I. Onni
Hay dias que empiezan torcidos desde la primera hora y nunca terminan de enderezarse.
Cuando entré al salón esa mañana, encontré a Kurosawa-sensei reorganizando el espacio: movia sillas y agrupaba los pupitres de cuatro en cuatro. Cambio de asientos. Lo anunció con el tono de alguien que esperaba que la noticia fuera recibida con entusiasmo, o al menos con neutralidad.
—A partir de hoy vamos a trabajar en grupos rotativos —dijo—. Es importante que aprendan a colaborar con compañeros distintos. La vida no siempre nos pone con las personas que elegimos.
La mayoria de la clase se movió entre el ruido habitual de las sillas arrastrándose, los comentarios en voz baja y alguien protestando a viva voz porque lo habian separado de su mejor amigo. El caos normal de una mañana reorganizada.
Yo busqué a Asahina con la vista.
Estaba de pie junto a su pupitre original, con la mochila en la mano, mirando el papel donde Kurosawa-sensei habia anotado la nueva distribución. No se movia. No era que estuviera bloqueada, exactamente; al menos no de una forma que cualquiera en el salón pudiera notar. Solo permanecia inmóvil, con una quietud distinta a la habitual, más tensa, como si estuviera procesando algo que le costaba más de lo normal.
Me ubiqué en mi nuevo asiento, que quedaba al otro lado del salón. Distante. Me di cuenta de eso antes de sentarme, y me senté de todas formas, porque no habia nada que pudiera hacer al respecto en ese momento.
Asahina terminó moviéndose. Encontró su nuevo lugar, en el grupo del fondo, junto a dos compañeros que no eran Sora ni yo, y se sentó con la misma eficiencia silenciosa con la que hace todo. Desde afuera, parecia que todo habia terminado.
La segunda parte llegó cuarenta minutos después.
—Para el cierre del trimestre, cada grupo va a presentar oralmente un tema de su elección —anunció Kurosawa-sensei, con la seguridad de quien está convencida de que eso es exactamente lo que el curso necesita—. Cinco minutos por grupo. Todos los integrantes deben hablar. Los evalúo por participación, no solo por contenido.
Miré hacia el fondo del salón.
Asahina tenia la vista baja. Las manos sobre el pupitre, completamente quietas. El lápiz, inmóvil.
No parecia estar ignorando lo que Kurosawa-sensei acababa de decir. Parecia estar procesándolo, capa por capa, con una concentración tan intensa que el gesto resultaba casi invisible desde fuera. Solo alguien que ya sabia dónde mirar podia notarlo.
Yo ya sabia dónde mirar.
El resto de la mañana transcurrió sin que pudiera hacer nada desde el otro lado del salón. Cada vez que levantaba la vista, ella seguia en la misma posición: espalda recta, vista baja, manos quietas. Sus compañeros de grupo le hablaron un par de veces. Ella respondió algo, lo suficiente para que retomaran la conversación, y volvió a su silencio particular.
A la hora del almuerzo, cuando llegué al árbol, ella ya estaba ahi. Sola, porque ese dia Sora tenia reunión de otro club en otra sala. El cuaderno de nubes estaba abierto, pero el lápiz no se habia movido.
No le pregunté que habia pasado. Ya lo sabia, en la medida en que podia saberlo desde afuera: que algo de esa mañana le habia costado más de lo que parecia y que ahora necesitaba exactamente esto: el árbol, el silencio, el cielo sin obstáculos encima.
Me senté a mi distancia habitual y saqué mi propio almuerzo.
Comimos sin hablar durante varios minutos. El viento movia las hojas del alcanforero con ese sonido constante que, como ya habia aprendido, no interrumpe el silencio, sino que lo completa.
—Cambio de asientos sin aviso —dijo ella finalmente, sin levantar la vista del cuaderno.
—Lo noté.
—Y la presentación oral.
—Eso también.
Un silencio más.
—No sé cómo hablar en público frente a gente que todavia no conozco —dijo, con el tono exacto con el que enuncia un dato meteorológico: sin dramatismo, sin pedir disculpas, solo nombrando lo que es—. No es que no quiera. Es que... el proceso de hacerlo bien cuesta demasiado cuando hay demasiadas cosas cambiando al mismo tiempo.
No intenté resolver nada. No le dije que iba a salir bien, ni que podia ayudarla, ni que Kurosawa-sensei seguramente entenderia si se lo explicaba. Guardé todas esas frases donde pertenecian: en ninguna parte.
—¿Te ayuda estar acá ahora? —pregunté.
Tardó, como siempre.
—Si.
—Bien.
Y eso fue todo lo que hizo falta decir.
II. Tsumugi
Tengo un sistema.
No es algo que diseñé conscientemente, sino algo que fue emergiendo con los años, como emerge una teoria cientifica: de la observación repetida de que funciona y que no; de que me permite llegar al final del dia todavia en pie y que me deja agotada antes del mediodia.
El sistema incluye, entre otras cosas, saber de antemano cómo va a ser el dia. No perfectamente —el mundo no es predecible con precisión absoluta; lo sé mejor que nadie—, pero si en líneas generales. Sé que asiento es el mio. Sé quiénes van a estar a mi alrededor. Sé en que orden van a pasar las cosas. Con esa base, puedo administrar la energia que me queda a lo largo del dia, repartirla donde más la voy a necesitar y guardar un poco para el camino de vuelta.
Cuando Kurosawa-sensei entró moviendo pupitres, el sistema se rompió en la primera linea.
Cambio de asientos.
Desde afuera, esto es lo que se ve: una alumna que se queda quieta un momento con la mochila en la mano, mira el papel con la nueva distribución y después se mueve a su nuevo lugar sin protestar.
Desde adentro, esto es lo que pasó:
Mi asiento ya no existe. Ese rincón que aprendi a habitar, donde sé exactamente cuánta luz entra por la ventana y en que ángulo, donde los sonidos del pasillo llegan amortiguados porque la pared hace de barrera, ya no es mio. El nuevo asiento está en el centro del grupo, rodeado de tres personas con las que nunca hablé, en el lado del salón donde la calefacción hace ese ruido intermitente que antes podia ignorar porque estaba lejos.
Bien. Está bien. Esto es manejable. La gente cambia de asiento todo el tiempo. Podés con esto.
¿Cuántas horas quedan hasta el almuerzo?
Conté. Cuatro horas y veinte minutos.
Decidi distribuir mi energia de forma más conservadora de lo habitual: menos respuestas espontáneas, más escucha, nada innecesario. Podia llegar al almuerzo. Después del almuerzo, el club. Después del club, el camino con Onni. Todo iba a estar en orden, si no pasaba nada más.
Pasó algo más.
Cuando Kurosawa-sensei anunció la presentación oral —todos los integrantes deben hablar, evaluación por participación—, lo que senti no fue exactamente miedo. Fue algo más parecido a un cálculo que se niega a cerrarse.
Para hablar bien en público necesito conocer de antemano el tema, tener tiempo suficiente para preparar las palabras exactas, saber más o menos que van a preguntar y estar en un estado en el que me quede suficiente energia para sostener la atención de varios ojos puestos en mi al mismo tiempo.
Lo que tengo ahora: un grupo de tres personas que no conozco, un tema sin definir, ningún tiempo de preparación todavia y una mañana entera compensando el cambio de asientos.
No es que no pueda hablar en público. Ya lo demostré, en el capitulo de las nubes, frente al salón. Pero aquello fue diferente: fue una frase que salió sola porque el error era demasiado evidente para callarlo. Esto es distinto. Esto es organizarme para hablar cuando ya estoy usando toda la energia que me queda solo para mantener el sistema funcionando.
Mis compañeros de grupo me preguntaron si tenia alguna idea para el tema. Les dije que lo pensaria. Asenti cuando alguien propuso algo. Respondi lo suficiente para que la conversación siguiera sin mi.
Por fuera: una alumna callada, pero cooperativa. Por dentro: alguien distribuyendo los últimos recursos de una reserva que ya estaba baja desde la primera hora.
Cuando llegó el almuerzo, fui directo al árbol. Saqué el cuaderno, pero no anoté nada. El lápiz pesaba más de lo que deberia pesar un lápiz.
Cuando llegó Onni y se sentó sin preguntar nada, algo en mi que llevaba horas tenso se aflojó un centimetro.
Cuando finalmente pude decirlo en voz alta —el cambio de asientos, la presentación, el proceso que cuesta demasiado cuando hay demasiadas cosas cambiando al mismo tiempo—, me di cuenta de que no estaba buscando una solución. Ya sabia que no habia una solución simple. Solo queria nombrarlo frente a alguien que no fuera a decirme que estaba exagerando.
No me dijo que estaba exagerando.
Solo preguntó si estar ahi ayudaba.
La respuesta fue "si", aunque me hubiera costado lo mismo de siempre llegar hasta ese si.
Esa noche, con la energia justa para sostener el lápiz, escribi en el margen del cuaderno:
Hoy el sistema se rompió dos veces antes del mediodia. Llegué al árbol de todas formas. Eso también es un dato.