I. Onni
La llamada la inicié yo, lo cual ya era una diferencia: normalmente es mi madre quien llama los domingos, con la regularidad de un tren que sabe su propio horario. Esta vez yo llamé un jueves, sin aviso, porque habia algo que queria ver: las caras de mi familia, la cocina de Tampere con la luz que entra por la ventana del norte, el pelo largo de Saara que dice que va a cortarse desde hace un año y nunca se lo corta.
Mi padre apareció primero en la pantalla, con su expresión de siempre —como alguien evaluando silenciosamente si hay motivo de preocupación y concluyendo que no—, hizo el gesto de llamar a los demás sin decir nada. Mi madre llegó segunda, secándose las manos con un trapo de cocina.
—¿Estás bien? —preguntó, porque una llamada sin previo aviso de su hijo desde Japón tenia, lógicamente, ese primer significado.
—Estoy bien mamá. Solo queria llamar.
—¿Comés bien?
—Yumi-san cocina para tres personas aunque soy una.
—Bien. —Satisfecha, se sentó—. Saara está arriba, espera.
Saara, mi hermana llegó en pijama, con el pelo en un moño desprolijo y el teléfono en la mano, como quien interrumpió algo pero no se molestó en fingir que no. Me saludó con el gesto que usamos de chicos, que no tiene nombre pero que significa algo parecido a «te veo, sé que existis, me alegra».
Estuvimos veinte minutos con la conversación de siempre: el frio de Tampere —menos diez esa semana, la primera helada fuerte—, el trabajo de mi padre, la clase de quimica de Saara que la estaba volviendo loca, si yo habia aprendido a usar los palillos sin problema ya. Mi madre preguntó dos veces si tenia suficiente ropa de invierno, aunque en Amanogawa el invierno no requiere el nivel de ropa de invierno finlandesa y yo se lo habia explicado en tres llamadas anteriores.
Fue Saara quien lo cambió todo, como suele hacer.
—¿Cómo está la chica del mar?
Matti mi padre, levantó la vista de lo que fuera que estaba mirando fuera de campo.
Liisa mi madre, esperó.
—¿Qué chica?
—La de las fotos. —Saara giró su propio teléfono hacia la cámara, mostrando la pantalla: era nuestra conversación de mensajes, en la que, al parecer, habia guardado capturas de las fotos que le habia mandado durante los últimos meses. Fue más astuta; lo hizo antes de que yo las borrara—. Mandás más fotos de la costa que de cualquier otra cosa. Y la costa siempre está vacia, excepto por el mismo ángulo, que es el mismo camino, que es el mismo horario de vuelta de la escuela.
No respondi de inmediato.
—Es el único camino a casa desde la escuela.
—Onni. —Saara usó el tono que usa cuando no tiene tiempo para rodeos—. ¿Te gusta alguien o no?
Silencio.
Pensé en las respuestas disponibles. La evasiva («no lo sé»).
La más honesta («creo que si»). Era la más precisa.
Mi padre, en el fondo de la imagen, no dijo absolutamente nada. Pero en el segundo y medio de silencio que siguió a la pregunta de Saara, lo vi asentir, una vez, apenas, como quien reconoce algo que ya habia calculado.
Creo que ya lo sabe...
—Si —dije.
—Finalmente —dijo Saara—. Llevás meses mandando fotos del mismo camino de la costa.
—Soy finlandés. Proceso las cosas despacio.
—Exactamente igual que papá. —Se rio—. ¿Ella lo sabe?
—N-no.
—¿Tú le gustás a ella?
—N-no lo sé, todavia.
Saara hizo ese sonido que significa «qué desesperante sos» en el idioma que hablamos entre hermanos y me dijo que la "actualizara" cuando hubiera novedades. Mi madre, que habia escuchado la conversación entera con una expresión entre la ternura y la preocupación práctica, me preguntó si la chica era buena persona.
—Es —dije, y después me di cuenta de que eso no era exactamente una respuesta, pero tampoco era incompleto.
—Bien —dijo mi madre.
Mi papá no dijo nada. Pero cuando nos despedimos, miró directo a la cámara un segundo más de lo habitual, con esa expresión que en él es el equivalente de un párrafo entero.
Sonrió levemente.
Después de cortar la llamada, me quedé un rato con el teléfono en la mano, mirando la pantalla negra.
Habia dicho «si» sin titubear. Sin el «creo» que habia tenido preparado como red de seguridad desde hacia semanas. Solo «si», limpio y sin condiciones, a la pregunta directa de alguien que no me iba a dejar salir por la tangente.
La costa seguia haciendo el mismo sonido desde la ventana de mi cuarto. El mar de Amanogawa, que no es el Báltico ni el golfo de Finlandia, pero que en estos nueve meses se fue convirtiendo en el mar que reconozco cuando lo escucho.
Abri la galeria del teléfono. Las fotos de los últimos meses eran, efectivamente, en su mayoria fotos de la costa. El mismo ángulo, el mismo tramo, el mismo horario.
Senti el rostro caliente.
Cerré la galeria. No hacia falta seguir mirando para confirmar lo que ya sabia.
II. Tsumugi
Esa noche guardé el cuaderno sin anotar los datos del dia.
No porque los olvidara.
Los tenia.
Presión en alza leve, temperatura bajo cero por primera vez en la temporada, cielo despejado y frio de esos que Hoshino-sensei llama «invierno de verdad»
Todo anotable, todo disponible.
Simplemente no abri el cuaderno.
Me senté en la silla del escritorio y miré el cielo por la ventana durante un rato que no sé cuantificar, lo cual es inusual en mi porque normalmente cuantifico todo. El cielo era ese negro claro de las noches sin luna que deja ver más estrellas de lo habitual, las mismas estrellas que existen sobre Finlandia aunque desde un ángulo diferente.
Pensé en la pregunta de Sora del dia anterior.
¿Qué se sentia peor: la cosa que estabas evitando, o evitarlo a él?
La respuesta que escribi en papel seguia siendo verdadera hoy. Más todavia, si acaso, porque tenia un dia más de datos que confirmaban el patrón.
Finalmente abri el cuaderno. Anoté los datos del dia con la letra ordenada de siempre, en el orden de siempre.
Y en el margen, debajo de todo:
Las estrellas sobre este cielo son las mismas que sobre Finlandia. Solo cambia el ángulo desde el que se ven. A veces me pregunto si él también las mira.
A veces me pregunto por qué me pregunto eso.