Empecé a seguir el rastro iluminado a paso rápido. La luz marcaba una línea clara en medio del paisaje oscuro del Jigoku, como si temiera que dudara y decidiera retroceder.
Pronto entendí que sería un camino largo... largo y agotador. La senda parecía extenderse hasta el horizonte, perdiéndose entre sombras y formaciones rocosas que parecían retorcerse como figuras dormidas.
Apreté los puños mientras caminaba.
Solo espero no encontrarme con más monstruos en esta parte de la búsqueda... pensé. Mi cuerpo ya estaba cansado, pero mi determinación seguía firme.
Kazumi permanecía atenta, moviéndose levemente sobre mi hombro.
—Mantente alerta, pequeña luz —susurró—. Cuando el camino se ilumina así, significa que algo grande se aproxima... pero no siempre es un enemigo.
El aire se volvió más frío a medida que avanzábamos, y aunque el silencio parecía tranquilo... sabía que en el Jigoku, el silencio nunca era garantía de seguridad.
Caminamos casi media hora sin detenernos. Mis piernas ya no daban más; cada paso era más pesado que el anterior. Sentía la garganta seca, el estómago vacío y el cuerpo temblando por el esfuerzo.
Kazumi lo notó enseguida.
—Mira, Kira... toma esto.
De sus pequeñas ramas brotó una fruta dorada, brillante como si guardara luz propia en su interior. Era hermosa... casi hipnótica.
—Cómetela —me dijo con suavidad.
La tomé con cierta duda, pero confiaba en ella. Le di un mordisco. Su sabor era dulce y fresco, como si estuviera hecha de luz líquida.
A los pocos segundos, sentí cómo la energía regresaba a mi cuerpo. El cansancio comenzó a disiparse, el hambre y la sed desaparecieron como si nunca hubieran estado ahí. Mis músculos dejaron de arder y mi respiración volvió a ser firme.
Fue igual que aquella vez... cuando Kazumi me dio esa flor púrpura cristalina.
La miré sorprendida.
—Gracias...
Ella sonrió levemente.
—Aún nos queda camino, pequeña luz. Y necesito que estés fuerte para lo que viene.
Después de una larga caminata, el paisaje cambió frente a nosotras.
Un bosque se alzaba en el horizonte... pero no era un bosque común. Algo en él estaba mal.
Los árboles estaban cubiertos por densas telarañas que colgaban entre las ramas como velos antiguos. Redes gruesas se extendían de tronco a tronco, formando pasadizos atrapantes y paredes pegajosas que brillaban tenuemente con la luz del camino.
No eran telarañas normales.
Eran demasiado grandes.
Demasiado resistentes.
Indicaban el tamaño... y el poder... de lo que fuera que habitara allí.
Me detuve en seco.
—Kazumi...
Ella guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Sí... lo siento también. Este bosque no está abandonado.
El aire era espeso, y el silencio más inquietante que cualquier rugido.
Si algo vivía allí, no necesitaba hacer ruido para imponer miedo.
—Kira... este es el bosque de las Jorōgumo —dijo Kazumi en voz baja—. Son almas en pena que vagan por aquí. Su obsesión y sus deseos descontrolados las transformaron en criaturas que cazan por instinto... y devoran todo lo que se mueve.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Me estás diciendo que... son arañas con rasgos humanos? —pregunté, aterrada.
—Exactamente —respondió con seriedad.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Entre las telarañas podía distinguir siluetas colgando, algunas con formas inquietantemente parecidas a figuras humanas fusionadas con enormes cuerpos arácnidos. Las redes vibraban levemente, como si percibieran nuestra presencia incluso a la distancia.
—No hagas movimientos bruscos —susurró Kazumi—. Y no toques las telarañas. Son extremadamente pegajosas... y sensibles a cualquier vibración.
El bosque parecía respirar.
Y por primera vez desde que el camino se iluminó ante nosotras, sentí que la luz nos estaba llevando directo hacia una nueva prueba.
Empecé a caminar con extremo cuidado, midiendo cada paso, conteniendo incluso mi respiración para no alterar el silencio del bosque.
Pero entonces...
Mi brazo rozó una de las telarañas.
Fue apenas un contacto leve... pero suficiente. La vibración se propagó como una onda invisible, recorriendo red tras red, haciendo que todo el bosque temblara en una reacción en cadena. Las telarañas vibraron al unísono, produciendo un zumbido bajo y perturbador que parecía provenir de todas partes.
—¡Kira, ten cuidado! —susurró Kazumi con urgencia—. Esas criaturas son máquinas de cazar... reaccionan a la más mínima vibración.
El aire cambió.
Desde lo alto de los árboles comenzaron a escucharse movimientos rápidos, ligeros pero numerosos. Sombras descendían entre las redes, deslizándose con agilidad antinatural.
El bosque ya no estaba en silencio.
Había despertado.
Las vi.
Se asomaban detrás de los árboles y descendían por encima de nosotras, moviéndose con una agilidad inquietante. Sus cuerpos eran oscuros, casi negros, y la parte inferior era la de una enorme araña de ocho patas que se aferraban a las telarañas con precisión letal.
De la cintura hacia arriba, tenían forma humana: un torso delgado, brazos largos y oscuros, dedos finos que terminaban en uñas afiladas. Sus rostros eran blancos como la ceniza, enmarcados por un cabello negro y largo que caía como sombras líquidas.
Sus ojos... eran enormes y completamente negros, vacíos de toda luz.
Y cuando abrieron la boca, pude ver colmillos alargados y curvados, brillando tenuemente entre la penumbra.
No emitían gruñidos ni rugidos.
Solo nos observaban.
Las telarañas vibraban bajo sus patas mientras descendían lentamente, rodeándonos sin prisa... como depredadoras seguras de que su presa ya estaba atrapada.
—No corras todavía —susurró Kazumi con extrema calma—. Si lo haces, activarán todas las redes a la vez.
Mi corazón latía con fuerza.
El bosque entero parecía mirarnos a través de esos ojos negros interminables.
Entre los troncos cubiertos de telarañas, a lo lejos, distinguí una silueta diferente.
Una casa tradicional... un minka, solitaria en medio del bosque. Detrás de ella se alzaba una montaña gigantesca que parecía tocar el cielo oscuro del Jigoku.
—Tal vez esa sea nuestra salida... —murmuré.
—No estás equivocada —respondió Kazumi—. Mira, Kira. Ese minka nos permitirá cruzar al otro lado de las montañas. Allí se encuentra el Espejo de la Redención.
Sentí que mi respiración se detenía por un instante.
—En ese espejo deberás enfrentar tu propio reflejo —continuó—. Solo así podrás salir de aquí... bajo el juicio de Masaki y Takeshin.
Miré nuevamente la casa. No parecía abandonada... pero tampoco acogedora. Era como si estuviera esperando.
—Solo debemos cruzar el bosque y entrar —dijo Kazumi con firmeza—. Y enfrentar lo que esté dentro.
Las Jorōgumo seguían observándonos desde las alturas, moviéndose lentamente entre las redes.
El camino era claro.
El riesgo... inevitable.
De pronto, al voltear la mirada...
Ahí estaba.
Una de las Jorōgumo frente a mí. Tan cerca que podía ver el leve movimiento de sus colmillos al respirar. Sus enormes ojos negros me observaban fijamente, sin parpadear, como si ya hubiera decidido que yo era su próxima presa.
Sus patas se movieron apenas, tensando la telaraña bajo ella.
Un solo movimiento brusco... y atacaría.
Kazumi se quedó completamente inmóvil sobre mi hombro.
Podía sentir cómo contenía hasta la respiración.
El bosque entero parecía congelado en ese instante.
Y entonces...
A lo lejos, un rugido profundo rasgó el silencio.
Uno que reconocí al instante.
El sonido no pertenecía al bosque.
No era arácnido.
No era sutil.
Era brutal.
Las telarañas vibraron diferente esta vez... no por nosotras, sino por algo mucho más grande acercándose.
La Jorōgumo frente a mí desvió ligeramente la mirada hacia la dirección del rugido.
Algo había entrado en su territorio.
El rugido volvió a escucharse, más cerca esta vez.
—Es Kugoku... —susurró Kazumi con tensión—. Debió habernos estado rastreando desde que rompimos el sello.
Sentí que el aire se volvía aún más pesado. Kugoku aquí... y las Jorōgumo rodeándonos. Era como estar atrapada entre dos depredadores.
—¡Tenemos que ir al minka, ahora! —insistió Kazumi.
—¡Pero las Jorōgumo...! —repliqué en un susurro desesperado.
—No importa —respondió firme—. Si Kugoku entra en el bosque, ellas lo verán como una amenaza mayor que nosotras.
Entonces lo entendí.
—¿Quieres que...?
—Sí —dijo Kazumi—. Muévete cuando vuelva a rugir. El caos será nuestra oportunidad. No corras en línea recta. Sigue la luz del suelo y evita las redes más densas. Yo guiaré tus pasos.
El bosque comenzó a vibrar con pasos pesados aproximándose. Algunas Jorōgumo ya se desplazaban hacia el origen del sonido, inquietas.
Mi corazón latía con fuerza.
—Cuando diga "ahora"... corres —susurró Kazumi.
.
..
...
....
El rugido estalló nuevamente, sacudiendo ramas y telarañas.
—¡Ahora, Kira!
Comencé a correr.
Las telarañas se sacudían a mi alrededor mientras varias Jorōgumo descendían detrás de mí, moviéndose con una velocidad aterradora. Sus patas golpeaban los troncos, sus cuerpos se balanceaban entre las redes... podía sentirlas cada vez más cerca.
Era como una escena de pesadilla.
Y entonces—
El bosque explotó en movimiento.
Kugoku apareció desde lo alto en un salto brutal, como un depredador cayendo sobre su presa. Impactó contra una de las Jorōgumo con tal fuerza que ambos rodaron entre raíces y telarañas, rompiendo redes gruesas como cuerdas tensas.
Los vi forcejeando. Mordiéndose. Empujándose. Sus cuerpos chocaban con violencia, levantando polvo y fragmentos de madera.
Las otras Jorōgumo se detuvieron.
Evaluaron la escena.
Y, en una decisión instintiva, retrocedieron rápidamente entre las redes, dejando a su hermana enfrentando sola a la entidad con cuernos.
La Jorōgumo logró soltarse con un movimiento ágil y se apartó varios metros.
Ahora estaban frente a frente.
Kugoku, encorvado, respirando con fuerza.
La Jorōgumo, erguida sobre sus ocho patas, sus ojos negros clavados en él.
El bosque entero parecía contener el aliento.
—No te detengas, Kira —susurró Kazumi con urgencia—. Esta es nuestra oportunidad.
El minka estaba más cerca.
Pero la batalla apenas comenzaba detrás de nosotras.
Detrás de mí, los sonidos de la pelea eran brutales: golpes secos, crujidos de madera, chillidos agudos mezclados con rugidos profundos.
En un vistazo rápido por encima del hombro, vi cómo la Jorōgumo se lanzaba sobre Kugoku, intentando envolverlo con sus telarañas gruesas para inmovilizarlo. Las redes se tensaron alrededor de su torso y sus brazos...
Pero él era demasiado robusto.
Con un movimiento violento, rompía las hebras pegajosas como si fueran simples hilos, sacudiéndose con fuerza y obligándola a retroceder una y otra vez.
No podía quedarme mirando.
Volví la vista al frente y corrí con lo poco que me quedaba de energía. El minka estaba cada vez más cerca. Las tablas de madera vieja se alzaban frente a mí como un refugio en medio del caos.
Subí los escalones casi tropezando, el pecho ardiendo, la respiración descontrolada...
Y finalmente crucé el umbral, entrando al interior con apenas aliento para mantenerme en pie.
—Lo lograste... —susurró Kazumi.
Pero el verdadero desafío... apenas comenzaba dentro de aquella casa silenciosa...
Abrí la puerta corrediza.
El cambio fue inmediato.
El aire se volvió frío, denso... y el interior del minka estaba bañado por una luz azulada tenue, como si el reflejo del exterior se hubiera transformado en una noche eterna atrapada dentro de las paredes. No había lámparas visibles, pero todo parecía iluminado por una claridad fantasmal que no proyectaba sombras normales.
El suelo de madera crujió apenas bajo mis pasos.
Comencé a avanzar en silencio, cuidando cada movimiento, escuchando incluso mi propia respiración. No sabía qué podía estar dentro... pero el ambiente no era hostil. Era... expectante.
Entonces lo vi.
En la pared del fondo había un detalle que llamó mi atención.
Me acerqué lentamente... y sentí que el corazón se me detenía.
Era un cuadro.
Y en él... estaban mis padres.
Pero no como los recordaba. Sus rostros tenían una expresión vacía, sin brillo en los ojos, sin calidez. No parecía tristeza... parecía ausencia. Como si algo hubiera sido arrancado de su interior.
—Kazumi... —mi voz tembló—. ¿Qué hace esta foto de mis padres aquí...?
Hubo un breve silencio.
—Kira... —respondió con gravedad—. El Jigoku está jugando contigo. Este lugar ya no es solo una prueba... es una provocación.
Sentí un escalofrío.
La superficie del cuadro comenzó a distorsionarse levemente, como si la imagen respirara. La expresión vacía de mis padres parecía intensificarse, volviéndose más profunda... más oscura.
—Debemos tener cuidado —continuó Kazumi—. Este sitio ya no es seguro. Está intentando debilitarte emocionalmente antes de que enfrentes el Espejo.
Mis manos temblaban.
El silencio dentro del minka ya no era expectante.
Era opresivo.
Y sentí que no estábamos solas dentro de esa habitación.
Sobre el cuadro, una luz tenue brillaba desde el techo, contrastando con el tono azulado y sombrío del minka. Era una luz blanca, casi pura... como si señalara algo importante o intentara distraerme.
Me aparté del cuadro y avancé por el pasillo. El interior no coincidía con lo que había visto desde afuera. El espacio se extendía más de lo posible, con giros inesperados y puertas que parecían repetirse.
—Kazumi... el minka parecía pequeño por fuera...
—Aquí dentro, el espacio no obedece las mismas reglas —respondió en voz baja—. Este lugar está moldeado por la mente... y por tus recuerdos.
Eso me inquietó aún más.
Llegué finalmente a una sala amplia. El silencio era absoluto. En el centro, frente a una pared desnuda, había un televisor antiguo.
Estaba apagado.
Me acerqué lentamente para analizarlo. La pantalla oscura reflejaba apenas mi silueta... pero la imagen no coincidía del todo con mis movimientos. Mi reflejo parecía... un instante más lento.
—No lo toques todavía —susurró Kazumi—. Si este lugar se alimenta de tus recuerdos, ese televisor podría mostrar algo que no estás preparada para ver.
La pantalla emitió un leve chasquido.
Y, sin que yo la encendiera, una línea blanca horizontal apareció en el centro.
El televisor se encendió por completo.
La estática llenó la habitación... y entonces apareció Dokuri en la pantalla.
—No... —susurré—. No puede ser...
—Kira, cuidado —advirtió Kazumi.
La imagen distorsionada de Dokuri sonrió con burla.
—Pero mira quién tenemos aquí... ¿Intentando escapar del lugar al que perteneces?
Detrás de su voz se oían susurros... lamentos... gritos lejanos que se mezclaban con la interferencia.
—Kira, debes aceptarlo. Jamás vas a salir de este infierno. Y si lo haces... no saldrás completa.
—¡Basta de juegos, Dokuri! —lo interrumpí—. Dame a mi hermano. Sé que tú lo tienes. ¡Dámelo ahora mismo!
La sonrisa se amplió.
—¿Cuándo vas a entender? Tu hermano jamás estuvo de tu lado. Él vino ante mí por voluntad propia... buscando algo que perdió.
Sentí que el suelo se volvía inestable.
—¿Qué... quieres decir...? —pregunté con la voz quebrada.
—Tu hermano siempre fue un demonio. Nunca fue parte de tu familia. Nunca fue realmente tu hermano. ¿Recuerdas aquella noche? ¿Por qué nunca apareció?
—¡Kira, no le hagas caso! —insistió Kazumi—. Está intentando romper tu voluntad.
—No creo ni una sola palabra de lo que dices, Dokuri. No caeré otra vez.
La pantalla parpadeó.
—¿Ah, no me crees? Excelente.
Dokuri desapareció.
Y entonces... apareció Ryu. De espaldas.
—¡RYU! —grité—. No te preocupes, voy a salvarte. Solo espera...
—No, Kira —me interrumpió su voz—. No necesito que me salves. Ellos ya me salvaron.
Sentí que el aire me faltaba.
—¿Q-qué... qué quieres decir...? ¿Qué significa esto? ¿Qué es lo que quieres recuperar? ¿Qué podría costarme a mí...?
Mis lágrimas caían sin que pudiera detenerlas.
Ryu guardó silencio unos segundos.
—Si te lo digo... tus ganas de salvarme serán aún más intensas. Y eso sería un obstáculo. No te preocupes. No soy su aliado... solo los estoy usando como un medio temporal para conseguir lo que busco.
—¡ESTOY ARRIESGANDO MI VIDA POR TI! —le grité—. ¿Qué es tan importante? ¿Cómo puedes minimizar todo lo que hago para salvarte de estos monstruos?
La respuesta fue fría.
—Yo jamás pedí que me salvaras.
La imagen se cortó abruptamente.
La pantalla volvió a la estática... y luego se apagó.
El silencio en la sala era insoportable.
Sentí que algo dentro de mí se había quebrado.
Mis manos aún temblaban cuando escuché la voz firme de Kazumi.
—Kira... no le hagas caso a Dokuri. Ese quizás ni siquiera era Ryu. Este lugar puede imitar voces, recuerdos... incluso gestos. Está diseñado para confundirte.
Respiré con dificultad, tratando de calmar el nudo en mi pecho.
—Pero sonaba como él... hablaba como él... —murmuré.
—Eso no significa que fuera real —respondió con suavidad—. El Jigoku conoce tus dudas. Conoce tus miedos. Y los usa. Nada de lo que viste está confirmado. Nada está dicho todavía.
Miré el televisor apagado. Mi reflejo ahora sí coincidía con mis movimientos... pero mis ojos estaban llenos de lágrimas.
—Recuerda por qué estás aquí —continuó Kazumi—. No por culpa. No por obligación. Estás aquí porque elegiste luchar. Eso nadie puede quitártelo.
Cerré los ojos un momento.
Dokuri quería sembrar duda.
Quería que mi determinación se quebrara antes de llegar al Espejo de la Redención.
Me limpié las lágrimas con la manga.
—Tienes razón... —susurré—. No voy a dejar que me manipule otra vez.
El minka seguía siendo un laberinto extraño... pero ahora entendía algo más:
La verdadera trampa no eran las paredes.
Era lo que intentaban hacerme sentir.
Seguimos avanzando por el minka.
Por dentro era inmenso, imposible. Los pasillos parecían estirarse más de lo lógico, las esquinas se repetían y las habitaciones no guardaban proporción con el exterior. Era como si camináramos dentro de algo que no obedecía a la realidad... sino a otra regla más profunda y desconocida.
El suelo crujía suavemente bajo mis pasos. El tono azulado seguía envolviéndolo todo, como una noche atrapada entre paredes de madera.
Entonces lo vi.
Me acerqué apenas un paso más...
Y entonces lo vi.
Entre la abertura de la puerta, un ojo me observaba fijamente. Un ojo brillante, inmóvil... acompañado de una sonrisa torcida que no necesitaba mostrarse completa para helarme la sangre.
—Kyogan... —susurré.
Su respiración no se escuchaba, pero su presencia era inconfundible.
—Kazumi... está aquí...
—Lo sé —respondió con tensión contenida—. Esto significa que no solo es una prueba. Nos están cazando.
Sentí cómo la realidad del lugar se distorsionaba aún más. Si Kyogan estaba dentro del minka, entonces Dokuri y los demás no se conformaban con haberme arrojado al Jigoku.
Querían asegurarse de que no saliera.
Querían verme caer aquí.
Kyogan cerró la puerta de golpe.
El sonido seco de la madera resonó por el pasillo... y cuando corrí hacia ella, la abrí de inmediato.
Vacía.
No había nadie del otro lado.
—Nos está cazando... —susurré.
—Sí —respondió Kazumi con urgencia—. No te detengas. Tenemos que encontrar la salida. Masaki y Takeshin están más allá del espejo. Este lugar solo intenta retrasarte.
El minka crujió.
Entonces, desde algún punto imposible de ubicar, la voz de Dokuri retumbó en las paredes:
—Nunca saldrán de aquí...
Su eco se multiplicó, repitiéndose desde distintas direcciones, como si la casa entera hablara.
Sentí vibraciones bajo el suelo. No eran como las de las Jorōgumo... eran pasos calculados. Cercanos.
Kyogan se movía dentro del laberinto.
—Kira, a la izquierda —susurró Kazumi—. No sigas el pasillo recto, eso es lo que él espera.
Giré rápidamente. El corredor parecía alargarse...
Las paredes comenzaron a cambiar sutilmente, como si el espacio se reconfigurara.
—El minka está respondiendo a su presencia —dijo Kazumi—. Si nos alcanza aquí, nos separará del camino hacia el espejo.
Un panel corredizo se cerró detrás de nosotras sin que lo tocáramos.
Otro crujido, más cerca.
No podíamos detenernos.
El Espejo de la Redención tenía que estar adelante.
Y Kyogan estaba reduciendo la distancia.
Nos deslizamos por los pasillos que parecían cambiar de forma a cada paso. Entonces, en una habitación lateral, vi una luz tenue concentrada sobre algo en el suelo.
Era una carta.
El sobre estaba perfectamente colocado en el centro del tatami, como si hubiera sido dejado allí para mí... y solo para mí.
Sentí el impulso inmediato.
Después de lo que Dokuri dijo... después de lo que "Ryu" dijo... necesitaba respuestas.
Entré en silencio y tomé la carta.
—Kira... ¿qué haces? —susurró Kazumi con tensión—. Kyogan puede estar más cerca de lo que parece. Tenemos que movernos.
—Espera —le respondí en voz baja, pero firme.
Abrí el sobre.
El papel estaba frío al tacto.
Comencé a leer.
Las palabras estaban escritas con una caligrafía que reconocí al instante. Era la de Ryu. No una imitación burda... era idéntica a la que veía cuando me dejaba notas en casa.
El mensaje no era largo.
Pero cada línea parecía pesar toneladas.
Sentí que mi respiración se cortaba.
Mis manos empezaron a temblar.
—Kira... —insistió Kazumi, percibiendo el cambio en mí—. ¿Qué dice?
Levanté la mirada lentamente.
Lo que había leído no solo respondía preguntas.
Planteaba una verdad que podía cambiarlo todo.
Y en ese mismo instante... el suelo crujió detrás de nosotras.
Los graznidos de Kyogan resonaban cada vez más cerca, un sonido áspero que parecía rasgar el aire del pasillo.
Yo seguía inmóvil, con la carta temblando entre mis manos.
—Dice que... —mi voz se quebró— la muerte de mis padres no fue un accidente aéreo... Dice que hubo un sabotaje. Que alguien lo provocó...
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier ruido.
Kazumi llevó una de sus pequeñas ramas a su boca, en un gesto de sorpresa y temor.
—Mi luz... —susurró— no te derrumbes ahora. Este lugar quiere que pierdas el equilibrio. Recuerda dónde estamos. Masaki y Takeshin están al otro lado del laberinto. Ellos pueden darte respuestas verdaderas. No esta casa. No Dokuri.
Sentí que el suelo vibraba.
Las pisadas de Kyogan eran claras ahora. Lentas. Seguras.
No corría.
No tenía prisa.
Sabía exactamente dónde estábamos.
Un panel corredizo se deslizó en algún punto cercano.
—Kira —dijo Kazumi con firmeza—. Guarda la carta. Respira. Si te paralizas ahora, él gana.
El graznido volvió a sonar, esta vez justo al final del pasillo.
Una sombra se proyectó contra la pared azulada.
Kyogan había llegado.
Guardé la carta dentro de mi ropa y salí corriendo sin mirar atrás.
El graznido de Kyogan cambió de tono.
Ya no era búsqueda.
Era persecución.
Sentí su presencia fijarse en mí como una garra invisible. En cuanto crucé el umbral del pasillo, él apareció detrás, moviéndose con una velocidad monstruosa, sus pasos retumbando contra la madera como golpes de martillo.
—¡Kira, por ahí! —gritó Kazumi—. ¡Al fondo!
Levanté la vista y lo vi.
Un pasillo amplio, más grande que los anteriores, y al final... una puerta brillante. No azulada. No tenue. Brillante de verdad, como si el exterior estuviera filtrándose con fuerza a través de ella.
No había duda.
Esa era la salida.
Kyogan lanzó un gruñido de frustración y cargó hacia nosotras. El aire se volvió pesado detrás de mí; podía sentir el desplazamiento violento de su cuerpo acercándose.
Corrí con todo lo que me quedaba. Mis piernas ardían, mi pecho dolía, pero no podía detenerme.
Cada paso suyo acortaba la distancia.
Lo sentía más cerca.
Demasiado cerca.
—¡No mires atrás! —ordenó Kazumi—. ¡Solo corre!
La puerta brillante estaba a pocos metros.
Pero detrás de mí, el sonido de sus zancadas ya no era eco distante.
Era inminente.
Corrí con todo lo que me quedaba.
El pasillo parecía estirarse, pero la puerta brillante seguía allí, firme, como una promesa.
Detrás de mí, sentí el impulso de Kyogan.
Un salto brutal.
El aire se comprimió a mi alrededor.
—¡KIRA! —gritó Kazumi.
Yo también salté.
Extendí la mano hacia la luz.
Por un segundo, todo se volvió blanco.
Sentí algo rozar mi pierna... una presión violenta que casi me arrastra hacia atrás. Las uñas de Kyogan rasgaron el aire a centímetros de mi espalda.
Y entonces—
Crucé la puerta.
El sonido se cortó de golpe.
Caí de rodillas sobre una superficie fría y lisa. La luz ya no era cegadora, sino clara y estable. El aire era diferente... más limpio.
Me giré rápidamente.
La puerta detrás de mí se cerró con un estruendo seco.
Del otro lado, un golpe violento sacudió la estructura... una vez... dos...
Luego silencio.
Frente a mí, en un campo amplio con un monumento tallado en piedra clara, se alzaba una figura reflectante.
Un enorme espejo.
Su superficie era perfecta, inmóvil.
Y en ella... no solo estaba mi reflejo.
—El espejo, Kira... lo lograste —susurró Kazumi.
Me puse de pie con esfuerzo. Mis piernas aún temblaban por la carrera, pero el aire en aquel lugar era distinto. Más denso... pero no hostil.
El monumento del espejo era enorme, tallado en piedra clara, con símbolos antiguos grabados en el suelo alrededor del espejo. La luz de la luna era neutra, casi sagrada.
Frente a mí, dos enormes figuras estaban de espaldas, sosteniendo guadañas colosales.
Al escuchar mi movimiento, ambas se giraron lentamente.
Sentí un escalofrío recorrerme de pies a cabeza.
Eran gigantes. Sus presencias imponían respeto más que miedo. Sus ropajes oscuros caían como sombras controladas, y las hojas de sus guadañas brillaban con un filo que no parecía hecho para carne... sino para destinos.
Detrás de mí ya no se oían golpes.
Ni graznidos.
Era como si la casa hubiera encerrado a Kyogan...
O como si este lugar fuera demasiado poderoso para permitir su entrada.
No había duda.
Las dos entidades que custodiaban el espejo eran... Masaki y Takeshin.
Su mirada no era cruel.
Era profunda.
Como si no estuvieran observando mi cuerpo...
Sino mi esencia.
El silencio era absoluto.
El juicio había comenzado.
教団は、光が闇を取り戻そうとする責任を負っている。