"No habló.
Su presencia era la frase: un coro de almas egoístas fundidas en un solo pulso, tan denso que incluso el silencio se inclinaba ante eso."
-光光軍
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..
...
La criatura se quedó observándonos en medio de la oscuridad densa.
Pude sentir su atención desplazarse lentamente... hasta el rollo. Sabía que lo buscábamos. Sabía que lo necesitábamos.
Y también sabía que eso no iba a permitirlo.
Kazumi se acercó a mí y susurró, con una voz que temblaba:
—Kira... eso es Hikaru. El miembro más grande del culto Gadokai.
Sentí un nudo en el pecho.
—Eso no es un alma corrupta —continuó—. Es la fusión de innumerables miembros que, consumidos por el egoísmo, se ofrecieron voluntariamente para convertirse en una sola aberración. Una entidad creada para sembrar caos absoluto.
Mi sangre se heló cuando la escuché.
—Fue sellado aquí, en el Jigoku... esperando el día en que Dokuri lo libere, cuando se cumpla su "profecía".
La oscuridad pareció cerrarse aún más a nuestro alrededor.
En ese instante comprendí algo aterrador:
No estábamos frente a un guardián.
Estábamos frente a una catástrofe esperando despertar.
La bestia lanzó de pronto un rugido estremecedor.
El sonido fue tan brutal que el mundo respondió: todo se encendió en llamas, y la esencia infernal carmesí del Jigoku volvió a derramarse sobre el paisaje. La oscuridad retrocedió lo suficiente para que pudiera verlo con claridad.
Era la criatura más espantosa que jamás había presenciado.
Su forma colosal parecía sonreír, como si comprendiera perfectamente la situación... como si supiera que ya no teníamos escapatoria. Su tamaño me paralizaba. El terror me comprimía el pecho. No sabía cómo iba a salir viva de ahí.
—¡Kira! —me gritó Kazumi—. ¡Escóndete, rápido! ¡Tenemos que movernos!
Hikaru se sumergió en las profundidades del abismo, deslizándose entre las sombras como una serpiente regresando a su nido, pero su trayectoria era clara: venía directo hacia nosotras.
Kazumi y yo corrimos sin pensarlo. Nos lanzamos hacia un pilar de rocas y nos arrastramos por debajo, ocultándonos en el espacio estrecho, conteniendo la respiración mientras el suelo vibraba con su avance.
En ese silencio forzado, entendí algo con absoluta certeza:
si eso nos encontraba... no habría huida posible.
El suelo empezó a temblar con violencia, y pude sentir cómo Hikaru emergía desde el abismo.
Era colosal... una presencia de un tamaño y una fuerza imposibles de comprender. El aire mismo parecía comprimirse a su alrededor. Apreté los pergaminos contra mi pecho; su luz latente podía delatarnos en cualquier momento.
—Escúchame, Kira — me susurró Kazumi, aferrándome del brazo—. Tenemos que cruzar ese puente... está allá —dijo, señalando a lo lejos—. No será sencillo. Hikaru tiene dominio total de este lugar. Para eso, somos como hormigas.
—¿Por qué nos referimos a Hikaru como "eso"? —pregunté, con la voz rota.
Kazumi tardó un segundo en responder, como si elegir las palabras fuera un riesgo.
—Porque debes entender algo, Kira... esa monstruosidad no tiene sexo. No es un ser individual. Es una criatura formada por los cuerpos y las almas de innumerables miembros de la secta Gadokai, todos entregados a Dokuri por egoísmo y devoción, fundidos en una sola aberración.
Tragué saliva.
Mientras la tierra seguía vibrando bajo nuestros pies, comprendí que no estábamos huyendo de un monstruo... sino de la voluntad colectiva de todos los que eligieron perderse a sí mismos.
Pude sentir la respiración tempestuosa de Hikaru justo encima del pilar de rocas donde nos escondíamos. Cada exhalación hacía vibrar la tierra, como si el mundo fuera a quebrarse. Desde su boca colosal comenzaron a brotar susurros, incontables voces superpuestas que se arrastraban por el aire.
No entendía lo que decían.
No era japonés.
Era algo más antiguo... deformado por el tiempo y el rencor.
Sentí que esas palabras se clavaban en mi mente, intentando abrir grietas donde anidar.
Kazumi se inclinó hacia mí y murmuró con urgencia:
—Esas son las almas de los miembros que conforman a Hikaru... están clamando por ti, Kira. No les hagas caso. No escuches. Te buscan para quebrarte, para hacerte fracasar.
Cerré los ojos con fuerza, apretando los pergaminos contra mi pecho mientras los susurros aumentaban, como si supieran que los oía.
En ese instante comprendí que el verdadero ataque de Hikaru no era su tamaño...
sino su voz.
El mounstro se volvió a sumergirse en el abismo.
El temblor disminuyó poco a poco... parecía que no nos había visto. Ese silencio pesado era nuestra oportunidad.
—Vamos, Kira —susurró Kazumi—. Es ahora. Tenemos que llegar al puente y tomar el pergamino del Rey de la Alegría.
Salimos del pilar de rocas y corrimos directo hacia el puente, conteniendo la respiración, con el corazón golpeándome el pecho—
pero entonces...
Volvió a levantarse.
—¡Kira, escóndete! —gritó Kazumi.
Justo a tiempo nos lanzamos detrás de un árbol caído gigantesco. Era enorme, retorcido, del tamaño perfecto para cubrirnos. Hikaru estaba un poco más lejos; parecía creer que aún seguíamos en el pilar de rocas.
Entonces ocurrió.
Lanzó un poderoso rayo infernal directo hacia el lugar donde nos habíamos ocultado antes. Las rocas estallaron en una lluvia de fuego y polvo. Me quedé helada. Si hubiéramos seguido allí... nos habría pulverizado hasta los huesos.
El terror me alcanzó de golpe. El aire me faltaba, el pecho me ardía, las manos me temblaban.
—Kira, tranquilízate —me dijo Kazumi, sujetándome—. Estamos a salvo. Eso está lejos de aquí.
—Kazumi... —logré decir con la voz rota—. Él puede destruirnos... ¿y si... si le hizo algo a Ryu?
Las palabras se me quebraron en la garganta.
Mientras el fuego aún crepitaba a lo lejos, el miedo dejó de ser solo por mí.
Era por todo lo que podía perder.
Hikaru volvió a sumergirse, merodeando sin descanso, como si nos buscara sin tregua.
—Rápido, es nuestro momento —susurró, Con la voz tensa pero firme—.
Nos colamos agachadas entre rocas y montículos de tierra, avanzando con cuidado, cada vez más cerca del puente. El suelo empezó a temblar bajo nuestros pies, un recordatorio constante de la presencia colosal que nos seguía.
De pronto, resurgió de nuevo. Nos lanzamos a una grieta estrecha, conteniendo la respiración. Desde allí pude verlo: estaba justo encima de nosotras, su tamaño abrumador ocupando el espacio como si el cielo mismo se hubiera desplomado. Lo bueno era que su rango de visión no estaba enfocado en nosotras... al menos no todavía.
Aun así, la presión era insoportable. Me tapé la boca para no emitir ningún sonido. Kazumi permaneció inmóvil, manteniendo la calma, aunque podía sentir que su corazón también latía con fuerza.
La criatura emitía ruidos monstruosos, respirando con fuerza, cada exhalación temblando en el aire a nuestro alrededor. Por un momento, pensé que nunca nos dejaría pasar.
Luego, lentamente, empezó a retroceder y, finalmente, se sumergió de nuevo en la oscuridad del abismo.
El silencio volvió a imponerse, pesado y tenso, mientras nos mirábamos, conscientes de que ese respiro solo era temporal.
—Excelente... —Dijo ella—. Vamos al puente.
Estamos cada vez más cerca de la luz... y allí nos espera el último pergamino.
El aire se volvió más frío a medida que nos acercábamos, y podía sentir cómo la presencia de Hikaru seguía merodeando, incluso desde la distancia. Cada paso nos acercaba al final de esta pesadilla, pero también a un riesgo que podría ser definitivo.
—Mantente alerta, Kira —susurró la pequeña dama de madera—. No podemos permitirnos errores ahora... el pergamino del Rey de la Alegría está más cerca de lo que imaginas, pero también lo está el peligro.
Nos empezamos a mover con cautela por el lugar, deslizándonos hasta llegar al puente... lo habíamos logrado. Ahora solo faltaba cruzarlo.
El puente se extendía ante nosotras, pero no era uno común: estaba formado por huesos. Huesos que parecían pertenecer a seres colosales, devorados por la bestia en algún momento desconocido, ensamblados para crear este paso macabro. Cada crujido bajo nuestros pies parecía un eco del sufrimiento que había dado forma a esa estructura.
Kazumi se subió sobre mi hombro, asegurándose de que avanzáramos juntas, mientras yo trataba de mantener el equilibrio, respirando con cuidado.
Y entonces... el suelo volvió a temblar.
Un estremecimiento profundo recorrió los huesos del puente, haciendo que cada paso se sintiera como un desafío contra la gravedad y la muerte misma.
Sabía que eso no estaba lejos. Su presencia lo llenaba todo, y cada vibración me recordaba que estábamos caminando sobre el territorio de una pesadilla viviente.
—¡Kira... corre más rápido! —me gritó Kazumi, su voz cargada de urgencia—. ¡Ese monstruo está viniendo, date prisa!
Apreté los pergaminos contra mi pecho y eché a correr con todas mis fuerzas sobre el puente de huesos. Cada paso crujía bajo mis pies, cada respiro era un recordatorio de lo que estaba en juego.
Del suelo, Hikaru comenzó a emerger nuevamente. Su tamaño era abrumador, la oscuridad se agrietaba a su alrededor mientras ascendía, como si el mismo abismo lo escupiera para atraparnos.
Se detuvo por un instante, y sus ojos —infernales y amarillos— se fijaron en mí.
No parpadeó. No dejó de mirarme.
Era como si midiera mi miedo, como si entendiera cada latido de mi corazón, mientras yo me apresuraba a cruzar hacia el otro lado del puente, consciente de que cualquier retraso podía ser el final.
La bestia cargó hacia nosotras con una fuerza aterradora. El pergamino estaba a nuestro alcance... podía verlo brillando al final del puente.
—¡KIRA, MÁS RÁPIDO, ESTÁ MUY CERCA! —me gritó Kazumi, su voz aguda y urgente.
Corrí y corrí, sintiendo el crujido de los huesos bajo mis pies, cada latido del corazón marcando el ritmo del peligro. Todo mi cuerpo estaba en tensión, el miedo y la adrenalina mezclándose en un torbellino.
Y entonces...
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Lancé un potente salto hacia el pasto que se extendía al final del puente. Kazumi y yo caímos con fuerza sobre el suelo, el impacto nos hizo jadear.
Detrás de nosotras, un estruendo colosal resonó. Hikaru se había estrellado contra algo... una pared invisible, pero que emanaba un aura dorada intensa. La luz parecía pulsar con vida propia, bloqueando por completo a la bestia.
—¡Eso estuvo cerca! —exclamó Kazumi, aún recuperándose—. Los pergaminos tienen poder... repelen todo el mal que hay aquí. Nada impuro, nada monstruoso, puede atravesar su dominio.
Por primera vez desde que empezó esta pesadilla, sentí un instante de alivio... aunque sabía que el verdadero desafío aún estaba por venir.
Hikaru emitió un rugido frustrado que retumbó en todo el aire, como si su propio fracaso le quemara por dentro.
Su inmensa forma se encorvó por un instante, un gesto extraño de impotencia para una criatura de su tamaño.
Luego, lentamente, se retiró, deslizándose de nuevo hacia las sombras de su abismo, fundiéndose con la oscuridad como si nunca hubiera estado allí.
Por un momento, todo quedó en un silencio absoluto.
El viento apenas se movía, y el puente de huesos parecía sostenerse solo por milagro.
Sabíamos que Hikaru no había desaparecido... solo se estaba ocultando, planeando su próximo ataque.
Pude ver el pilar frente a nosotras, emanando una luz naranja cálida que iluminaba todo a su alrededor. El pergamino descansaba sobre él, y en su superficie estaba inscrito un kanji:
「繁栄」—Prosperidad.
—Esto... esto debe ser el rollo del Rey de la Alegría —susurré, sintiendo un cosquilleo extraño recorrer mi espalda.
—Lo logramos —le dije a Kazumi, con una mezcla de alivio y asombro—. Ya conseguimos el último.
Lo tomé con cuidado y lo guardé junto a los demás pergaminos.
El poder que emanaba de ellos me llenó de una sensación extraña... como si ya lo hubiera sentido antes, como si este momento hubiera sido esperado desde siempre.
Era raro, intenso, y aterrador al mismo tiempo... pero, sobre todo, me hizo comprender que estábamos a punto de cambiar todo lo que conocíamos.
Hice cuentas y de pronto lo recordé: aún faltaba un pergamino... el del Rey del Poder.
—Kazumi... —dije, mi voz temblando—. Falta el quinto pergamino... el del Rey del Poder, ¿recuerdas?
Kazumi hizo una pausa, sus ojos se nublaron por un instante, como si estuviera reuniendo fuerzas para decir lo que venía.
—Kira... —comenzó, con un tono grave—. Tengo que decirte la verdad. Puede que ya lo sepas... o no. Pero estos cinco reyes eran increíblemente poderosos, creados por un ser mítico llamado el Arquitecto. Un ser otorgado por Dios, capaz de dar vida a entidades poderosas, todas en busca de un bien supremo.
Su mirada se clavó en la mía, y sentí que cada palabra era un peso sobre mis hombros.
—Dokuri... —continuó—. Él era el Rey del Poder... pero corrompido por su egoísmo y ambición, buscando un poder infinito.
De repente recordé lo que Juju me había contado cuando la conocí: la historia de Dokuri. Que originalmente estaba destinado a hacer el bien junto a sus cuatro hermanos, pero fue manipulado, llevado por el mal, y convertido en un demonio malvado...
—Kira... —dijo Kazumi con una voz más suave, casi dudando—. Dokuri no siempre fue así.
La miré confundida.
—¿Qué quieres decir...?
Kazumi bajó la mirada por unos segundos. Parecía que incluso para ella hablar de aquello era difícil.
—Dokuri no nació como un monstruo... Antes de convertirse en lo que es ahora, era alguien diferente. Alguien que tenía un lugar, una familia... un propósito.
Sus palabras hicieron que me quedara en silencio.
—Pero poco a poco empezó a cambiar. Empezó a creer que todos estaban por encima de él... que nunca sería suficiente mientras existieran seres con más poder.
Kazumi apretó sus manos.
—Ese pensamiento empezó a consumirlo. Ya no quería encontrar su lugar... quería demostrar que nadie estaba por encima de él.
Sentí un escalofrío.
—Entonces... ¿él eligió convertirse en eso?
Kazumi tardó en responder.
—Sí...
Su respuesta fue baja.
—Ese fue su mayor error, Kira. Dokuri no fue obligado a caer. Él decidió dejar que su orgullo y su deseo de poder lo consumieran.
Miré hacia el suelo.
Durante todo este tiempo pensé que estaba enfrentando solamente a una criatura maligna...
Pero la verdad era mucho más complicada.
Él alguna vez había sido algo diferente.
Alguien que pudo haber elegido otro camino.
Entonces recordé aquella presencia.
Shitsugan.
Aquel ser que apareció frente a mí y Juju... aquella figura sobre el mar donde parecía que hasta el mundo se detenía a su alrededor.
Pero algo seguía sin tener sentido.
—Kazumi... ¿por qué el gobernante de este lugar es tan misterioso?
Ella me miró seriamente.
—Porque Shitsugan no es alguien que pueda ser comprendido fácilmente.
Hizo una pausa.
—Él no es como Dokuri. No busca conquistar, ni destruir, ni salvar. Su existencia es diferente.
—¿Entonces qué es?
Kazumi observó el cielo oscuro.
—Equilibrio.
Esa palabra me dejó aún más confundida.
—Incluso seres relacionados con el Jigoku pueden desconocerlo. Juju conoce ese lugar, pero eso no significa que pueda comprender todo lo que existe dentro de él.
Bajé la mirada.
Cada respuesta parecía traerme más preguntas.
Dokuri era un enemigo que entendía.
Alguien que quería poder.
Pero Shitsugan...
Él era algo distinto.
Algo que simplemente observaba.
—Bueno, Kira... —dijo Kazumi mientras volvía a caminar—. No podemos quedarnos aquí. Tenemos que regresar rápido a la capilla del pueblo.
El pergamino del Poder está allí. Solo necesitamos fusionarlo con los demás pergaminos para romper el sello de los Gadokai... y así poder adentrarnos en el Jigoku profundo.
Allí nos esperan Masaki y Takeshin. Solo así podrás escapar de este lugar y salvar a Ryu.
Su mirada se clavó en mí, transmitiéndome toda la seriedad de la misión.
No había tiempo que perder. Cada segundo contaba, y sabía que Hikaru y las fuerzas de la secta no nos dejarían avanzar sin intentar detenernos.
—¡Pero estamos muuy lejos! —exclamé, desesperada—. Nos tomará demasiado tiempo volver hasta ahí...
—No te preocupes, pequeña luz —me dijo Kazumi con cariño—.
Del suelo, sus pequeñas ramas comenzaron a crecer, formando un árbol cuyas hojas brillaban con un verde esmeralda tan intenso que casi cegaban por su belleza. Pero eso no era todo: del tronco del árbol emergió un agujero, y dentro de él se podía ver una puerta corrediza, antigua y desgastada, pero claramente funcional.
—Vamos, Kira —me instó Kazumi, extendiendo sus ramas hacia el interior—.
Me metí en el agujero y abrí la puerta. Un instante después, el mundo cambió. Del otro lado estaba el pueblo, familiar y tranquilo en apariencia, aunque con una extraña sensación de quietud tensa.
Era... prácticamente un medio de teletransportación muy eficaz.
Por primera vez en horas sentí que el tiempo a nuestro favor había vuelto, aunque sabía que la verdadera prueba apenas comenzaba.
Crucé la puerta y Kazumi me siguió por detrás, sus ramas rozando apenas el suelo mientras avanzábamos.
Corrimos sin pausa por las calles del pueblo hasta llegar a la capilla. Cada paso retumbaba en la madera vieja, pero no nos detuvimos. Subimos las escaleras con rapidez, el corazón latiéndome con fuerza, sintiendo que cada segundo contaba.
Y allí, en el piso superior, lo vimos.
El pergamino del Poder descansaba sobre un pilar antiguo, irradiando una energía intensa, oscura y majestuosa a la vez. Su presencia nos hizo contener la respiración: sabíamos que ese era el último pedazo que necesitábamos para fusionar los pergaminos y romper finalmente el sello de los Gadokai.
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