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Capítulo VII 永夜 (Parte 1)

EGOISM · por Digor/Integral · 26 de julio de 2026

"Dejó de ser hombre el día que quiso borrar a la luz que lo eclipsaba."

- 永夜

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..

...

Era Eisui...
Ella había descendido al Jigoku como si la oscuridad la hubiera estado esperando desde siempre. Entre la neblina rojiza, su silueta avanzaba con una gracia antinatural, cada paso acompañado por un leve eco... como si la tierra temiera tocarla.

La vi acercarse a Tokiharu y Yuishin, no como una aliada, sino como una presencia que hacía que incluso ellos—esas bestias sin alma—enderezaran la espalda. Su rostro seguía siendo hermoso, pero no de una forma humana: era una belleza muerta, congelada, hecha para aterrar.

Su seriedad era imponente...

Algo en ella... en la forma en que se movía... me hizo entender que el Jigoku no estaba enviando solo monstruos.

Estaba enviando ídolos caídos.

Y Eisui, la cantante que sacrificó todo por la fama, brillaba más que nunca en la oscuridad. Como si por fin hubiese encontrado su verdadero escenario.

Desde abajo, ocultas entre la tierra húmeda y las vigas podridas, podía escucharlos claramente.
Sus voces vibraban a través del suelo como si el Jigoku mismo las condujera hasta mí.

Tokiharu dejó caer su cuello imposible hacia un lado, la neblina arremolinándose alrededor de su mandíbula abierta.

—¿Qué haces aquí? —gruñó, irritado, casi ofendido.

Eisui no respondió de inmediato. Sus pasos eran delicados, pero cada uno retumbaba como un golpe de tambor fúnebre.
Cuando habló, su voz sonó como seda quemándose:

—Mi maestro Dokuri  me envió a acelerar el trabajo.

Un silencio tensó el aire.
Tokiharu arqueó su columna, incómodo. Yuishin retrocedió medio paso, sus garras vibrando de pura rabia contenida.

Eisui inclinó la cabeza, su sonrisa tan fina que parecía un corte.

—Veo que ustedes dos no pueden contra una patética niña...
—su tono fue un susurro de veneno—
...y su juguete de madera.

Sentí la sangre drenarse de mi rostro.
Kazumi me apretó el brazo, como si temiera que yo pudiera desmoronarme ahí mismo.

Eisui prosiguió, cada palabra como una aguja:

—Así que yo me encargaré de terminar esto. No puedo permitir que el próximo acto de mi maestro se arruine por su incompetencia.

La tierra tembló.
Las manos gigantes del pastizal reaccionaron como si hubieran escuchado una orden muda.
Tokiharu chasqueó la lengua. Yuishin soltó un bufido.

Y yo... desde esa oscuridad, escuchando... comprendí algo aterrador.

Todos ellos querían mi muerte.
Pero Eisui...
Eisui lo deseaba como si fuera su canción final.

Kazumi me tomó de los hombros. Sus ojos, normalmente tranquilos, ahora brillaban con una determinación que me dolió ver.

Kira... tengo un plan —susurró—. Yo los distraigo mientras tú te adentras en el pastizal por el rollo de la Reina de la Belleza.

Sentí un frío inmediato recorriendo mi columna.

Imposible. Ellos te atraparán... te despedazarán...

Pero ella negó suavemente, como si ya lo hubiera aceptado todo.

—No te preocupes, Kira.
Aquí, en el Inframundo... yo también tengo poder.

Mi corazón dio un vuelco.
Nunca había escuchado su voz tan segura, tan atravesada por algo antiguo... algo que no pertenecía al mundo humano.

—Nos veremos en el punto del rollo —dijo, apretando mi mano por última vez—. Ve con cuidado.
Las manos gigantes sienten cualquier vibración... si corres o pisas mal, alertarán a los Gadokais inmediatamente.

Tragué saliva.
Kazumi se giró hacia la superficie, hacia esa luz mortecina que parpadeaba entre las grietas del pastizal.

—Kazumi... —intenté detenerla, pero mi voz se quebró.

Ella sonrió, esa sonrisa pequeña que siempre me daba cuando quería que confiara en ella.

Hazlo por ti, Kira. Hazlo por Ryu.
Yo haré lo que deba.

Y sin esperar respuesta, subió a la superficie, directo hacia Tokiharu, Yuishin y Eisui.

Yo me quedé allí, arrodillada bajo la casa, temblando...
escuchando el sonido de Kazumi enfrentando sola al Jigoku.

Y comprendí que, si fallaba...
su sacrificio no tendría sentido.

Yuishin se quedó totalmente inmóvil al verla.
No fue sorpresa.
No fue miedo.
Fue reconocimiento... como si un fragmento de su antigua mente humana hubiera despertado solo para odiarla.

Su brazo se alzó lentamente, esa garra enorme señalando a Kazumi con una precisión escalofriante.
Tokiharu ladeó su cuello al extremo, observándola como si examinara un insecto.
Eisui entrecerró los ojos, intrigada por primera vez.

—¿Qué sucede, Yuishin? —preguntó Eisui, su voz afilada como un cuchillo—.
¿Esa pequeña mujercita de madera... es la que acompaña a Kira?

Yuishin no apartó la mirada.
Ni siquiera respiró.
Su sonrisa se tensó, como si recordara algo enterrado, antiguo, venenoso.

Tokiharu respondió por él, con una carcajada suave que heló mi sangre incluso desde debajo de la casa.

Sí... es ella.
La sombra que se aferra a la luz.
La pieza que faltaba en nuestro rompecabezas.

Eisui dio un paso hacia adelante, la expresión torcida en una mezcla de burla y curiosidad.

—Interesante. No pensé que algo tan frágil tuviera tanta importancia.

Tokiharu estiró su cuello hacia Kazumi hasta que su rostro quedó grotescamente cerca de ella.

—Oh, pequeña muñeca... —susurró con un tono cantado—.
¿Viniste a morir por tu amiga?

Kazumi no respondió.
Solo levantó el mentón, con esa valentía silenciosa que yo siempre había envidiado.

Cada latido retumbaba en mi pecho como un grito; temí que esas manos gigantes lo detectaran... o peor, que Yuishin reconociera el sonido de mi corazón antes que cualquier movimiento mío.

o peor, que Yuishin reconociera el sonido de mi corazón antes que cualquier movimiento mío

El cuello de Tokiharu se encogió hasta darle una apariencia casi humana... y entonces lo vi analizar a Kazumi con una calma enfermiza, como si intentara descifrarla, comprenderla... o desarmarla pieza por pieza.

¿Qué tramas, pequeña...? —preguntó Tokiharu, inclinando la cabeza con ese gesto antinatural que me heló la sangre incluso desde mi escondite.

Kazumi no retrocedió. —Ustedes no deberían estar aquí —dijo con un tono cortante, antinaturalmente firme para alguien de su tamaño.

Eisui dio un paso adelante, su kimono manchado de sombras moviéndose como si respirara por cuenta propia.

Deja de actuar. Estás escondiendo a Kira —me buscó con la mirada, fríamente—. Entrégala... y no te haremos daño.

Tokiharu soltó una risita gutural.

—No tiene sentido proteger a alguien destinada a desaparecer —murmuró, y pude sentir cómo su atención se afilaba sobre Kazumi como una hoja.

Desde abajo, mi respiración se quedó atrapada en la garganta.

Ellos sabían que Kazumi estaba ganando tiempo.

Y ahora querían arrancarle la verdad.

Me empecé a arrastrar con extremo cuidado hacia el pastizal, sintiendo cada piedra y cada grumo de tierra presionarse contra mis manos. Mi único aliado era el silencio.
Afortunadamente, el suelo estaba lleno de restos de madera, pilares caídos y trozos de las casas derrumbadas; sombras perfectas que me permitían ocultarme del rango de visión de esos monstruos.

Cada vez que movía una pierna temía que alguna tabla crujiera.
Cada vez que deslizaba mi cuerpo entre los escombros, sentía que el mundo entero podía escuchar mi respiración.

Pero ellos seguían allí arriba, enfocados en Kazumi.

Y yo solo tenía una oportunidad.

Podía ver, desde lejos, el resplandor rosado del rollo de la Reina de la Belleza brillando entre aquel montón de brazos gigantes que brotaban del suelo como raíces malditas

Podía ver, desde lejos, el resplandor rosado del rollo de la Reina de la Belleza brillando entre aquel montón de brazos gigantes que brotaban del suelo como raíces malditas.
La luz era tan viva, tan ajena a la podredumbre del Jigoku, que parecía llamarme... o desafiarme.

Kazumi los estaba distrayendo demasiado bien.
Tokiharu, Yuishin y Eisui tenían toda su atención puesta en ella; no habían notado mi ausencia, ni el leve temblor de tierra que dejaban mis movimientos al avanzar.

Por un instante pensé que tal vez —solo tal vez— podría llegar al pergamino sin que esas manos me sintieran.
Pero en este infierno, hasta la esperanza suena como una trampa.

Acábala, Yuishin... —escuché la voz de Eisui a lo lejos, afilada como una aguja—. Esta pequeña solo nos está retrasando.

Mi sangre se heló.

Desde donde estaba, vi cómo la sonrisa de Yuishin se abría más... demasiado más.
Su cuerpo se tensó, esas garras grotescas temblaron con hambre, y su máscara blanca se inclinó hacia Kazumi como si ya saboreara el próximo movimiento.

Kazumi no retrocedió.
Pero yo sí lo hice, por dentro.
Sentí un nudo feroz en el estómago... porque si él daba un solo paso, ese sería el final de ella.

Y yo aún estaba demasiado lejos del pergamino.

Y yo aún estaba demasiado lejos del pergamino

Pude ver cómo Yuishin se tensó... firme, inmóvil, como una máquina lista para pulverizar.
Kazumi apenas alcanzó a dar un paso atrás cuando, en un abrir y cerrar de ojos...

La pisó.

El sonido fue seco.
Crujiente.
Definitivo.

Sentí cómo el aire me abandonaba por completo.
Tuve que morderme la mano para no gritar, porque si lo hacía... ellos me encontrarían. Me arrancarían a mí también del suelo.
Pero las lágrimas me ardían en los ojos, desobedientes, traicioneras.

No, Kazumi...

Mi mente temblaba.
Mi cuerpo entero también.

Sin ti... yo no puedo hacer esto.

Quise correr hacia ella.
Quise romperlo todo.
Quise morirme.

Pero no me moví.
No podía.
Si daba un solo paso, el siguiente en ser aplastado sería yo.

Y aun así, lo único que podía pensar era:

Kazumi... por favor... levántate.

—¿Esto es una broma... no, Eisui? —preguntó Tokiharu, con la voz temblándole entre frustración y desconcierto—. Ella podía decirnos dónde estaba Kira... acabas de destruir nuestra única—

Cierra la boca, Tokiharu. —lo cortó Eisui con una frialdad que heló incluso el aire del Jigoku—.
Su mirada seguía clavada en los restos bajo el pie de Yuishin, como si no hubiera cometido nada relevante.
—Sé perfectamente lo que hago.
Se acercó un paso, inclinándose apenas.
—Además... esa pequeña jamás nos habría dicho nada. Ni aunque la descuartizáramos pedazo por pedazo.

Tokiharu apretó la mandíbula, pero no respondió.
Yuishin siguió inmóvil, como un cadáver que respira.
Y Eisui... sonrió apenas.

Una sonrisa que decía que todo, absolutamente todo, había sido parte del plan.

De pronto, detrás de ellos el aire se desgarró y un portal idéreo se abrió, idéntico al del templo donde Dokuri me había arrojado a este infierno.
Eisui se giró hacia la grieta luminosa, su silueta recortándose en aquel resplandor púrpura que parecía devorar la sombra misma.

—Vamos —dijo con un tono casi festivo, como si anunciara un espectáculo—.
Contémosle a mi maestro la noticia:
Kira, sin su guía... se pudrirá aquí hasta que el Jigoku la devore por completo.

Tokiharu soltó una risita nerviosa.
Yuishin, con su sonrisa imposible, ni siquiera parpadeó.

Y los tres cruzaron el portal,
dejándome sola...
o al menos eso creían.

Me levanté lentamente y avancé hacia el pastizal sin poder creer que Kazumi se sacrifico por mi...


Cada paso lo di con un cuidado extremo, contando mis respiraciones, porque esas manos horrendas seguían allí, brotando del suelo como si la tierra misma quisiera atraparme.

Mis pies apenas rozaban la hierba carmesí.
Sabía que un solo movimiento brusco bastaría para que reaccionaran, para que me sujetaran y me arrastraran hacia abajo sin dejar rastro.

Aun así, seguí avanzando.

Porque detenerme significaba aceptar que Kazumi había muerto en vano.

Me acerqué despacio y, con alivio contenido, pude notar que las manos habían reducido su agresividad.

Ya no se agitaban con la misma furia; sus movimientos eran lentos, torpes... como si hubieran perdido la orden que las mantenía vivas.

Parecía que, ahora que ellos se habían ido, la energía que las alimentaba se estaba disipando.
No era seguridad, pero sí una oportunidad.

Apreté los dientes.

Ese pequeño margen me serviría para avanzar.

Llegué al pilar donde se encontraba el rollo.
Esta vez era distinto a los anteriores... rosado, con una luz suave pero firme que no pertenecía al Jigoku.

En su superficie brillaba un kanji tallado que decía:

 」 – Divinidad

Incrustado en un sello resplandeciente, no encerrado dentro de la piedra como rollo del Rey de la Sabiduría.

No necesitaba que nadie me lo explicara.

Este era el legado de la Reina de la Belleza.

Tomé el rollo con manos temblorosas y, en ese instante, las palabras de Kazumi regresaron a mi mente como un golpe

(Parte 2, siguiente página)

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