—Te debo una —dije mientras las guardaba en mi pantalón—. Vendré a por café todos los días.
El chavo se rio.
—No te preocupes —dijo mientras acomodaba una dona en una vitrina—. Solo no las pierdas otra vez.
· · ·
Regresamos a la casa de Daniel con las tortillas.
—Cris, ya le avisé a tu mamá que te quedas aquí —dijo Tere mientras nos servía un plato con sopa.
—Ay, ma, ya encontró las llaves...
—Entonces, ¿no te vas a quedar? —Tere se puso un poco triste.
—Mmm... pues ya le avisaste a mi mamá —respondí—. Sabe que estoy aquí.
Ya tenía rato que no comía con Tere y Daniel. Me gustaba, ella tenía buen sazón y era muy cariñosa. Se la pasaba contándome anécdotas que había vivido con mi madre y, la verdad, era muy entretenido.
Cuando terminamos de comer, Daniel y yo nos fuimos a su cuarto.
—Bueno... ¿sí hacemos lo de álgebra?
—Ay, ya sabes que yo no le entiendo ni madres —dijo mientras sacaba los cuadernos.
—Esfuérzate tantito, wey —le dije mientras le di un zape con la libreta—. Créeme que aunque no vayas a la uni, las mates se ocupan para todo.
· · ·
Esa noche me quedé pensando... mi vida en definitiva sería más fácil si no viviera en el Estado.
El pendejo de Daniel se despertaba a las seis y aún así llegaba tarde.
Yo quería estudiar, entrar a la UNAM y hacerme abogado, buscarme un depa en el D. F. y vivir en paz, pero mis papás tuvieron que subirle el nivel a extremo a la vida.
Cuatro y veinte de la mañana...
La alarma de mi celular comenzó a sonar. Daniel me dio un putazo con la almohada.
—Orale, apaga esa chingadera.
—Perdón... —agarré el celular medio dormido y apagué la alarma—.Es que a esta hora me levanto cuando estoy en mi casa.
—Tas cabrón... —dijo Daniel y se volvió a dormir.
Cuando fue una hora más decente, me levanté al baño y me encontré con el papá de Daniel.
—Ándale... —dijo cuando me vio—. Tere me dijo que ya no te pudiste regresar.
—Sí, una larga historia —me reí un poquito.
—Ya estás bien grandote, chamaco... —el señor me sonrió—. Estudien mucho y convence a ese cabrón de que se meta a la universidad.
Diciendo esto, salió por la puerta principal hacia su chamba.
Daniel observó toda la escena desde la puerta del cuarto.
—¿Y si mejor te adoptamos, wey?
Daniel me prestó una playera de una de sus bandas raras. “PLACEBO”, decía la playera; quién chingados eran, no tenía idea.
—Qué bueno que sigues estando así de niango... —dijo mientras me sacaba un pantalón de mezclilla—. Ahorita con un cinturón ya no se te cae.
Cuando terminamos de arreglarnos, la mamá de Dani ya había servido el desayuno.
—Daniel, necesito que hoy saques la basura y arregles tu pinche chiquero de cuarto.
—Ay, mamá, sí… —dijo harto.
—Ya me voy —dijo Tere mientras se ponía el suéter verde del uniforme del IMSS—. Llegaré en la tarde.
Se acercó a Daniel y le dio un beso en el coco.
—Y tú… si un día se te complica, no te vayas hasta tu casa, vente aquí —me dijo mientras me daba un beso en la frente.
—No mames, Daniel, cómo quisiera ser tú—dije mientras me reía un poco—.Tienes cerca todo, tus papás te adoran, wey. Pinche envidia.
—¿Tas pendejo? —Daniel le dio un trago a su Chocomilk—. Mejor ya apúrate, que ahora sí tenemos la primera clase.
· · ·
Antes de salir, Dani me prestó una chamarra. Dijo que ahora sí el frío me iba a pegar. Y, en efecto, el frío se sentía de su puta madre.
Ninguno habló en el camino, hasta que pasamos frente al café de ayer.
—Wey, ¿quieres un café? —me preguntó.
Yo nada más le dije que sí con la cabeza y nos metimos al local.
El chavo de ayer estaba detrás del mostrador, acomodando el pan de dulce.
—Hola —saludó Daniel—. ¿Nos pones dos capuchinos?
El chico nos miró, igual de apático que ayer.
—Sí... —respondió—. Siéntense.
Yo no dije nada. Me moría de frío y mi cerebro no estaba carburando.
—Chale... —dijo Daniel, desanimado—. No está la chava...
Le di una mirada. No sabía de qué chava estaba hablando, pero tampoco tenía ganas de preguntar.
Nos sentamos a esperar nuestros cafés.
Después de unos minutos, el chavo se nos acercó con los capuchinos y los dejó sobre la mesa.
—Oye... —murmuró mientras buscaba algo en sus bolsillos—. Creo que esto también es tuyo.
Me extendió un fajito de boletos del metro sobre la mesa.
—Sí... no manches, ya te debo dos —tomé los boletos y los guardé—. Gracias.
Daniel nos miró y se rio un poco.
—Sí, estás bien wey...
El chico se retiró al mostrador y nosotros nos tomamos el café. Sorprendentemente, el capuchino estaba más chido que el americano de ayer.
—Pensé que no te gustaba el café —le dije a Dani.
—Wey, este sabe dulce, no me gustan las cosas amargas.
Nos tomamos el café rápido. Teníamos la primera hora con el maestro de álgebra y era medio especial.
· · ·
—Ya vámonos, wey —dijo Daniel levantándose—. Si llegamos tarde, nos va a sacar.
Dejé el vaso sobre la mesa y me puse de pie. Antes de salir, volteé por última vez hacia el mostrador. El chavo estaba otra vez acomodando el pan, como si nosotros nunca hubiéramos estado ahí.
—¿Qué? —preguntó Daniel desde la puerta.
—Nada. Ya voy.
Salimos del café y nos fuimos prácticamente corriendo hacia la prepa.
—Ustedes no entienden.
Ya en el salón, Miguel nos regañó.
—Ya, wey... —dijo Daniel, dándole unas palmadas en la espalda—. Si llegamos.
La verdad es que las clases no fueron, en su mayoría, muy importantes... Los tres prácticamente solo íbamos a hacer desmadre, ni atención poníamos; mucho menos Daniel. A ese wey, si le valía verga.
De pronto Sofi se paró al frente del salón.
Nadie la pelo, entonces Miguel se levantó y se puso a su lado.
—¡A ver cabrones! —grito de pronto para que todos pusieran atención —. Sofi hará un anuncio.
—Gracias Migue —dijo toda roja y se volteó con los demás.
—Cómo saben... —hizo una pequeña pausa—. Ya casi se acerca la graduación.
Los demás comenzaron a hacer bulla.
—¡Ah, que la chingada! Cállense pues —volvió a decir Miguel dando un manotazo en el escritorio de los profes.
Todos se callaron otra vez.
—Como les decía, se acerca la graduación —continuó Sofía— y estamos organizando una tardeada.
Sofi explicó que se haría una fiesta en un salón y toda la cosa. La verdad, no era algo que me emocionara. Nunca me habían gustado mucho esas fiestas donde había que estar conviviendo con medio mundo.
—Está chida la idea de Sofi —comentó Miguel.
—Es una pendejada —dijo Daniel—. Tú dices que sí nada más porque es idea de Sofi.
No dije nada. La verdad, tampoco me parecía tan mala idea. Después de todo, era la última fiesta que tendríamos todos juntos antes de terminar la prepa.
—Pues nos vemos mañana —dije mientras me despedía de esos weyes afuera del metro.
—Cámara, Cris. Nos vemos.
Miré el reloj, eran las cuatro y treinta y tres.
Esperaba el metro con dirección a Indios Verdes.
Mientras esperaba, me puse a ver a la gente a mi alrededor. Todo era súper aburrido, las mismas caras de siempre. Creo que ya hasta empezaba a ubicar a las personas del transporte.
Saqué mi teléfono, quería marcarle a mi mamá para avisarle que ahora sí iba para la casa.
Mi cartera se cayó. Iba a levantarla, pero otra mano la alcanzó antes.
—¿Siempre pierdes todo?
Miré al dueño de esa voz.
Era el chico del café. Extendió su mano con la cartera y me la dio.
—Gracias —le dije mientras la tomaba.
—Creo que ya me estás debiendo muchas —comentó divertido.
Me reí un poco. La verdad, ya me daba pena seguir encontrándomelo en esas situaciones.
—Me llamo Iván —me extendió la mano y la estreché—. Tú... ¿Cris, no?
—Sí... Cristian.
—Ya decía yo que te había escuchado ese nombre.
Me quedé viéndolo unos segundos. No recordaba haberle dicho mi nombre la primera vez que nos vimos.
—¿Cómo sabes?
Iván sonrió.
—Tu amigo te llamó así en el café.
—Ah, ya... —murmuré.
Me llamó la atención que recordara mi nombre.
—¿Para dónde vas? —preguntó, sin mucho interés.
—A mi casa, vivo en el Estado —respondí.
El metro llegó en esos momentos y nos subimos.
—¿Y tú?
—Se podría decir que también a mi casa —contestó mientras sacaba su celular—. Ya no vivo ahí, pero iré de visita.
Lo miré. La primera vez que lo vimos quedó claro que era mayor, no mucho, al parecer. Pero lo suficiente para que nos tomara por niños… en particular, a mí como un muy pendejo.
—¿Vas a la prepa? —preguntó.
Asentí con la cabeza.
—Sí, te ves bien morrito ¿Cuántos años tienes?
—Tengo dieciocho, y ya en unos meses entro a la universidad.
¿Alguna vez vieron esos comerciales donde decían que no le hablaras a extraños y así?
En ese momento me di cuenta de que estaba bien wey… aunque él ya no estaría en categoría de desconocido, ¿no?
Llegamos a Indios Verdes, seguimos caminando juntos, pero sin decirnos nada. La gente iba y venía a nuestro alrededor y yo solo seguía su paso, sin saber muy bien qué decir.
—¿Por dónde vives? —preguntó mientras buscaba algo en los bolsillos.
—Tultitlán —respondí con pesar.
El cabrón encontró lo que buscaba: una cajetilla de cigarros. Sacó uno y se lo llevó a los labios mientras seguíamos caminando.
—Está re lejos.
—Sí, bueno, ya me acostumbré.
—¿Y todos los días te avientas ese viaje?
—Más o menos.
Asintió, como si acabara de descubrir algo importante, aunque para mí no tenía nada de especial. Volvimos a quedarnos en silencio.
Encendió el cigarro y me acercó la cajetilla por inercia.
—¡Ah, no! —la apartó enseguida—. No quiero corromper a un menor.
Me reí un poco. De todos modos, yo no fumaba, me daba asco... aunque, por alguna razón, él se veía cool haciéndolo.
—Bueno, creo que te dejo aquí —dijo, señalándome con la cabeza—. Ve con cuidado, Cris.
Se dio media vuelta y yo solo lo vi alejarse.
· · ·
Me subí a la combi... lo que daría por vivir en Lindavista, Zacatenco...
Supongo, no tenía otra opción, me esperarían dos horas de regreso a casa...
¿A qué parte habrá ido él?