I. Onni
Hay un árbol en la esquina más alejada del patio, lejos de las canchas, lejos del ruido del edificio principal. Asahina se sienta ahi todos los dias, sola, con su almuerzo y su cuaderno. Lo sé porque la observo desde hace semanas, sin acercarme, calculando si existe una forma de aproximarme sin que se sienta como una invasión.
Ese dia decidi no preguntar primero. Las preguntas directas, aprendi, a veces le cuestan más que las acciones simples. Asi que simplemente caminé hasta el árbol con mi bento y me senté a una distancia que me pareció razonable: ni demasiado cerca, ni tan lejos como para que pareciera que la estaba evitando. Esperé.
No dijo que me fuera.
Eso, para nosotros, ya es bastante parecido a un si.
Comimos en silencio un buen rato. No era el silencio incómodo de los primeros dias, sino algo más parecido a lo que senti una vez en una cabaña de pesca con mi padre, escuchando el agua sin necesidad de llenar el aire con palabras. La sombra del árbol se deslizaba lentamente sobre el pasto a medida que avanzaba el mediodia.
—¿Siempre comés acá? —pregunté, no porque no supiera la respuesta, sino porque queria que ella la dijera con sus propias palabras.
—Desde primer año.
—¿Por qué acá?
Se tomó más tiempo del que esperaba para responder una pregunta tan simple.
—Porque nadie viene. Y porque desde acá se ve bien el cielo, sin que el techo lo corte.
Tenia razón. Desde donde estábamos sentados, el cielo se abria por completo, sin interrupciones de edificios ni cables. Entendi, sin que tuviera que explicármelo, que no habia elegido ese lugar por soledad. Lo habia elegido por la vista.
Estábamos terminando de comer cuando escuchamos unos pasos que se acercaban, se detenian y volvian a avanzar, como si quien caminaba no terminara de decidir si queria llegar hasta el final del camino que habia empezado.
Una chica de pelo corto, con el cuaderno del club de ciencias de la Tierra bajo el brazo, se quedó parada a unos metros, mirándome con una desconfianza que ni siquiera intentó disimular.
—Sora —dijo Asahina, casi como una presentación—. Onni.
—Ya sé quién es —respondió Sora, sin acercarse más—. Todos en el club saben quién es.
No supe si aquello era un cumplido o una advertencia. Por la forma en que lo dijo, sospeché que era un poco de ambas cosas.
—¿Puedo sentarme? —preguntó, aunque la pregunta parecia dirigida más a Asahina que a mi.
Asahina asintió. Sora se sentó, pero no junto a mi, sino del otro lado de Asahina, como quien elige deliberadamente su lugar para observar mejor la situación.
—Asi que tú eres el que la sigue saludando todos los dias —dijo, después de un silencio que se sintió más largo de lo que probablemente habia sido—. Tsumugi me contó.
No sabia que Asahina le hubiera contado algo sobre mi. Ese detalle me tomó por sorpresa y debió de notarse en mi cara, porque Sora pareció interpretarlo como una invitación para seguir hablando.
—No la conozco hace tanto como para meterme donde no me llaman —continuó, con la voz un poco más baja que antes, como si decir aquello le costara un esfuerzo parecido al que le cuesta hablar a Asahina—. Pero la conozco lo suficiente como para saber cuándo alguien empieza a tratarla distinto solo porque la novedad todavia dura. Y después, cuando deja de ser nueva, se cansa y desaparece.
—No tengo planeado desaparecer.
—Eso dicen todos al principio.
No sonó agresiva al decirlo. Sonó, más bien, cansada; como alguien que ya habia visto ese patrón repetirse demasiadas veces y no tenia ganas de volver a verlo.
—Si la hacés sentir mal —agregó, mirando un punto fijo del pasto, no a mi—, aunque sea sin querer... yo me voy a dar cuenta.
Era, sin lugar a dudas, una advertencia. Pero también era, a su manera, un alivio: significaba que Asahina tenia a alguien dispuesto a cuidarla asi, sin que ella tuviera que pedirlo. Eso, más que cualquier otra cosa, me hizo entender que aquella amistad valia la pena y que debia ganármela con calma, sin apuro.
—No tengo planeado desaparecer —repeti, esta vez mirándola directamente.
Sora no respondió enseguida. Se quedó evaluándome un momento más, como quien revisa una cuenta dos veces antes de cerrarla.
—...Está bien —dijo finalmente—. Por ahora.
No fue una bienvenida calurosa. Pero fue, a su manera, una puerta que se abrió un poco: lo suficiente para que los tres termináramos de comer bajo la misma sombra, sin que nadie volviera a hablar del tema.
II. Tsumugi
Lo vi acercarse desde lejos, con el bento en las manos, dudando antes de cada paso, como si estuviera calculando la distancia correcta, igual que yo calculo mis palabras antes de decirlas.
No preguntó si podia sentarse. Simplemente se sentó, ni muy cerca ni muy lejos, y eso, extrañamente, me resultó más fácil de procesar que si me hubiera preguntado directamente. Una pregunta directa hubiera necesitado una respuesta directa, y en ese momento no tenia ninguna lista.
Cuando me preguntó por qué comia siempre ahi, tardé en responder, no porque no supiera la razón, sino porque nunca antes habia tenido que ponerla en palabras para otra persona.
Porque nadie viene.
Y porque desde acá se ve bien el cielo, sin que el techo lo corte.
Las dos partes eran ciertas, pero solo la segunda era importante. La primera vez que me senté bajo este árbol, en primer año, no fue para esconderme de nadie. Fue para poder mirar hacia arriba sin obstáculos. La soledad fue solo una consecuencia, no el objetivo.
Me sorprendió que lo entendiera sin que yo necesitara explicar la diferencia.
Cuando escuché a Sora acercarse, con esos pasos que se detenian y volvian a avanzar como si estuviera dudando, senti dos cosas al mismo tiempo, una empujando contra la otra: alivio, porque Sora siempre hace que todo se sienta un poco más manejable, y tensión, porque sabia exactamente lo que venia.
Sora no confia fácil. Tardó casi un mes entero en confiar en mi, el año en que llegó como estudiante transferida, callada, cargando su propia versión de la cautela. Yo fui quien tuvo que demostrarle, con el tiempo, que no iba a desaparecer ni a tratarla como un proyecto de caridad.
Ahora le tocaba a Onni pasar por lo mismo.
Quise decirle a Sora que no hacia falta, que esta vez yo ya habia decidido confiar primero. Pero las palabras, como siempre que la situación se pone tensa entre más de una persona a la vez, se negaron a salir a tiempo.
Asi que me quedé en silencio, escuchando mientras Sora decia las cosas que yo no podia decir en ese momento: que mucha gente se acerca por curiosidad y después desaparece, que ella no iba a quedarse mirando si eso volvia a pasar.
Y desde afuera, supongo, lo que se vio fue esto: tres adolescentes comiendo en silencio bajo un árbol, una de ellas sin decir una sola palabra durante toda la conversación importante.
Lo que en realidad pasó fue distinto. Cada palabra de Sora la senti como si fuera mia también, dicha en mi nombre, porque, por una vez, no tuve que cargar sola con el peso de poner limites.
Cuando Sora finalmente dijo: "Está bien. Por ahora", solté un suspiro que no me habia dado cuenta de que estaba conteniendo.
Terminamos de comer los tres en silencio, un silencio distinto a cualquiera de los que conocia hasta ese dia: no el silencio vacio de comer sola, no el silencio cómodo de comer solo con Sora, no el silencio expectante de las primeras semanas con Onni. Algo nuevo. Un silencio compartido entre tres, donde nadie necesitaba llenarlo para que se sintiera completo.
Esa noche, en el margen del cuaderno, escribi:
Hoy el árbol tuvo sombra para tres. Sora puso a prueba el cielo nuevo antes de dejarme quedarme bajo él con tranquilidad.