Tomé el rollo con manos temblorosas y, en ese instante, las palabras de Kazumi regresaron a mi mente como un golpe.
Usar los rollos para retirar el sello significaba destruir el dominio de la secta Gadokai en este lugar... y con ello, abrirme una salida del Jigoku.
Pero también implicaba algo más terrible: ellos también podrían salir.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Me pregunté por qué Yuishin se habría retirado si, en teoría, era el guardián de este dominio.
La respuesta me apretó el pecho con fuerza.
Seguramente estaban intentando salir.
Mi respiración se volvió irregular.
Yo también necesitaba escapar.
No podía quedarme atrapada en este infierno eterno, viendo cómo todo se descomponía a mi alrededor... hasta yo misma.
No.
Tenía que hacerlo.
Tenía que asumir el riesgo.
Apreté el rollo contra mi pecho.
Solo me faltaban tres más.
Alegría. Justicia. Poder.
Y cada uno me acercaba un paso más a la salida...
o a algo mucho peor.
De pronto, el suelo empezó a temblar bajo mis pies.
Al principio pensé que era otra ilusión del Jigoku, pero la vibración se volvió más violenta, más real. Perdí el equilibrio y el mundo pareció inclinarse conmigo.
—¿Qué...? —alcancé a murmurar, completamente desconcertada.
Antes de que pudiera reaccionar, la tierra se abrió de golpe y me tragó por completo.
No vi nada. Solo sentí la caída abrupta, la oscuridad cerrándose a mi alrededor mientras el aire me abandonaba.
—¡AAAAAAAH! —grité, sin poder detenerlo.
Y entonces...
aterricé.
Un impacto seco.
Un suelo firme, frío, exacto... como si ese lugar hubiera estado esperándome desde mucho antes.
Me llevé una mano a la espalda por el impacto. El dolor me recorrió como una descarga cuando intenté incorporarme y, al levantar la mirada, me encontré en lo que parecía ser un hotel tradicional, de madera antigua, totalmente oscuro y abandonado.
El aire estaba viciado, cargado de polvo y silencio, como si nadie hubiera respirado allí en años... o siglos.
Miré a mi alrededor con urgencia y entonces el pánico me golpeó de lleno.
No tenía los rollos.
—Oh no... ¿dónde están...? —murmuré, sintiendo cómo la desesperación me cerraba el pecho.
Giré sobre mis talones, buscando frenéticamente, hasta que algo llamó mi atención.
A unos pasos de mí había una cubeta de agua... y dentro de ella, empapados pero intactos, estaban los rollos.
Solté el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.
Al menos no se hicieron daño.
Analicé el lugar con cuidado, dejando que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad.
Cada pasillo, cada puerta corrediza, cada sombra parecía esconder algo... o a alguien.
No pude evitar pensarlo.
Tal vez aquí había otro rollo.
O quizá un miembro de la secta.
O peor aún... un monstruo aguardando en silencio, sabiendo que yo ya estaba dentro de su territorio.
En el Jigoku, nada existe sin un propósito.
Y este lugar... no era la excepción.
Empecé a caminar en silencio, cuidando cada paso para no producir el menor ruido.
El lugar olía a humedad... y a cenizas, el rastro apagado de las velas que estaban plantadas en el suelo, consumidas hasta quedar como esqueletos de cera.
La madera crujía suavemente bajo mis pies, como si se quejara de mi presencia.
Mi respiración era lo único que podía oír, junto al latido persistente de mi corazón.
Hasta que, de repente...
—Kira... ayúdame... —susurró una voz femenina desde la oscuridad.
Mi cuerpo se tensó por completo.
El sonido no venía de un solo punto; parecía deslizarse por las paredes, filtrarse entre las columnas, rozarme el oído.
—¿Quién eres? —pregunté, tragando saliva—. ¿Dónde estás? ¡Ahí voy!
El silencio duró apenas un segundo...
y entonces la voz gritó.
—¡Ayúdame, por favor! —su clamor fue desgarrador, roto, como si cada palabra le arrancara algo por dentro.
Sentí un escalofrío recorrerme de pies a cabeza.
Algo en ese ruego no sonaba del todo humano...
pero tampoco podía ignorarlo.
En el Jigoku, incluso las trampas saben llorar.
De pronto llegué a una especie de salón gigante. El techo se perdía en la oscuridad y las velas, alineadas de forma antinatural, apenas lograban romper las sombras.
En el centro, había una mujer amarrada a una estructura de madera vieja, la cuerda incrustada en su piel como si llevara horas —o días— allí.
—Dios mío... —susurré, con el corazón desbocado.
Corrí hacia ella y me agaché, mis manos temblando mientras buscaba la forma de soltar la soga que la mantenía inmovilizada.
—Tranquila... ya estoy aquí —murmuré, sin saber si me escuchaba.Entonces, la mujer levantó la mirada.
Y en ese instante...
no pude creerlo.
Sus ojos no reflejaban alivio.
Ni miedo.
Ni gratitud.
Reflejaban reconocimiento.
Como si hubiera estado esperándome desde antes de que yo siquiera llegara a este lugar.
—¿M-mamá...? —mi voz se quebró antes de que pudiera detenerla.
La reconocí al instante. Ryu me había mostrado fotos de ella y de papá, imágenes viejas, gastadas por los años, tomadas antes de aquel accidente aéreo en 2013 que me los arrebató para siempre cuando yo apenas tenia 6 años...
El mismo rostro. La misma mirada.
Pero aquí... había algo que no encajaba.
—Kira... —susurró—. ¿Qué haces aquí...? ¿Cómo...?
—No tengo tiempo de explicarte —dije, forzándome a mover las manos aunque el pecho me ardía—. Tengo que sacarte de aquí, ahora.
Toqué la cuerda.
Y en el instante en que mis dedos rozaron las fibras, un frío antinatural me recorrió el brazo, como si algo me advirtiera que no debía hacerlo. El aire del salón se volvió pesado, denso, y las velas comenzaron a temblar, una a una, sin que hubiera viento.
...pero algo tiró de ella antes de que pudiera levantarse.
Unas sombras se estrellaron contra las paredes con un chillido antinatural, como uñas rascando hueso. Se alargaban, se retorcían, se despegaban del suelo como tentáculos vivos que conocían mi miedo. El salón entero parecía respirar al mismo ritmo que mi pánico.
—¡Kira, rápido! —gritó ella—. ¡Sácame de aquí!
Tiré con todas mis fuerzas de la soga. Sentí cómo la piel de mis manos se quemaba, cómo la cuerda se tensaba hasta gemir... y entonces cedió.
—¡Vamos! —grité, sujetándola del brazo.
Di un paso atrás.
Y me detuve en seco.
Su peso no se movió.
Miré hacia abajo.
Las sombras la estaban sujetando desde la espalda, atravesándola como raíces negras clavándose en la carne. Ella no gritaba. No sangraba. Solo me miraba, con una expresión que no supe reconocer... ¿alivio?, ¿culpa?, ¿resignación?
—No... no puede ser... —susurré, sintiendo que las piernas me fallaban—. Ya estás libre... yo...
—Nunca lo estuve —dijo con una calma que me heló la sangre—. Este lugar me reclama, Kira.
Las sombras cambiaron de dirección.
Ella empezó a reír.
No fue una risa humana.
Era hueca, quebrada, como si varias gargantas se superpusieran en una sola.
—Nunca podrás huir de ellos... —dijo.
Su voz se deformó, bajó y subió al mismo tiempo, como si algo más hablara a través de su boca. Sentí un nudo helado cerrarse en mi pecho y lo comprendí al fin: esa mujer no era mi madre.
O quizá... nunca lo fue.
Las sombras se tensaron a su alrededor, adorándola, obedeciéndola.
—Él nos va a traer de vuelta...
Detrás de ella, la puerta corrediza del salón se abrió con un lamento seco de madera antigua. Un viento abrasador recorrió el lugar, apagando lo poco que quedaba de aire. Desde el interior, ojos rojos infernales se encendieron uno a uno, perforando la oscuridad como brasas vivas.
Los reconocí al instante.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente; quise retroceder, gritar, desaparecer.
—No... —susurré, con la garganta ardiendo—. No tú...
La silueta avanzó apenas un paso, y el mundo pareció inclinarse hacia él, como si la realidad misma se arrodillara.
Era Dokuri.
—Tú... no vas... a salir de aquí... —dijo Dokuri.
Su voz ya no parecía venir de un solo punto. Retumbó en las paredes, en el suelo, dentro de mi cabeza, como si el hotel entero hablara por él. Sentí que algo me presionaba el pecho, obligándome a respirar a medias.
—EIYORU... —rugió.
El nombre cayó como una sentencia.
—Destruye a esta pequeña luz.
La marioneta con el rostro de mi madre volvió a reír. Esta vez no hubo intento de fingir ternura: su risa era abierta, burlona, satisfecha. Sus ojos se oscurecieron por completo, como pozos sin fondo.
Entonces algo invisible la jaló con violencia hacia la puerta. Su cuerpo se deslizó por el suelo sin resistencia, como si ya no pesara nada, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar.
—¡NOOO! —grité, lanzándome hacia ella.
Mis dedos rozaron el aire donde debió estar su brazo. Nada más. La puerta se cerró de golpe, con un estruendo seco que me atravesó los oídos y el alma al mismo tiempo.
Me quedé paralizada un segundo...
dos...
Luego reaccioné.
Corrí y la abrí de nuevo con desesperación.
Pero al otro lado...
No había nada.
Ni ojos.
Ni sombras.
Ni Dokuri.
Solo un pasillo vacío, oscuro y silencioso, como si todo hubiera sido arrancado de la existencia. El olor a ceniza se disipaba lentamente, y el hotel volvió a sentirse muerto... demasiado muerto.
Mi respiración temblaba.
Y entonces lo sentí.
No una presencia frente a mí.
No detrás.
Sino en las paredes, en el suelo, en mi propia sombra.
Me sujeté la cabeza con ambas manos, sentía que iba a partirse en dos.
No podía creerlo.
¿Dokuri sabía de mis padres...?
¿Desde cuándo...?
¿Desde antes de todo esto... o desde el momento en que Ryu cometió su error?
—No... —murmuré, con la voz quebrada—. ¿Qué quisiste decir...?
Las palabras me ardían en la garganta.
"Él los hará regresar..."
No decía yo.
No decía nosotros.
Decía él.
Eso fue lo que más me heló la sangre.
Dokuri no hablaba como un salvador... hablaba como un intermediario. Como alguien que solo abre la puerta a algo mucho peor. Algo que ni siquiera él controla por completo.
Mis rodillas flaquearon y tuve que apoyarme contra la pared del hotel. La madera crujió bajo mi peso, como si el lugar reaccionara a mi desesperación.
—Si... si mis padres están realmente muertos... —susurré—, entonces no hay nada que traer de vuelta...
Pero mi voz no sonó convencida.
Ni yo misma lo creía.
Porque esa marioneta...
porque su mirada...
porque la forma en que sabía mi nombre...
Eso no era una simple ilusión.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Si Dokuri hablaba de regresarlos,
si Ryu había hecho un pacto por algo imposible...
entonces tal vez mis padres no estaban descansando.
Tal vez estaban atrapados.
Y si eso era cierto...
Este infierno no era el final del camino.
Era solo la antesala de algo que aún no me atrevo a nombrar.
Volteé la mirada.
Algo estaba mal... terriblemente mal.
En la pared frente a mí, una sombra comenzó a formarse. Al principio era solo humo oscuro acumulándose sin prisa, retorciéndose, como si buscara recordar qué forma debía tomar. Las velas del suelo parpadearon con violencia y el aire se volvió pesado, denso, casi imposible de respirar.
Sentí que el lugar entero rechazaba lo que estaba naciendo allí.
La negrura empezó a definirse.
Entonces ocurrió.
Dos ojos blancos se abrieron en medio de la sombra.
Eran filosos. Vacíos.
No reflejaban luz, ni emoción, ni vida.
Solo observaban.
La sangre se me heló.
El silencio que lo rodeaba era absoluto, opresivo, como si el mundo entero se hubiera encogido a su alrededor. En ese instante lo comprendí: el nombre que Dokuri había gritado no había sido una orden.
Había sido una invocación.
Tragué saliva. Mis labios temblaron antes de poder pronunciarlo, casi en un susurro.
—Eiyoru...
La sombra no respondió.
Solo dio un paso hacia mí.
Y entonces lo entendí con una claridad aterradora: no estaba allí para hablar, ni para negociar.
Yo no era una intrusa en su dominio.
Yo era el objetivo.
Salí corriendo, desesperada, buscando una salida.
Abrí una puerta.
Nada.
Otra más.
Vacío.
Corrí por los pasillos oscuros, mis pasos resonaban demasiado fuerte para mi gusto. Cada puerta que abría era solo otra burla del Jigoku, habitaciones sin fin, corredores que no llevaban a ningún lado. El aire estaba helado y olía a ceniza apagada.
Me escondí bajo una mesa, conteniendo la respiración.
Entonces lo sentí.
La sombra se deslizaba a una velocidad imposible, rozando el suelo, las paredes, el techo... produciendo un sonido antinatural, como un susurro prolongado mezclado con un lamento. Cada vela que tocaba se apagaba al instante, dejando tras de sí una oscuridad más profunda, más viva.
Tapé mi boca con ambas manos.
No podía verme.
No debía verme.
De pronto, una vocecilla resonó en mi cabeza.
Kira...
Mi corazón dio un salto.
El pergamino del rey de la Justicia está aquí...
Búscalo en el centro de esta pesadilla...
Era la voz de Kazumi.
Mis ojos se llenaron de lágrimas sin que me diera cuenta. Estaba viva. De algún modo, seguía conmigo, guiándome incluso desde este infierno distorsionado.
Me obligué a incorporarme despacio.
Tengo que encontrar ese pergamino.
Tengo que salir de aquí.
Entonces lo recordé.
Juju... esperando.
Sola.
Atrapada por Dokuri y su secta.
Apreté los puños.
No era solo mi escape lo que estaba en juego. Tenía un deber.
Salvar a Juju.
Salvar a Ryu.
Salvar a todos.
Aunque este lugar intentara devorarme primero.
Salí con cuidado de mi escondite y revisé a mis alrededores. Caminé despacio por los pasillos, apoyando primero la punta de los pies, intentando no producir ni el más mínimo sonido. El hotel parecía un laberinto vivo, cambiante, y mientras avanzaba trataba de entender a qué se refería Kazumi con ese "centro".
¿Cómo podía existir un centro en un lugar que no obedecía a ninguna lógica?
Entonces lo sentí otra vez.
La presencia de Eiyoru.
El aire se volvió más denso, como si la oscuridad hubiera ganado peso. Las sombras de las paredes comenzaron a alargarse, estirándose hacia mí de forma antinatural, y un frío punzante me recorrió la espalda. No lo veía, pero sabía que estaba ahí.
De pronto, ocurrió.
La sombra se lanzó a toda velocidad.
No hubo advertencia, ni sonido previo, solo un estallido de oscuridad desprendiéndose del pasillo, embistiéndome con una fuerza brutal. Sentí el viento cortarme el rostro y reaccioné por instinto, lanzándome hacia un costado mientras el suelo temblaba donde Eiyoru había pasado.
Mi corazón latía con violencia.
No me estaba persiguiendo al azar.
Me estaba acorralando.
Y en ese instante lo entendí con un escalofrío:
si este lugar tenía un centro... Eiyoru era su guardián.
Entonces lo comprendí.
Él no se detenía.
Eiyoru no atacaba y se retiraba, no dudaba, no observaba. Se movía sin pausa, recorriendo los pasillos una y otra vez, como si el concepto mismo de detenerse no existiera para él. Su sombra cruzaba el hotel a una velocidad antinatural, reapareciendo desde ángulos imposibles, repitiendo trayectorias que no parecían tener sentido.
Pero lo tenían.
No estaba persiguiéndome... estaba acelerando.
Cada embestida era más rápida que la anterior, como si buscara alcanzar una velocidad específica, una frecuencia perfecta. El entorno vibraba cuando pasaba, las velas se apagaban en cadena, las paredes crujían. El movimiento constante no era rabia ni hambre: era un cálculo.
Una estrategia para desorientarme.
Para romper mi percepción del espacio.
Para hacer que el "centro" dejara de existir para mí.
Tragué saliva, obligándome a pensar.
Si Eiyoru era una sombra eterna en movimiento... entonces detenerlo directamente era imposible. No podía enfrentarlo con fuerza, ni con huida. Tenía que romper su patrón, obligarlo a cometer un error, a perder esa velocidad que lo definía.
Mis manos temblaban, pero mi mente empezó a aclararse.
—Encuentra el centro... —susurré para mí misma—. Y entonces te encontraré a ti.
Porque si este lugar giraba alrededor de algo...
y si Eiyoru lo protegía sin detenerse jamás... Entonces el pergamino del Rey de la Justicia estaba justo donde él no podía permitirse detenerse.
Me escabullí directo a una pequeña biblioteca, cerrando la puerta con extremo cuidado. El lugar estaba cargado de polvo y ceniza, y las estanterías crujían como si se quejaran de mi presencia. Había cientos de libros, apilados sin ningún orden aparente, pero algo en ese caos estaba... mal.
Tres volúmenes destacaban de inmediato.
No por su tamaño, sino por su peso invisible.
Sus títulos estaban grabados con letras profundas, casi heridas en la tapa: "Lujuria", "Desolación" y "Soberbia". No comprendía por qué estaban ahí, ni por qué mi mirada regresaba una y otra vez a ellos, como si intentaran atraerme. Sentí un leve mareo al acercarme, así que los dejé a un lado, negándome a tocarlos.
No era lo que buscaba.
Entonces me agaché y miré por debajo de un estante roto.
Ahí estaba.
Un libro de color esmeralda, su superficie brillaba suavemente incluso en la penumbra, como si la luz naciera de él y no del entorno. A diferencia de los otros, no imponía miedo ni presión... imponía calma.
Mi corazón se aceleró.
Ese libro no quería tentarme.
No quería engañarme.
Me estaba esperando.
Abrí el libro con cuidado y, al instante, las páginas se reorganizaron por sí solas. No había palabras.
Había un mapa.
Era todo el laberinto.
Cada pasillo, cada sala, cada desvío imposible estaba ahí, dibujado con una precisión inquietante. En uno de los recuadros parpadeaba un punto rojo.
Era yo.
Tragué saliva. Mis dedos temblaron al pasar la página y entonces lo vi: la localización del rollo del Rey de la Justicia no estaba tan lejos. Demasiado cerca, incluso. Si me movía con cuidado... podía llegar antes de que Eiyoru me alcanzara.
Saqué un lápiz y, conteniendo la respiración, tracé el camino sobre el pequeño mapa. No podía desviarme. Un solo error y ese monstruo me encontraría.
Antes de avanzar, metí la mano en mi bolsillo.
Saqué los pergaminos que había conseguido hasta ahora.
Los revisé uno por uno, con el corazón golpeándome el pecho.
Estaban intactos.
Seguían brillando débilmente, como si respondieran a mi determinación. Cerré el libro esmeralda, lo guardé con cuidado y levanté la mirada hacia el pasillo oscuro que me esperaba.
No había vuelta atrás.
Ahora el Jigoku sabía exactamente hacia dónde iba.
Empecé a caminar por el pasillo, siguiendo con precisión el camino que había trazado, cuidando cada paso como si el suelo pudiera delatarme. El silencio era tan denso que dolía... hasta que se rompió.
Volví a escucharlo.
Ese sonido espectral, distorsionado, como algo arrastrándose a una velocidad imposible.
Eiyoru se acercaba.
Mi corazón se desbocó. Miré desesperada a mi alrededor y vi un armario viejo, inclinado, casi a punto de caerse. No lo pensé. Me metí de golpe dentro y cerré la puerta con cuidado, conteniendo la respiración.
Me tapé los oídos.
El ruido crecía, se retorcía, vibraba en mis huesos. Era insoportable. Entonces lo vi a través de la rendija: una sombra alargada, deformada, atravesó el pasillo a una velocidad absurda, tan rápida que apenas pude procesarla. El aire se estremeció cuando pasó frente al armario.
Luego... nada.
Esperé.
Uno, dos, diez latidos eternos después, asomé lentamente la cabeza. El pasillo estaba vacío. Las velas seguían apagadas. Eiyoru se había ido... por ahora.
Solté el aire que no sabía que estaba reteniendo.
Tomé el paso de nuevo, con las piernas aún temblándome. Cada metro que avanzaba me acercaba más al centro de esta pesadilla... y al rollo que podía sacarme de aquí.
Cuando llegué al punto marcado en el mapa, sentí que algo estaba mal... y al mismo tiempo, que había llegado al lugar correcto.
Frente a mí había una puerta corrediza tradicional, vieja, cubierta de polvo y marcas profundas, como si algo hubiese intentado salir desde dentro. Pero lo que me dejó sin aliento no fue la puerta en sí.
Detrás de ella, una luz verde intensa palpitaba, filtrándose por las rendijas, iluminando el pasillo oscuro como un latido vivo. No era una luz tranquila... era densa, pesada, como si cargara con un juicio antiguo.
Mis dedos temblaron.
—Ahí estás... —susurré sin darme cuenta.
Ese brillo solo podía significar una cosa.
El pergamino del Rey de la Justicia estaba del otro lado.
Me dirigí hacia la puerta y la empujé con ambas manos. Ofreció resistencia, como si se negara a abrirse después de siglos de encierro. La madera crujió, las bisagras gimieron, y finalmente cedió. Una nube de polvo se elevó de golpe; tosí, llevándome el brazo al rostro, y avancé un paso más.
Entonces levanté la mirada.
Ahí estaba.
El pergamino del Rey de la Justicia reposaba en el centro de un jardín abierto, imposible dentro de aquel hotel. Desde allí podía ver las estructuras demacradas, pasillos rotos y paredes consumidas por el tiempo, como si el lugar hubiese sido abandonado por la realidad misma. Al fondo se alzaba un monte gigantesco, recortado contra un cielo rojo, ardiente, infernal, que parecía observarme con intención.
El pilar que sostenía el rollo irradiaba una energía verdosa brutal, casi viva. La fuerza que emanaba de él me erizó la piel; no cabía duda: aquel poder no solo juzgaba... también podía abrir caminos. Era la llave para salir del Jigoku.
—Sí... aquí estás —susurré, con la voz temblorosa.
Avancé con cautela, sintiendo cómo cada paso pesaba más que el anterior, como si el lugar midiera mi determinación. Extendí la mano, rodeé el pilar, y tomé el rollo.
En cuanto lo hice, la energía se agitó, vibrando bajo mis dedos.
Ya no había marcha atrás.
Lo revisé con cuidado y mis ojos se fijaron en el kanji grabado en el pergamino.
「正」- Rectitud
No había duda alguna. Ese símbolo era inconfundible, una marca pura y severa, cargada de un peso moral que casi me aplastaba el pecho. Pertenecía al poder del Rey de la Justicia, a su juicio absoluto, a la línea que separa lo correcto de lo imperdonable.
Sentí un leve estremecimiento recorrerme el brazo al sostenerlo. Este rollo no castigaba por odio... castigaba por verdad. Y eso lo hacía aún más aterrador.
Tragué saliva.
Si había llegado hasta aquí, significaba que el Jigoku ya había comenzado a medirme.
Después de tomar el pergamino, algo en el suelo llamó mi atención. Las raíces y ramas comenzaron a moverse, retorciéndose unas con otras como gusanos inquietos. No entendía qué estaba ocurriendo; di un paso atrás, alerta, mientras esa fusión antinatural se elevaba lentamente.
Las ramas empezaron a tomar forma.
Primero fue un torso pequeño, luego brazos delgados. De su cuerpo brotaron flores, y del lugar donde debería estar su cabello surgieron hojas vivas que se mecían suavemente, como si respiraran.
Mi corazón dio un salto.
Era ella.
—¿Kazumi...? —susurré, incapaz de creerlo.
La figura terminó de formarse y abrió los ojos. Ya no había duda.
—¡Kazumi, estás viva! —exclamé con una alegría que me quemó el pecho, acercándome sin pensarlo.
Ella inclinó ligeramente la cabeza, las hojas de su cabello crujieron con suavidad.
—Hola, Kira... —dijo con una voz tranquila, casi cálida—. Qué bueno volver a verte.
Sentí un nudo en la garganta. En medio del Jigoku, entre monstruos y traiciones, ella seguía aquí. Y por primera vez en mucho tiempo, no me sentí completamente sola.
—¿Cómo lograste sobrevivir...? —pregunté aún conmocionada—. Vi cómo Yuishin te había destruido...
Kazumi sonrió con suavidad, y las flores de su cuerpo se abrieron un poco más.
—Soy una criatura del Jigoku, Kira. Nada que no pertenezca a este lugar puede destruirme, por más que lo parezca —dijo con un tono casi alegre—. Además... veo que conseguiste el pergamino del Rey de la Justicia tú sola. Estoy muy orgullosa de ti.
Sentí un calor extraño en el pecho.
—Fue terrible... pero lo conseguí —admití, respirando hondo—. Solo nos faltan dos pergaminos más para volver al pueblo y retirar el sello de los Gadokai de la capilla. Después podremos avanzar al Jigoku más profundo, encontrar a Masaki y Takeshin, enfrentar mi reflejo... y entonces podré volver al mundo real.
Kazumi asintió con firmeza.
—Esa es la actitud, Kira. No dudes ahora.
Se giró y señaló a lo lejos.
—Sígueme. Vamos hacia ese monte. Ahí se encuentra el pergamino del Rey de la Alegría.
Tragué saliva y apreté los pergaminos contra mi pecho.
Sabía que cada paso nos acercaba a la salida...
pero también a algo que quizá no estaba preparada para enfrentar.
Caminamos hacia el monte, alejándonos del hotel macabro. A cada paso sentía esa presión invisible en la nuca; Eiyoru seguía ahí, aguardando el instante perfecto para atacar. Lo sabía. No iba a dejarme escapar tan fácilmente.
Los miembros de la secta Gadokai esperaban que yo rompiera el sello, que les abriera la salida... y esa certeza me helaba la sangre.
La subida fue agotadora. El terreno era irregular, empinado, y mis piernas empezaron a temblar. El cansancio me cayó de golpe. No había comido nada desde que comencé a buscar a Ryu. No había bebido nada. Mi cuerpo estaba al límite.
Kazumi lo notó enseguida. Se detuvo y me miró con atención.
—Toma, Kira —dijo con suavidad—. Bebe el néctar de esta flor.
Me tendió una flor púrpura, brillante como cristal. Era hermosa, casi irreal, como si no perteneciera a este infierno.
Tomé un sorbo del néctar.
Al instante, una oleada de energía recorrió mi cuerpo. El hambre desapareció. La sed se desvaneció como si nunca hubiera existido. Mis músculos dejaron de doler, y mi respiración volvió a ser firme.
—Gracias, Kazumi... —murmuré, apretando la flor entre mis dedos.
Ella sonrió.
Y seguimos avanzando, sabiendo que el monte ocultaba algo más que el pergamino de la Alegría.
Llegamos a la cima y, sin previo aviso, la realidad se quebró.
Todo cambió.
La luz carmesí del cielo infernal desapareció por completo. Las chispas de fuego que flotaban en el aire se extinguieron como si nunca hubieran existido. Ahora era noche absoluta, un manto oscuro y silencioso que me erizó la piel.
No comprendía qué estaba ocurriendo.
Miré hacia el fondo de los montes y entonces lo vi: una luz naranja, tenue pero constante, latiendo en la distancia.
—Es... el rollo del Rey de la Alegría... —susurré.
Kazumi no respondió de inmediato. Su cuerpo de madera crujió levemente mientras se tensaba.
—Algo no anda bien aquí, Kira —dijo por fin, con un tono que nunca antes le había escuchado.
Y entonces lo sentí.
Una respiración profunda, pesada, surgió desde el abismo bajo nosotras. No era viento. No era el eco del Jigoku.
Era algo vivo.
El suelo vibró apenas, como si el mundo mismo contuviera el aliento.
Nos miramos en silencio.
En ese instante lo supimos: había algo colosal debajo, observándonos desde la oscuridad... esperando que diéramos un solo paso más.
El suelo comenzó a temblar.
Primero despacio, como un latido lejano... y luego con violencia, sacudiendo todo a nuestro alrededor. No sabía qué estaba ocurriendo. La oscuridad parecía agrietarse, como si algo intentara abrirse paso desde el otro lado.
—¿Qué sucede...? —pregunté, intentando aferrarme a algo para no caer mientras el suelo vibraba bajo mis pies.
Kazumi se quedó rígida. Las hojas de su cabello crujieron con un sonido seco.
—Nos encontró, Kira... —dijo con un terror puro, sin adornos.
Sentí un frío recorrerme la espalda.
—¿Quién...? —pregunté, casi sin voz.
Kazumi no respondió.
Simplemente miró hacia los montes.
Seguí su mirada... y entonces lo entendí.
Mi respiración se cortó.
Ese fue el motivo de su expresión.
Eso era lo que había despertado bajo nosotras.
Desde la oscuridad emergió una criatura colosal. Su cuerpo serpentino se extendía entre los montes como una sombra viva; un pelaje negro cubría cada parte de él, absorbiendo la escasa luz de la noche. De su cabeza brotaban cuernos enormes, retorcidos, y en medio de la penumbra tres ojos infernales se abrieron al mismo tiempo.
No podía ver su forma completa.
Pero sentí su tamaño.
Sentí su presencia.
La criatura se quedó observándonos... y entonces lo supe. Estaba sonriendo. Una sonrisa enorme, enferma, imposible para algo que no debía existir.
—Kira... no... te muevas —susurró Kazumi, con la voz quebrada.
No moví ni un solo músculo.
El pánico me paralizó. Mi cuerpo se negó a reaccionar, como si cualquier movimiento fuera una sentencia inmediata. Respirar me dolía. Pensar era imposible. Frente a mí había algo diabólico, antiguo, demasiado grande para este mundo... y sabía que me había visto.
Los tres ojos brillaron con más intensidad.
El suelo volvió a temblar.
Y entonces, desde lo más profundo de su garganta, algo comenzó a despertar.
Ahí entendí una verdad que me heló el alma:
El Rey de la Alegría no estaba protegido.
Estaba esperando.
.
..
...
....
.....
......
見つけてみろ...できるものなら