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Capítulo 3 La Siega

El Eco bajo las Begonias · por ariac_kelly · 28 de julio de 2026

Después de una comida taciturna, entre pensamientos cíclicos de supuestos que jamás podrían corroborarse, todo transcurrió sin percances.

 

Nos ofrecieron pescado preservado con sal y hierbas a cambio de tinturas de melisa; un cesto de fruta cristalizada a cambio de una vasija con patatas tiernas, aún durmiendo bajo su tierra; y un maple joven a cambio de todas las cataplasmas que llevábamos.

 

Rye, por alguna razón, obtuvo un tarro de caramelos de anís y una pirámide de aromáticos lokums, hechos en Lambda, que no planeaba invitar a nadie; una bufanda de lana negra con bordes plateados confeccionada en Épsilon para mamá; guantes de cuero de búfalo para Bear, producidos en Gamma; y una peineta de jade de Sigma, nada menos que para mí.

 

¿Qué fue lo que intercambió? Permaneció en el misterio.

Yo fui feliz con mi nueva chamarra, resistente a las inclemencias del clima y tan suave por dentro, hecha con pelaje de liebre. Solo me costó una bolsa de rábanos, lechuga y zanahorias, por irónico que fuera.

Bear, por su parte, también pensó en nosotros, pero lo que consiguió fue algo que me dejó helada: Todo provenía de Phi.

Lo primero eran unos nudillos de cobre con pequeñas protuberancias a modo de púas: un arma de contacto para él.

Lo segundo era una pequeña tira de cuero que contenía diez juegos de pequeños cuchillos brillantes, con el mango tejido en negro, para el experto en arrojar cosas: Rye.

Y el tercer objeto... Era un hacha.

Un hacha completamente nueva, muy distinta de la que usaba todos los días. El acero de la hoja resplandecía con un brillo azul pálido y el mango, de una madera más fina y encerada, lucía un discreto, pero hermoso, grabado de enredaderas coronado por una gerbera en el centro.

 

—Esto es...

No pude decir más.

 

—Es necesario para practicar. Gasté todo lo que tenía, pero vale la pena. No sabemos cómo es allá ni a qué te enfrentas, pero siempre hay que estar preparados.

La seriedad con la que lo dijo me provocó un terrible presentimiento. Era como si estuviera casi seguro de que la balanza del destino no se inclinaría a su favor.
Mis ojos ardieron.

—Pero es tu último año... Ya cumpliste veintiuno.

 

—Y, como tal, hay una mayor probabilidad de que mi nombre aparezca, ¿no lo crees?

—¡Eso no lo sabes!

 

—Tienes razón, no lo sé. Pero lo que sí sé es que quiero hacer todo lo que esté en mi poder para que estemos listos para el peor escenario. Raccoon...

Negó lentamente con la cabeza, como si apenas rozara el recuerdo.

 

—Ulysses era muy bueno en todo lo que hacía. Demasiado, diría yo. Y, aun así, no lo logró. Ahora que soy el hermano mayor, es mi deber prepararlos. Tal vez parezca un loco exagerado, pero prefiero eso a ser un tonto confiado.

 

—Pienso que estás asumiendo las cosas antes de que pasen, Bear. Pero, aun así, lo haremos, si con eso estás más tranquilo.

Apreté su hombro y Rye, sin decir una palabra, me imitó, apareciendo sabrá Dios de dónde.

 

—Empezamos mañana, ¿vale?

Mi hermano respondió con un leve asentimiento.

 

—Oye, ¿no es Tina Meline la que está por allá? No te ha quitado la vista de encima.

Giré hacia donde señalaba Rye y era cierto. Era ella.

Tina, la chica de la casa de enfrente y eterna enamorada de Bear. Una muchacha de rostro redondo y mejillas permanentemente sonrojadas, como dos manzanas.

 

—Es cierto. Aún recuerdo sus cartas dirigidas a "El lindo Ephraim", adornadas con corazones. —Sonreí con picardía, buscando que el ambiente volviera a aligerarse. —Ya no seas cruel con ella y dile que sí. Regálale un ópalo del amor eterno.

 

—¿Cuándo es la boda, Bear?— exclamó Rye con tono meloso. 

—Los dos están siendo unos tontos...— Dijo aquello, avergonzado, mientras se dirigía hacia donde estaba la chica.

Era raro verlo actuar nervioso y algo torpe, pero estaba segura de que aquella encantadora vecina despertaba algo en su interior, aunque jamás fuera a admitirlo.

Concordé con mamá. Bear necesitaba relajarse.

 

*.~~~.*

 

El cielo nocturno se hizo presente y la enorme fogata marcó la ceremonia de clausura de aquel mágico día. Decenas de parejas bailaban a su alrededor y se veían genuinamente felices, tomados de la mano y girando al ritmo de la alegre melodía que interpretaba un grupo de músicos.

 

—¿No bailas? —pregunté a un adormilado Rye.

Lanzó un bostezo aburrido mientras observaba a la muchedumbre antes de hacer una mueca.

 

—No me interesa bailar con chicas.

Contempló con curiosidad la gran hoguera y las espirales de humo que se alzaban hacia el majestuoso cielo cubierto de cristales brillantes.

 

—¿Y qué te interesa? —pregunté burlona.

 

—La mecánica de los fluidos y su estructura sistemática.

Su absoluta seriedad dejaba claro que no estaba bromeando.

 

—Qué novedad. Solo estás inventando palabras.

 

—No lo estoy.

Ni siquiera me miró. Se limitó a juguetear con el mechón negro que caía sobre su frente y con el que le gustaba ocultar las ventanas de su alma, como si temiera que alguien pudiera desentrañar lo que guardaba en ellas.

Se acomodó en su lugar, estirando las piernas.

 

—¿Y tú por qué sigues aquí?

 

—Ya viste mi larga lista de pretendientes —señalé con sarcasmo el absoluto vacío antes de soltar una risa—. No es como si esperara que alguien me invitara.

Como nadie me vigilaba, volví a subir las piernas a la mesa. Una postura descansada y bien merecida.

 

—Bear está bailando con su pareja ideal; mamá ya está tomando té con las damas de Lambda y tú no tardarás en escabullirte como la ardilla trepadora que eres. Alguien tiene que quedarse a cuidar las cosas. No es que fueran a robárnoslas, pero nunca falta quien espera hasta el final para ver qué encuentra en oferta.


—Suena al manual de los perdedores. Eso es triste.

 

—Tonto —dije, recargándome en él.

 

—¿Quieres escuchar lo que investigué sobre los Campeones Renegados?

Asentí con entusiasmo.

 

—Al parecer, en la actualidad solo quedan seis y todos están aquí. ¿Ves el quiosco de allá, el de las enredaderas rosas? Son ellos. La de menor estatura es Laurel Hori, del sector Tau. Su nombre de campeona es «Petite Salmon» y ganó la Siega 479 con apenas quince años.

 

—¿Por qué le dicen así?— Reí con ingenuidad hasta que algo en el nombre me resultó familiar.—«Petite Salmon» es...

Recordé las lecciones de mamá y un escalofrío me recorrió la espalda.

 

—Una variedad de adelfa, extremadamente peligrosa... ¡Por eso se llama Laurel!

 

—Ajá. Usa agujas bañadas en veneno de adelfa y acónito. Es una receta familiar. Las lleva escondidas en el adorno del cabello.

Me quedé observando a la pequeña mujer de cabello negro, tan corto que apenas le rozaba las orejas, dándole un aspecto de duende. Se veía tan frágil y delicada que parecía incapaz de matar una mosca.

 

—El chico a su lado también es de Tau. Es Braxton O'Shea y fue el campeón más joven de la historia. Ganó la Siega 488 con solo doce años. Usa únicamente un arpón para defenderse, pero dicen que está desquiciado.

 

—Ya lo creo que sí...

Incliné la cabeza para observar al muchacho pelirrojo, que no debía de ser mucho mayor que Rye.

Parecía hablar con todo el cuerpo. Limpio y pulcro, aunque por momentos se detenía de golpe, como si fuera un autómata al que hubiera que darle cuerda para volver a moverse. Decir que era raro era quedarse corto.

 

—Los rubios son los gemelos Iris e Ivan Quinn, de Iota. Tributos de la Siega 484. A los catorce años se ganaron el apodo de «los Rompecorazones».

 

—No suena mal.

 

—Porque se los arrancaban a sus víctimas.

Abrí la boca y enseguida la cerré. 

¿Qué podía decir? La gente siempre habla y retuerce los hechos que no presenció. Una mentira fascinante pesa más que el hierro y, aun así, vuela más rápido que el sonido.

 

—Así que supongo que con quienes te encontraste esta mañana fueron los campeones más recientes, los vencedores de la Siega 491: Lennox Diggory y Winnifred Graves, de Sigma. «Los Cavatumbas» o «Lugh y Morrigan», como les llaman en Sigma.

Arqueé una ceja.

—¿Morrigan? ¿Como la diosa de la guerra? ¿Y Lugh, el maestro de todas las artes y habilidades? ¡Bah! ¡Qué sarta de tonterías!

Elevé demasiado la voz y varias personas a nuestro alrededor giraron la cabeza para mirarme.

Decidí serenarme.

—Ese patán no tiene nada que ver con una entidad mitológica como Lugh. Ella tal vez con Morrigan, no lo sé. Me pareció más cínica y burlona, como el gato de Cheshire. Ese debería ser su apodo.

 

—Solo repito lo que dice la gente. Pero hay algo que sí es seguro: deben de ser personas despiadadas. En lugar de convertirse en una ofrenda para los Conquistadores de Mundos, hicieron una masacre...

 

*.~~~.*

 

Una vez que Rye se escabulló sigilosamente bajo el abrigo de la noche, me quedé observando a los campeones reunidos en el quiosco.

 

A pesar de pertenecer a diferentes sectores, se veían muy familiares entre sí. Charlaban, gesticulaban y señalaban cosas mientras permanecían envueltos en una conversación que no alcanzaba a escuchar desde mi posición.

Era... peculiar.

 

¿De qué podían hablar? ¿De sus experiencias? ¿Eran amigos? ¿Por qué estaban apartados? ¿No les resultaba sospechoso a las Garzas Doradas?

 

Una pregunta tras otra comenzó a formarse en mi mente, como burbujas que crecían y chocaban entre sí. Los vi colocarse las capuchas cuando cambió la canción y, en fila, se dirigieron hacia el Bosque de Iota.

 

Antes de que pudiera pensarlo dos veces, mis pies ya iban tras ellos, impulsados por una curiosidad que me quemaba en la nuca como una comezón imposible de rascar.

 

Me detuve en seco. ¿Qué estaba haciendo? No era asunto mío. Si realmente estuvieran planeando algo malo, las Garzas Doradas se encargarían de ellos. De eso no tenía ninguna duda.

Los ojos y los oídos de todo Realm.

 

Guardianes que nacían con el privilegio de conocer el pasado, el presente y hasta los posibles futuros de cada sector, pero también con la obligación de preservar algo tan frágil e intangible como la paz.

 

Recordé la primera vez que presencié una ejecución pública a manos de las Garzas Doradas.

Un hombre había robado todas las estrellas de su vecino solo porque podía y planeaba cuadruplicarlas en un juego de azar en el Mercado de Humo. Lo golpearon, le amputaron ambas manos y lo colgaron de un árbol, igual que a una res, durante tres días y cuatro noches.

No murió. Pero el castigo cumplió su cometido.


La imagen quedó grabada en mi memoria de niña de seis años y el mensaje fue imposible de olvidar.

Robar está mal. No lo hagas, porque esto también podría pasarte a ti.

 

Contra todo pronóstico, un chico de Épsilon me invitó a bailar. Era alto, moreno y fornido, justo como me gustaban, así que acepté sin pensarlo.

 

Amaba bailar y, en un día tan especial como aquel, pocas cosas podían hacerme más feliz. Desperté la envidia de mis amigas Erika, Kisha y Posie, y, para qué negarlo, se sintió bastante bien.

Sabía que solo sería un baile. Era amable y un poco torpe, pero parecía divertirse tanto como yo.

 

Las relaciones entre sectores estaban prohibidas, aunque eso no impidió que mi imaginación echara a volar.

¿Existirían tradiciones distintas en Épsilon? ¿Sería posible limar las asperezas entre sectores? ¿Cómo sería una propuesta de matrimonio? ¿Lloraría de la emoción?

 

Estaba segura de una cosa: si no recibía un hermoso ópalo, jamás sería completamente feliz.

 

Así como existían aves que entregaban piedras para conquistar a su pareja, en Omicrón la promesa de amor se hacía con un ópalo noble.

Una lágrima nacida del fulgor de un relámpago. Un prisma de infinitos arcoíris. Una piedra capaz de reflejar todo el amor que una persona podía sentir por otra.

Los había blancos y prístinos, así como negros salpicados de destellos multicolores. Y cuanto más intensa y viva fuera aquella refracción, mayor se creía que sería la dicha del matrimonio.

 

El de mis padres había sido un ejemplar único que mi padre consiguió por un precio altísimo durante una Feria Estacional: Un ópalo de fuego.

Según me contó mamá, su nombre le hacía plena justicia. Una piedra de intensos tonos rojizos nacida en aguas de origen volcánico; como si en su interior hubiera llamas detenidas en el tiempo, envueltas en misterio.

 

Jamás volví a ver una igual. Pero estaba convencida de que el amor de mis padres ardía con esa misma intensidad... Incluso cuando se extinguió demasiado pronto.

 

Y era exactamente ese amor el que yo soñaba con encontrar algún día.

 

*.~~~.*

 

Las tareas de la casa nunca terminaban; al contrario, parecían triplicarse.

Bear estaba cada vez más demandante con los deberes y las obligaciones, mirando el calendario con creciente nerviosismo. Mamá se volvía más silenciosa con cada nuevo amanecer.

 

Toda aquella normalidad comenzaba a hacerme sospechar que la Feria de Pastel, con su nube de diversión hasta el anochecer, bebidas dulces a raudales, música estridente y comida deliciosa, había sido solo un sueño. Caras alegres, hermandad y un chico caballeroso que cortó un mechón de mi cabello para recordarme. Todo parecía producto de una febril ensoñación adolescente.

Suspiré mientras contemplaba mi reflejo en el azulejo que acababa de trapear y sonreí.

 

Llevaba puesta mi peineta de jade, estrenaba la chaqueta nueva tras darle sepultura a la vieja y mi hacha de guerra aguardaba en el baúl, lista para acostumbrarse a mi agarre.

 

En mi inocencia, deseaba que aquellas fiestas fueran más frecuentes porque, al fin y al cabo, ¿Qué tanto daño podían hacerle a alguien?

Las cuchillas de Rye pasaron silbando a escasos centímetros de mi rostro y lancé un chillido indignado.

 

—¡¿Qué rayos?! ¡¿Estás demente?!

Observé con horror cómo un par de mechones de mi largo cabello caían al suelo.

 

—Si hubiera querido darte, estarías muerta. Debes mejorar tu sentido de alerta.

 

—No estamos entrenando— Alcé mi hacha mellada, ardiendo de furia, y la clavé en la pared, muy cerca de su cuello, a modo de amenaza.— Vuelve a hacer eso y te enfrentarás a mi ira.

—¡Ryan, Avah, no armas dentro de la casa! —dijo nuestra madre con calma, aunque sus manos 

temblaban por la escena—. Pídanse perdón. Ahora.

 

—Lo siento —dijo Rye.

 

—Perdón —respondí. Los dos sabíamos que no lo sentíamos ni un poco.

Bear vio a través de nosotros y estaba furioso.

 

 Nos dio un cabezazo "dos por uno" que me hizo ver estrellas. Tenía la cabeza tan dura que fue como si me hubiera golpeado una roca.

 

—Ahora reparen lo que rompieron. No quiero agujeros en mis paredes.

 

—Sí, Ephraim —respondimos al unísono, fulminándonos con la mirada.

 

*.~~~.*

 

Lento, pero seguro, llegó el día de la Siega.

El terrible día del juicio que hacía temblar a todos los jóvenes y llevaba a más de uno a pensar: Por favor, espíritus celestes, que este día termine de una santa vez.

 

Bear, Rye y yo estábamos sentados en la sala con el aliento contenido, mientras mamá permanecía en un rincón fingiendo leer uno de nuestros libros sobre plantas medicinales.

 

Estaba tan ansiosa como nosotros, quizá más, pero nadie decía una sola palabra. Solo eran miradas que se encontraban y se apartaban, comunicando mucho más de lo que cualquier frase habría podido expresar.

El reloj marcó las doce. Y no había pasado nada.

Una parte de mí quiso cantar victoria.

 

Era justo a esa hora cuando debía ocurrir todo, pero el mundo había permanecido en una quietud absoluta. Nadie llamó a la puerta. No se escuchó ningún sonido que delatara un movimiento fuera de lo normal.

 

Mi estómago no dejaba de retorcerse. Se contraía, se aflojaba y volvía a encogerse con tanta fuerza que llegué a pensar que terminaría vomitando.

Estaba a punto de soltar un suspiro cuando un sonido rompió el silencio. Cloud comenzó a cantar.

 

Bear tomó mi mano y, por primera vez en mucho tiempo, pude ver miedo en sus ojos.

Cloud. 

El gallo rebelde que jamás cantaba al amanecer para despertarnos y solo lo hacía cuando veía acercarse a alguien. Seguía cacareando, anunciando un mal presagio que comenzaba a sentirse como una pesadilla.

 

Entonces, un sobre rojo se deslizó por debajo de la puerta.

Sentí que el estómago se me desplomaba, como si acabara de arrojarse al vacío.

 

Era el sobre rojo.

El mismo que había llegado diez años atrás, cuando Ulysses fue seleccionado para aquella cosecha infernal.

 

Ahora volvía a descansar frente a nosotros, latiendo como un ave de mal agüero que entonaba los últimos versos de una canción desalmada.

Mi madre lanzó un grito desgarrador y cayó de rodillas, llorando con desesperación.

 

—Encárgate —dijo Bear, señalando el sobre con la cabeza mientras corría a sostener a mamá, cuyos sollozos me desgarraban el corazón.

 

No quería ser yo quien leyera aquella sentencia. Pero Rye no estaba mejor que yo.

 

Era una estatua de sal inmóvil sobre el sofá. No podía mover un solo músculo y su único ojo descubierto permanecía clavado en el sobre rojo.

Reuní el valor suficiente para recogerlo del suelo, convenciéndome de que solo era un pedazo de papel. No podía hacerme daño y, sin embargo, me quemaba entre los dedos.

 

Respiré hondo antes de abrirlo.

Retrocedí un paso al leer aquellas cinco líneas.

 

—No...— musité en un hilo de voz. No puede ser.

Me cubrí la boca para contener el grito.

Sentía que cada emoción luchaba por escapar de mi pecho mientras mi corazón golpeaba con tanta fuerza que parecía querer atravesarme las costillas.

 

Quería correr. Quería arrancarme el cabello. Quería gritar hasta quedarme sin voz.

Mis ojos recorrían una y otra vez aquellas palabras, pero mi mente se negaba a aceptarlas.

 

Era imposible.

Una y otra vez me repetía que era imposible.

Entonces... ¿Por qué estaban escritas en aquel maldito sobre rojo?

 

Siega #494

Ryan Odysseus Faraday — 17095740

Bernard Ephraim Faraday — 02055735

Avahni Begonia Faraday — 24035739

1 de junio. 700 H. 

La Pradera: Puerta de Avalón

 

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