I. Onni
Souichirou-san, el dueño de la casa donde vivo ahora, tiene una expresión que usa cuando el mar se queda completamente quieto, sin una sola ondulación, antes de salir a pescar.
—Calma chicha —me dijo una vez, mientras me servia té y miraba el puerto desde la ventana de la tienda—. A los pescadores nuevos les gusta porque parece tranquilo. A los viejos les da miedo. El mar nunca está quieto sin motivo. O va a cambiar para bien, o va a cambiar para mal. Lo único que nunca hace es quedarse asi para siempre.
No entendi del todo por qué me acordé de esa frase mientras guardábamos los instrumentos del club aquella tarde, los dos solos en la azotea, con el cielo despejándose después de un dia gris. Pero me acordé.
—Asahina.
Levantó la vista del anemómetro que estaba guardando.
—¿Te cansa esto? —pregunté—. Me refiero a hablar tanto. Lo de la otra vez, en el salón, con lo de las nubes.
Era una pregunta simple. Habia estado pensándola durante dias, dándole vueltas, intentando encontrar la forma menos invasiva de decirla. Pero en el momento en que salió de mi boca, sonó más directa de lo que habia planeado; más parecida a una pregunta médica que a algo entre amigos.
No respondió.
Un segundo. Dos. Cinco.
En Finlandia, este tipo de silencio no significaria nada. Lo sé. Llevo dieciséis años viviendo en un pais donde nadie llena los espacios vacios solo por incomodidad. Pero estoy en Japón, no en Finlandia, y empecé a preguntarme si todo lo que creia saber sobre ella —sobre el tiempo que necesita, sobre lo que ese tiempo significa— era una idea que yo habia inventado para sentirme cómodo... y no algo real.
¿Y si la pregunta fue demasiado personal?
¿Y si en japonés esto se considera de mala educación, y yo simplemente no tengo la sensibilidad cultural para darme cuenta?
¿Y si todo este tiempo ella me toleró por cortesia, y ahora finalmente se está dando cuenta de que puede simplemente no responder?
Diez segundos. El viento, que durante toda la tarde habia sido apenas perceptible, pareció detenerse del todo, como si el clima mismo estuviera conteniendo la respiración junto conmigo.
Calma chicha. O va a cambiar para bien, o va a cambiar para mal. Eso fue lo que pensé, ahi parado, sin saber hacia dónde iba a romperse el silencio.
No pude soportarlo más.
—No hace falta que respon—
—Si.
Hablamos casi al mismo tiempo. Su "si" llegó justo cuando yo todavia estaba terminando de retroceder, y por un segundo ninguno de los dos supo bien qué hacer con aquella superposición.
—¿Qué?
—Si, me cansa —repitió, más despacio esta vez, volviendo la vista al anemómetro en lugar de mirarme—. Pero no es tu culpa. Y no quiero que dejes de preguntarme cosas solo por eso.
No fue lo que esperaba escuchar. Esperaba, en el mejor de los casos, un "estoy bien" educado que cerrara el tema. En cambio, me dio algo más complicado, más honesto y bastante más directo que cualquier otra cosa que me hubiera dicho hasta entonces.
No supe qué responder de inmediato. Asi que, por primera vez desde que la conozco, fui yo quien se quedó callado más tiempo del esperado.
II. Tsumugi
¿Te cansa esto?
Nadie me habia preguntado eso antes. No asi, directamente, esperando una respuesta real en vez de la respuesta educada que se supone que debo dar.
Sabia la respuesta. Eso no era el problema. El problema era cómo decirla sin que sonara a queja, sin que sonara a "es tu culpa", sin que sonara tampoco a una mentira tranquilizadora que después tendria que sostener.
Deci que si. Pero aclará que no es por él.
Deci que si. Pero no dejes que piense que tiene que dejar de preguntarte cosas.
Es una frase larga. Tiene que salir bien, en el orden correcto, o va a sonar diferente de lo que realmente quiero decir.
Estaba armando la frase, palabra por palabra, cuando lo escuché empezar a retroceder.
—No hace falta que respon—
Eso me asustó más que la pregunta. Si se retractaba ahora, iba a parecer que habia sido un error, algo que no debió haber hecho, y entonces tal vez no volveria a preguntarme nada parecido nunca más. Y, de pronto, me di cuenta de que no queria eso. Queria que siguiera preguntando, aunque las respuestas tardaran, aunque costaran.
—Si.
Salió antes de que la frase completa estuviera lista. Tuve que terminar de armarla en voz alta, sin el tiempo de revisión que normalmente me doy.
—Si, me cansa. Pero no es tu culpa. Y no quiero que dejes de preguntarme cosas solo por eso.
Lo dije mirando el anemómetro, no a él, porque mirarlo a los ojos mientras decia algo tan cercano a lo que realmente sentia habria sido pedirle demasiado a mi cuerpo en un solo momento.
Se quedó en silencio después de eso. Más tiempo del que suele necesitar.
Y, desde afuera, lo que probablemente se vio fue esto: dos personas mirando instrumentos meteorológicos, sin hablar, en una azotea vacia.
Lo que en realidad pasó fue distinto. Por primera vez desde que lo conozco, no fui la única con dudas sobre si habia dicho lo correcto. Pude notarlo en su cara, en la forma en que se quedó procesando mi respuesta, como si fuera él quien necesitara tiempo ahora.
No me molestó. De hecho, fue todo lo contrario.
Si los dos podiamos quedarnos en silencio a veces, sin que eso significara que algo estaba mal entre nosotros, entonces tal vez el silencio no era el problema que siempre pensé que era. Tal vez el problema, durante todo ese tiempo, habia sido que nadie más estaba dispuesto a quedarse el tiempo suficiente para descubrirlo conmigo.
Esa noche escribi en el margen del cuaderno, junto a los datos de presión estable de todo el día:
Hoy aprendi que el silencio compartido no pesa igual que el silencio solo.