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Capitulo 26 — Grietas en el cristal

El cielo que solo ella sabe leer · por habi · 05 de septiembre de 2026

I. Onni

Fue un miércoles de diciembre, con el frio más marcado que habiamos tenido en el camino de vuelta, el tipo de frio que hace visible el aliento y que vuelve los silencios ligeramente más incómodos porque el cuerpo busca generar calor con movimiento y el movimiento pide conversación.

Ella empezó a hablar sin señal de aviso, a mitad del tramo entre la farmacia y el primer mirador de la costa.

—Tengo un sistema —dijo.

No respondi. Ya sé que a veces sus frases necesitan espacio después para completarse.

—Para hablar. Para estar con gente. —Hizo una pausa—. Lo construi sola, hace mucho tiempo. Reglas. Para que no se notara tanto.

—¿Que no se notara qué?

—Que tardo. Que proceso diferente. Que no siempre encuentro las palabras en el momento correcto. —Otra pausa, más larga—. La mayoria de lo que parezco hacer de forma natural cuando estoy con personas que no conozco bien... lo tengo calculado. El ángulo de la mirada, el momento de sonreir, cuándo asentir para que el otro sepa que lo estoy escuchando aunque no pueda responder todavia.

Siguió caminando. Yo también.

—¿Por qué me lo estás contando ahora?

—Porque... —Se interrumpió. Empezó de nuevo—. Hubo un momento, hace años, que me enseñó que si la gente veia cómo funciono realmente, iba a costarles algo. Y decidi que no queria que les costara.

—¿Qué momento?

Lo describió sin énfasis, con esa precisión particular que tiene cuando está siendo más honesta que cómoda: una presentación, una pregunta sin aviso, un silencio demasiado largo, y una silla que se movió dos centimetros. Dos centimetros.

Me quedé procesando eso.

—¿Y desde entonces construiste las reglas?

—Desde entonces las formalicé. Algunas ya existian. Pero ese dia entendi para qué servian.

Hubo un silencio que duró casi hasta el siguiente mirador. No lo llené. Tenia cosas que queria decir — varias, en distintos registros — pero ninguna de ellas era la más importante de escuchar en ese momento. La más importante de escuchar era lo que ella estaba diciendo.

—Lo que más me cuesta —continuó, con una voz un poco más baja— no es el sistema en si. El sistema lo manejo. Lo que me cuesta es que existe. Que tengo que tenerlo para funcionar en un mundo que no espera el tiempo que yo necesito. Y que la mayoria de las personas que me conocen creen que me conocen, pero en realidad conocen la versión que calculé para que pudieran conocerme sin que les costara demasiado.

Paré de caminar.

Ella paró también, un segundo después, y me miró, y por una vez no bajó la vista.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Nada malo. —Busqué las palabras con más cuidado del usual—. Solo queria decirte algo antes de que continuaras.

—¿Qué?

—Que lo que acabas de describirme, esa versión calculada... no es la única que conozco. —Hice una pausa—. Conozco también la que tarda. La que no siempre encuentra la palabra. La que se queda callada hasta que la tiene. —Otra pausa—. Me parece que esa también eres tú. No una versión menor.

No dijo nada durante un momento.

—Lo sé —dijo finalmente—. Ahora lo sé un poco más que antes.

Y eso, supe, era lo que podia decirse por ahora.

Seguimos caminando. El frio seguia siendo frio, y el mar seguia siendo el mar, y algo que habia estado muy cuidadosamente guardado hacia mucho tiempo habia encontrado, sin hacer ruido, una grieta por donde salir.



II. Tsumugi

No lo planeé.

Ese es el primer dato que quiero registrar, aunque no va en ninguna columna del cuaderno: no lo planeé. No hubo un borrador previo, no ensayé las frases, no calculé el momento. Empecé a hablar porque estábamos caminando y el frio hacia el silencio ligeramente más dificil de sostener que de costumbre, y de pronto la frase salió.

Tengo un sistema.

Una vez que salió esa, las otras fueron detrás, no con fluidez, sino con esa calidad irregular de las cosas que no tienen guión. Me interrumpi tres veces. Empecé de nuevo dos. Perdi el hilo en algún punto y tuve que buscarlo desde otro ángulo. Nada de eso tenia el orden que normalmente le exijo a lo que digo.

Y él no hizo nada de lo que me hubiera sacado del momento.

No dijo «entiendo» demasiado rápido. No asintió cada dos segundos con ese ritmo que indica que alguien está esperando que termines para poder responder. No hizo la cara que pone la gente cuando están procesando algo dificil de escuchar y no quieren que se les note. Solo caminó, y estuvo, y cuando hice pausas las dejó ser pausas.

Lo de la silla de Hana lo dije de forma más directa de lo que pensé que iba a poder decirlo. Sin nombre, sin demasiado detalle. Solo la estructura: hubo un momento, hubo una distancia de dos centimetros, y desde ese dia construi un sistema para que no volviera a pasar.

Cuando terminé de decir esa parte, me di cuenta de que era la primera vez que lo decia en voz alta. No con Sora — con Sora lo escribi, que es diferente. No con mi familia — ellos saben algo de cómo soy, pero no la génesis del sistema. Solo habia vivido en mi cabeza, en la misma página donde anoto las cosas que no caben en las columnas, hasta ese miércoles de diciembre.

Paró de caminar cuando dije lo de la versión calculada.

Me asusté un segundo. Cuando alguien para de caminar sin aviso, normalmente significa que dije algo que requiere una reacción, y las reacciones imprevistas cuestan.

Pero no fue eso.

Dijo lo que dijo. Que conocia también la otra versión. La que tarda. La que no siempre encuentra la palabra. Que esa también era yo. No una versión menor.

Me quedé quieta procesando eso.

No una versión menor.

No era el tipo de frase que alguien dice para calmar a otra persona. No tenia el ritmo de la consolación, esa cadencia suavizada con que la gente habla cuando quiere que algo deje de doler. Era solo una afirmación, dicha con la misma calma con que dice cualquier otra cosa, como si fuera un hecho verificable y no un intento de hacer que me sintiera mejor.

No una versión menor.

—Lo sé —dije—. Ahora lo sé un poco más que antes.

Seguimos caminando.

El frio era el mismo de antes. El mar también. Pero algo en el peso de lo que cargo habia cambiado de distribución, aunque todavia no supiera exactamente cómo nombrarlo.

Las grietas en el cristal no siempre rompen el cristal. A veces solo cambian la forma en que la luz pasa a través.

Esa noche, en el margen del cuaderno, con la letra más irregular de los últimos meses — la letra de alguien que todavia está procesando algo que salió sin guión —, escribi:

Hoy dije en voz alta algo que solo existia adentro. El mundo siguió. Él siguió. Yo también.

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