I. Onni
Hoshino-sensei nunca levantaba demasiado la voz. Era el tipo de persona capaz de decir algo importante con el mismo tono con que decia cualquier otra cosa, y eso hacia que sus palabras llegaran sin la advertencia de que estaba a punto de decir algo que realmente valia la pena escuchar.
El martes siguiente al anuncio de Kurosawa-sensei, antes de que empezara la reunión del club en la azotea, nos detuvo en la puerta. A los tres: Asahina, Sora y yo.
—Asahina —dijo, sin apartar la vista de la planilla que estaba completando—. Para la presentación del trimestre, podés entregar el informe por escrito en lugar de exponerlo oralmente. Mismo contenido, mismo criterio de evaluación. Lo hablé con Kurosawa.
Eso fue todo. No esperó una respuesta, no levantó la vista ni acompañó lo que acababa de decir con ninguna explicación sobre el motivo de la propuesta o las circunstancias que la habian llevado a existir. Lo dijo con la misma naturalidad con la que anotaba presiones atmosféricas en una tabla, como si fuera un dato más del dia, y continuó completando la planilla.
Asahina permaneció inmóvil un segundo.
—...Gracias —dijo.
—No hay nada que agradecer —respondió Hoshino-sensei, con el mismo tono—. Hay distintas formas de demostrar que uno sabe algo. El papel demuestra lo mismo que la voz. A veces, incluso mejor.
Entramos. Sora me lanzó una mirada rápida, de esas que significan algo muy concreto pero que todavia no termino de descifrar en ella. Yo apenas me encogi de hombros. Ella asintió, satisfecha con esa respuesta por razones que tampoco terminé de entender.
La segunda parte de la tarde llegó unos veinte minutos después, cuando Hoshino-sensei levantó la vista de su planilla como si acabara de recordar algo pendiente.
—Ah. Otra cosa. —Señaló a Asahina con el lápiz. Fue un gesto casual, casi distraido—. El festival de otoño es dentro de cinco semanas. La comisión organizadora me pidió que alguien del club se encargue del pronóstico oficial para los tres dias. Tendrá que coordinar los horarios de las actividades al aire libre y avisar si hace falta trasladar alguna a un espacio cubierto. —Hizo una breve pausa—. Quiero que lo hagas tú. Vas a presentar el pronóstico cada mañana del festival, por escrito o de forma oral, como prefieras. La decisión final siempre será de la comisión, pero el pronóstico estará a tu cargo.
Asahina no respondió de inmediato. Lo que si noté fue que el lápiz que sostenia, inmóvil hasta ese momento sobre el cuaderno, empezó a moverse. Un trazo. Después otro. Como si aquella noticia le hubiera devuelto algo que el martes anterior le habian quitado.
—¿Desde cuándo empiezo a registrar? —preguntó.
—Desde ahora. Cinco semanas de datos previos es lo ideal para este tipo de pronóstico. Tú lo sabés mejor que yo.
—Lo sé.
—Ya sé que lo sabés.
Sora, a mi lado, bajó la vista hacia su libreta con una pequeña sonrisa que tampoco supe leer del todo, aunque esta vez no necesité hacerlo para entender.
De vuelta en casa, esa tarde, Souichirou-san me preguntó cómo habia ido el club. Le conté lo del festival. Él asintió, sin mostrar sorpresa.
—Ren va a enterarse —dijo—. La cooperativa sigue esos pronósticos durante el festival. Siempre hay actividades en el puerto por esas fechas.
El padre de Asahina. Volveria a usar sus datos, sin que ella supiera cuántas personas del pueblo hacian lo mismo, en silencio.
Decidi no contárselo todavia. Hay cosas que es mejor dejar que descubran por si solas.
II. Tsumugi
Conozco la diferencia entre que te ayuden y que intenten arreglarte.
Que intenten arreglarte se siente asi: alguien nota que sos distinta, lo señala delante de otros o frente a ti con un tono que mezcla compasión y una ligera incomodidad. Después propone algo que, en realidad, está pensado para que dejes de ser tan visible como problema. El resultado puede servir o no, pero el punto de partida siempre es el mismo: hay algo en ti que no deberia estar ahi.
Lo que hizo Hoshino-sensei fue distinto.
No lo nombró. No explicó por que. No me miró con ese tono que ya reconozco de lejos, esa mezcla de "pobrecita" y "no es su culpa". Solo dijo que habia formas distintas de demostrar que uno sabe algo y que el papel demuestra lo mismo que la voz.
Eso es cierto. Objetivamente cierto. Y que alguien lo dijera como un hecho, en lugar de como una concesión, fue, sin que yo lo esperara, la diferencia entre sentir alivio y sentir dolor al mismo tiempo.
Aunque no fue eso lo que pasó.
Solo senti alivio.
Me quedé quieta un segundo después de que habló, buscando el ángulo equivocado, la trampa que no habia visto, la parte donde resultaba que todo esto también tenia un costo que todavia no habia calculado. No la encontré. A veces las cosas son exactamente lo que parecen, y mi cabeza tarda en creerlo porque no está acostumbrada a que sea asi.
La segunda parte fue más dificil de procesar, aunque por una razón completamente distinta.
El festival.
El pronóstico oficial.
Las decisiones de la comisión basadas en mis datos.
Llevo años anotando presiones, temperaturas, tipos de nubes y velocidad del viento. Lo hago porque el cielo tiene reglas que no cambian según el humor de nadie; porque leer el tiempo es la única forma de conversación en la que siempre sé exactamente qué estoy diciendo y qué significa lo que digo. Lo hago porque mi padre lo necesita para salir al mar, porque la cooperativa usa esos datos y porque Hoshino-sensei los incorporó a los registros del club.
Pero siempre fue algo que hacia sola, o casi sola, en la azotea o en el balcón de mi casa, antes de que amaneciera del todo.
Esto era distinto.
Esto era que una comisión, formada por personas que no me conocen y que probablemente nunca van a preguntarme cómo estoy después de un dia dificil, confiara en mis datos para organizar actividades reales, para decidir si mover algo a cubierto o dejarlo donde estaba según lo que yo dijera.
—¿Desde cuándo empiezo a registrar?
La pregunta salió de mi boca antes de que terminara de procesar todo lo que implicaba. No porque no supiera la respuesta —ya sabia que cinco semanas era lo ideal; eso es lo que aprendi leyendo sobre la predicción de patrones meteorológicos locales—, sino porque, de pronto, entendi que eso era lo único que necesitaba saber para empezar.
No necesitaba saber si iba a salir bien. No necesitaba saber si la comisión iba a confiar en mi. No necesitaba calcular de antemano todo lo que podia salir mal.
Solo necesitaba saber desde cuándo empezar, porque todo lo demás era trabajo. Y el trabajo lo sé hacer.
Hoshino-sensei respondió:
—Ya sé que lo sabés.
Lo dijo con ese tono que usa cuando da un tema por cerrado, porque considera que ya no queda nada más por discutir.
Sora me pasó una nota por debajo de la mesa antes de que terminara la sesión. Solo cuatro palabras:
¿Estás bien con esto?
Le respondi con tres:
Más que bien.
Guardé la nota en el bolsillo de la falda, igual que hago con todas las que me manda. Después abri el cuaderno por la página del dia y empecé a anotar los datos de la tarde, como siempre.
Solo que, esta vez, antes de la hora, la presión y los tipos de nubes, escribi algo que nunca habia encabezado una de mis páginas:
Dia 1 de registro para el festival. Despejado. Temperatura en descenso gradual hacia la tarde. Sin eventos significativos previstos para las próximas cuarenta y ocho horas.
Cinco semanas.
Treinta y cinco páginas hasta el festival.
Esa noche, en el margen, escribi:
Hoshino-sensei no arregló nada. Solo dejó de poner obstáculos donde no hacian falta. A veces eso basta para que alguien llegue por sus propios medios.