I. Onni
—Asi que tú y Asahina ya son básicamente novios —dijo Itou, con la boca llena de arroz, como si estuviera comentando el resultado de un partido de fútbol.
—No es asi.
—Eso dicen todos los que en realidad si lo son.
No le contesté nada a eso, porque cualquier cosa que dijera iba a sonar como una confirmación o una negación demasiado nerviosa, y ninguna de las dos me convencia del todo.
Llevaba notando, desde hacia unos dias, que la gente nos miraba distinto. No de forma hostil. Más bien con esa curiosidad liviana que aparece cuando algo nuevo entra en una rutina que todos conocen de memoria. Dos chicas de otra clase, que nunca me habian dirigido la palabra, me preguntaron en el pasillo si era cierto que comia todos los dias con la chica del club de clima. Un compañero de deportes me dio una palmada en el hombro con una sonrisa cómplice que no terminé de entender del todo.
Nada de eso me molestaba particularmente. Lo que si me preocupaba era no saber qué versión exacta de la historia estaba circulando, porque el viento que lleva un rumor de un lado a otro nunca avisa por dónde pasó ni qué fue recogiendo en el camino.
Pensé en preguntarle directamente a Itou que se estaba diciendo. Pero decidi no hacerlo. Si habia algo dañino circulando, preferia escucharlo de Asahina antes que ir a buscarlo yo mismo y terminar repitiéndolo sin darme cuenta.
Esa tarde, en el club, la noté distinta. No hablaba menos de lo normal —ya sé reconocer esa diferencia—, sino que hablaba con un peso distinto, como si cada palabra le costara un poco más que el dia anterior.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Si —respondió, demasiado rápido, de una forma que no terminó de convencerme.
No insisti. Pero guardé la pregunta para más tarde, sin saber todavia que la respuesta no tenia nada que ver conmigo, sino con algo que habia pasado horas antes, en un pasillo donde yo no estaba.
II. Tsumugi
Lo escuché antes de llegar a la puerta del aula.
—...No, en serio, a Asahina no le molesta estar sola. Siempre fue asi. No hay que sentir lástima ni nada; es solo cómo es ella.
La voz de Momoi-san. Hablando de mi con dos compañeras que no reconoci del todo, sin saber que yo estaba a unos pasos, con la mano todavia en la manija de la puerta.
No sonó cruel. Ese fue, quizás, el problema más grande: sonó amable. Sonó a alguien defendiéndome de algo, protegiéndome de la idea de que mi vida fuera triste. Pero cada palabra estaba mal, de una forma que dolia más por lo razonable que sonaba que por cualquier maldad real detrás de ella.
No le molesta estar sola.
Eso no es cierto. Nunca lo fue. Quiero hablar. Quiero tener gente con quien comer, con quien caminar a casa, con quien compartir lo que pienso antes de que se quede atrapado adentro hasta que ya no importe decirlo. Lo que pasa es que mi cabeza tarda, se traba, calcula de más, y desde afuera eso se ve idéntico a preferir estar sola. Pero no es lo mismo. Nunca fue lo mismo.
Es un rumor parecido al viento: nadie puede señalar exactamente de dónde vino y, para cuando llega a todos lados, ya cambió de forma tantas veces que nadie recuerda si alguna vez fue cierto.
Pensé en quedarme ahi, parada hasta que la conversación terminara; entrar después como si no hubiera escuchado nada y dejar que el rumor siguiera su curso sin tocarlo. Es lo que normalmente hago. Es más fácil dejar que la versión simple de mi circule que pelear contra ella.
Pero esta vez no me quedé esperando a que la conversación terminara. Abri la puerta.
Las tres se giraron al mismo tiempo. Momoi-san se quedó con la frase cortada a la mitad, sorprendida, como si la versión real de mi hubiera interrumpido a la versión que estaba describiendo.
—Si me molesta —dije.
Dos palabras menos de las que tenia preparadas en la cabeza. Pero fueron las únicas que hicieron falta.
Momoi-san se quedó callada un segundo, con esa misma expresión que después, según supe, también puso frente a Onni: la de alguien recalculando algo que daba por sentado.
—...Perdón —dijo finalmente—. No debi decir eso sin preguntarte primero.
No fue una disculpa elaborada. Pero fue, creo, la primera vez que la escuché admitir que se habia equivocado sobre mi sin que nadie se lo exigiera.
Me senté en mi lugar de siempre, con el corazón todavia latiendo más rápido de lo normal. Agotada, pero de una forma distinta a la del club o la del almuerzo bajo el árbol: agotada de haber elegido hablar en lugar de desaparecer.
Por eso, cuando Onni me preguntó esa tarde si estaba bien, dije que si demasiado rápido. No porque estuviera mintiendo del todo —ya habia pasado lo peor del dia y, a mi manera, estaba bien—, sino porque todavia no tenia energia para contarle la historia completa. Eso vendria después, caminando hacia el club, cuando finalmente pudiera ordenar las palabras con calma.
Esa noche, en el margen del cuaderno, escribí:
El rumor es como el viento: nadie puede agarrarlo con las manos. Pero hoy aprendi que se le puede hacer frente, aunque sea con dos palabras.