Parte I
El juego de Almas
A ese recuerdo del ayer que ya no volverá y que resuena en el futuro sin tener respuesta...
Capítulo 1
El Mercado de Humo
Un leve sonido fue lo que me despertó aquel día, ahora olvidado.
Era el viento del oeste agitando la cortina contra el alfeizar: pausado, pero constante; una queda alarma replicante que despejaría el sueño más profundo de cualquier soñador.
El cielo matutino aún estaba oscuro, con lóbregas nubes tan densas que cada rayo de sol moría antes de tocar el suelo, y solo se escuchaba un triste mirlo trinar a lo lejos.
Podía apostar que mi viejo gallo Cloud aún dormitaba en su gallinero, ignorante de sus tareas matutinas y, por ende, de lo importante que ese día era para mí.
Estiré mis brazos hacia el cielo y luego hacia el suelo, soltando un quejido por la mala postura al dormir. Con manos inquietas y los ojos a medio abrir, busqué a tientas mis botas de trabajo desparramadas debajo de la cama desde la noche anterior.
El cuero nuevo, apenas estrenado, estaba grueso y tan rígido como una daga que, sin la protección adecuada, llagaría nuevamente mi tendón de Aquiles. El recuerdo me hizo estremecer y escogí las medias más gruesas para amortiguar el roce. Echaba de menos mis antiguas botas de piel de carnero, tan suaves y adaptadas a la forma de mis robustos pies, aquellas que mi madre desechó como peso muerto e inservible solo porque estaban algo desgastadas.
—Las madres pueden exagerar a veces...
Miré por la ventana que daba de cara al huerto de flores y hortalizas. Mi pequeña parcela crecía con timidez y me daban los buenos días los aromáticos arbustos de fresa, zarzamora silvestre y los brotes aún verdes de las begonias que planté la temporada pasada. Esperaba que crecieran sanos y fuertes y que no sintieran la envidia de las demás parcelas, plantadas perfectamente por mi madre.
Con un suspiro observé las colinas cenicientas, de amorfas y anormales curvaturas, que parecían haber sido talladas por manos humanas. Presagiaba un día helado y suspiré apesadumbrada; la única chamarra en mi posesión tenía que dar más de sí por esa temporada y el remiendo de esos pequeños agujeros podía esperar.
Mi ropa de trabajo estaba fría por la mañana y me estremecí un poco bajo su contacto.
—Odio el frío... —gimoteé en voz baja, abrazándome a mí misma.
Ya no faltaba tanto para la llegada de la primavera, pero la baja temperatura de aquel invierno perpetuo parecía haber llegado para quedarse, sacando a relucir mi mal humor.
Acaricié los números impresos en mi pecho de forma inconsciente; un ademán que estaba segura de que todos hacían hacia esa tinta impresa bajo la piel.
24035739.
Un número único con el que nacemos y que nos acompaña hasta el día de nuestra despedida. ¿Números al azar? Probablemente. Nunca les di importancia porque era algo tan común y mío como las pecas de mi cara.
Peiné en una práctica trenza el esponjoso cabello cobrizo y sonreí orgullosa al espejo al notar que ya llegaba hasta mis rodillas. Después de cuatro largos años de espera, cuidándolo como mi mayor tesoro terrenal, ya era bastante largo para poder venderlo y estaba segura de que sería lo suficientemente valioso para conseguir unas buenas estrellas en otoño; justo para el cumpleaños de mi querido Ryan, mejor conocido por todos los vecinos como «Odd».
Tal como su apodo suena, mi hermano pequeño era un tanto peculiar (y eso era quedarse corto). Sigiloso como una sombra, oculto a plena vista y tan silencioso que, en esas ocasiones en que rompía su mutismo, era para hablar con el filo de una navaja. Un ave nocturna sumergida en su propio mundo, extravagante e indolente ante las normas sociales; solamente impresionable con los cacharros del mercado que, con su ingenio, conseguía transformarlos en algo increíble.
«Odd» para los demás, pero para mí, siempre sería mi pequeño y extraño Rye.
*.~~~.*
En la silenciosa morada, como todas las mañanas, era imposible disimular mis zarrapastrosas pisadas, incluso sin apresurarme por las escaleras de madera.
—Así que tú también te despertaste antes que Cloud, ¿huh? Gallo inútil —musitó la voz de Bear, proveniente de la cocina.
—Las chinches de mi cama no me dejaron dormir ni un segundo más —dije burlona.
Mi hermano bufó desganado; ni una sonrisa pudo mostrar ante mi insípido chiste. Al parecer, todos se creen críticos de comedia, me dije, aceptando la taza de avena caliente que depositó en mis manos.
—¿Y tú?
La avena no olía mal, pero estaba espesa, sobrecocida y tan asquerosamente desabrida que, tras hacer una mueca y sin darle oportunidad al sabor para no provocar el reflejo de las arcadas, la acabé de un sorbo. Quemé mi lengua y parte del trayecto de mi garganta, dejando escapar un quejido que disfracé de tos rasposa.
—Tengo pendientes y el techo no se va a cambiar solo —gorjeó con su acento cantarín, recargando todo su peso sobre la encimera, y enseguida lavó su taza con ceremonia.
—La chimenea es un asco y las canaletas están llenas de hojas del sauce, sería una mala pasada si se congelan... Tengo que reparar las tablas rechinantes de la escalera. Además, prometí a Patt Pickles que le ayudaría con sus vacas.
El buen Ephraim, «Bear» de cariño. Quién con su imponente tamaño y amplias espaldas, era un saco de azúcar; todo un osito mielero. Mi hermano, solo cuatro años mayor, era el hombre de la casa con todas las letras: confiable, lleno de energía y trabajador empedernido, siempre en contra de laborar con el estómago vacío.
Contrario a su disposición hogareña, era nefasto en los menesteres de la cocina, así que la avena era lo único que le salía... a medias.
Daba igual; dentro de lo que cabe, siempre se apreciaba algo calientito en los meses más fríos del año.
El tren de juguete programado por Rye, pitó al llegar a la estación de cubos de azúcar. Era una maravilla hecha con piezas dispares de artilugios desmantelados.
Siempre me pareció imposible que, con sus rudimentarias herramientas, pudiera hacer que se moviera, pero me equivoqué. El circuito estaba finamente diseñado, recorría toda la casa desde hacía años y realizaba múltiples tareas que mi hermano menor se rehusaba a hacer.
¿Para qué hacerlo a mano si tiene tecnología, huh?
—Deberías dormir otro poco, reponer fuerzas. Mañana será un día ajetreado.
Asentí.
Sabía de antemano lo que sucedería al día siguiente, pero eso no quería decir que estuviera de acuerdo con volverme a dormir en mis laureles.
El mañana siempre parecía ante mis ojos algo misterioso y tan lejano que me distraía del delicioso presente.
—Al igual que tú, tengo pendientes —volví a estirarme para despertar hasta el último músculo adormilado—, y es mejor así. Soy una persona diurna que prefiere terminar temprano y estar en la cama cuando aparece la luna.
—Y dormir como un cadáver —dijo con un tono burlón, comenzando a lavar las tazas.
—¡Oye!
—Ni lo niegues, Bee. Podría volver a caer el apocalipsis y ni eso te despertaría.
—Se llama sueño de belleza, para tu información.
—Puedes decirle como quieras, pero no veo que haya una mejoría.
Ofendida, le asesté un golpe en el hombro. Sabía lo sensible que era por las pecas obscurecidas por el sol, y aun así osaba burlarse de mis defectos.
—Así que has elegido el camino de la muerte... —dije, poniéndome en guardia—. ¿Por qué no lo arreglamos civilizadamente en una competencia?
Mis ojos centellaron ansiosos y Bear apenas se inmutó. No estaba interesado.
—No voy a tener una competencia de cortar leña con alguien que está en su elemento; demonio del hacha.
—¡¿Tú también vas a llamarme así?! ¡Solo fue una vez! Los tíos sí que son exagerados.
Chillé, dejándome caer dramáticamente sobre el sofá de girasoles detrás de mí, y él rio con sorna.
Eso solo conseguía recalentarme.
Los hombres podían ser tan quejumbrosos como cualquier crío, y más cuando perdían lamentablemente contra una chica que era mejor que ellos. Había cortado mil ciento cuarenta y cinco leños a la perfección y sin una gota de cansancio durante nueve horas, y eso, en automático, me convertía en una bestia imparable.
Además, el apodo de «demonio del hacha» no era algo muy femenino que digamos. Me crucé de brazos, indignada.
—Ve a cortar tu leña tranquila, que tengo que preparar el desayuno.
Mi estómago se retorció molesto y traté de no sufrir dos veces.
—Cuando termines, nos vemos ahí.
Hizo mucho hincapié en la última palabra y comprendí exactamente a qué se refería. Asentí emocionada.
—Puedes apostar.
*.~~~.*
Realm, nuestro pequeño pedazo de paraíso terrenal en un mundo que comenzaba a renacer. El orden y la rutina, el respeto y la permanencia formaban las espigas de ese vasto trigal de menos de quinientos años de existencia.
El nombre siempre me pareció gracioso, como una sátira al viejo mundo que hacía tiempo se desplomó tras las cinco catástrofes. Un reino próspero construido sobre las cenizas de la antigua civilización humana que estuvo a punto de extinguirse. Tal vez estaba leyendo mucho entre líneas, pero no me explicaba otro motivo para aquel nombre.
Sequé el sudor de mi frente y noté que ya tenía bastante leña apilada.
Nos las arreglaríamos bien durante la semana con mis perfectos leños, cortados con la simetría de una profesional, y sonreí tan llena de mí misma por mi labor; separé un tanto para la señora Grant, la vieja vecina que siempre tenía a la mano la mejor miel de todo Omicrón. Estaba sola, encorvada y sus manos temblaban como gelatina, así que le caerían de perlas.
Los pocos leños de castaño, aquellos de la parte más tierna, los seleccioné para Bear. Estaba segura de que le gustarían para sus simpáticas figuras, que tallaba con esmero en sus escasas tardes de ocio.
—A alguien le gusta mucho tallar madera, ¿mmm? Hasta tienes que usar las dos manos.
Era lo que siempre solía decir Racoon para sacarnos una risa ingenua y burlarse de los sonrojos de Bear. A esa edad, ni Rye ni yo sabíamos a qué se referían ni por qué los adultos se reían, pero los imitábamos igual para no quedar atrás.
Suspiré con melancolía al recordar a nuestro querido hermano mayor.
A veces los buenos recuerdos caían como gotas de esperanza, divertidos y ligeros, que apartaban la pérdida y el dolor en momentos aleatorios del día. Daba gracias por ello, ya que ¿Qué sería de la vida si el amargo trago de la muerte se quedará para siempre atorado en el pecho?
—¡Avah, a desayunar! —gritó mi madre llamándome.
Sin mucho esfuerzo, eché mi arduo trabajo sobre mi espalda.
Mi madre era una mujer de constitución pequeña y más débil que yo, pero sin lugar a dudas el doble de trabajadora que cualquiera de nosotros. Solo me ausenté tres horas de casa y ella ya había hecho la colada, zurcido calcetines, remendado las remeras y colchas, ordeñado y bañado a la vieja Betsy y, para coronar su arduo trabajo, se encontraba aireando las camas en los lazos que se agitaban alegres con la brisa mañanera.
¿Cómo le hacía?
—Esta vez son más leños que la semana pasada. Muchas gracias, cariño.
Mi madre besó mi frente a modo de saludo.
Sus ojos negros miraron los míos en un escrutinio mañanero, cerciorándose de la salud de cada uno de sus hijos, y con mimo colocó un par de mechones rebeldes tras mi oreja.
—Buenos días, mamá —saludé con una radiante sonrisa—. No tienes que agradecer. Es mi manera divertida de hacer ejercicio.
Hice una flexión con el brazo, mostrando mi orgulloso bíceps fortalecido.
—¿Por qué no te llamamos Bear en lugar del hermano Ephraim? Te va mejor.
Mi buen humor se fue al caño con esa pregunta. No había escuchado los pasos de Rye ni en qué momento llegó al umbral de la casa, pero ahí estaba, recargado en la puerta, cubriendo la mitad de su rostro con su mechón de cabello oscuro.
—¿Por qué no te decimos cucaracha, Ryan? Por la misma razón.
—Tienes más fuerza que él.
Su voz pausada hizo que la ira en mi cuerpo llegara a ebullición.
Gruñí molesta.
—¿Por qué no te callas?
—Niños, suficiente discusión en la mañana. Guarden esa energía para el trabajo del mediodía.
Nuestra benévola madre besó la frente de Rye, apartando el mechón que con tanto celo ocultaba su ojo dispar.
Aprovechando su distracción, lancé una patada a la pantorrilla de Ryan, que esquivó con habilidad.
—Muy lenta —susurró de manera exagerada para que solo yo pudiera escucharlo.
Aquella mañana presagiaba ser muy larga.
*.~~~.*
Al llegar el mediodía y, tras un almuerzo familiar poco comestible de batata molida, legumbres sobrecocidas y lo que parecía carne de res en leche de coco, comenzamos el recorrido del último día del mes.
Mi día favorito de todo el mundo y el que siempre esperaba comiéndome las ansias, anhelando que el calendario avanzara más rápido. El día mensual de ocioso deleite.
La primera parada era el Mercado de Humo.
El único mercado en nuestro sector. Gris, sucio y algo pestilente por la mina de azufre a menos de un kilómetro de distancia, pero su tamaño compensaba cualquiera de mis reparos. Una hectárea de vendedores de comida e insumos necesarios para la casa, además de baratijas interesantes del viejo mundo y el principal proveedor de cotilleo exterior, cortesía de las garzas doradas.
Nos tomábamos nuestro tiempo para charlar con nuestros amigos, picábamos ansiosos las noticias escabrosas de los duros habitantes de Sigma o los revoltosos de Lambda y, como entremés, vendíamos los cultivos de mamá a cambio de estrellas.
Las estrellas eran nuestra moneda de cambio; no valían nada en las secciones aledañas, pero eran una manera de mantener el orden.
Cada pequeña maceta blanca con hierbas medicinales y esquejes de frutas valía una estrella, mientras que un cepillo de ónix valía más de diez. Desde mi perspectiva hacía interesante el trabajo, ya que una vez vendí siete kilos de leña por veinticinco estrellas y pude comprarle un especiero de cedro con flores talladas a mi madre, ideal para su área de trabajo.
Comimos un poco de kalamaki antes de reanudar nuestro viaje.
El que preparaba la tía Padma era especialmente delicioso porque era carne de cordero marinada desde la noche anterior con zumo de limón, aceite de oliva, orégano, menta y tomillo, asada al carbón con lentitud a la luz de la luna para que la carne quedara tierna. Se acompañaba de hortalizas, pilav picante y naan para consumirlo con las manos.
Mis hermanos no eran quisquillosos a la hora de comer, pero podía ver sus expresiones de deliciosa satisfacción mientras sus papilas gustativas parecían bailar por el frenesí de sabores.
Un delicioso manjar por solo cinco estrellas el platillo y un brote de lechuga del huerto de mamá; era una ganga.
—Chicos, llévenle esto a la querida Galena. Díganle que es cortesía de la tía Padma.
Alargó un frasco de vidrio con algo que parecía col en conserva.
—Es mi chucrut de receta secreta.
—No podemos aceptarlo. ¿Quiere que le vaya a traer un cubo de agua por su detalle? ¿Arreglar su tienda? —preguntó Bear, solícito—. Su lona tiene un agujero; podría remendarlo en un instante.
—No hace falta, hijo. Las verduras que vende su madre son las más frescas y deliciosas de todo Omicrón. La ventaja de tener dedos verdes, supongo.
Sonrió mostrando sus dientes oscuros coronados de oro.
—Muchas gracias —exclamé aceptando el presente—. Mamá se pondrá contenta y seguramente le invitará un tarro de compota de melocotón antes de ofrecerla aquí en el mercado.
A la mujer le centelleó su único ojo bueno y se arrellanó en su silla.
—¿Hay algo que no haga bien Galena? —rio de buena gana, haciendo que me llenara de orgullo—. Debería ofrecerla en la Feria de Pastel; sería un éxito y podrían conseguir algo realmente bueno, como una chamarra de piel de oso o un cobertor de fina lana para el próximo invierno. No hay como la lana de Gamma, sea lo que sea.
Aún faltaban un par de semanas para la feria estacional y dudaba que mamá tuviera los ánimos de envasar sus compotas a prisa, con el aniversario de papá a cuestas y todo, pero no quise desanimar a la vieja mujer.
—Se lo mencionaremos. Muchas gracias, tía.
—Vuelvan cuando quieran, niños.
*.~~~.*
Con el estómago lleno, recorrimos a paso firme y constante el Bosque de Ámbar.
No era precisamente su nombre, pero a todos nos gustaba llamarlo así, principalmente porque, en los días de otoño, las hojas de los árboles se pintaban de esa tonalidad rojiza al unísono, y cada vez que los rayos del sol tocaban el bosque, parecía resplandecer como si estuviera cubierto de aquellas piedras semipreciosas.
Ámbar líquido era el camino zigzagueante que los años habían trazado, y los tristes helechos bordeantes no deseaban protagonismo alguno; se limitaban a existir en aquel mágico cuadro que se alargaba hasta donde alcanzaba la vista.
Hicimos una pausa después de dos horas de caminata.
Bear hacía ejercicios de resistencia con rocas y practicaba sus respiraciones, mientras que Rye trepaba los árboles con la agilidad de una ardilla, se perdía entre las copas y se trasladaba de una rama a otra con tanta destreza que era imposible seguirle el rastro.
Yo, por mi parte, preferí escribir en mi libreta de anotaciones sobre las hierbas que encontraba en el camino y recolectar algún espécimen desconocido para corroborar su nombre en casa. Era una de mis actividades favoritas con mamá: la clasificación de las plantas, sus usos y su toxicidad.
Cuando mi bolsa se llenó, contemplé desde lo alto de una roca aquel límite entre nuestra esfera y el exterior marchito e inhóspito, donde el aire era imposible de respirar. Una ventana al viejo mundo que encogía mi corazón. No había más que tierra árida y sombras tan espesas como si el sol jamás brillara allí y cualquier sonido o criatura solo llegaran para morir.
¿Qué tuvo que pasar para llegar a ese nivel de destrucción? Era un misterio. En los pocos registros del pasado que se encontraron no se mencionaba, ni la gente parecía saber con exactitud, qué habían sido las cinco catástrofes.
Avistando el altozano que colindaba con el siguiente sector, decidí apartar mi atención del inescrutable enigma del pasado para concentrarme en un misterio mucho más cercano.
—¿Qué harán los del sector Sigma para divertirse? Siempre que pasamos por aquí y cierro los ojos, escucho pasos, como si marcharan y entonaran cantos.
Di un paso y me detuve por instinto.
Existía una delgada línea invisible al ojo humano; una línea que separaba cada sector y, casi como por acuerdo común, todos sabíamos dónde se encontraba el límite y nadie se atrevía a cruzarlo por miedo.
Quizá, de hacerlo, seríamos envueltos en llamas... No lo sabía. Y la curiosidad tampoco era tanta como para comprobarlo.
—Hacen marchas largas bajo el sol para celebrar y alguna ejecución en año bisiesto —musitó Rye bajando del árbol con una pirueta.
Bear rio de buena gana.
—Siempre tienen los labios fruncidos, cejas de eterno hastío, tan estirados como si tuvieran un palo... —carraspeó con los años cayéndole encima y procedió a rascarse la barbilla como si tuviera una larga y erudita barba blanca—. Es fácil especular, pero nunca lo sabremos. Probablemente ellos piensan que nosotros somos unos ociosos campesinos que solo sabemos rascarnos la barriga.
—¡No lo somos! —exclamé molesta.
—Pueden pensar lo que quieran, al igual que nosotros. Es la maravilla del libre albedrío.
—Pero no debería ser así. Si tan solo pudiéramos conocerlos, creo que...
Bear me interrumpió sobresaltado.
—Realm está dividido en secciones por algo, Bee. Podemos convivir en determinadas ocasiones, como la Feria Estacional o la Siega de la Pradera, pero no coexistir. Nuestra cultura y nuestra experiencia de vida son tan diferentes que podrían romper el equilibrio. Siempre ha sido así desde hace quinientos años y así tiene que permanecer.
—Pero...
—No discutas. Será mejor continuar.
No lo entendía y me negaba a hacelo.
Si vivíamos dentro de la misma esfera llamada Realm, ¿por qué tendríamos que ser tan diferentes?
*.~~~.*
Otra hora más tarde llegamos a nuestro paraje escondido a las faldas del Pico de la Bruja. Una pequeña construcción de roca y paja tan cerca de Sigma, pero al mismo tiempo tan silenciosa que bien podría estar en medio de la nada.
Era un viaje muy largo y difícil de recorrer, pero bien valía la pena, porque era el único lugar en el mundo donde podíamos ser solo un trío de jóvenes holgazanes, repasando los misterios del viejo mundo y divirtiéndonos.
La cabaña de nuestra abuela Yelena, la cual nos legó cuando su hora llegó en el Día Sacro hacía ya cinco años —el ascenso mayor de los ancianos de Realm—, permanecía fuerte como un roble, ajena al transcurso del tiempo y las tragedias. Un lugar donde se guardaban celosamente los más bellos momentos que pasamos como familia.
De hecho, también era un laboratorio improvisado para Rye, donde mantenía todos sus cachivaches extraños y experimentaba a placer, sin muchas limitaciones salvo por mis continuas quejas que, más que molestarme, servían para mantener la sazón de la vida.
Solía hacer sus experimentos en casa y las cosas no cambiaron hasta que uno fallido voló el techo junto con las cejas de Bear. El techo terminó con un chichón del tamaño de un platón tras la reconstrucción y el pobre Bear tuvo que usar los gorros que tanto odiaba en lo que volvían a crecerle las cejas, que nunca volvieron a ser las mismas. Después de ese nada minúsculo percance, los artilugios y la tecnología quedaron estrictamente prohibidos en casa.
Un zumbido eléctrico, seguido por una ráfaga de luz, subió del suelo al techo y pude sentir cómo mi cabello se erizaba con la estática.
—¡Te lo advierto, Ryan! Si vuelves a volar la casa de la abuela, lo lamentarás. Tardamos semanas en quitar lo negro de las paredes la última vez.
Amenacé con el puño y mi hermano menor se alzó de hombros.
—No debió pasar. Al no encontrar la resistencia adecuada para mi circuito, no puedo transformar la corriente eléctrica en calor cuando atraviesa el conductor... Tal vez si calculo...
—¿De qué rayos hablas?
—Olvídalo. Por precaución, mantén cinco metros de distancia — Dijo, poniéndose nuevamente su careta, y comenzó a soldar como si entendiera de lo que hablaba.
—¡Pamplinas! —exclamé molesta, recargándome sobre la silla electrizante que Bear construyó por primera vez en su vida.
Era de madera del único abedul blanco que tuvimos en casa y que fue partido a la mitad por un relámpago hacía más de tres años, durante una rara tormenta eléctrica en pleno marzo. Sólida y moteada de vetas blancas, apenas estaba recubierta por una gruesa capa de resina. No era su mejor trabajo, pero estaba orgulloso de aquella silla.
No le molestaría que la usara, de eso estaba segura, mucho menos porque él se encontraba arrellanado en el sillón de plumas verdes, leyendo algo tan raído y viejo que estaba segura de que mi abuela lo había arreglado lo mejor que pudo durante su juventud. Lo había restaurado con tanta minuciosidad que parecía haberlo devuelto a la vida y luego lo guardó celosamente en bolsas de tela para la posteridad.
Mi abuela era una coleccionista empedernida de cosas del viejo mundo. Tanto era así que muchos de sus hallazgos no los consiguió en el Mercado de Humo o en la Feria Estacional, sino cavando.
Hizo muchos agujeros alrededor de Omicrón durante veinticinco años; mil noventa y ocho, según sus cálculos. No cabía duda de que por ello los vecinos clamaban que le faltaba un tornillo y la llamaban «Lunática», pero para mí aquello no le restaba nobleza a la tarea que se había impuesto.
—Mi querida Avah —me decía abrazándome contra su pecho con tanto afecto, envuelta en su eterna fragancia de flores silvestres—. Hay conocimiento aquí, en el suelo, justo debajo de nuestros pies. Lo que somos es por lo que fuimos en el pasado y lo que seremos es solo una gota en un vasto mar de repeticiones. Tantos misterios calcificados que la gente quiere ignorar, que alguien más ha querido enterrar... Pero la naturaleza siempre encontrará la forma de traerlos de regreso.
Muy pocos en Realm estaban interesados en nuestros ancestros y en su peculiar forma de vida, en cómo llegaron las cinco catástrofes o quiénes eran los Traspasores.
Sentí una caricia en mi tobillo que me sacó de mis recuerdos y saludé con un mimo a mi querido gato Flea. Un majestuoso gato calicó de ojos verdes que, pese a no pertenecerme, disfrutaba de mi compañía casi tanto como yo de la suya.
Maulló contento al verme y le serví una porción de paté que guardaba solo para él cuando llegaba a aparecer.
Me recosté en el columpio del jardín y escuché música en el aparato mágico que Rye me regaló el cumpleaños anterior.
En un principio me pareció un cacharro sin ningún valor; oxidado e inútil cuando Bear lo rescató de una montaña de objetos que costaban no más de treinta estrellas.
Rye, con su curiosidad innata y su maravilloso intelecto, que jamás alcanzaría a comprender, vio el potencial de aquella «ganga». Tras solo un par de meses de trabajar en él, logró que reprodujera música.
Música antigua del viejo mundo, tan diferente a los instrumentos de cuerda o viento que conocíamos; Un sonido crudo y salvaje, lleno de ritmo y energía, que me envolvía entre cada acorde y una letra de dolorosa realidad que me erizaba la piel.
Un sonido único que, cuando lo ponía en mis oídos y cerraba los ojos, era como si traspasara la barrera del tiempo y el espacio hacia una época desconocida.
La tierra se estremeció bajo mis pies, haciéndome tambalear y que se me cayera la diadema de los oídos. Flea erizó el lomo, lanzando un siseo al aire.
—¡Bee! —gritó mi hermano, poniéndose de pie de un salto.
Rye ya se encontraba a mi lado sosteniéndome para que no cayera.
A varios cientos de metros de nosotros, justo detrás de la esfera.
Eran ellos.
Los Traspasores.
Una visión tan nítida e imposible que me estremeció de pies a cabeza. Jamás los había visto tan cerca que mi mente no alcanzaba a comprender si debía inclinarme o salir corriendo. Mi estómago dio una pirueta.
—Muévete, maldición... —me repetí apretando la mano de Rye, que estaba tan pasmado como yo.
Bear se nos unió, sujetándonos de manera protectora con sus enormes brazos.
—Los conquistadores de mundos... —musitó Rye entreabriendo la boca.
Uno de sus tantos nombres, aunque popularmente eran llamados Traspasores. Seres ancestrales que le dieron a la humanidad una segunda oportunidad a cambio de una ofrenda anual en la pradera.
¿Perecer o ser esclavo de una promesa antigua?
No podía decidir cuál de las dos opciones era más terrible.
Jamás cruzaban a Realm y nadie sabía de dónde venían, pero era cierto lo que contaban los pocos que los habían visto durante sus rondas: buscaban algo en aquella tierra desolada y sin oxígeno, desgarrándola con sus garras, mientras de sus fauces emergía un largo tubo, como el pico de un colibrí.
Me helaba la sangre pensar cuál sería su propósito.
Cuando el Traspasor comenzó a alejarse, la postura firme de Bear se relajó y se puso de pie, notándose de pronto muy cansado.
—Será mejor irnos.