La delicada luz de la lámpara de aceite temblaba con cada corriente que producía mi estado inquieto.
Mordía el costado de mi uña sin llegar a ningún lado en la minúscula cocina que, ahora, en la adversidad, me resultaba desconocida y fría como una jaula. Por encima del turbulento latido en mis oídos escuché el pitido del tren de juguete y cómo se detenía en la estación de riego para rociar las suculentas de la ventana del norte.
—Qué mierda... —espetó Rye, sentándose en la barra desayunadora mientras jugueteaba con uno de sus cuchillos. Los lanzó contra su improvisada diana y todos cayeron en el mismo sitio con maestría.
Ninguno dijo nada en aquella cálida noche, la última que tendríamos como familia y, probablemente, en el seno de nuestro hogar.
—¿No hay reclamos por los improperios?
—Hoy no, Ryan... Es cierto. Es una gran mierda. —Una risa amarga brotó de la garganta de Bear—. Yo pensé que... bueno, lo lógico era que, de ser escogido algún Faraday, sería yo. ¡Soy el mayor, por todos los cielos! Me correspondía a mí. Menudo timo...
—¡Pero es que no es justo! —Golpeé la mesa con ambos puños, haciendo que se partiera bajo mi fuerza.
Jadeé alterada.
—¡Es una soberana estupidez! ¿Por qué nosotros? ¡Hay tantas familias, tantos chicos de doce a veintiún años! Sé que no estoy siendo justa, pero... ¿por qué? ¡De todo Omicrón tuvimos que ser los tres! ¡¿No fue suficiente con perder a Raccoon?!
—Baja la voz, Bee. Cálmate —pidió Ryan.
—¡No te atrevas a decirme que me calme porque no me voy a calmar! ¡Hay familias que jamás tienen que pasar por esto, más que el susto y las ascuas por no saber si serán elegidas, pero no pasa de ahí! ¡Es la segunda vez! ¡¿Por qué?!
—Despertarás a mamá —replicó, incapaz de encontrar algo que pudiera calmarme. Él también lo pensaba, pero jamás lo diría en voz alta.
—No lo hará. —Bear se frotó con fuerza la frente hasta dejarse una marca—. Le di un té de valeriana con semillas de amapola...
—¿Estás demente? ¿Quieres matar a mamá?
—¡No! Yo solo quería que... durmiera. Que tuviera un sueño profundo, eso es todo. Que durmiera hasta que nos hayamos ido. Estaba llorando tan desesperadamente que no pude decirle que nos iríamos los tres...
—Es lo mejor. —La frialdad de Rye erizó los vellos de mi nuca.
—¿No será más doloroso? Una vez que despierte y no nos encuentre...
—Hablaremos con los vecinos para que la apoyen en nuestra ausencia. Ryan no será santo de su devoción, ni mucho menos el demonio del hacha, pero mamá es muy querida y papá también lo fue.
En otro momento habría protestado por ese horrible mote sobre mi cabeza, pero tenía razón.
Si podía decirse que alguien era la persona más querida por sus obras de caridad, por el cuidado al prójimo; la estrella de Omicrón, si es que podía utilizarse ese término, esa era Galena Faraday, nuestra madre.
Me dolía dejarla, pero más dolía no poder despedirme de ella, refugiarme en sus brazos y escuchar, con un suave beso en mi frente:
—Todo estará bien.
Escuché un ligero maullido seguido de una esponjosa sensación en mi tobillo y miré al suelo. Flea había regresado y demandaba atención enroscando su cola moteada alrededor de mi pierna. Lo levanté y lo abracé como si su pequeño cuerpo pudiera traerme un poco de tranquilidad para esa noche en vela. Maulló molesto.
—Uno de nosotros debe regresar —dije con voz firme.
—Avah... —Bear me miró sin muchas esperanzas.
—Sé seria y no hables fantasías. Hemos entrenado, pero no somos tan buenos. La Pradera nos pulverizará.
—¡No me importa! ¡Al menos uno de nosotros sobrevivirá!
—¡ULYSSES NO PUDO! —Los ojos de Rye ardían con un llanto contenido y mordió el interior de su mejilla para no quebrarse.
—¡Tenemos que intentarlo! Por mamá... No quiero que se quede sola... —Las lágrimas brotaron a raudales y caí de rodillas abrazando a Flea, que no entendía por qué lloraba.
Papá, Ulysses, la abuela, Imari... Ya no más. El destino no podía ser tan cruel con una buena mujer que daba todo por los demás.
Los fuertes brazos de Bear me rodearon y Rye lo imitó.
—Nos protegeremos entre nosotros —dijo Bear al fin—. Tenemos algo que Ulysses no tuvo, y eso es la fortaleza de hermanos. Si estamos juntos será más... práctico. —Fue evidente que se mordió la lengua antes de decir "fácil" y terminó cruzándose de brazos.
Comenzó a pensar y una pequeña chispa de esperanza se encendió en mi pecho.
Si alguien podía idear una estrategia, era mi hermano. Casi podía imaginar los pequeños engranajes de su mente girando y encajando unos con otros a toda velocidad.
—¿Tienes un plan, Bear?
Acarició mi mejilla y sonrió con renovada confianza.
—Por supuesto que sí.
*.~~~.*
El sueño me eludió esa noche y decidí dar un recorrido por la casa donde nací. Antes del amanecer debía disfrutar de lo inamovible, de todo aquello que una vez conocí.
Tantas memorias encerradas entre aquellas cuatro paredes de piedra caliza, de tiempos humildes y austeros, pero, sin duda alguna, felices.
Papá cantando como un zorzal por toda la casa; Ulysses jugando al caballito con Ryan cuando apenas podía hablar; mamá cocinando una de sus aromáticas y deliciosas tartas de grosellas con mermelada de escaramujo; Bear haciendo juguetes de madera con sus manos inexpertas, y la abuela leyéndome Alicia en el País de las Maravillas por millonésima vez. Una historia que ya me sabía de memoria y recitaba en voz baja al mismo tiempo que ella.
Tiempos que no volverían, pero que quedarían guardados y preservados como una huella indeleble, incluso cuando ya no estuviéramos sobre esta tierra.
Limpié el gallinero, acaricié la cresta mocha de Cloud, mi gallo vigilante, y me senté sobre el tejado a esperar la llegada de la mañana. Flea se ovilló a mi lado, pegando su cuerpecito al mío en busca de calor. Presentía la desgracia y me acompañaba en el momento más difícil de mi vida.
—Buen chico —le dije, acariciando su pelaje moteado.
—Tu familia debió de ofender profundamente a los Traspasores. Nunca supe de un caso en el que una familia entera fuera arrastrada a la Pradera.
Una voz hizo que me incorporara de golpe y bajara de un salto del tejado. Oteé a mi alrededor en busca del origen de aquella voz, que volvió a hablar.
—Qué interesante...
—¿Quién eres? —pregunté al muchacho mientras levantaba mi hacha, que reposaba sobre el tronco marchito de lo que antes había sido un arce.
—¿Me estás amenazando? Tienes agallas, lo reconozco. Pero eres tonta por no esperar a ver a tu adversario antes de analizarlo.
Algo pasó silbando a escasos centímetros de mi rostro y caí al suelo sin soltar el hacha.
—¿Eso es un arpón? —me pregunté, incrédula, al observar de cerca aquella punta de doble filo que sobresalía y emitía un tenue brillo en la oscuridad. Tenía un asta larga y delgada, además de lo que parecía una cuerda atada al otro extremo, aunque no estaba segura.
—Rayos, fallé... —dijo aquella voz burlona mientras se acercaba a la luz, permitiéndome verlo con claridad.
Su cabello rojizo apuntaba en todas direcciones, como si estuviera formado por un montón de hojas de maple, y sus ropas azules, verdes y amarillas resultaban demasiado extrañas y discordantes. Sin embargo, lo que más impactaba era la larga cicatriz que corría desde la frente hasta el pómulo derecho, enmarcando sus desiguales ojos verdes.
Lo recorrí con la mirada, negándome a seguir observando su rostro, hasta que reparé en el número 29083738 grabado en su cintura, cruzado por una enorme X encarnada.
"Uno de los campeones renegados", sonó una voz en mi cabeza. "¿Cómo dijo Rye que se llamaba? ¿Braxton?" traté de recordar.
—¿Eres de Tau? —pregunté al fijarme en el arpón. Era lo único que tenía claro sobre él—. Pensé que no era posible estar en otro sector después de la Feria Estacional.
Oculté el temblor de mi voz.
—Ser yo tiene sus ventajas. No todos los campeones lo hacen, pero, si quisieran, podrían. —Me mostró los dientes y sus caninos me parecieron más afilados de lo normal.
—¿Qué haces aquí?
—Si esto fuera la arena, ya estarías muerta. —Rio con burla—. Te daré un consejo, preciosa. No te prepares para nada y mantente lista para cualquier cosa. La Pradera cambia y se mueve como un organismo viviente, y lo que te muestra no es lo que parece. Ni los más fuertes ni los más hábiles sobreviven, sino los más creativos.
Chasqueó la lengua mientras tiraba de la cuerda para recuperar el arpón y lo hizo girar con absoluta naturalidad.
—¿Por qué me das este consejo?
—Solo recuerda estas palabras: Tír na nÓg. Jamás las olvides mientras estés ahí dentro.
Ignoró mi pregunta y emprendió el camino de regreso al bosque del que había salido.
—Si sobrevives, espero que volvamos a encontrarnos. No tengo ningún amigo de Omicrón.
*.~~~.*
Dicha aparición me dejó pensando durante largo rato.
—Tír na nÓg... —repetí en voz alta, dibujando círculos en la tierra con el filo de mi hacha.
Según los escasos cuentos, fábulas y leyendas del Viejo Mundo que mi abuela me contaba cuando era niña, Tír na nÓg era la Tierra de la Juventud; básicamente, una isla donde el tiempo era relativo e incluso podía detenerse.
Allí no existían las enfermedades ni la muerte. Un lugar mágico más allá del oeste, al que solo se podía llegar tras una larga travesía.
—¿A qué se refiere? —me devané los sesos sin encontrar respuesta.
Me quedé pasmada cuando el muchacho fue engullido por la oscuridad del bosque, pero era pedirles demasiado a mis agarrotadas neuronas, que se negaban a procesar nueva información.
El velo de la noche se desvaneció con lentitud, dando paso a un día claro y limpio, sin una sola nube que ocultara el homogéneo azul del cielo, extendido de horizonte a horizonte hasta perderse tras las montañas.
Trencé mi largo cabello como todos los días y lamenté no tener todavía el obsequio de Rye. Nosotros pudimos celebrar nuestros cumpleaños, incluso el de mamá, pero él no.
—De nada sirve seguir lloriqueando —me dije con tristeza, secando una lágrima que resbaló por mi mejilla mientras acomodaba la peineta para darme valor.
No tenía idea de qué nos depararía el destino, ni siquiera sabía si me permitirían conservar algo de lo que llevara a la Pradera. Pero, si había algo de lo que estaba segura, era de una cosa: haría todo cuanto estuviera en mi poder por proteger a mis hermanos y, de ser necesario, ofrecería mi vida a cambio de la de ellos.
Cada uno de nosotros se despidió besando la frente de mamá, quien dormía sumida en un profundo y apacible sueño. Sus ojos aún estaban hinchados por las lágrimas derramadas, pero nos mantuvimos fuertes por ella.
Tras hablar con el señor Whitmore, la señora Grant, Susy Mae y Geoffrey Meline, los padres de Tina, descendimos de la colina Lochland sin saber siquiera si volveríamos a ver aquella sencilla, pero tan preciada, parcela verde repleta de flores silvestres y la modesta casa de piedra caliza donde habíamos crecido.
—¿Crees que nos dejen entrar con nuestras armas? —preguntó Rye, dándole un mordisco a una manzana.
—No lo sé. El sobre rojo fue muy... escaso en cuanto a indicaciones. Es mejor llevarlas que ir desarmados.
—¿Podremos entrar con nuestras mochilas? ¿Cómo sabremos cuál es la Puerta de Avalón? ¿Los Traspasores estarán ahí? ¿Las garzas nos llevarán a rastras si no nos presentamos? ¿Y qué tal si nos separan?
—Bee, por favor... no lo sé. No sé más que ustedes. Por si debo recordártelo, también es mi primera vez. Cuando le tocó a Ulysses, papá fue el único que lo acompañó hasta medio camino y eso fue todo. A mí solo me dijo que me dejaba a cargo y que cuidara de ustedes. He intentado hacerlo durante diez años y espero seguir haciéndolo.
—Lo sabremos cuando lleguemos —sentenció Rye, consciente de que era inútil seguir haciéndose preguntas.
—¡Ah!, y sobre la puerta, eso es fácil. Es la que queda justo en línea recta. Lo sé porque eso fue lo único que me dijo Rob cuando regresó; de hecho, fue lo único que llegó a contarme sobre la Siega. —Guardó silencio durante unos minutos.
—Nunca pude preguntarle nada más porque, con solo intentar recordar lo que vivió, se pone a gritar como un loco y se cubre los oídos... No fue fácil para él.
—Pero regresó. Eso quiere decir que no es del todo imposible que nosotros también regresemos. —Contuve el aliento.
—No te ilu... —comenzó Rye, pero Bear lo interrumpió.
—No hay que perder la esperanza. —Me dedicó una sonrisa distraída antes de seguir caminando.
—¿Te despediste de Tina?
—Sí, si tanto te interesan mis asuntos. —Pude ver cómo sus mejillas se sonrojaban.
—¿Le diste una perla de ópalo como promesa? —preguntó Rye, avanzando con las manos mientras hacía el pino.
—Camina sobre tus pies, Ryan. Vas a necesitar las manos intactas, te lo aseguro. Y no, no le di una perla. Gasté todo lo que tenía en las armas; no me alcanzó para nada más.
—¿Entonces sí lo pensaste?
—Basta, Avah. Si algo he aprendido es a no hacer promesas que no puedas cumplir. Jamás des esperanza cuando no estás seguro de poder cumplirla.
*.~~~.*
Tal y como lo dijo Rob, el amigo de Bear, nuestro destino estaba justo en línea recta.
—¡Eh! realmente se llama Avalón. Jamás me había fijado —dijo Rye, colocándose uno de sus cuchillos sobre la oreja mientras repasaba con la mano la inscripción de la puerta, ahora abierta—. «La isla de los manzanos». Qué original para el sector agrícola.
—¿A qué te refieres? A mí me parece un nombre adecuado.
—Se llama sarcasmo, Avahni. ¿Te lo presento?
—Vuelve a llamarme así y te cortaré la lengua, Odysseus.
—Dejen de pelear, ustedes dos. —Bear nos tomó por los hombros a ambos y chocó nuestras cabezas entre sí, haciéndonos chillar—. Que sea la última vez que se comportan como críos. ¡Maldición, esto es serio!
Un total de ocho garzas doradas nos rodeó y el brío que me dominaba se transformó en miedo.
Nos soltamos y nos pusimos firmes frente a los impávidos hombres de traje blanco. Nunca había estado tan cerca de ellos. Eran imponentes e insondables detrás de aquellas gafas oscuras que les daban la apariencia de no tener ojos.
Otros seis chicos, tan perdidos como nosotros, también estaban siendo inspeccionados mientras les hacían preguntas.
—Dejen sus cosas en el suelo, ¿está bien? Despréndanse de su ropa y quédense únicamente con la ropa interior, ¿está bien? —dijo una voz femenina dirigiéndose a nosotros.
Era apenas un poco más baja y menuda que los hombres que la acompañaban, pero poseía la misma presencia intimidante. Lo peor era que seguía sin poder verle los ojos detrás de aquellas gafas oscuras; ni el más mínimo rastro de humanidad.
—Pasaré un escáner por sus números, ¿está bien? Todo tiene que estar en orden y no queremos contratiempos, ¿está bien?
—¿Por qué repite "¿está bien?" en cada frase? ¿Tiene un tornillo suelto? —musitó Rye por lo bajo mientras se quitaba la chamarra.
Una luz azul recorrió el número grabado en su piel y emitió un pitido. La garza hizo lo mismo con Bear y conmigo.
Moría de vergüenza al quitarme la ropa frente a aquellos monigotes sin expresión. Si algo me consolaba, era que no era la única chica que se quedaba solo con la ropa interior.
Inspeccionaron mis brazos y mis pies, golpearon mis piernas, iluminaron mis ojos y, por último, revisaron mis dientes.
Entonces noté una enorme piedra negra y lisa que antes no estaba allí. Al menos, no durante la Feria de Pastel. Con cada pitido, aparecían sobre su superficie nuestros nombres, sector, edad y una fotografía de nuestros rostros.
Héctor Reyes, Rua Tillman y Gregstan Volt, de Lambda.
Hestia Lime, Wilbert Cook y Dosha Oslo, de Sigma.
Ninguno superaba los dieciocho años, pero la diferencia física entre unos y otros era brutal.
Mientras los chicos de Lambda lucían temerosos y con el alma en vilo, los de Sigma transmitían justo lo contrario: seguridad, fuerza y orgullo.
¿Estaban orgullosos de dirigirse a una matanza?
¿O lo estaban por lo que podrían obtener si sobrevivían?
Cualquiera de las dos posibilidades me repelía y no pude seguir mirándolos.
—Confirmo. Ryan Faraday, de Omicrón, número de nacimiento 17095740; quince años. Bernard Faraday, de Omicrón, número de nacimiento 02055735; veintiún años. Avahni Faraday, de Omicrón, número de nacimiento 24035739; diecisiete años. No fue doloroso, ¿está bien?
El estruendo de unos tambores rompió el aire como un trueno y todos nos estremecimos cuando la garza más imponente de todas habló con voz grave y severa.
—Bienvenidos a la Siega de este año. Ustedes han sido los seleccionados para formar parte de esta gloriosa tradición anual. Una ofrenda limpia y sana para nuestros benefactores y ancestrales salvadores, quienes nos permiten simplemente existir. ¡SALVE A LOS FOMORIANOS!
Todas las garzas elevaron el brazo al unísono en un saludo solemne que me erizó la piel por la devoción que transmitían.
—Con orgullo portarán los trajes que les brindaremos y con respeto avanzarán.
La ropa que nos entregaron era mucho más ligera que la nuestra y llevaba una gruesa franja blanca en el costado izquierdo con el símbolo de Omicrón: Οο.
—Sean dignos representantes de Realm. Lleven la frente en alto y los corazones abiertos. Dejen fluir la sangre con dignidad.
—¿Acaba de decir lo que creo que dijo? —pregunté en un murmullo, sintiendo mi respiración cada vez más errática.
—"Sangre piden y por sangre dan", ¿recuerdas? En eso consiste la Pradera. —Rye estrechó mi mano y me dio un fuerte apretón. Tenía miedo.
—Siendo las 700 horas, la Pradera abre sus puertas para la Siega número 494. Que la mano del destino conduzca a los campeones hacia la Tierra de la Juventud.