Mientras la mamá de Daniel le hacía su examen, Miguel y yo nos sentamos en la sala.
—Oye... —Miguel me miró de reojo—. ¿De dónde lo conoces?
—¿A quién? —pregunté, confundido.
—No te hagas pendejo —respondió—. Al wey del café.
Me quedé pensando un poco.
—No lo conozco.
Era verdad. No lo conocía, solo sabía su nombre y que trabajaba en el café.
—Me ayudó cuando se perdieron mis llaves —dije, tratando de terminar con el tema—. Es todo.
Miguel se quedó callado unos segundos.
—Pues no me cayó bien.
—¿Por qué?
—No sé... Te vi raro con él. Bueno, no tú. Él. Vi algo que no me gustó.
—¿Qué viste?
—No sé cómo explicarlo —se encogió de hombros—. Pero se me hizo raro cómo te miró.
—Estás exagerando.
—Puede ser. —Miguel se acomodó en el sillón—. Pero pues allá tú.
Lo miré unos segundos.
—Ni siquiera lo conozco.
—Por eso mismo.
Faltaba una semana para el examen de la UNAM y, honestamente, estábamos bien pendejos.
—Wey, no mames, sigo sin entender álgebra —dijo Daniel, preocupado—. Me cae de madres que esa parte del examen va a valer verga.
—Es que nada más te la pasas haciendo pendejadas —dije—. Cuando vamos a tu casa a “estudiar”, te la pasas en el Xbox o en pinche Messenger.
—Pues tú también te conectas, cabrón.
—Sí, pero yo sí estudio.
—Mamadas —Daniel suspiró, harto—. Tenemos que estudiar en otro lugar.
—Quién te viera —le sonreí burlonamente—. Hace unas semanas no querías entrar a la uni y ahorita casi chillas.
—Wey, mi papá ya me la sentenció... —dijo serio mientras se pasaba la mano por la cara—. Así que... la biblioteca está atascada.
Yo solo asentí con la cabeza. A esas alturas, cualquier lugar me parecía mejor que seguir encerrados entre tantos libros y gente cuchicheando.
—¿El café de Iván? —dijo como si se le hubiera ocurrido la idea del siglo—. Además, podremos comer.
—No lo sé...
La conversación con Miguel vino a mi mente y eso me hizo dudar un poco. No había dejado de pensar en lo que me había dicho desde aquel día.
Tal vez estaba exagerando. Al final, Iván no me había hecho nada.
—Ándale —Daniel me jaló de la manga—. Además, es buena gente.
—¿Y tú cómo sabes?
—Porque me cayó bien. ¿Qué más quieres? ¿Que le pida sus antecedentes penales?
No pude evitar reírme.
—Está bien, vamos.
Cuando le conté a Miguel el plan, no puso buena cara.
—Yo no voy —dijo molesto—. Ya quedé de estudiar con Sofi en la biblioteca.
De cierto modo sabía que mentía, pero no quise saber más.
—Solo ten cuidado, Cris.
—Sí, sí —Daniel hizo un movimiento con las manos—. Mamón.
Llegamos al café pasadas las cuatro. Vimos a la chica de antes en el mostrador.
Daniel puso una cara de imbécil.
—¿Qué les sirvo? —preguntó la chica.
—Dame un capuchino —respondió mi amigo con una sonrisa.
—¿Y para ti?
—Un americano.
Volteé a todos lados, pero no estaba.
No sabía si aquello me tranquilizaba o me decepcionaba.
Sacudí la cabeza. ¿Qué demonios estaba pensando?
Nos sentamos en una mesa del fondo y sacamos nuestros cuadernos de álgebra.
Daniel empujó el cuaderno hacia mí y señaló el ejercicio que llevábamos un rato intentando resolver.
—A ver, genio. Explícame este.
Miré el problema y volví a leerlo por tercera vez.
—...No tengo ni puta idea.
Daniel soltó una carcajada.
—Ah, chinga. ¿Entonces por qué te haces el muy verga?
—Porque alguien tiene que mantener la moral alta —respondí con sarcasmo.
—Pues ya valió madre —comentó Daniel, resignado.
Los dos nos quedamos viendo el ejercicio como si, por insistir lo suficiente, las letras fueran a acomodarse solas.
—¿No entienden ese?
La voz de Iván a nuestras espaldas nos hizo voltear.
Mi estómago dio un pequeño vuelco.
No sabía por qué.
—No es tan difícil —comentó mientras se acercaba.
Tomó una silla y se sentó a mi lado. Nuestros hombros chocaron apenas.
Me quedé quieto un instante.
No dije nada. Solo bajé la mirada hacia el cuaderno, fingiendo que estaba más interesado en el ejercicio de lo que realmente estaba.
Iván señaló nuestras anotaciones.
—Están complicando de más el ejercicio. Mira, primero tienes que despejar esto y después sustituyes el valor.
Se inclinó sobre la mesa y tomó mi lápiz antes de que pudiera decir algo. Comenzó a hacer unas anotaciones en la hoja, explicándonos paso por paso.
Yo intenté concentrarme en lo que decía, pero por alguna razón me costaba trabajo.
—¿Acaso eres un genio de las mates? —preguntó Daniel, mirándolo incrédulo.
Iván soltó una leve risa.
—No. Solo llevo unos años más peleándome con esto. Estudio ingeniería en el Poli.
—Ah, con razón —dijo Daniel—. Nosotros llevamos como tres horas peleándonos con la pinche X.
Iván volvió a reírse.
—Pues si quieren, les explico.
—¿Neta? —Daniel levantó la mirada—. Porque este cabrón ya me está diciendo que lo deje para el examen y que Dios decida.
—No te preocupes... —dije casi susurrando.
La verdad me daba algo de vergüenza hasta deberle mi ingreso a la universidad.
—No mames, Cristian —dijo Daniel mientras me daba un zape—. Estás viendo que estamos pendejos y te pones mamón.
Iván soltó una pequeña risa y me miró por unos instantes.
No supe qué hacer con la mirada, así que volví a concentrarme en el cuaderno.
—Yo sí te acepto la ayuda —dijo finalmente el pendejo de Daniel.
—¿Ven? No es para tanto —respondió Iván, todavía sonriendo.
—¿No tienes que trabajar? —pregunté, intentando encontrar un motivo para que se fuera.
—Soy el dueño —respondió con una sonrisa—. Dejaré unas cosas y regreso.
Se levantó y se fue al cuarto que estaba detrás del mostrador.
Daniel esperó a que estuviera lo suficientemente lejos antes de inclinarse hacia mí.
—No mames, wey —susurró—. Son asesorías gratis.
Solo pude reírme.
Miré de reojo hacia el mostrador. Iván había desaparecido detrás de la puerta.
Honestamente, no era que me desagradara. Era solo que me hacía sentir muy raro y no sabía por qué.
Y eso era precisamente lo que más me molestaba.
Iván nos ayudó con los ejercicios. La verdad, me sorprendió. En dos horas entendí cosas que no había logrado entender en tres años.
—No manches —Daniel se estiró en la silla y soltó un largo suspiro—. Te rifaste, cabrón. Explicas muy chido.
Iván sonrió y dejó el lápiz sobre la mesa.
—Pues si quieren, puedo ayudarles esta semana —dijo, mirándome directamente—. Tengo tiempo libre y qué mejor que ayudart... ayudarlos.
Daniel no pareció darse cuenta.
—¿Neta? Nos salvarías la vida.
Yo me quedé un poco confundido. No sabía si había escuchado bien. Seguramente había sido cosa mía.
· · ·
Nos ofreció que fuéramos saliendo de la escuela toda esa semana.
No sabía si podía darme el lujo de ir todos los días, pero aun así aceptamos.
Nos despedimos de Iván.
—Wey, qué chido que Iván sea tan buena onda —dijo Daniel, acomodándose la mochila.
—Sí... supongo.
Algo tenía ese cabrón que me ponía nervioso, pero decidí no pensar mucho en ello. Tal vez solo estaba exagerando por el comentario de Miguel.
Daniel y yo nos separamos en la entrada del metro.
—Nos vemos mañana.
—Sí.
· · ·
Mis papás veían las noticias en la sala. A veces yo también las miraba, aunque normalmente me aburrían después de unos minutos. Pero, esa noche, algo me hizo quedarme ahí.
Me senté en uno de los sillones mientras mi papá sostenía el control de la televisión.
<<En otras noticias, en Puebla, grupos de personas se manifestaron hoy exigiendo medidas para frenar la discriminación hacia personas de la comunidad LGBT.>>
No sé por qué esa noticia en particular llamó mi atención, pero miré a la tele.
La reportera hablaba de la manifestación mientras aparecían algunas imágenes de la gente reunida. Después entrevistaron a un hombre que, al parecer, era uno de los organizadores. Decía que había recibido amenazas de muerte por participar en la marcha.
Mi papá soltó una risa.
—No tengo nada en contra de los homosexuales, pero...
Se quedó pensando unos segundos.
—¿Qué ganan con esas marchas? Cómo esta marcha que harán en la ciudad.
Miles de cosas pasaron por mi mente.
—Supongo que quieren respeto... —dije casi susurrando.
Mi papá me miró por un instante.
—¿Respeto de qué?
Tomó el control y cambió de canal.
—Nadie dice que no existan, pero que no anden haciendo sus shows. Da pena.
No dije nada.
Me quedé mirando la televisión, aunque ya ni siquiera estaba prestando atención a lo que pasaban.
· · ·
Después de un rato me fui a mi cuarto.
Me dejé caer en la cama y me quedé mirando al techo. Por alguna razón, la cara de Iván volvió a mi mente.
—¿Qué carajos? —me pasé la mano por la cara, intentando quitarme de la cabeza la cara de ese wey.
Me di la vuelta y miré mi computadora. La encendí. Mientras esperaba a que arrancara, volví a pensar en lo que había pasado en el café.
No había hecho nada malo. Al contrario, nos había ayudado durante horas y hasta se había ofrecido a seguir ayudándonos durante la semana.
Entonces, ¿por qué chingados me ponía tan nervioso?
Sacudí la cabeza.
—Ya, Cristian.
Inicié sesión en mi Hi5. Tenía semanas sin entrar, así que me puse a revisar un rato. Pasé de un perfil a otro sin mucho interés, hasta que una idea cruzó mi mente.
Iván.
Me quedé mirando la pantalla unos segundos...hasta que tecleé su nombre en el buscador.
Sabía que era una pendejada. Había miles de Iván en el mundo y probablemente no iba a encontrarlo ni de chiste. Aun así, empecé a revisar los perfiles que aparecieron.
Uno, dos, tres...
Nada.
Seguí bajando hasta que una foto me hizo detenerme.
—No mames...
Era él.