Me metí al perfil. Quería saber si en verdad era él.
Había varias fotos: él en fiestas, con sus amigos, en su cafetería, incluso algunas de cuando era más morro...
Me puse a revisar unas cuantas. En casi todas aparecía sonriendo, rodeado de gente. Tenía muchos amigos y además se veía que era popular con las chavas.
En una foto aparecía muy meloso con una de ellas. Estaban abrazados y ella tenía los brazos alrededor de su cuello. Iván sonreía a la cámara como si nada.
Miré los comentarios... había muchos.
«Qué bonita pareja».
«Ya era hora, perro».
«Al final se te hizo, cabrón».
Volví a mirar la foto.
Supuse entonces que era su novia.
No sé por qué, pero ese pensamiento me hizo doler el pecho.
Seguí bajando la página, aunque ya ni siquiera estaba poniendo atención a las otras fotos. Después de unos segundos regresé a esa misma.
—Qué pendejo... —murmuré.
Cerré la ventana y me quedé mirando la pantalla.
"Agregar a mis amigos."
¿Éramos amigos?
Me quedé con el cursor sobre el botón.
Bueno... nos conocíamos. Habíamos hablado. Hasta me había invitado a salir.
No lo pensé demasiado y le di en agregar.
"Solicitud enviada."
Me quedé mirando la pantalla unos segundos más.
—Ya qué...
Apagué la computadora.
Me recosté en la cama otra vez y cubrí mis ojos con mi brazo. No sé en qué momento me quedé dormido.
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Le había dicho a mi madre que Iván nos daría tutorías de álgebra esa semana para el examen.
Para mi sorpresa, no se opuso y contactó con Tere para pedirle de favor que me dejara quedarme en su casa durante la semana.
—Ya pareces el adoptado, wey —dijo Daniel, riéndose mientras nos dirigíamos al café—. Pero bueno, así podremos estudiar más tranquilos.
Por alguna razón, mientras más nos acercábamos al café, sentía mi estómago revolverse y algo de náuseas. No dije nada.
Cuando llegamos, Iván ya estaba apartando una mesa del fondo. Nos miró y nos hizo señas para que nos acercáramos.
—Qué bueno que sí vinieron —dijo mientras sonreía—. Vayan con Michel y pidan algo, yo invito.
Daniel, sin dudar, se fue directo al mostrador a pedir su mentado capuchino, mientras que yo me quedé con Iván en la mesa... en silencio.
—Me da gusto que vinieras.
—Tengo que aprovechar... Las mates nunca han sido mi fuerte —contesté mientras sacaba mi cuaderno y trataba de evitar su mirada.
—No te preocupes —dijo mientras tomaba uno de los lápices que había dejado en la mesa—. Me esforzaré por ser tu mejor maestro.
—Por cierto... —Iván hizo una pausa y se volvió hacia mí—. Me llegó tu solicitud.
Sentí una enorme punzada en el pecho. Por un instante pensé que iba a decir algo más, pero solo se quedó mirándome, como esperando una explicación.
—Ah... perdón, te encontré por casualidad.
Iván soltó una pequeña risa.
—No pasa nada...
Volvió a mirar el cuaderno que tenía frente a mí, pero antes de que pudiera decir algo más, se inclinó hacia mí. Sentí su hombro rozar el mío y, cuando acercó su rostro a mi oído, me quedé completamente quieto.
—Obvio que la acepté —susurró.
Su voz sonó demasiado cerca. Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo y me aparté un poco, fingiendo concentrarme en el ejercicio frente a mi.
—Q-Qué bueno...
Iván volvió a su lugar como si nada hubiera pasado y tomó el lápiz que tenía entre los dedos.
«¿Por qué carajos estoy tartamudeando?» pensé.
Daniel llegó con tres capuchinos y yo toqué mi oreja tratando de quitar la sensación que me había causado su respiración.
—Aquí están —dijo Daniel mientras dejaba los vasos sobre la mesa.
Agarré el mío luego luego, más por tener algo que hacer con las manos que por ganas de tomarlo.
Daniel se sentó frente a nosotros y comenzó a sacar sus cosas. Iván estaba completamente tranquilo, como si no hubiera pasado nada.
Pude notar que me miró de reojo o tal vez no, tal vez solo exageré...
—Entonces, Dios de las mates —Daniel se acomodó en la silla y sacó su cuaderno—. Somos todos tuyos.
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Iván nos explicó sumamente bien, sentí que no era tan pendejo.
—Neta, muchas gracias —dijo Daniel—. Los profes explican modo imposible.
Me reí y eso me distrajo un poco. Hasta ese momento me la había pasado algo... raro. ¿Incómodo sería la palabra?
—Nah... —Iván soltó el lápiz—. Es muy sencillo.
De pronto volvió a verme con una sonrisa.
—¿O tú qué dices?
Bajé la mirada hacia la hoja para contestarle, pero justo cuando iba a señalar uno de los ejercicios, su mano rozó con la mía.
Fue apenas un segundo, pero retiré la mano casi de inmediato.
—Sí... sí está fácil —contesté.
¿Y ahora por qué hice eso?
Iván no dijo nada. Solo volvió a tomar el lápiz y continuó explicándole el ejercicio a Daniel.
Nos quedamos un poco pasadas las seis, comenzaba a oscurecer y a hacer algo de frío.
—Creo que ya es hora de irnos —dije cerrando mi cuaderno.
Daniel hizo lo mismo y asintió con la cabeza.
—Ya es algo tarde —continué—. Ya tenemos algo de tarea.
—Entiendo —Iván suspiró y se estiró un poco en la silla, lo que hizo que su playera se levantara un poco y dejara ver parte de su abdomen—. Pero antes de que se vayan...
Se levantó y fue hacia el cuarto de atrás del mostrador. Después de unos segundos regresó con unas bolsitas de celofán transparente.
Al mirar las bolsas me di cuenta de que tenían galletas.
—Estamos trabajando en el menú y, bueno... me gustaría saber tu opinión...
Lo miré mientras tomaba la bolsa que me extendía.
—Bueno, la de los dos, en realidad —corrigió casi enseguida—. Si no les gustan, al final... pueden tirarlas.
—No te preocupes —por alguna razón, mis palabras salieron tan en chinga que los dos me miraron—. S-seguro que están buenas, gracias.
Salimos del café aún con las galletas en las manos.
—Somos la verga —dijo Daniel dándome una fuerte palmada en la espalda—. Tutorías gratis, café gratis y galletas gratis.
Me reí.
—Ese Iván es muy chido.
—Sí, tienes razón.
Por mi mente cruzó lo que Miguel me había dicho antes, pero ese día me convencí de que seguramente estaba exagerando. Iván solo estaba siendo amable y no había nada de raro en eso.