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Cortado.

El café de la esquina. · por blueraven · 30 de agosto de 2026

—No mamen —Miguel sacó una libreta—. Ya en serio, hay que estudiar. El examen para la universidad es en dos meses.

—Yo ya les dije que a mí me vale verga —dijo Daniel, harto—. Pero si quieren pueden ir a mi casa. Así sirve que mis papás creen que estoy estudiando.

—¿Y tú qué vas a estudiar? —pregunté.

—Nada, wey. Yo ya estoy aceptando mi destino.

Miguel soltó una carcajada.

—Por eso estás como estás.

—Pues mínimo voy a tener compañía en mi fracaso —Daniel se encogió de hombros—. Además, mi mamá cocina chido. Podemos estudiar allá y de paso comer.

—Eso sí me interesa —dije.

—Pinche tragón —se burló Miguel.

—Tú también vas a comer, no te hagas.

Daniel guardó sus cosas en la mochila y se levantó.

—Entonces queda. Mañana en mi casa después de clases. Y no quiero que lleguen con sus mamadas de que van a estudiar y terminemos jugando Xbox.

—Tú eres el primero que va a sacar el control —dijo Miguel.

—Eso no lo puedo negar.

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Cuando mis papás llegaron del trabajo esa noche, me senté con mi mamá en la mesa.

Mi papá veía “Otro Rollo” en la tele, mientras de vez en cuando soltaba alguna risa desde la sala.

—Ma... —dije con algo de cautela.

Ella me miró mientras le daba un trago a su café.

—¿Qué pasó, mijo?

—Mañana quedamos de estudiar para el examen en casa de Dani —respondí con algo de miedo.

Hubo un microsilencio que se cortó casi enseguida por la risa de mi papá.

—¿Quiénes quedaron? —preguntó mi mamá.

—Dani, Migue y yo —contesté.

Mi madre sabía que éramos un perro desmadre. Me conocía lo suficiente para saber que, si no estaba Miguel de por medio, probablemente terminaríamos haciendo cualquier cosa menos estudiar.

—Ay, Cristian... —suspiró y dejó su café a un lado—. Ahí de ustedes si nada más se hacen pendejos.

Me reí un poquito.

—No, de verdad sí vamos a estudiar —hice una pausa—. Miguel es el que más está chingue y chingue con estudiar.

—Pues de ustedes es el único que parece más preocupado por eso.

Mi mamá se levantó y agarró su taza y su concha a medio comer. Caminó hacia la cocina, pero antes de irse se volvió para mirarme.

—¿Entonces? —pregunté.

—Está bien... ¿Te vas a quedar allá?

—Lo más seguro... —respondí.

—Llévate ropa y tu cepillo de dientes. Y me avisas cuando llegues.

—Sí, ma... Ya tengo dieciocho, ¿sabes?

—Y aquí estás, pidiéndome permiso —dijo con una sonrisa—. Y mientras sigas viviendo aquí, así será.

Mi madre se acercó a mí y me pellizcó la mejilla.

A pesar de casi no verlos por los horarios de trabajo... los dos eran muy buenos conmigo.

—Gracias, ma...

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Ese viernes nos apuramos a salir de la escuela. La verdad es que hacer desmadre era muy tentador, pero yo sí quería ser abogado.

—Ya vámonos, Cris —Daniel me dio unas palmadas en la espalda—. Miguel dice que nos espera afuera.

Miguel ya estaba esperándonos en la salida, con la mochila colgada de un solo hombro y esa cara de pocos amigos que ponía cada vez que sentía que íbamos a perder el tiempo.

—¿Ya? —preguntó en cuanto nos vio.

—Ya, ya. No empieces —contestó Daniel—. Tenemos toda la tarde.

Caminamos hasta la casa de Dani hablando de cualquier cosa menos del examen. Al menos hasta que Miguel nos recordó que precisamente para eso íbamos.

Cuando llegamos a casa de Dani, nos dimos cuenta de que no había nadie.

—Chale, no ha llegado mi jefa... —comentó desanimado mientras iba a la cocina.

Daniel abrió el refrigerador y se quedó mirándolo unos segundos. Después empezó a mover trastes y varias cosas que había sobre la barra, como si por alguna razón eso fuera a hacer aparecer comida.

—Chale, tampoco dejó comida.

—¿Cómo que no dejó comida? —preguntó Miguel desde la sala.

—Pues no.

—¿Y qué vamos a comer?

Daniel cerró el refrigerador y se encogió de hombros.

—No sé... algo tendremos que encontrar.

Salimos de casa de Daniel sin saber muy bien a dónde ir.

—¿Y si vamos por unos tacos? —preguntó Miguel.

—Mmm... no sé, no se me antojan —respondió Daniel.

—¿Unas tortas?

—Pues sí, también. ¿Pero de dónde? —pregunté.

Seguimos caminando sin decidirnos por nada.

A lo lejos vi a un chavo barriendo afuera de un local. Al principio no le presté mucha atención, pero conforme nos acercamos lo reconocí.

Era Iván.

—¿Qué onda? —salude con una sonrisa.

Iván me miró y luego a los demás.

—Hola, Cris —respondió—. ¿Vienes por café?

Dejó la escoba a un lado y se apoyó un momento en ella.

—En realidad... buscábamos algo de comer —respondí, un poco incómodo—. ¿Solo vendes café?

—En teoría sí —respondió, rascándose la cabeza—, pero igual puedo prepararles algo...

Sentí algo extraño. Se estaba tomando muchas molestias por tres morros que apenas conocía.

—Está bien, no es necesario —dije, moviendo las manos—. No quiero meterte en problemas con tus jefes.

Iván se rio un poco.

—Pues no puedo correrme a mí mismo —dijo burlón—. Esta es mi café, Cris.

—¿A poco? —preguntó Daniel, sorprendido, mientras me abrazaba por el cuello.

—Sí —respondió Iván—. Justamente estábamos pensando en expandir el menú. Puedo ensayar con ustedes.

Lo dijo con una sonrisa, como si realmente no le molestara preparar algo para nosotros. Yo asentí, aunque todavía me sentía un poco incómodo por la atención que estaba recibiendo.

Iván se quedó mirándome unos segundos. No fue una mirada particularmente larga, pero algo en ella me hizo sentir raro. Bajé la vista casi por reflejo y me rasque el cuello.

 

—Mmm... será mejor para después —dijo Miguel.

 

Lo miré. Se había quedado un poco atrás, observando la escena con los brazos cruzados.

 

—¿Por qué? —preguntó Daniel.

—Porque vinimos por algo de comer y ya llevamos un buen rato aquí parados —respondió Miguel, señalando la calle con la cabeza—. Vamos mejor por algo rápido a la tienda.

Daniel hizo una mueca, pero finalmente me soltó.

 

—Nos vemos, Iván —dije, volteando hacia él.

—Cuando quieras, Cris —respondió con una sonrisa.

 

Asentí y me di la vuelta para seguir a los demás.

No habíamos avanzado ni unos pasos cuando Miguel me dio un pequeño zape.

 

—¿Que chingados? —pregunté, mirándolo.

—Nada —contestó demasiado rápido.

 

Fruncí el ceño, pero él ya estaba caminando junto a Daniel.

 

—Estás bien raro, cabrón.

 

Miguel soltó una risa.

 

—Tú eres el raro.

—¿Yo qué hice?

—Nada, wey. Vámonos.

 

Lo miré unos segundos más, intentando entender qué chingados le pasaba, pero terminé encogiéndome de hombros y seguí caminando con ellos.

---------

Las primeras horas sí estudiamos, pero pronto Daniel nos contagió su flojera y puso el Xbox.

 

—Te lo dije —comentó Miguel mientras cerraba su libreta—. Este cabrón se iba a poner a jugar.

—Ay, ya llevamos rato estudiando —Daniel tomó el control de la consola y se acomodó frente a la televisión—. Además... Miriam me preguntó si tenías novia.

 

Me volteé a ver al pendejo de mi amigo.

 

—¿Qué le dijiste? —pregunté.

—Pues que al chile no tenías —respondió sin ponerme mucha atención, concentrado en el juego—. A lo mejor te dice algo.

—¿Como qué?

—Pues no sé wey ¿Qué más quieres que te diga?

 

Daniel soltó una risa mientras seguía jugando. Yo me quedé callado unos segundos.

Miriam era muy guapa, pero no era mi tipo...

 

“Mi tipo”.

 

¿Cuál era mi tipo?

 

Me quedé mirando la pantalla sin poner mucha atención al juego. Creo que nunca me había preguntado eso de verdad. Nunca lo había pensado.

Digo, en algún momento había dado por hecho que tendría una novia, me casaría y tendría hijos...lo normal ¿No?

 

—¿Qué haces? —preguntó Daniel—. ¿Vas a jugar o nomás vas a estar ahí viendo?

—No, juega tú.

 

Volví a mirar la pantalla, tratando de concentrarme en el juego. Pero me quedé pensando...¿Cuál era mi tipo?

La mamá de Daniel llegó unos minutos después.

 

—¡Ay, míralo! ¡Qué bonito! —dijo Tere al verlo con el control en las manos—. ¡Qué bien estudias, hijo de la chingada!

 

Miguel y yo nos reímos. Daniel hizo una mueca sin despegar los ojos de la pantalla.

 

—¡Ay, ma! Ya estudiamos un chorro —protestó.

—Mira que Mariana me dijo que seguramente los encontraría haciendo cualquier cosa menos estudiar.

 

Daniel soltó una risa nerviosa.

 

—Pues ya ves que sí estudiamos.

 

Tere negó con la cabeza y dejó escapar una pequeña risa. Se quitó el suéter verde de su uniforme y lo dejó sobre una silla. Después dejó su mochila en el respaldo de otra y se acomodó un poco el cabello.

 

—Bueno, pues sigan con su... estudio —dijo haciendo comillas con los dedos—. Yo les voy a hacer algo de cenar.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Daniel.

—Primero voy a ver qué hay, porque ustedes no avisaron que iban a venir.

—Fue improvisado, ma.

—Sí, ya me di cuenta.

 

Tere caminó hacia la cocina mientras nosotros nos quedamos en la sala. Antes de entrar, se volteó a vernos.

 

—Y mientras les hago de cenar me van diciendo qué estudiaron, ¿eh?

 

Daniel bajó un poco el control.

 

—¿Todo?

—Todo. A ver si es cierto que estudiaron tanto.

 

Miguel soltó una carcajada y yo traté de aguantarme la risa. Daniel nos miró con cara de pocos amigos.

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