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Capitulo 10 — Marea alta

El cielo que solo ella sabe leer · por habi · 31 de julio de 2026

I. Onni

En el verano me mandó cuatro mensajes.

No fueron cuatro mensajes seguidos, ni en fechas previsibles, ni con despedida al final. Llegaron espaciados, cada uno de un solo párrafo, con la precisión de alguien que escribe solo cuando tiene algo concreto para decir, exactamente como ella lo prometió ese último dia antes de las vacaciones de verano.

El primero llegó doce dias después: una foto del cielo desde el balcón de su casa, sin texto. Tardé un momento en entender que era, y después entendi que ese era el texto: el cielo mismo.

Le respondi con una foto del puerto desde la tienda de Souichirou-san. Nubes distintas. Mismo horizonte.

El segundo fue un dato: la presión habia bajado cuatro hectopascales en dos horas esa mañana, y efectivamente llovió antes de mediodia. Sin pregunta adjunta. Solo el dato, como si yo fuera parte del registro.

El tercero llegó a mitad del verano: una pregunta sobre si en Finlandia también habia temporada de lluvias. Le respondi en dos párrafos, quizás demasiado largos. Ella respondió con tres lineas, pero eran las tres lineas correctas.

El cuarto llegó el dia antes de volver a clases: solo decia "mañana". Una sola palabra. Lo guardé sin responder, porque no necesitaba respuesta.

Eso fue el verano.

Lo que no esperaba era lo que descubri la primera semana de vuelta, casi por accidente, mientras ayudaba a Souichirou-san a ordenar el inventario de la tienda antes de que abriera.

—Asahina —dijo él, leyendo un pedido en el mostrador sin mirarme—. ¿Es la chica del instituto con la que andás?

Me detuve con una caja a medio levantar.

—¿La conocés?

—A ella no. Al padre si. —Souichirou-san dobló el papel con el mismo gesto metódico con que hace todo—. Ren Asahina. Sale al mar desde hace quince años con la misma embarcación. Buen pescador. Callado. Usa los datos meteorológicos de su hija para decidir si sale o no cuando el tiempo está dudoso. —Hizo una pausa—. Nunca me dijo que era su hija la que los hacia. Lo deduje recién hace unas semanas, cuando cai en la cuenta del apellido.

Me quedé procesando aquello un momento. El padre de Tsumugi usando sus datos para salir a pescar. Los datos que anota cada mañana desde que tenía doce años, antes de desayunar; los mismos que Hoshino-sensei dijo que la cooperativa del puerto revisaba. Souichirou-san, en cuya casa duermo, conectado con todo eso sin que ninguno de los dos lo supiéramos.

—Souichirou-san, ¿se lo dijiste a él? —pregunté.

—No hace falta decirselo. El ya sabe que es su hija quien hace los registros. Lo que, quizás no sabe es que el finlandés que vive en mi casa come el almuerzo todos los dias bajo el mismo árbol que ella.

Souichirou-san sonrió apenas, sin levantar la vista del inventario.

—El pueblo es chico —dijo, como si eso explicara todo. Y si, lo explicaba.


                                                ◇


Esa tarde, en el primer almuerzo bajo el alcanforero desde el descanso, se lo conté a Tsumugi. Sora escuchó en silencio, con la caja de almuerzo equilibrada sobre las rodillas.

Tsumugi tardó un momento en responder.

—Mi padre nunca me dijo que conocia a Souichirou-san —dijo finalmente.

—El mio tampoco me dijo que el mar de acá iba a parecerse tanto al de Finlandia —respondi, aunque no era exactamente lo mismo, y los dos lo sabiamos.

Pero ella asintió, como si entendiera lo que yo queria decir debajo de lo que realmente habia dicho.



II. Tsumugi

El verano fue, en lineas generales, predecible.

El clima, los libros, las tardes en el balcón con el cuaderno. Mi padre saliendo antes del amanecer. Hinata jugando videojuegos con un volumen que, la mayoria de los dias, logré ignorar con los audifonos puestos. Mi madre preguntando, con más cuidado que los años anteriores, si queria salir a algún lado, sin insistir cuando yo decia que no.

Lo impredecible fueron los mensajes.

No los que mandé yo. Esos los calculé, los revisé y los envié solo cuando estaba segura de tener algo concreto que decir y la energia suficiente para esperar una respuesta. Lo impredecible fue cómo respondió el: sin apuro, sin ese tono de ansiedad apenas perceptible que suelo notar cuando alguien espera más de lo que estoy dispuesta a dar, sin preguntar por que habia tardado o por que habian pasado diez dias sin escribir.

La foto del puerto que me envió en respuesta a la del cielo fue lo que menos esperaba. No era una respuesta hecha de palabras para una foto sin palabras. Era una foto respondiendo a otra foto. El mismo lenguaje, sin necesidad de traducción.

No supe bien que hacer con eso durante un rato. Al final decidi guardarlo como un dato y no analizarlo demasiado. Es lo que hago cuando algo todavia no encaja en ninguna de las categorias que ya tengo.

 

                                             ◇

Lo que me contó hoy sobre Souichirou-san y mi padre tardó más en acomodarse.

No es que me sorprendiera que mi padre conociera al dueño de la tienda del puerto. Es un pueblo pequeño; todos los pescadores conocen todos los negocios de suministros. Lo que me llevó más tiempo procesar fue la imagen: mi padre, que nunca habla de mi con desconocidos, que protege nuestra casa como si fuera un perimetro, revisando en silencio mis datos del clima antes de salir al mar cada dia. Sin decirmelo. Sin convertirlo en algo importante.

Ya sabia que los usaba. Hoshino-sensei me lo dijo el primer año y, desde entonces, los anoto con eso en mente, como una responsabilidad pequeña, pero real.

Pero saber que Souichirou-san, la persona en cuya casa vive Onni, conoce a mi padre —que nuestras rutinas llevaban meses cruzándose sin que ninguno de los dos lo supiera— fue una clase distinta de información.

El mundo, a veces, es más pequeño de lo que parece desde adentro.

Esa tarde, en el camino de vuelta por la costa, le pregunté algo que llevaba guardando desde antes del verano.

—¿Cuánto tiempo te queda de intercambio?

No lo pregunté con miedo. O, al menos, no solo con miedo. Lo pregunté porque era un dato que necesitaba tener, igual que necesito conocer la presión atmosférica antes de intentar predecir el tiempo: no para controlarlo, sino para entender que estoy mirando.

—El año escolar completo —respondió—. Hasta la primavera que viene.

Primavera. Todavia faltaba mucho. Pero «faltaba mucho» y «es para siempre» no son la misma cosa, y mi cabeza, que procesa todo con demasiada anticipación, ya estaba anotando esa fecha en algún lugar donde guarda los datos que todavia no sabe para que va a necesitarlos.

Esa noche, debajo de los números del cielo de hoy —despejado, presión en alza, sin cambios previstos—, escribi en el margen:

El verano tuvo cuatro mensajes. El otoño acaba de empezar. No sé todavia cuánto tiempo hay, pero sé que lo hay.

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