El regreso a casa fue mucho más silencioso que la ida.
Bear siempre pareció tener todo bajo control. Con una mente organizada e impávida, forjada por nervios de acero. Una roca en la que siempre podíamos apoyarnos; básicamente el hermano estoico que encontraba las palabras adecuadas para que sus hermanitos dejaran de llorar.
En aquel instante no había palabras de aliento; sus labios permanecían mudos. Sus manos tenían un ligero temblor y me dolía aceptar que hasta él había sido afectado por la presencia de aquellas descomunales criaturas.
Al llegar a la verja de nuestro hogar sobre la colina Lochland, arrastramos los pies derrotados y nos quedamos allí parados, sin hacer nada.
El atardecer pintaba el cielo con sus colores de fuego moribundo y los grillos ansiosos entonaban su melodía nocturna. Cloud, posado sobre su gallinero, cacareó con fuerza como si apenas amaneciera y puse los ojos en blanco.
Con semejante alarma, ¿para qué se necesitaba un perro guardián?
—Bueno, eso fue... —dijo Bear en la entrada de la casa, poniendo las cosas claras sobre la mesa.
—Una mierda.
—¡Maldición, Ryan! ¡Lenguaje! —le di un zape en la cabeza—. Nada de blasfemias en la casa.
—Lo que dijo Avah, Ryan. Recuerda que mamá odia las groserías. Puedes decirlas afuera, en casa de la abuela, pero aquí no— Bear le lanzó una mirada reprobatoria y frunció las cejas, buscando las palabras correctas.
—No se habla de lo que pasó. De hecho, no pasó nada. Fin de la historia. No alimentaremos temores de forma arbitraria; la cotilla solo espera algo así para que todo se salga de control. Estamos a salvo, es lo que importa.
Los tres asentimos y pactamos en mutuo acuerdo. No agrandaríamos los rumores entre los vecinos, pero principalmente no hablaríamos del tema para no asustar a mamá.
Tras la súbita partida de Raccoon, nuestro hermano mayor, mamá no había vuelto a ser la misma. Su jovial personalidad, tan dulce y parlanchina, era ahora solo un triste recuerdo. Seguía ayudando al prójimo, alimentando a los pobres y curando a los enfermos, pero aquella chispa en sus grandes ojos negros era ahora una pálida sombra.
Para todos fue difícil, pero para ella el vaso de tragedias que podía soportar en vida había sobrepasado el límite y hasta la más mínima señal de peligro destrozaba sus frágiles nervios.
—Cuando crucemos el umbral, la normalidad regresará— Bear dio una profunda inhalación sujetando el pomo de la puerta con fuerza —Al abrir la puerta podremos seguir con nuestros deberes, los cuales son...
Hizo un ademán con la mano para que Rye contestara.
—Trapear y encerar de piso a techo.
—Limpiar y ayudar a mamá en el huerto —dije de mala gana—. No entiendo por qué tengo que sacudir si los cachivaches de Rye ya lo hicieron. Todo estará rechinando de limpio y solo estaría perdiendo el tiempo...
Ahora fue mi turno de recibir un zape en la cabeza que revolvió mis ideas.
—¡Auch! ¿Eso porque?
—Porque no confío en su tecnología, ¿ok? No hay nada como el trabajo manual y la satisfacción que da.
—A ti te gusta mucho el trabajo manual.
—Ryan, te juro que, si no te callas, tendrás que hacer uno de mis deberes— Fulminó a Rye nuevamente con la mirada.
Mi hermano menor bajó la mirada y su flequillo cubrió por completo su ojo izquierdo. Estaba afligido. Reparar las cosas tanto dentro como fuera de la casa era una tarea esclavista que nadie, excepto Bear, estaba ansioso por hacer.
—Bien, pongan buena cara y recuerden irse a la cama temprano. Mañana temprano regresamos a los ejercicios de rutina y no volveremos a la casa de la abuela hasta nuevo aviso—. Estuve a punto de reprochárselo, pero al notar mi intención me silenció. —No es por lo que acabamos de ver, Bee. Ya habíamos hablado de ello, ¿no lo recuerdas?
Asentí de mala gana.
—Faltan menos de tres meses para la Siega de este año, por si debo recordárselos. Solo setenta y ocho días, y quiero que los tres estemos en las mejores condiciones para lo que pueda suceder ese día. Con suerte no será nada, pero vale más estar preparados. ¿Estamos?
*.~~~.*
El entrenamiento espartano de Bear no tenía nada que envidiarles a las técnicas de entrenamiento que tenían en Sigma, o eso quería creer.
Correr cinco kilómetros en pendiente nada más despertar. Cargar costales de piedras mientras éramos perseguidos por perros salvajes. Nadar en las heladas aguas del lago Cibeles hasta que los dedos se me agarrotaban durante horas, solo para terminar trepando las inestables columnas de lava, tan engañosas y frágiles, que creí que moriría más de una vez.
No estaba diseñada para trepar como Rye, que parecía hacerlo con los ojos cerrados. Odiaba admitir la envidia que me daba lo grácil que era, pero era parte de la vida. Mi debilidad era su fortaleza, aunque estaba segura de que, en cuestiones de fuerza, ninguno de los dos podía ganarme. Mamá siempre decía: «Una de arroz por las que van de agua». Fuera lo que fuera que quisiera decir, siempre lograba reconfortarme.
Solo tras completar esas cuatro tareas podríamos ser merecedores del desayuno del mediodía.
Una semana de entrenamiento bastó para que me doliera todo el cuerpo; tanto, que mis brazos se negaban a hacer una lagartija más.
Soñaba con calentar un poco de agua para darme un buen baño relajante y desprenderme de aquella capa de piel curtida, polvorienta y maloliente. Podía cortar un poco de manzanilla y lavanda y quedarme ahí hasta que los dedos se me arrugaran como pasas.
—Avah, cariño. ¿Ya terminaron de entrenar por hoy? —preguntó mi madre sin volverse a verme.
Estaba concentrada podando sus nuevos esquejes y trasplantándolos a su nuevo hogar en aquellas pequeñas macetas blancas que ella misma confeccionaba.
Seguía sorprendiéndome la agudeza de sus sentidos; siempre acertaba quién estaba detrás de ella.
—¿Cómo sabes que soy yo? ¿Tienes ojos en la espalda? ¿O solo es magia que viene con la maternidad?
—Ninguna de las dos. Simplemente lo sé.
Mi madre sonrió como un botón de oro. Pequeñas arrugas se dibujaban en la comisura de sus labios y sus ojos me decían que había estado llorando, aunque no lo demostraba.
—¿Me trajiste algo de casa de tu abuela? Esta vez no me mostraste tus recolecciones.
Fue un dardo de culpa el que lanzó. Sospechaba la omisión de la verdad, pero no preguntaba directamente. Era muy lista indagando y sus ojos negros sondeaban los míos, tratando de empujar la verdad fuera de mis labios.
Nunca fui buena diciendo mentiras.
Era como si mi cerebro y mi lengua no se pusieran de acuerdo y esta última siempre traicionara lo que la mente trataba de ocultar. Pero, en este caso, no era como si estuviera mintiendo. ¿La omisión cuenta como una mentira? No estaba segura, pero era una brecha en la que podía refugiarme.
—¡Cierto! Déjate muestro.
Asentí mientras corría hacia mi mesita de trabajo de pino encerada, cortesía de Bear y de sus manos de artesano.
—Mira, te traje escaramujo.
Agité en el aire la bolsita de botones rojos y hojas verdes que comenzaban a secarse.
—¿De dónde proviene y para qué sirve? —preguntó con una ceja alzada, haciéndome un examen rápido.
—Fácil. Este escaramujo proviene de un rosal silvestre. Se usa como antiinflamatorio y cicatrizante; además, hace una mermelada riquísima.
Mi madre asintió complacida por mi respuesta y dio una profunda inhalación al aroma de los pequeños frutos rojizos, cerrando los ojos.
—También encontré cola de caballo, que contribuye a eliminar toxinas, y dedalera, la cual ejerce un efecto diurético y favorece la circulación sanguínea.— Sonreí orgullosa de mí misma.
—Chica lista. A ver, ¿Qué más trajiste?
Dijo mientras examinaba con detenimiento cada bolsa, como la profesional que era. Entrecerró los ojos, captando cada detalle importante para el reconocimiento.
—Hojas simples elípticas, inflorescencia en racimos, corola zigomorfa. Fruto jugoso anaranjado brillante. Es duranta y es altamente tóxica. Puede utilizarse como insecticida.
Recitó aquello como si lo leyera de un libro y traté de memorizarlo.
—Espero que hayas usado guantes.
—Sí que sí— Dije orgullosa, mostrándole mis guantes de jardinería, ya muy gastados, pero igual de útiles que el primer día.
—Bien. ¿Qué tenemos aquí? Tallos flexibles, ramas articuladas, hojas largas, oblongas y dentadas. Bayas subglobosas negras... Es una maravilla medicinal. No hay nada de ella que no se use. La savia de sus hojas sirve para el reumatismo y las afecciones respiratorias y digestivas. Como cataplasma ayuda a tratar inflamaciones. En infusión alivia la gripe. Incluso las flores, preparadas en decocción, se emplean como antiséptico para heridas y como un potente cicatrizante. Conocido como bejuco de agua.
—¿Este es el que usabas cuando nos enfermábamos de niños?
—Ustedes tres siempre fueron muy saludables, así que solo lo utilicé en contadas ocasiones—Dijo con una expresión triste.
—Con Ulysses fue diferente. Era un niño muy enfermizo, principalmente en invierno, y le sentaba muy bien el té; lo fortalecía, aunque hacía una expresión muy graciosa cuando lo tomaba...
Sonrió ante el recuerdo, pero fue solo una sonrisa fugaz que se desvaneció en un suspiro. Apreté su mano con cariño.
—Lo extraño.
—Yo también —respondió en voz baja, devolviéndome el apretón.
Sus rizos negros, atravesados por finos hilos de plata, le daban un aspecto aún más cansado y melancólico que me hizo sentir impotente al no poder ofrecerle un bálsamo para su pobre corazón.
—Muy buena colecta para nuestra colección, ¿no te parece?
Asentí emocionada ante el nuevo conocimiento. Con suerte podríamos terminar el quinto tomo de plantas medicinales y tóxicas antes del otoño.
—Ahora trae tus guantes y tus tijeras de podar, porque tenemos mucho que hacer para la Feria Estacional.
*.~~~.*
Me miré en el espejo y le dediqué una mirada de hastío a la chica sentada en la silla de mimbre deshilachado.
Era 21 de marzo por la mañana y todo me parecía emocionante, salvo mi insulso vestido blanco. «Tradicional», en palabras de mi madre, pero lo cierto era que estaba viejo, porque lo tenía desde que cumplí doce años. Solo era un trozo de tela blanca con forma de cono invertido, sin adornos, sin mangas y sin bordados. No favorecía en nada mi figura, haciendo que me viera más baja y regordeta.
—Al menos mis botas se ven bien. Ya agarraron forma y están suavecitas.
Fue un burdo intento de pensar en algo positivo que apenas hizo mella en mi expresión.
—Te ves preciosa, Avah —dijo mi madre, colocándome una diadema de margaritas y nubes sobre el cabello trenzado, justo como cuando era una niña.
Nada en mi apariencia daba indicio de que tuviera diecisiete años y no sabía si reír o llorar.
—Parezco un bidón de agua o una lámpara de aceite. Debería tener una etiqueta de «inflamable», por si acaso.
—Avah... —suplicó mi madre.
—Si fuera un vestido amarillo con rayas negras, harías honor a tu apodo, Bee —musitó Rye con un pan en la boca mientras pasaba por el pasillo.
—¡Imbécil! Si tu traje fuera más oscuro, serías una espiga con patas, Rye —grité malhumorada, sabiendo que era verdad.
Mamá me lanzó una mirada reprobatoria.
—Lo siento— Me disculpé alzándome de hombros. No porque lo sintiera, sino porque sabía lo mucho que le disgustaba que nos ofendiéramos.
Tomé una cinta de tela roja que mi abuela había tejido años atrás para las cortinas de mi cuarto y la até a mi cintura a modo de cinturón improvisado.
—Es todo... —dije, sabiendo que mi apariencia no mejoraría y que aquello era lo mejor que conseguiría—. ¿Nos vamos?
La emoción apenas disimulada se coló en mi voz. Había tanto que quería ver y tanto que quería canjear que mi espíritu amenazaba con salir flotando de mi cuerpo directo hasta el cielo.
Me fascinaban los trueques.
Era como una pelea mental entre dos personas que buscaban una negociación justa. Cada quien les daba el valor que consideraba justo al tiempo, al esfuerzo y a las complicaciones que había supuesto obtener aquellos bienes, pero eso no quería decir que la otra persona pudiera verlo de la misma manera.
Ahí estaba el meollo del asunto. Los trueques más difíciles solían durar largos minutos de tensión hasta que una de las partes cedía.
Recordé con cariño cómo mi padre era un excelente negociador, con buen ojo para la calidad y una mente hábil para leer a las personas.
—Podemos irnos de una vez.
Mi madre pellizcó mis mejillas para que se colorearan y me sonrió.
—Seguro Ephraim ya terminó de hacer la lista de lo que necesitamos. Ese niño debe darse un respiro de vez en cuando.
*.~~~.*
La Feria Estacional o Feria de Pi (π), situada justo en el equinoccio de primavera y llamada así en honor a la esfera en la que vivíamos, conformada por nueve sectores en un círculo perfecto.
Un nombre interesante que debió ocurrírsele a alguien ingenioso con amor por la geometría, pero que no pensó que vulgarmente sería conocida como Feria de Pay y degeneraría, para los burlones e infantes, como la Feria de Pastel.
Una enorme celebración donde una vez al año la barrera entre los 9 sectores desaparecía. Delta (Δδ), Gamma (Γγ), Tau (Ττ), Lambda (Λλ), Omicrón (Οο), Sigma (Σσς), Phi (Φφ), Iota (Ιι) y Épsilon (Εε) conviviendo como una gran comunidad, dándose la oportunidad de conocer las costumbres
Mientras Delta y Gamma eran sectores ganaderos, los productos cárnicos de Delta eran de primera y todos siempre buscaban ser los primeros en negociar las reses más hermosas y los pollos más gordos, que ponían muchos más huevos que ningún otro; cortes y embutidos que duraban durante todo el invierno y mantenían un exquisito sabor especiado sin añejarse.
Gamma, por su parte, ofrecía todo lo demás del ganado que supo aprovechar al máximo: el cuero para zapatos, chaquetas, guantes de trabajo, navajas de hueso pulido, cinturones resistentes y la grasa de uso casero, hasta para iluminar. Incluso perfeccionaron el uso de los huesos y restos en increíbles gelatinas y aspics que desafiaban la realidad.
Nadie superaba a Tau en la pesca y acuicultura al ser el sector con mayor dominio en el océano.
Mi hermano Rye incluso tenía una teoría de que sus habitantes desarrollaron branquias en algún punto de la evolución por todo el tiempo que podían permanecer sumergidos bajo el agua; era la única respuesta lógica, o eso decía.
Sigma era el sector minero por excelencia, con un exquisito trabajo con el metal, las piedras preciosas y el principal productor de piedra de alumbre para la higiene y las perlas de ópalo para las propuestas de matrimonio. Probablemente el sector más estricto de los nueve, con un régimen militar de punta lleno de campeones de la Siega.
Iota, el sector especialista forestal cuyos trabajos con la madera hacían ver la habilidad de Bear como la de un amateur sin dedos ni ojos, porque esas construcciones maestras desafiaban la física y eran tan perfectas que parecía que de un momento a otro cobrarían vida. Además, dicho sector cumplía la titánica labor de mantener los bosques tan verdes y vastos que el aire que respirábamos era tan puro como ninguno.
Tanto Phi como Épsilon no sobresalían en producción de materia prima específicamente; sin embargo, llevaban a otro nivel los productos textiles y armamentistas, respectivamente. Eran de la mayor calidad, y este último sector mantenía una relación simbiótica con Sigma, su sector aledaño.
Lambda compartía la afinidad en agricultura con Omicrón, pero era Lambda el que se especializaba en la producción de frutos, flores, semillas y todo lo derivado de ellos; en apicultura no tenían competencia. Mi sector tenía extensos campos de cultivos de verduras y hortalizas, así como plantas con una gran afinidad por la medicina.
Amaba Realm.
Una comunidad vasta de conocimiento y armonía, toda suspendida en una balanza perfectamente equilibrada y suspendida en el aire.
Caminé más de medio kilómetro hasta llegar a la base de la Pradera. Un cuadrado de metal impenetrable, con puertas gruesas que solo se abrían cada 1.º de junio. Ese lugar sombrío donde también, cada año, se llevaba a cabo la Siega.
Me dio escalofríos pensar cuántas vidas habían pasado por ahí sin tener la posibilidad de regresar a casa. Cuánto dolor y sufrimiento acarreaba cada año y lo afortunados que habíamos sido Bear, Rye y yo hasta ahora al no ser elegidos.
Fortuna que mi hermano Ulysses no tuvo...
—Pero si es Avah Faraday. Veo que estás lista para la feria. ¿Dejaste a tus hermanos atrás? —preguntó jocoso el viejo Lucas "el Solitario" Whitmore, que había sido nuestro vecino desde toda la vida.
Era alto, aunque algo encorvado, de cabello entrecano y buen tono muscular para su edad. Tenía marcas y cortes en la cara y los brazos, y el halo de misterio que lo envolvía desataba cuchicheos conspirativos. La gente —y Rye, por supuesto— decía que había sido una Garza Dorada hasta cumplir los cuarenta años y que por eso nunca se casó. Los chismes eran la miel de cada día, pero había que tomarlos con precaución si se quería conservar la dentadura.
Parpadeé dos veces, regresando a la realidad.
—Buen día, señor Whitmore. Así es —exclamé con una sonrisa, ajustando la enorme mochila que llevaba sobre los hombros—. Mis hermanos se quedaron rezagados. No pueden cargar un par de kilos sin fastidiarse y quedarse sin aire.
El hombre soltó una carcajada.
—Les falta músculo.
—Ya lo creo. Son unos bebés. De todos modos, quería adelantarme para ver si encontraba un buen lugar para que se quede mamá. No le gusta mucho moverse entre la gente.
—La buena Galena. Entonces debes apurarte, porque ya comienza a llegar la plebe y recuerda que se les da prioridad a los mayores— Me guiñó un ojo mostrándome una enorme barra de cacahuates garapiñados de color rojizo.
—¿Ya llegaron las damas de Lambda que traen confitería? ¡Qué envidia!— Se me hizo agua la boca y, viéndome babear, el señor Whitmore me invitó un trozo de praliné que devoré de un mordisco, como si no hubiera almorzado.
Manjar de dioses.
—Fueron las primeras en llegar. Me costó solo un esqueje de acitrón. Una ganga —dijo el viejo, como si hubiera hecho el trueque de su vida—. ¿Y el pequeño Oddy no va a traer ninguno de sus raros experimentos?
Reí nerviosa.
—No. Firmó un acuerdo con mamá y dos Garzas Doradas para no volver a poner en peligro la vida de los habitantes de Realm. Ya todo está en orden.
—Ese diablillo ha seguido trabajando de noche. Mis vacas no han sido las mismas después de tanto ajetreo.
Me estremecí, temiendo que la leche volviera a agriarse.
—Una disculpa. Lo reprenderé por usted. Usaré la fuerza, de ser necesario— Amenacé con el puño y el viejo rio de buena gana.
La música comenzó, al igual que el despliegue acrobático de agua de Tau.
Era una maravilla ver cómo danzaba y se elevaba haciendo uso del agua como espectáculo visual. La gente se aglomeró, apretujándome, y recordé lo que tenía que hacer.
—Nos vemos más tarde, señor. Disfrute de la feria.
—Pss, Avah —susurró en voz baja, deteniéndome—. ¿Me guardas un poco del tónico de ortiga de tu madre? Sabrá lo que le echa, pero el pelo me ha crecido como el de un mozuelo— Tiró de su cabello entrecano para demostrar lo fuerte que se había vuelto.
—Lo haré— Asentí divertida mientras atravesaba la muchedumbre en busca del lugar adecuado.
El señor Whitmore tenía razón: era temprano, pero ya había demasiada gente.
A juzgar por el estilo y el color de sus ropas, Lambda, con sus sencillos vestidos verde pálido, era el grupo más puntual. También Tau, con sus monos azul cielo y ese intenso aroma a mar, ya estaba instalado.
Las Garzas Doradas también estaban ahí, custodiando cada cuadrante con sus gafas oscuras, uniformes blancos con motivos dorados y guantes a juego. No podíamos tener un evento de tal magnitud sin su presencia.
Si bien éramos una comunidad tranquila, sí se habían presentado uno que otro altercado que solo podía ser detenido por ellos.
Era lógico.
Pon a un grupo de desconocidos en un mismo espacio y no tardarán en salir a flote las diferencias y los choques de ideales tratando de imponerse sobre los demás.
Tan distraída iba que choqué contra algo firme que me hizo tambalear hacia atrás. El peso de la mochila superaba al mío y, sin un punto de equilibrio, mi caída era inminente.
—Deberías mirar hacia delante y fijarte por dónde caminas —dijo una voz masculina, sosteniéndome del brazo.
Yo no llegué al suelo, pero mi cargamento sí, dejándome en una postura que, en otro momento, me habría parecido vergonzosa.
Su voz sonaba molesta y prepotente. Era un joven de piel y cabello pálidos. Vestía de negro, como todos los de Sigma, pero llevaba una bufanda celeste sobre los hombros, como si su porte no fuera suficiente para llamar la atención.
Su cuerpo era firme y sus ojos carecían de emoción: fríos como picos glaciales.
El chico evitó caer conmigo gracias a que clavó una lanza en el suelo para sostenerse.
Quise reprocharle algo, pero la coherencia murió en la punta de mi lengua cuando noté algo en el dorso de su mano. Allí, donde debería estar su número de nacimiento, tenía una gran X.
Es uno de los Ganadores Renegados..., pensé, conteniendo el aliento.
—¿Qué traes, piedras? —arqueó una ceja, incapaz de ocultar su fastidio—. Qué inútil... La estolidez de la gente no conoce límites.
Me puse de pie de un brinco, recogiendo mis cosas, hirviendo de cólera.
—¿Y a ti qué más te da? Si traigo rocas es mi maldito problema. No deberías ser tan grosero. Cuando se ayuda a alguien no se le señalan sus torpezas.
El chico bufó, exasperado, dando un paso adelante como si fuera a darme un puñetazo, pero una chica lo detuvo.
—Tranquilo, Diggs. No vayas a dar un espectáculo tan temprano. Las Garzas ya te echaron el ojo.
La voz de la chica sonaba divertida, como si estuviera viendo una obra de teatro. Su rostro era hermoso, como una figura de ébano perfectamente bruñida, incluso sonriendo de forma cínica.
—No molestes a los niños. —Chasqueó la lengua, dándome un vistazo de arriba abajo—. Lindo vestido.
Soltó una risilla mientras se llevaba al chico prácticamente a rastras.
¿Está siendo sarcástica? ¡Qué tipa!, pensé furiosa, con la cara roja como un tomate.
—¿Qué rayos haces ahí, Bee? Llevamos horas buscándote —Bear me dio una palmada en el hombro.
—Yo... me encontré con unos cretinos, es todo... ya voy— Dije aquello con unas ganas inmensas de lanzarles mi mal humor como si fuera una pelota explosiva. No me importaba si eran campeones o no; la primera impresión había sido suficiente.
No me agradaban.
*.~~~.*
Nuestra mesa estaba puesta armoniosamente, adornada por mi madre con un mantel tejido de hermosos botones de violetas y rosas encarnadas sobre un fondo blanco que las hacía resaltar.
—Vuélvelo a repetir. ¿Acabas de conocer, literalmente, a dos campeones renegados? —preguntó Bear sin salir de su ensimismamiento.
Tuve que darle un empujón para que cerrara la mandíbula y suspiré antes de darle una mordida a mi falafel, preparado por manos Delta.
La carne era inexplicablemente deliciosa y adictiva; no me arrepentía de haberla obtenido a cambio de una botella de antiséptico de bejuco de agua y una tintura de mirra con propiedades antifúngicas.
—¡Sí! Y no son nada de lo que imaginé. Dices "campeones renegados" y suenan a forajidos caballerosos con un alto sentido de la justicia, pero en desacato a las reglas diseñadas por meros mortales. ¡Qué timo! —chillé, cruzándome de brazos.
Mamá estaba en el puesto vecino con un grupo de señoras que charlaban divertidas. Me pregunté si su conversación sería más vigorizante que la que estaba teniendo.
—Sueños infantiles. Baja los pies de la mesa, Avah—De mala gana obedecí. —Y deberías tenerles consideración. No la han tenido fácil esos chicos.
—Hablas como si les tuvieras lástima— La voz seca de Rye lo interrumpió. Su mano hábil robó dos bolitas de falafel de mi plato y le lancé un guantazo que evitó con una graciosa pirueta.
—¿Y tú no? Vamos... ¿Tienen idea de lo que significa el día de la Siega? La ofrenda de la Pradera que se entrega a los Traspasores para que dejen al resto vivir una vida tranquila. Muchos de los que entraron eran solo niños y nunca más regresaron a casa, como... Raccoon...
Los tres bajamos la mirada con evidente aflicción. Sí lo sabía.
"El día de la siega", como lo llamaba mi padre cuando nos explicó por qué nuestro hermano mayor, Ulysses, tenía que irse.
Un día especial que se llevaba a cabo cada 1.º de junio. El día en conmemoración de los conquistadores de mundos y de su clemencia hacia la moribunda humanidad al borde de la extinción.
Exigían sangre y con sangre debía pagarse su ayuda. Pero eran clementes.
Solo pedían tres participantes de cada sector, dando un total de veintisiete jóvenes de entre doce y veintiún años. Veintisiete vidas apenas comenzando, segadas injustamente antes de madurar...
A mí me gustaba llamarlo el Juego de las Almas, porque era lo único que tenía sentido para mí. Un juego retorcido donde jóvenes previamente escogidos por la especie dominante eran encerrados en un espacio hostil y obligados a enfrentarse entre sí como gladiadores hasta que solo uno quedara en pie.
Las trampas mortales abundaban tanto en el suelo como en el aire y, por si las condiciones laberínticas del entorno no fueran suficientes, también había un límite de tiempo.
Tres entradas. Una salida. Y esta permanecía abierta durante toda una semana.
A veces había un ganador. En ocasiones, incluso dos. Sin embargo, también existían años en los que no salía ninguno.
Mi hermano Ulysses, con sus pronunciadas ojeras y su eterno buen humor; su rebelde cabello azabache y aquellos ojos azul aguamarina que los tres heredamos de nuestro padre; quien nos enseñó todo lo que sabía y era el mejor de nosotros... no consiguió sobrevivir.
—Los ganadores deberían tener una buena vida —dijo Rye sin la menor emoción en la voz.
—La tienen. Las Garzas les llevan manjares y cuanto pidan a sus mansiones. Jamás vuelven a trabajar porque casi todo está al alcance de su mano. Pero... ¿a qué costo?
Bear también miró hacia mamá, que reía como hacía años no lo hacía.
—No he conocido muchos campeones, pero los tres que aún viven en Omicrón —Jebediah Spink, Oma Whittaker y mi antiguo amigo Rob Lewis— nunca volvieron a ser los mismos después de ese día.
Sin añadir una sola palabra más, Rye inclinó ligeramente la cabeza a modo de agradecimiento por la comida y se marchó sin hacer ruido.
Dejando el falafel a medio terminar, Bear y yo permanecimos en silencio durante un rato. Se me había quitado el apetito.
—Lo que nunca entenderé es por qué les llaman "renegados" si, al final de cuentas, completaron su parte y salieron de la Pradera por sus propios medios —dije sin mirar a nada en concreto, sintiendo de repente los ánimos por los suelos.
Aun después de diez años, la ausencia de Raccoon seguía doliendo como si no hubiera pasado un solo día.
—Ellos sí saben por qué. Me refiero a los Traspasores. Los números de Jeb, Oma y Rob tienen una pequeña estrella cubriendo el número, haciendo referencia a nuestra moneda de cambio. Los de Tau tienen conchas y los de Lambda, tréboles. Sin embargo, los campeones renegados solo llevan una X rojiza tallada sobre la piel, como la marca de una falta.
Guardó silencio un instante antes de continuar.
—Me hace pensar que, tal vez, durante su estancia en la Pradera... hicieron algo atroz.
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