrazos, cuellos y clavículas. Bocas. Agujeros que expulsaban solo la voz atiplada de Hills, con la misma dicción, con el mismo temblor carente de pausas:
—Verónica se droga antes de matemáticas.
—Luciana roba jarabe para la tos del botiquín de su tía.
—Verónica se escapa de casa.
—Luciana falta a clase para besarse con Rob.
Las tres se separaron de tajo: escuchaban las voces, claras, cercanas. Muy cercanas. Intrusas...
—Cállate —dijeron casi al mismo tiempo.
...Hostigantes.
—Te escuchamos fuerte, cállate.
...Despreciables.
Abby negó con la cabeza, con el cuerpo y las manos temblantes.
—No puedo detenerlas —dijo, y en ese momento los rumores se extendieron a nombres lejanos:
—Mateo vende tareas. —Camila copia con fotos. —Diego roba celulares. —Irene falta los lunes.
El dolor les subió a las sienes, una presión violenta; Verónica se llevó las manos a la cabeza, Luciana apretó los dientes.
—¡Para! —suplicaron—. ¡Basta, Abby! Como no parecía detenerse, la agarraron, le taparon la boca con las manos, la sujetaron por los brazos y la sacudieron; empezaron a golpearla para que parara, no por rabia... Claro que no. Decían quererla hace unos segundos, no fue por rabia, pues, a pesar de todo, la amaban... Solo la golpearon para buscar alivio, porque les dolía la cabeza y el ruido no tenía fin.
Abby las empujó con fuerza, las hizo tropezar, y en su caída, la tela de su blusa se rasgó, pero logró soltarse y salió corriendo; ellas se reincorporaron y la siguieron, rogando que parara, llamándola.
Justo en ese desorden, el grito de Abby sonó por el megáfono de la escuela, amplificado, sin tapujos:
—¡Me llamo Abby Hills y le he robado a mi madre más veces que los dedos de mis manos y de mis pies!
Abby giró hacia la dirección de la oficina del director —en el tercer piso, cuarto 301—. Subió las escaleras de dos en dos para apagar el megáfono, con las amigas siguiéndola; y, a cada tramo, los salones se abrían: puertas empujadas desde dentro, alumnos saliendo con bocas de Abby abiertas en la piel, en la mejilla, en el hombro, en la frente, siguiéndola y pidiéndole que parara, que cerrara la boca. Profesores y profesoras se sumaron al pasillo. Uno de ellos, Henry, bien parecido, relativamente joven, salió disparado del salón 203. Gritó:
—No lo digas, no lo digas, Abby. ¡No te atrevas!
El cortejo creció, pasos desordenados, voces superpuestas. Todos avanzaban detrás de Abby pidiéndole, con su voz, que se detuviera.
—El director fue arrestado la semana pasada por un intento de violación.
Los rumores se tornaron más escandalosos y, con deficiencia de filtro y cuidado, se perló el pasillo de cotilleos:
—Verónica abortó la semana pasada.
—La profesora Charlotte abandonó a su hijo recién nacido.
Abby ya estaba en el tercer piso, cerca de la puerta del director, el picaporte frío en la mano, y los rumores seguían empujando desde atrás:
—Abby le quitó el novio a Luciana.
—Abby ha hablado mal del hermano con síndrome de Down de Henrietta.
—Abby ha hablado mal del padre de Henrietta.
—Abby ha hablado mal de Henrietta.
Abrió la puerta de un empujón, entró y la cerró; arrastró un mueble para trabarla desde dentro. El ruido crecía del otro lado...
—¡Abby Hills fue obligada a tener relaciones con el profesor Henry! —Entre las voces, se coló dicha frase que desarticuló la percepción del tiempo de Abby... Se dejó caer al piso. Lloró. Se dobló sobre sí misma y empezó a disculparse, una y otra y otra vez:
—Lo siento, lo siento… nunca quise decir todas esas cosas. Ya paren, por favor. No sé qué quieren de mí —paseó la mirada por la oficina—. ¡¿Quién está ahí?! —gritó hacia el asiento del director, que estaba en reverso. Vio el cable del micrófono, estirado desde el escritorio, conectando la oficina con todos los megáfonos de la escuela, y siguió el cable hasta la silla.
—Ya para —dijo, y al girarla no había nadie.
—Abby Hills ha sido una perra con Henrietta Bowers.
Afuera, los golpes sacudían la puerta.
—Cállate. Cierra la boca —decía—. ¡Apártense!
Pero la turba no le dio tregua. Abby volvió a llorar:
—Lo siento… lo siento… discúlpenme. Yo no quería. No quería —cerró los ojos.
Cuando los abrió, dejó de escuchar. El ruido había cesado. Movió el mueble, abrió la puerta y vio a todo su salón caminando con tranquilidad; en una esquina, el profesor Henry hablaba con una alumna echada contra la pared; algunos estudiantes pasaban sin poner mirada en ellos.