EL AULA

Cuando Abby estaba en clase de inglés y levantó la mano para leer con su peculiar tono aflautado, otra voz habló primero, suya, pero no nacida de la boca bajo la nariz y sobre el mentón. No. Esta voz era una desplazada, lateral (desde el hombro izquierdo), que dijo con una claridad indecente:
—Copié en el último examen. ¡Fue fácil!, pues la gorda infiel de la profesora estaba distraída hablando con su boyfriend.
No hubo risas ni respuestas al principio, salvo por un rumor bajo, el sonido de las sillas moviéndose y los cuadernos cerrándose entre miradas de «no puedo creer lo que dijiste» y «¿cómo se te ocurre?».
—¡¿Qué dijiste, mocosa?! —la profesora giró con todo y cuello tenso, con todo y mandíbula dura para rematar aquel residuo de sosiego matinal.

—No... yo no... —Abby abrió la boca para negarlo, pero otra voz le salió antes desde otra parte del cuerpo:
—He estado copiando con los pendejitos estos desde mi celular por más de tres exámenes seguidos.
Ahí sí algunos rieron nerviosos y otros dejaron de sonreír: Marcos miró al piso; Laura clavó la vista en la pared; el delegado quedó rojo hasta las orejas.
—¡No fui yo, profesora Gertrude, lo juro...!—dijo Abby negándolo todo.
Pero su voz seguía, impertérrita, sin permiso:
—Marcos guarda respuestas en la tapa del estuche.
—Laura borra nombres del registro digital.
—El delegado vende tareas los jueves.
—Nina llora en el baño durante el recreo.
Las risas se agotaron y solo quedó el enojo puro: bancas golpeadas, alguien diciendo basta, otro gritando cállate perra. Abby no sabía qué pasaba; sintió el pulso en la garganta y dijo:
—No fui yo, lo juro.
—Como el esposo sordo, ciego y cornudo de la perra esta—su otra voz interrumpió de nuevo con malicia. Y, esta vez, la profesora sí escupió la palabra entera:
—Eres una mocosa de mierda.
Al sentir pánico por la vergonzosa situación, la piel de Abby comenzó a abrirse en bordes de labios rojos (como si un cirujano perverso y salvaje le hubiera hecho eso a propósito con el corte sucio de un escalpelo): aparecieron, primero, en sus mejillas. Hediondos. Gangrenosos. Luego otra en la mano derecha, y otra más en el costado; las fisuras se habían vuelto bocas. Cada una con sus respectivos dientes con caries y lenguas ensalivadas que comenzaron a hablar al mismo tiempo:
—Delly llega tarde
porque el señor otoño la contrata
por horas y le quedan hojas en el pelo.
Perry cambia de opinión como ventana
encendida, apagada, encendida, apagada
y nadie sabe si es señal del insomnio
o esquizofrenia por los golpetazos de su madre.
La mamá de Marcos habla de economía,
pero paga con monedas tibias
y tasa inventada.
La profe sonríe, mírenla,
es corderita con bufanda de lana
y jura fidelidad a la noche
y se alquila el crepúsculo.
El primo de Berry canta
himnos matusalénicos
y se equivoca de estrofa
porque la memoria
se le fue de sabático.
El papá de Venecia
pide prestado al banco
y encima lo devuelve
mal doblado.
Y yo hablo así,
punzante como clavel,
porque no me alimentaron
con caricias desde niña
y cuando hablo a veces corto,
pero quiero besar
y dejar huella
aunque apague la ventana
y finja que
no
fui
yo.
La profesora no veía las bocas: solo escuchaba el efecto y el daño, el mismo que entregó a Abby al miedo:
—¡No soy yo, lo juro, no soy así! —El grito desordenado hizo retroceder al salón entero. La chica se levantó con las manos en la cabeza y salió disparada del aula, empujando la puerta. Y detrás, la profesora gritaba su nombre:
—¡Abby! ¡Abby, vuelve ahora mismo!
Dos de sus amigas, Verónica y Luciana, corrieron tras ella, llamándola también; dejaron el aula atrás, llena de rabia, de secretos sueltos y de una boca que ya no sabía cerrarse.