I. Onni
Esa tarde, después del club, me quedé solo en la azotea más tiempo del habitual.
No fue una decisión. Solo que los demás se fueron y yo segui mirando los instrumentos, anotando los últimos datos del dia, sin apuro particular por bajar. Hoshino-sensei habia salido primero. Sora habia hecho un gesto hacia Asahina que yo entendi como «quédate, tenemos que hablar de algo», y Asahina habia asentido, y yo recogi mis cosas despacio para no incomodar el inicio de lo que fuera que necesitaban hablar.
Desde la azotea, el cielo de invierno era ese azul oscuro que se instala a media tarde y que, según Asahina, indica baja humedad y presión estable. Lo anoto cuando lo veo ahora, ese tipo de cosas. Una costumbre nueva.
Me quedé pensando en los últimos dias: el mensaje del domingo, la respuesta breve, el lunes en que las cosas volvieron a su patrón normal sin que ninguno hiciera referencia explicita a lo que habia pasado el viernes. Como si el silencio de ese dia hubiera sido simplemente un paréntesis, no un quiebre.
Pensé en lo que dijo Sora una vez, hace meses, en el primer almuerzo bajo el árbol: que mucha gente se acercaba por curiosidad y después desaparecia. Que ella no queria ver eso de nuevo.
No desapareci.
Y, sin embargo, la semana pasada, en el paréntesis silencioso del viernes, me di cuenta de algo que no habia nombrado todavia: que la ausencia del patrón —del árbol, del camino, de los datos compartidos— se sentia como la falta de algo especifico. No de cualquier compañia. De esa.
No hice nada con esa observación todavia. Solo la anoté, en el cuaderno invisible de mi mente, en la columna que todavia no tiene encabezado.
Bajé cuando el frio de la azotea empezó a ser más incomodidad que compañia. El cielo seguia igual: azul oscuro, estable, sin cambios previstos.
II. Tsumugi
Cuando los demás se fueron, Sora no se movió del banco.
No dijo nada todavia. Sacó su propia libreta, la abrió en una página en blanco y la dejó entre las dos, como quien pone una mesa antes de que empiece una conversación.
La conocia lo suficiente para entender lo que eso significaba: que lo que viniera podia escribirse si las palabras habladas no alcanzaban. Que el canal era libre. Que el tiempo era nuestro.
—El viernes —dijo, finalmente—. ¿Qué pasó?
No fue una pregunta acusatoria. Era la pregunta directa de alguien que notó algo y prefiere nombrarlo en vez de rodearlo.
—No fui al almuerzo —respondi.
—Lo noté. ¿Por qué?
Ahi fue donde el sistema se complicó, como siempre que la pregunta tiene una respuesta que sé y otra respuesta que sé que sé, pero que no termino de mirar directamente.
—Vi algo —dije—. En el pasillo. Nao-san estaba hablando con Onni y le tocó la manga mientras se reia.
Sora esperó.
—Y después no pude anotar nada en el cuaderno durante un rato largo.
—¿Cuánto rato?
—Cuarenta minutos, aproximadamente.
—¿Y qué más?
—Tomé un camino diferente al club. No respondi su mensaje hasta el domingo. No sé exactamente qué estaba haciendo, pero lo elegi de todas formas.
Sora asintió despacio. Hizo una anotación breve en su libreta y la giró hacia mi. Decia:
¿Qué se sentia peor: la cosa que estabas evitando o evitarlo a él?
Lei la pregunta dos veces.
No era la pregunta que esperaba. Esperaba algo sobre Nao, sobre lo que habia visto, sobre si creia que habia algo entre ellos. Sora no preguntó nada de eso. Fue directo al único lugar donde la respuesta importaba.
Tomé el lápiz. Escribi:
Evitarlo a él.
Se lo devolvi.
Ella leyó. Asintió una vez, con esa parsimonia suya que no presiona nunca.
—¿Y qué te dice eso? —preguntó, en voz alta esta vez.
Me quedé callada un rato. El tipo de silencio que, con Sora, no necesita excusa porque ella también lo usa cuando lo necesita.
—No lo sé todavia —respondi—. Pero algo.
—Bien. —Cerró la libreta—. Eso es suficiente por ahora.
No lo dejó ahi, sin embargo. Después de un momento, con la vista en el horizonte de tejados que se veia desde la azotea, preguntó algo más.
—¿Cuándo fue la primera vez que notaste que contabas los dias?
—El cuarto de abril. El primer saludo. Lo anoté en el margen del cuaderno.
—¿Y cuándo dejaste de contarlos?
Tuve que pensarlo.
—Cerca del final del primer volumen del cuaderno. Cuando dejé de necesitar el número para saber que el patrón seguia ahi.
—¿Y qué cambió para que dejaras de necesitar el número?
Esa pregunta tardé más en responderla.
—Que ya no dudaba de que iba a estar al dia siguiente.
Sora no dijo nada más por un rato. Yo tampoco.
A veces las conversaciones más importantes no necesitan conclusión. Solo necesitan que las dos personas que las tienen lleguen al mismo punto de la página al mismo tiempo y se queden ahi un momento antes de seguir.
Cuando finalmente bajamos, el cielo ya estaba en ese azul profundo que Hoshino-sensei llama «hora azul náutica», el periodo entre el crepúsculo civil y la oscuridad completa. Doce minutos, aproximadamente. El tiempo exacto que lleva que el cielo pase de algo a otra cosa sin que nadie pueda señalar el momento exacto del cambio.
Hay muchas cosas que son asi. El cambio no tiene un momento. Solo hay un antes y un después, y entre los dos, doce minutos que nadie puede atrapar con precisión.
Esa noche, en el margen del cuaderno, escribi:
Sora me preguntó lo único que importaba y no lo llenó de respuestas propias. Eso también es una forma de querer bien a alguien. El cielo que comparto con ella es el mismo que el de siempre, y a veces eso es exactamente lo que hace falta.