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Capitulo 8 — Camino al atardecer

El cielo que solo ella sabe leer · por habi · 30 de julio de 2026

I. Onni

Empezó sin que nadie lo propusiera formalmente. Un dia, después del club, simplemente caminamos en la misma dirección hasta la salida de la escuela y, en vez de despedirnos en el portón, seguimos caminando juntos, sin comentarlo, como si fuera lo más natural del mundo continuar.

Llevábamos ya cuatro tardes haciendo lo mismo cuando noté el patrón: siempre, sin excepción, doblábamos a la izquierda en la esquina de la farmacia, hacia el camino más largo que bordea la costa, en vez de seguir derecho por la calle comercial, que llega a la estación en la mitad de tiempo.

—¿Por qué no vamos por ahi? —pregunté esa tarde, señalando la calle comercial, con sus carteles luminosos empezando a encenderse bajo el cielo todavia claro—. Es más corto.

Se quedó callada un momento, con ese silencio particular que ya aprendi a distinguir de los demás: no el silencio de no saber qué responder, sino el de decidir si valia la pena responder con toda la verdad.

—Tengo una regla —dijo finalmente, mirando hacia el mar, no hacia mi—. Es una tonteria, probablemente.

—No creo que lo sea.

Pareció dudar un poco más, pero continuó.

—La calle comercial tiene demasiado. Los carteles que parpadean, la música de las tiendas mezclada con la de la tienda de al lado, la gente hablando fuerte, el olor del puesto de takoyaki que se siente desde la esquina. Para cuando llego a casa por ahi, ya estoy agotada antes siquiera de poder descansar.

—¿Y por acá?

—Por acá solo está el mar. Las olas hacen siempre el mismo sonido. No cambian de golpe ni se superponen entre si como las voces. Llego a casa un poco más tranquila, en vez de seguir cargando todo lo de la calle.

Lo dijo rápido, casi de corrido, como quien repite algo que ensayó muchas veces en su cabeza, pero nunca antes en voz alta frente a otra persona.

No respondi de inmediato. Queria que sus palabras terminaran de asentarse antes de decir cualquier cosa, porque me pareció que merecian algo más que una respuesta automática.

—Tiene sentido —dije finalmente—. A mi también me cuesta, a veces, aunque sea distinto. Todo el dia tengo que traducir en mi cabeza antes de hablar, incluso cuando ya entiendo lo que me dicen. Para cuando termina la escuela, ya estoy cansado de pensar en dos idiomas al mismo tiempo. Este camino, con el ruido del mar y nada más, también me ayuda.

No sé si eso era exactamente cierto antes de que ella mencionara su regla o si se volvió cierto en el momento en que lo dije. Tal vez ambas cosas.

Caminamos el resto del trayecto en silencio, mientras el sol descendia lentamente sobre el agua, tiñendo el cielo de un naranja que ella, estoy seguro, habria podido nombrar con precisión cientifica si se lo hubiera preguntado.

No se lo pregunté. Algunas cosas no necesitan un nombre para ser entendidas.

 


II. Tsumugi

Nunca antes le habia explicado esa regla a nadie fuera de mi familia.

Mi padre la conoce sin que yo se la haya tenido que explicar nunca: cuando volvemos juntos del puerto, siempre elige el camino de la costa, aunque el otro sea más corto, sin que ninguno de los dos lo haya puesto en palabras jamás. Simplemente, en algún momento, los dos empezamos a caminar por ahi y ahi se quedó, sin necesidad de discutirlo.

Con Onni fue distinto. Tuve que decirlo. Tuve que encontrar las palabras exactas, en el orden correcto, sin poder apoyarme en años de costumbre silenciosa como con mi padre.

Es una tonteria, probablemente.

Lo dije para protegerme, supongo, en caso de que su reacción fuera una de esas que ya conozco bien: la sonrisa incómoda, el "ah, bueno, como quieras" que en realidad significa "que exagerada", el pequeño cambio en la postura que indica que acabo de volverme un poco más difícil de lo que valia la pena.

Pero no fue eso lo que pasó.

Me preguntó "¿y por acá?", como si mi explicación mereciera una segunda parte, como si todavia hubiera más cosas por entender. Asi que se la di. Toda. Los carteles, la música superpuesta, el olor del takoyaki, el cansancio que llega antes de poder descansar.

Y entonces, en vez de simplemente aceptarlo, me devolvió algo propio: lo del cansancio de traducir todo el dia en dos idiomas, lo del alivio de caminar junto al mar sin necesidad de procesar nada más.

No sé si eso era cierto antes de que yo hablara, o si lo pensó recién en ese momento para que yo no sintiera que mi regla era la única "rara" entre las dos. Decidi no preguntarlo. Algunas cosas, descubri esa tarde, es mejor dejarlas exactamente donde caen, sin examinarlas hasta terminar destruyéndolas.

El cielo, mientras caminábamos, pasaba del naranja al rosado más profundo, ese color que aparece cuando hay cristales de hielo en las capas altas de la atmósfera, dispersando la luz de una forma particular. Podria habérselo explicado. Las palabras ya estaban ahi, listas, como siempre que se trata del clima.


Caminando juntos mientras el sol cae

No lo hice. Por una vez, no necesitaba llenar el silencio con datos para que se sintiera completo. El silencio ya estaba completo por si solo, caminando entre los dos, al ritmo de las olas que nunca cambian de golpe.

Esa noche, en el margen del cuaderno, escribi:

Hoy dije una regla en voz alta por primera vez fuera de casa. El mundo no se rompió.
Él tampoco se fue.

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