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Capitulo 14 — Claro después de la duda

El cielo que solo ella sabe leer · por habi · 02 de agosto de 2026

I. Onni

Me levanté antes de que sonara la alarma.

No fue intencional. Era ese tipo de sueño que termina por si solo, cuando el cuerpo ya no puede seguir fingiendo que aún está dormido. De todas formas, me quedé unos diez minutos más en la cama, mirando el mismo techo que la noche anterior tampoco me habia dado ninguna respuesta útil. Después me levanté y empecé a prepararme con más tiempo del necesario, porque no tenia nada mejor que hacer con los minutos que me sobraban.

Souichirou-san estaba en la tienda cuando bajé. Me miró una sola vez, no dijo nada y dejó el desayuno sobre el mostrador antes de que pudiera pedirlo. Yumi-san apareció desde la cocina un momento después y me preguntó si habia dormido bien.

—Más o menos —dije.

—El mar estuvo ruidoso anoche —respondió ella, como si eso explicara todo.

No lo explicaba, pero acepté la explicación de todas formas.

—Me voy. Gracias por el desayuno.

—Que tengas un buen dia.

Sali antes de lo habitual. Caminé despacio para no llegar demasiado temprano y verme obligado a esperar en un salón vacio, con mis propios pensamientos como única compañia.

No sirvió de mucho. Llegué temprano de todos modos.

Me senté. Saqué el cuaderno.

No escribi nada.

Cuando entró, lo primero que noté fue que no hizo lo de siempre: no fue directamente a su asiento, no abrió el cuaderno ni empezó a anotar algo mientras los demás llegaban. Se detuvo un segundo en la puerta, me miró —no hacia mi hombro, sino directamente a los ojos, algo que casi nunca hace y que, cuando ocurre, dura exactamente lo que ella puede soportar— y dijo:

—Buenos dias.

No esperó a que yo empezara. No tardó cuatro segundos, ni tres, ni dos. Simplemente lo dijo, a tiempo, con una voz que no sonó tensa, sino deliberada, como la de alguien que habia decidido hacer algo y estaba cumpliendo esa decisión.

Yo tardé más que ella en responder.

—...Buenos dias —dije al fin.

Fue al revés de siempre.

Y los dos lo sabiamos.

El resto de la mañana transcurrió con una normalidad aparente. Las clases, el recreo, el almuerzo bajo el alcanforero, donde Sora me lanzó una mirada de evaluación rápida antes de volver a su caja de almuerzo sin hacer ningún comentario. Lo interpreté como una señal de que las cosas no estaban tan mal como yo creia.

Al terminar el dia, tomamos el camino de siempre hacia la costa. Caminamos en silencio durante los primeros cinco minutos. No era un silencio incómodo.

Era uno de los otros.

Cuando pasamos frente a la farmacia de la esquina, ella sacó algo del bolsillo de la falda y me lo tendió sin decir una palabra. Era un papel doblado en cuatro, con mi nombre escrito por fuera con su letra pequeña y ordenada.

Lo miré.

La miré a ella.

—Podés leerlo ahora o después —dijo, con la vista puesta en el mar—. Como prefieras.

Lo abri ahi mismo, mientras caminábamos despacio, porque "después" era una opción que no fui capaz de elegir.

tsumugi y Onni - floreciendo

La nota tenia cuatro párrafos cortos. Los lei dos veces antes de volver a doblarla, despacio, con el mismo cuidado con el que alguien guardaria algo que no quiere arrugar más de lo necesario.

No dije nada durante un rato.

Ella tampoco.


—Gracias —dije al fin.

—No hay que agradecer nada —respondió, con exactamente el mismo tono que Hoshino-sensei dos semanas atrás. Eso me hizo pensar que, tal vez, esa frase le resonaba especialmente.

—Igual. —Guardé el papel en el bolsillo interior de la chaqueta; no en cualquier lado—. La próxima vez espero.

—Lo sé —dijo—. Ya lo hacias. Solo que ayer los dos nos asustamos al mismo tiempo, y eso complicó el cálculo.

Era la descripción más precisa que habia escuchado de lo que habia pasado. La anoté mentalmente junto con todo lo demás que llevo anotando de ella en ese cuaderno invisible que empecé a escribir sin darme cuenta el primer dia de clases.


II. Tsumugi

La escribi a la una y cuarto de la madrugada.

No porque no pudiera dormir, aunque eso también era cierto. La escribi porque, a la una y cuarto de la madrugada, por fin encontré las palabras en el orden correcto. Y si no las escribia en ese mismo momento, iban a desaparecer o a cambiar de forma antes de que pudiera usarlas.

La escribi a mano, no en el teléfono. Las palabras escritas en un teléfono se sienten distintas: más rápidas, menos revisadas, como si el formato exigiera velocidad en lugar de exactitud.

Esto necesitaba exactitud.

Tardé cuatro borradores.

El primero empezaba con «Siento haberme quedado callada», pero sonaba a disculpa, y no era una disculpa lo que queria escribir. No habia hecho nada que requiriera disculparse. Simplemente no encontré la puerta a tiempo.

El segundo empezaba con «La pregunta no me molestó». Era verdad, pero estaba incompleto, como una predicción meteorológica que solo dice «no llueve» sin explicar que está pasando en realidad.

El tercero era demasiado largo. Cuatro párrafos explicando el mecanismo de por que tardo en responder, la teoria detrás del procesamiento, todo lo que sé sobre mi misma después de años intentando entenderme. Todo era cierto, pero no era lo que él necesitaba saber a la una de la mañana del dia siguiente a un malentendido.

El cuarto fue el correcto.

Decia esto:

Onni:

La respuesta a tu pregunta es si. Este año fue distinto. Empezó el cuatro de abril, cuando me dijiste «buenos dias» sin repetir el saludo. No sé si eso te pareció algo pequeño. Para mi no lo fue.

La razón principal por la que este año fue distinto eres tú. Tardé demasiado en decirtelo ayer porque esa frase era más grande de lo que me quedaba de energia para manejar a esa hora, en ese lugar, de ese modo. No estaba molesta. La pregunta no me molestó. Solo me faltó tiempo. Después me faltó tiempo para explicarte que me habia faltado tiempo, y eso empeoró las cosas de la única forma en que yo sé empeorarlas.

Mañana te voy a decir «buenos dias» primero. Asi vas a saber que todo está bien antes de que encuentre las palabras para explicarlo.

T.

Lo doblé en cuatro. Escribi su nombre por fuera.

Después me quedé dormida con el papel sobre el escritorio, al lado del cuaderno donde ya habia anotado los datos de ayer.

A la mañana siguiente lo guardé en el bolsillo de la falda antes de salir de casa.

Lo de decir «buenos dias» primero no fue espontáneo. Lo planeé. Lo practiqué. Me lo repeti durante todo el camino hacia la escuela, exactamente igual que me repito todo cuando necesito que salga bien.

Pero cuando llegó el momento, lo hice sin contar.

Eso también era nuevo.

Cuando abrió la nota en el camino de vuelta a casa y la leyó sin decir nada al principio, mantuve la vista en el mar porque era la única dirección que me permitia no conocer su expresión hasta que él estuviera listo para que yo la viera.

Cuando me dio las gracias, respondi lo que respondi porque era lo que sentia: que no habia nada que agradecer. La nota no habia sido un gesto generoso, sino simplemente la única forma que encontré de decir algo que necesitaba ser dicho por el canal correcto, en el momento correcto, con las palabras correctas.

Él dijo que la próxima vez esperaria.

—Ya lo hacias —respondi, porque era cierto—. Solo que ayer los dos nos asustamos al mismo tiempo, y eso complicó el cálculo.

Caminamos el resto del camino en silencio.

Pero era el silencio correcto: el del mar, el del viento, el de dos personas que ya no tenian nada urgente que aclarar.

Esa noche, en el margen del cuaderno, debajo de los datos del dia —cielo despejado, presión estable, temperatura en leve ascenso—, escribi:

Encontré la puerta. Era de papel y se abria hacia adentro.

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