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Capitulo 15 — Visperas

El cielo que solo ella sabe leer · por habi · 02 de agosto de 2026

I. Onni

El dia antes del festival, la escuela dejó de ser una escuela.

No ocurrió de golpe, sino poco a poco, desde la primera hora de la mañana: mesas que cruzaban los pasillos cargadas de materiales; carteles enrollados apoyados contra las paredes; altavoces que alguien probaba en el patio, dejando escapar un chirrido agudo cada veinte minutos; clases que se interrumpian porque alguien necesitaba preguntarle algo a otra persona que, casualmente, estaba en ese salón.

Itou estaba en su elemento. Durante la hora libre cargó sillas, ayudó a colgar una lona sobre el escenario del patio y mostró más entusiasmo del que le habia visto en cualquier clase de todo el año.

—¿No hay festivales asi en Finlandia? —me preguntó desde lo alto de una escalera, con una cuerda en la mano.

—Hay cosas parecidas. Más tranquilas, creo.

—Acá el primer dia siempre es un caos total. El segundo ya empieza a funcionar. El tercero todo el mundo está agotado, pero nadie lo admite. —Se rio—. Es tradición.

Kana coordinaba todo desde el centro del patio, con una tablilla en una mano y una lista de tareas que iba tachando con una eficiencia que, debo admitir, imponia respeto. Le indicaba a cada persona exactamente que debia hacer, sin necesidad de repetirlo y sin alzar la voz más de lo indispensable. No sé si siempre habia sido asi de capaz o si simplemente yo no lo habia notado antes.

A las cuatro de la tarde habia una reunión del comité organizador en la sala de actos. Hoshino-sensei me dijo que podia asistir si queria, «para ver cómo se presenta un pronóstico técnico a un público no técnico», que era exactamente el tipo de descripción que él utilizaba para hacer que las cosas sonaran más importantes de lo que parecian, sin dejar de ser verdad.

Fui.

Asahina estaba al frente de la sala, con su cuaderno abierto y tres hojas A4 apoyadas sobre el atril, cuando entré. No me buscó con la vista, lo cual me pareció correcto: estaba en ese estado de concentración que ya le conozco, donde el mundo exterior sigue existiendo, pero queda en un segundo plano porque tiene algo importante que hacer.

Presentó el pronóstico para los tres dias del festival.

No lo leyó. Lo sabia de memoria: temperaturas, probabilidad de lluvia, horarios de viento, el momento del dia en que las condiciones al aire libre serian óptimas para cada tipo de actividad. Lo explicó con una claridad que no tenia nada que ver con la chica que tarda quince segundos en responder «buenos dias». Era otra forma de hablar: técnica, ordenada y sin los espacios vacios en los que suele perderse. Como si, en ese territorio especifico, el idioma le perteneciera por completo.

Kana, sentada en la primera fila, tomó notas sin interrumpirla. Al final, cuando Asahina terminó, levantó la vista y preguntó:

—¿Que tan confiable es el pronóstico del tercer dia? Estamos pensando en hacer el concurso de bandas afuera esa tarde.

Asahina no tardó ni dos segundos.

—Hay un setenta y tres por ciento de probabilidad de cielo despejado hasta las seis de la tarde. Después del atardecer aumenta la probabilidad de viento moderado, pero no se esperan lluvias. Si empiezan antes de las cinco, deberian tener margen.

—Bien. —Kana anotó algo—. Lo ajustamos al horario.

Eso fue todo. Sin un «que interesante» ni un «gracias, muy lindo tu trabajo». Solo la información integrada a la decisión como si fuera lo más natural del mundo. Como si el talento de Asahina fuera un dato operativo y no un detalle pintoresco.

En el camino de vuelta a casa esa tarde, noté que hablaba menos de lo habitual. No con angustia, sino con ese silencio particular que ya reconozco como cansancio de verdad: el de un dia que empezó diferente, siguió diferente y terminó diferente, y al que el cuerpo responde como siempre responde cuando las cosas no siguen el patrón esperado.

No le pregunté si estaba bien. A esta altura sé que «¿estás bien?» a veces es otra demanda disfrazada de pregunta. Caminamos junto al mar, con el sonido de las olas reemplazando todo lo que la escuela habia puesto en su lugar durante las últimas ocho horas.

Antes de separarnos, en la esquina de siempre, dijo algo que no esperaba.

—Mañana puede ser un dia dificil.

No lo dijo con miedo. Lo dijo como lo que era: información. Un pronóstico, igual que los que hace para el festival.

—Lo sé —respondí.

—Si en algún momento necesito irme a algún lugar más tranquilo, no es porque algo haya salido mal.

—Lo sé —repetí.

Asintió una vez, como quien confirma un protocolo ya acordado.

Y se fue hacia su casa, con la mochila sobre los hombros y el cuaderno apretado contra el pecho, como si fuera lo único sólido a lo que podia aferrarse esa noche.


II. Tsumugi

Cinco semanas de registros. Treinta y cinco páginas. El pronóstico más detallado que habia preparado en mi vida para un evento que no era el tiempo en general, sino tres dias especificos en un lugar especifico.

Todo eso se resumió en veinte minutos en la sala de actos.

No fue intimidante. Eso es lo que más me sorprende cuando lo pienso ahora, sentada en mi cuarto con el cuaderno abierto y la escuela ya cerrada. Hablar del clima frente a veinte personas no me resultó dificil. No hubo silencios mal calculados ni palabras que se atascaran en el filtro habitual. El pronóstico no es sobre mi. Es sobre el cielo, y el cielo no depende de si me expreso bien o si tardo demasiado. El cielo simplemente es, y yo lo traduzco. Esa traducción si la sé hacer.

Kana me preguntó por el tercer dia y le respondi en dos segundos. Dos segundos. Era una pregunta que no conocia de antemano, sin tiempo de preparación, y aun asi tardé dos segundos.

Guardé ese dato para analizarlo después.

Lo que me cuesta no es hablar. Lo que me cuesta es hablar de cosas que están adentro, que dependen de cómo proceso la situación en tiempo real, que requieren traducir no solo el lenguaje, sino también mi propio estado interno. El clima está afuera. La traducción es técnica. Por eso no me cuesta.

Eso ya lo sabia. Lo sé desde hace años. Pero verlo demostrado con tanta claridad todavia me toma por sorpresa.

Sora me encontró después de la reunión con su propia lista escrita en una hoja doblada. La conocia bien: puntos de encuentro por si alguna necesitaba un lugar tranquilo, señales simples para cuando hablar fuera demasiado y quién llevaria que cosas.

Somos distintas, pero tenemos el mismo mapa del festival.

—Yo me voy a quedar cerca de los puestos de comida hasta las once —me dijo—. Ahi es más manejable. ¿Tú?

—Voy a estar en el área de meteorologia hasta la una. Después tengo que entregar el informe de cierre del mediodia al comité. —Hice una pausa—. Onni dijo que puede acompañarme a la entrega si hay mucha gente en el camino.

Sora me miró un segundo con esa expresión que usa cuando procesa información nueva.

—¿Tú se lo pediste?

—Yo se lo dije. Él dijo que podia. No sé si es lo mismo.

—...Probablemente sea lo mismo —dijo Sora.

No discuti ese punto. Tenia razón: probablemente fuera lo mismo, aunque yo no hubiera podido decirlo con esa seguridad.

Ahora son las diez y media de la noche y tengo sobre el escritorio todo lo que preparé para mañana: los audifonos cargados, la mochila con solo lo necesario para no llevar peso de más, una botella de agua y una pequeña bolsa con el tipo de snack que puedo comer sin pensar demasiado cuando el cuerpo lo necesita, pero el cerebro ya no tiene capacidad para decidir nada más.

El pronóstico para mañana dice cielo despejado y una temperatura en ascenso desde el mediodia. Lo preparé yo, asi que sé que es confiable.

Lo que no puedo pronosticar es cuánto va a costar el dia. Cuánta energia va a requerir cada conversación inesperada, cada cambio de plan, cada momento en que haya demasiadas voces superpuestas y tenga que seguir adelante de todas formas. No hay ningún instrumento para medir eso de antemano. Solo queda llegar al otro lado y ver cuánta energia queda.

Le dije a Onni que podia ser un dia dificil. No porque necesitara que lo supiera para protegerme, sino porque me pareció justo que tuviera ese dato antes de que sucediera. Un pronóstico, igual que los otros.

Él dijo que lo sabia. Creo que lo sabe.

Cerré el cuaderno y apagué la lámpara del escritorio.

En el margen de la última página, justo antes de cerrarlo, escribi:

Mañana el cielo va a estar despejado. Lo sé porque lo calculé. Lo que viene después del cielo todavia no está en ningún cuaderno.

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